LECTURAS CRÍTICAS EN
TORNO AL FUTURO DEL TRABAJO Y EL EMPLEO. REFLEXIONES SOBRE LOS ELEMENTOS
PRESENTES EN LAS IDEAS DE ANDRÉ GORZ.
Doctorando en Geografía
Humana
Universidad Complutense de Madrid
Palabras clave: modernidad, crisis del empleo, sociedad salarial, nuevas utopías.
Key words: Modernity, employment crisis, salary crisis, news utopias.
Key words: Modernity, employment crisis, salary crisis, news utopias.
A pesar de contar ya con más de una década de existencia, la obra de André Gorz
Metamorfosis del Trabajo ve renovado su interés tanto por la trascendencia del
trabajo entendido como hecho social como por las coyunturas relativas al
empleo. Pero sus aportaciones van más allá y, con toda seguridad, seguirán
formando parte del debate en torno a los cambios que el trabajo y el empleo
vienen experimentando en la sociedad.
A través de un
examen crítico de las causas de la crisis de la modernidad, se acerca al
análisis de los profundos cambios experimentados
por el trabajo y el
empleo, para desembocar inmediatamente en las consecuencias que esto acarrea en
el contexto de las relaciones sociales y del papel que el trabajo tiene como
generador de sentido.
Finalmente, una
serie de propuestas relativas a la distribución del tiempo de trabajo, la
materialización de una renta universal y las prioridades de carácter
filosófico, ideológico y político frente al reto de crear un nuevo modelo de
organización social completan esta obra, que, además, se enmarca en el debate
de la renovación de las utopías de la izquierda.
LA NATURALEZA DE LA CRISIS ACTUAL: LA MODERNIDAD COMO FUNDAMENTO DEL
PROBLEMA.
El propósito fundamental de la obra no es discutir la crisis de la modernidad
sino definir la necesidad de renovar los supuestos sobre los que ésta se ha
fundado.
la crisis actual
exigiría modernizar la modernidad, o bien, racionalizar la
racionalización.
Básicamente, esto se
debe a que
el modelo de
industrialización es portador de una concepción del universo y de una visión de
futuro insostenibles, fundado sobre una racionalización selectiva y
parcial.
La crisis de la
Razón es la crisis de
la parte de los
contenidos irracionales, cuasi religiosos sobre los que se edificó la
industrialización.
La racionalidad
económica es una forma particular de racionalidad cognitivo–instrumental que
tiene como fin
economizar los
factores productivos y para ello debe hacerlos medibles, calculables y
previsibles, y por consiguiente, deberán ser expresados en unidades de medida
específicas (por ejemplo, el coste).
El primer problema
que se identifica es que la racionalización económica pretende ser llevada más
allá de sus límites actuales, incluyendo así
en el campo de la
economía lo que todavía está fuera de él, como ocurriría con la esfera de la
reproducción, en la que aún prevalece el trabajo no remunerado y no
contabilizado.
Se trataría de una
segunda gran incursión de la economía en terrenos en los que no ha penetrado
del todo, tal como lo hiciera al iniciarse el período de la industrialización.
La naturaleza de las
nuevas tecnologías y las innovaciones actuales es liberar tiempo.
Por lo tanto, lo
importante es saber qué hacer con ese tiempo liberado. Como contrapartida, el
ocio o la recreación no liberan tiempo sino que lo consumen, y esto lo hacen
sobre principios ajenos a la racionalidad económica.
Esto es importante
porque de esta manera se entiende que el ocio no generará necesariamente nuevas
actividades remuneradas, aun cuando en la actualidad se desarrolle bajo la
lógica de la racionalidad económica (en el contexto de una sociedad de
consumo).
Sin embargo, liberar
tiempo es más costoso que gastarlo (una hora de tiempo libre se produce con más
unidades de tiempo de trabajo), y quien pague por ocio, será un consumidor de
tiempo liberado por otros, siempre que este proceso sea considerado para el
conjunto de la sociedad.
La nueva
problemática que se plantea es que el sistema social en que se centra esta
discusión no sabe cómo distribuir, cómo administrar ni cómo emplear el tiempo
liberado, y aún a pesar de esto, se siguen incluyendo en la economía
actividades que hasta ahora han sido gratuitas y autónomas.
LA NECESIDAD DE
CAMBIAR DE UTOPÍA: LA CRISIS DEL TRABAJO Y EL EMPLEO COMO UNA CUESTIÓN
IDEOLÓGICO - FILOSÓFICA.
Esencialmente la
crisis no es sólo económica y social. La utopía industrialista del desarrollo
de las fuerzas productivas y la expansión de la esfera económica sostenía que
sería posible liberar a la Humanidad de la escasez, de la injusticia y del
malestar, pero de esa promesa no queda nada.
La conclusión lógica
es que se debe cambiar de utopía.
El centro de la cuestión en las ideas de Gorz, está en considerar que el
concepto actual de trabajo es una invención de la modernidad, y que ha sido
generalizada por el industrialismo, lo que ha representado una verdadera
revolución de carácter cultural.
La idea
contemporánea de trabajo aparece con el desarrollo del capitalismo fabril. Así,
el trabajo moderno se caracteriza por ser una actividad:
--- a.- propia de la esfera pública;
--- b.- demandada, definida y
reconocida útil por la sociedad en su conjunto, la que remunera su
desempeño;
--- c.- que se inserta en una red de
intercambios y relaciones en la que las personas adquieren deberes para con el
resto y derechos sobre ellos;
--- d.- que representa el factor de
socialización más importante que define la sociedad industrial (aunque no se
tenga un empleo) como una sociedad de trabajadores, diferenciándola de las
todas las sociedades precedentes en la historia.
La innovación
decisiva fue de carácter cultural e ideológico en el cambio del modelo
tradicional de producción: el empresario llevaría hasta las últimas
consecuencias la racionalización económica, comenzando por sus proveedores.
De esta manera, se
produce un reduccionismo unidimensional de la racionalidad económica creando la
siguiente lógica:
--- 1°] Entre individuos se establecía una
relación dineraria;
--- 2°] Entre hombre y naturaleza se
establecía una relación instrumental;
--- 3°] Entre clases una relación de fuerzas
al hacer tabla rasa
respecto de otros valores y fines económicamente irracionales, crea un
proletariado despojado de sentido y propiedad respecto de la actividad.
El trabajo deja de
ser la actividad privada y sujeta a la necesidad que era antes, gracias a la
revalorización capitalista.
Al mismo tiempo, al
ser utopía y estar despojado de su carácter limitado y servil,
deshumaniza y crea
individuos desmedrados y mutilados por el trabajo, embrutecidos en sus
facultades.
La racionalización
económica del trabajo ha sido la tarea más difícil del capitalismo industrial.
En este proceso el
trabajo se ha hecho calculable y medible, con una magnitud material, a fin de
generar una contabilidad previsora para reducir el riesgo de la
inversión.
El trabajo debía ser
medido como algo independiente de la persona del trabajador;
así conceptos como
los de rendimiento, fuerza de trabajo y productividad, cobran sentido en el
contexto del sistema social.
Pero este proceso no
se llevó adelante exento de problemas.
Uno de los más
importantes fue la presencia de resistencias culturales por parte de los
obreros a la nueva concepción del trabajo, que exigía un esfuerzo más allá de
sus necesidades tradicionales.
El salario fue el mecanismo para obligarlos a asumir el nuevo modelo, pero no
desde el primer momento, porque
se esperaba que un
salario bajo obligara a los obreros a permanecer más tiempo en sus puestos de
trabajo, estrategia que no dio buenos resultados.
Para hacer frente a
este problema la industria recurrió en primera instancia a los niños, hasta que
la socialización en el trabajo asalariado obrero fabril estuvo mejor
consolidada.
La actividad
productiva fue despojada de sentido, de motivaciones y de su objeto,
convirtiéndose así en un medio para ganar un salario.
En consecuencia, el
trabajo es una invención, porque no se parece a nada que existiese antes.
Se da origen a un
nuevo sujeto social, el trabajador–consumidor,
quien no consume lo
que produce y no produce lo que consume, sino que gana aquello que le permite
comprar mercancías producidas y definidas por la maquinaria social en su
conjunto.
No hay límite al
dinero que se gane o se gaste, y en consecuencia, tampoco lo habrá para el
consumo y las necesidades.
TRABAJADOR Y TRABAJO
SON DOS PRODUCTOS DEL CAPITAL.
La utopía comunista
enfrenta dificultades para fundamentarse a pesar de las contradicciones
relacionadas con la naturaleza del trabajo y el carácter de movimiento de lo
real.
Es preciso, apunta
Gorz, que la utopía comunista garantice a los obreros no sólo la existencia
material, sino también
la autonomía y la
dignidad de las que la racionalización capitalista ha despojado al
trabajo.
Asimismo, es
necesario demostrar que la racionalización capitalista
no es sino una
racionalidad limitada que, inevitablemente, produce efectos globales contrarios
a sus fines, efectos que además es incapaz de dominar.
La racionalidad
verdadera
consiste en
transformar el trabajo en actividad personal.
En este contexto, la
solución será la superación (eliminación) del trabajo alienante y despojado de
sentido mediante la colaboración social racional de los individuos, articulando
de esta manera la utopía de la autogestión y el control obrero, en la que cada
individuo asume su tarea como parte de toda la producción social, al formar
parte de un todo mediante la colaboración universal y voluntaria de individuos
asociados, considerada directa y transparente.
En definitiva, se
plantea un acercamiento a los dos supuestos fundamentales de la utopía
marxista:
--- a.- En el plano
político, que las rigideces y coacciones físicas de la maquinaria social pueden
ser suprimidas, con el fin de motivar y recuperar el sentido vivencial y la
motivación propia de los individuos para entenderse y colaborar racionalmente.
--- b.- En el plano
existencial, que la actividad personal autónoma y el trabajo social pueden
coincidir hasta tal punto de acabar siendo una sola cosa. Todo individuo deberá
identificarse y realizarse personalmente gracias a esta identificación.
Como aquí se ha
planteado, para que una empresa perdure necesita hacer calculables
los factores
(internos y externos) de los que depende la racionalidad económica de su
gestión.
Cuanto más grande
sea el tamaño de la empresa, mayor es el interés del empresario por el cálculo
de los factores externos
(entorno político,
jurídico, administrativo, cultural), con el fin de tener una mayor capacidad de
prever el comportamiento de sus asalariados.
Este principio
básico del capitalismo liberal dominante en la actualidad choca de manera
frontal con los supuestos enunciados anteriormente, y la situación actual de
crisis de la izquierda (a la que Gorz dedica gran parte de sus análisis) puede
ser mencionada en este sentido.
Con el progreso del
actual modelo de desarrollo de la sociedad y de la economía, se produce una
mayor diferenciación entre la economía, el Estado, la administración, la
ciencia, etc., lo que conlleva una mayor subdivisión de las tareas y
competencias, dentro de una organización cada vez más especializada en
funciones.
La funcionalidad
especializada garantiza el funcionamiento de la organización, ya que nadie
logra tener una noción del funcionamiento del conjunto.
De este modo, la funcionalidad es una conducta que
está racionalmente
adaptada a un fin, con independencia de toda intención del agente, para
perseguir ese fin del que, en la práctica, ni siquiera tiene conocimiento.
Por lo tanto, se
trata de una racionalidad
que viene del
exterior, una conducta predeterminada y prescrita al actor, y cuya finalidad él
no tiene que poner en duda.
Es lo que
configurará lo que el autor llama esfera de la heteronomía, correspondiente
al conjunto de
actividades que los individuos tienen que llevar a cabo como funciones
coordinadas desde el exterior por una organización preestablecida, en la que la
naturaleza y el contenido de las tareas están heteronominadas para que todos
funcionen como parte del conjunto sin relacionarse o autogestionarse.
Este sistema difiere
profundamente de la cooperación y la integración de los miembros de un grupo.
La integración es necesaria, pero sólo es deseable dentro de los márgenes de
unos mínimos.
Este sistema de
regulación del individuo o incluso de los grupos desde el exterior o
heteroregulación, puede presentarse en dos tipos.
Por un lado, la
heteroregulación espontánea, que es
la regulación
ejercida por el mercado y
está definida como
el mecanismo sistémico que impone sus leyes desde el exterior
a unos individuos
que las soportan, se adaptan a ellas y modifican sus conductas en función de
esta heteroregulación espontánea no centrada.
No integra a los
individuos, sino la materialidad exterior de las acciones.
Por otro lado, la
regulación por reglamentación o heteroregulación programada, que es
el sistema de
maquinarias administrativas e industriales en la que los individuos son
inducidos a funcionar de forma complementaria, como piezas de una máquina, con
miras a alcanzar unos fines a menudo desconocidos para ellos y diferentes de
los que son propuestos para su búsqueda personal.
Estos fines, en sí
mismos, constituyen uno de los dos tipos de instrumentos reguladores:
---i].- Instrumentos
reguladores incitativos (dinero, seguridad, prestigio y/o poder vinculados a
las funciones); y
---ii].-
Instrumentos reguladores descriptivos (obligan a los individuos, bajo pena de
sanciones, a adoptar las conductas funcionales que son exigidas por la
organización).
La megamaquinaria administrativa – industrial entra en crisis debido a los
problemas que presenta la heteroregulación sobre la base de una racionalización
totalizante incompatible con los anhelos y motivaciones personales de los
individuos, al mismo tiempo que esa racionalidad no es capaz de garantizar un
sentido, una cohesión y un objeto director al conjunto.
Sin embargo, al
tener como marco de referencia el momento actual, Gorz no especifica de manera
explícita que esta crisis no tiene incorporada la idea de que el sistema no
siga operativo y extendiéndose.
Las condiciones de
la crisis habitualmente se identifican
sólo con coyunturas
económicas, períodos cíclicos,
o bien, como
problemas de adaptación a las condiciones del mercado,
no como
comportamientos inherentes al sistema.
Gorz, muy cerca del
final de su trabajo, en el momento de hacer propuestas, hace referencias
explícitas a este asunto.
Muy a pesar de esta
crisis del sistema capitalista, es un hecho constatado por Gorz que
en los países
industrializados es el capital quien decide qué trabajo se realiza y de qué
manera se hace.
LA EXPERIENCIA Y EL
PAPEL DE LOS TRABAJADORES Y LOS MOVIMIENTOS DE LA IZQUIERDA.
El movimiento obrero revolucionario y los regímenes socialistas por mucho
tiempo han creído posible, mediante la apropiación colectiva de los medios de
producción, involucrar voluntariamente a los trabajadores con su función,
haciendo coincidir los fines individuales con las metas colectivas.
Para lograr esta
implicación, es fundamental el florecimiento de la conciencia socialista, es
decir, se requiere del desarrollo de un conjunto de cualidades morales e
intelectuales vinculadas al devenir de la sociedad.
La manifestación
concreta de esto sería algo que siempre se ha postulado, pero que nunca se ha
logrado: la integración funcional como integración social (integración vivida y
querida).
Al mismo tiempo, se
hace necesario el desarrollo de un marco político en el que sea posible
una subordinación de
las actividades económicas a unos fines y unos valores que guarden relación con
la sociedad.
De esta manera, el
plan será
el conjunto
racionalmente elaborado de los objetivos que conferiría a la sociedad, en cada
uno de sus miembros, el dominio de la naturaleza y de la acción social
tendiente a dominarla.
Es la expresión
administrativa de la conciencia reflexiva que la sociedad tiene de sí misma, en
tanto que empresa colectiva fundada en la colaboración voluntaria.
Operativamente nunca
ha sido posible que la colaboración como experiencia vivida se materialice. La
complejidad del conjunto y de las unidades económicas no ha permitido la
internalización del plan por parte de los trabajadores, y este seguía siendo
una conciencia exterior separada, encarnada en el Estado.
La fe en la Razón
fue la motivación irracional a la que recurrió el socialismo para lograr la
identificación del individuo con su función y con el plan.
Pero el fracaso no
se explica sólo empírica e históricamente, ya que la causa es fundamentalmente
ontológica, puesto que la utopía marxista de la coincidencia del trabajo
funcional y de la actividad personal es irrealizable a escala de los grandes
sistemas debido a la creciente división de tareas.
La integración
funcional no será integración social porque la función es externa y ajena al
individuo en su definición y en sus objetivos.
EL MOMENTO ACTUAL: MEDIOS DE SOCIALIZACIÓN/REGULACIÓN, CONSUMO Y
CRISIS.
En la actualidad, la socialización se realiza sobre los principios de ganar más
y trabajar menos, como corolario de la existencia de un sistema de
compensaciones materiales y un sistema de coerción.
Se educa a la
persona en una actitud instrumental frente al trabajo y en una cultura de
consumo. Así debe necesariamente entrar en juego una regulación del
mercado.
Para que sea eficaz,
en la generación de un verdadero sistema de regulación se requiere la acción de
privados, ya que el interés es distinto frente al individuo:
el Estado a través
de la propaganda busca fortalecer la tarea de la búsqueda del bien común, del
bienestar del individuo;
los privados,
mediante la publicidad, buscan llegar al individuo a fin de lograr un beneficio
propio e individual.
La incitación a
consumir bienes compensatorios es eminentemente suntuaria y/o simbólica, porque
no se trata de bienes o servicios necesarios o útiles.
La regulación
incitativa resultante de consumismo no ofrece otra cosa que una integración
funcional altamente inestable para el trabajador.
Si el mercado y la
publicidad logran crear un trabajador alienado
que acepte
compensaciones, la otra cara de la moneda será un trabajador funcional.
Aquél no podría
subsistir sin éste, y ambos estarían dentro de la misma persona.
La idea de que el
dinero siempre puede más que el individuo por sí solo es subyacente.
Esta incitación
monetaria al trabajo funcional propia del fordismo, debe su preeminencia al
valor conferido por la publicidad comercial a los objetos y servicios.
De esta forma, le
permite al trabajador valorar positivamente la posibilidad de obtener
compensaciones monetarias y de consumo a cambio de un trabajo funcional.
Esta regulación
tiene una eficacia que supera su fin inicial, creando una mutación cultural:
el salario (el
dinero) se convierte en el fin esencial de la actividad, a tal punto, que una
actividad no remunerada deja de ser aceptable y el dinero suplanta otros
valores, transformándose en única medida.
Este es uno de los
aspectos más sólidos del análisis de Gorz ya que durante las últimas cinco o
seis décadas, es posible constatar que los procesos de establecimiento de
jerarquías sociales, de creación de status e incluso de segregación social, han
estado fuertemente vinculados a la renta, muy en correspondencia con el modelo
fordista, en numerosos estados nacionales del llamado mundo occidental (valdrá
la pena intentar una mirada sobre estos aspectos en Oriente, más allá de los
casos de Japón y China).
La regulación
incitativa consumista obliga a dar cuerpo a la regulación prescriptiva, ya que
la suma de intereses individuales actúa contra el interés colectivo (sobre
explotación y consumo, por ejemplo).
Así pierde autonomía
el trabajador–consumidor funcional, al hacerse cargo el estado de sus intereses
colectivos.
Progresivamente se
han unido y confundido las técnicas de dominación y las de producción sobre la
base del modelo de producción industrial capitalista liberal.
La máquina se
interpone entre la persona (1) y el producto, limitando las posibilidades de
que el trabajo represente una actividad llena de sentido personal.
La consecuencia es que el proceso de dominación de la naturaleza por el Hombre
(por la ciencia) se convierte en dominación de las personas por ese proceso de
dominación.
En este contexto, la
división macrosocial del trabajo es el resultado
de una
especialización progresiva de los medios de producción en actividades
productivas, escenario en que se desarrolla la desvinculación entre el sentido
y el desarrollo de las libertades personales y el trabajo.
La riqueza de la
sociedad industrial se apoya en su capacidad sin precedentes de combinar,
mediante procedimientos organizativos preestablecidos, una inmensa variedad de
saberes parciales que sus detentores serían incapaces de coordinar por medio de
un entendimiento mutuo y una cooperación consciente, voluntaria y
autorregulada. Pero la base de la cultura del trabajo se ha desintegrado bajo
el efecto de la especialización de los saberes.
Para hacer del
sistema viable y eficiente, junto con lo anterior fue necesaria
la separación del
trabajo de la personalidad del trabajador, a fin de medir, calcular y prever la
producción.
Con esta idea, Gorz
insiste en el hecho de que la industrialización debió racionalizar el trabajo
como factor económico medible, convertirlo en una unidad de las ecuaciones para
calcular el beneficio.
Al respecto las
tesis del recurso humano tienen como aporte novedoso y plausible el
reconocimiento de que el trabajo es un factor productivo que opera distinto que
los demás(2).
Sin embargo, la
debilidad del enfoque en esta dirección radica básicamente en la trascendencia
que la socialización en el consumo ha alcanzado y la expansión de la
racionalización económica.
¿EXISTE UNA ALTERNATIVA DE ORGANIZACIÓN?.
Gorz recuerda que
los humanistas han estado en contra de la parcelación de las tareas y de la
obligación del trabajador a funcionar como máquina, sosteniendo que el Hombre,
debe ser capaz de amar su trabajo y adherirse a los fines de su empresa para
dar lo mejor de sí mismo.
Además, el autor
apunta que
la organización del
trabajo sobre la base de la cogestión, la cooperación y el respeto (3) entre
los trabajadores y la dirección es posible.
Para reforzar esta
idea, presenta como ejemplos el Plan Scanlon y la organización del trabajo en
círculos de calidad.
Si así ocurriese, el
problema vendría inmediatamente desde la misma organización de la producción,
ya que el mantenimiento de una productividad creciente exige como mínimo un
aumento del volumen de ventas al mismo ritmo. Sólo de esta manera será posible garantizar
la seguridad del empleo.
Al tratarse de
trabajadores comprometidos con su papel en la empresa, teóricamente la
productividad debiera crecer aún más que el volumen de ventas.
En tal caso, la dirección se verá obligada a reducir efectivos, retomando el
control y el poder en la empresa. Los trabajadores reconocen en la asociación
con la dirección un mal negocio y se restablecen las relaciones de fuerza.
La garantía de la
empresa debe ser un empleo para toda la vida. La única manera efectiva de
lograrlo (según el modelo japonés) es subcontratando una extensa red de
pequeñas empresas que sirven para amortizar las crisis, y no hacerlo mediante
despidos directos.
Se crea de esta
manera un mecanismo de dualización social y segmentación del mercado de
trabajo.
El nuevo paradigma
del recurso humano polivalente, con iniciativa propia y poder de autogestión,
en una empresa automatizada, es una nueva construcción ideológica, porque en la
práctica este modelo de obrero es minoritario, y tiene como contrapartida amplios
sectores de la población desempleada, precariedad en el empleo,
descualificación e inseguridad (temática que ha sido abordada desde esta
perspectiva por la teoría del ejército de reserva).
La crisis de los
sindicatos está en los problemas que el modelo plantea respecto de la
coincidencia de los intereses y condiciones sociolaborales de distintos grupos
resultantes de esta división del trabajo, del proceso de dualización social y
la debilidad de la identidad de la clase obrera, despojada de los valores de la
utopía del trabajo.
El trabajo no es la
fuerza productiva principal y no hay empleos permanentes para todos.
La ideología del profesionalismo, del rendimiento y de la moral del esfuerzo
entra en escena, encubriendo un nuevo mecanismo social de dualismo: la
confrontación hipercompetitiva entre los que triunfan y los marginados.
He aquí una nueva
evidencia de la caducidad de la sociedad del trabajo: el trabajo no sirve como
fundamento para la integración social.
En este sentido, las
explicaciones técnicas o económicas del desempleo no serán más que
enmascaramientos del problema real: la utopía del trabajo está obsoleta. Y la
única solución posible será un cambio radical de utopía, articulada a través de
la redistribución del trabajo a escala del conjunto de la sociedad y la
reducción del tiempo de trabajo.
Las limitaciones de
la racionalización económica como abstracción respecto a la producción
económica de riqueza puede que no sean discutibles, pero si lo son respecto de
la producción de valores personales y colectivos, de la construcción de
sentidos personales y de un proyecto de sociedad.
Tal como se ha
desarrollado hasta ahora, el trabajo moderno es incapaz de convertirse en una
actividad autónoma generadora de sentido para las personas.
Se hace evidente la
desvinculación entre, por un lado, los sistemas administrativos reguladores y
técnicos, y por otro lado, la persona del trabajador y su experiencia
vivida.
La dudosa existencia
de la capacidad de las personas de desarrollarse en el trabajo, según Gorz ha
quedado fuera gracias a la división social y técnica del trabajo.
Precisamente gracias
al desarrollo de innovaciones en el proceso productivo, tanto en la
organización del trabajo como en aspectos tecnológicos, la reducción del tiempo
de trabajo es un hecho y una necesidad. Pero esta reducción se ha llevado a
cabo principalmente mediante la reducción del número de trabajadores.
El planteamiento
central de Gorz está en convertir el tiempo liberado en un espacio distinto de
lo privado y del consumo, para hacerlo portador de un sentido más cooperativo,
relacional, autónomo, de libertad en lugar de necesidad.
En definitiva, el
tiempo en que se desarrolla o se materializa un proyecto de vida.
La actitud reflexiva
(4) del trabajador radicaría en la búsqueda de ser sujeto de derecho de algo en
que ya es sujeto de hecho.
No obstante, las motivaciones del pleno desarrollo, la autonomía y la
apropiación de los medios de producción parecen quedarse fuera de este esquema.
El individualismo y
la retirada de los individuos hacia la esfera de actividades fuera del trabajo
y la vida fuera del sistema es, según Gorz, una de las expresiones de la
desintegración social, de la autonomía limitada en el seno del trabajo y la
búsqueda de modos alternativos de socialización e integración
comunitaria.
El rechazo a las
instituciones que monopolizan los asuntos públicos (sindicatos, partidos
políticos y otras organizaciones) así como el buen momento que viven las
actividades desinteresadas (actividades religiosas, caritativas, asociativas,
voluntariado...) son otra cara del impulso hacia la individualización.
Frente a la crisis
de los partidos políticos la alternativa es que grupos autoorganizados sean
capaces de crear una nueva utopía, que, en este caso, sería la del tiempo
liberado.
En un contexto
social en que el consumismo ha logrado gran protagonismo, las relaciones
establecidas por la contabilidad aportan un nuevo marco de referencia moral,
proporcionando un mecanismo de puesta en orden.
El problema que esto representa está en que la contabilidad de la
racionalización económica conoce las categorías "más" y
"menos", pero no así las de "suficiente" y
"demasiado".
En consecuencia, el
sistema regulatorio externo de las actividades al que se somete el individuo
motiva o propicia el consumo ilimitado, al mismo tiempo que obliga a valorar a
las personas en función de su rendimiento, de su productividad o de su
renta.
Incluso la virtud
termina por equipararse a valores cuantitativos (eficacia, rendimiento,
productividad).
Nunca se trabaja ni
se consume demasiado, ya que el trabajo ha sido desvinculado del principio de
trabajar lo suficiente para satisfacer las necesidades.
¿CÓMO SALIR DE LA CRISIS? POTENCIALIDADES Y DIFICULTADES DE LAS ALTERNATIVAS
PROPUESTAS.
La necesidad de iniciar una reflexión que lleve a una búsqueda de sentido es el
punto de partida de las propuestas de Gorz para salir de la crisis.
Lo que plantea son
algunas ideas para enfrentar el desarrollo de un nuevo proyecto de sociedad
posible.
El trabajo y la
sociedad del trabajo no están en crisis porque no haya bastantes cosas que
hacer, sino porque el trabajo, en un sentido muy preciso, ha llegado a ser
escaso, y porque lo que hay que hacer no responde más que a una parte
decreciente de ese trabajo.
Esencialmente, el
desafío está pasar de una sociedad productivista o del trabajo a una sociedad
del tiempo liberado.
Gorz plantea este
proceso de cambio revolucionario como el único mecanismo capaz de dar sentido a
las transformaciones en curso.
Sin embargo, como
una crítica fundamental a esta propuesta, es preciso hacer una alusión a la
importancia de las fuertes resistencias culturales que impone la sociedad de
consumo.
Tal como se ha
expuesto en líneas anteriores, el consumo trasciende la esfera del intercambio
económico.
La sociedad de
consumo y la cultura del posmodernismo han revalidado y exacerbado
la valoración de
principios como el individualismo, el hedonismo y el consumismo como parte de
las relaciones sociales y la vida cotidiana (5).
Efectivamente, la
sociedad informacional y la globalización sugieren un nuevo esquema para las
relaciones personales, colectivas o de grupo, un nuevo modelo de organización
administrativo e institucional, y un nuevo modelo de relaciones económicas y
territoriales, pero no parece haber mucha luz a una salida por esta vía.
La liberación de
tiempo y el problema del desempleo, así como las orientaciones que el debate
político ha tomado durante las últimas décadas obligan a Gorz a plantear
salidas a la crisis valiéndose de argumentos vinculados a la creación de una
nueva utopía, perspectiva que sin duda enriquece el debate.
Sin embargo, la
revisión de los mecanismos concretos (jurídicos, administrativos,
institucionales y económicos) para la articulación de este nuevo modelo de
sociedad queda abierta y no es concluyente, sobre todo debido a la relación que
estas proposiciones guardan con el panorama político actual.
La importancia de
esto es crucial, ya que desde el principio Gorz plantea que el problema es
esencialmente político, y en consecuencia su solución también lo es.
El problema que se
presenta en este punto es que, como se ha dicho antes, los partidos políticos
están en crisis, y la izquierda (sujeto que teóricamente debiera apoyar un
modelo de sociedad del tiempo liberado) no está ajena a ella: se ha quedado sin
plan, sin proyecto, sin utopía.
Según Gorz, en la
utopía de la reducción del tiempo de trabajo hay una posibilidad para la
revitalización de la izquierda.
La superación de la
sociedad del trabajo depende de un predominio de las relaciones sociales de
cooperación voluntaria y de intercambios no mercantiles autoorganizados por
encima de las relaciones de producción capitalista, es decir, sobre el
trabajo–empleo o trabajo mercancía.
Las transformaciones
en curso conducirán a una sociedad posteconómica o postcapitalista sólo si
existe una revolución tanto cultural como política, de la mano de una evolución
cultural, que no ha sido manifestada en el discurso social y político, dentro del
cual será necesario legitimar las aspiraciones personales frente a la
legitimidad social que el dinero, el pago y el contrato han dado y dan al
trabajo.
La creación de un
servicio civil con una amplia gama de actividades y trabajos cualificados de
interés colectivo, sumado a la realidad actual del paro, evita el sentimiento
de aislamiento, de exclusión, al desarrollar una actividad reconocida
socialmente útil y valorada tanto por el sujeto como por la sociedad, lo que se
ajusta a la propuesta de una remuneración continua por un trabajo
discontinuo.
El establecimiento
de una renta mínima no bastaría para articular esta alternancia o intermitencia
en el trabajo. Es necesario que el mecanismo tenga como base una profunda
transformación cultural frente al valor del empleo.
El tiempo que la
persona permanece fuera del trabajo debe cargarse de sentido al mismo tiempo
que se diseña una política permanente de reducción del tiempo de trabajo.
La alternativa del
segundo cheque no parece tener mucha fuerza frente al actual esquema de
relaciones institucionales, políticas, sociales y económicas.
El derecho a la
renta y el derecho al trabajo parecen no estar tan cuestionados como el hecho
concreto de sentarse a diseñar un mecanismo de redistribución de la riqueza,
cuestión que se hace más evidente al momento de plantear la reducción de tiempo
de trabajo sin reducciones salariales.
El problema que se plantea de cara a un nuevo modelo de sociedad es el
reemplazo de valoraciones muy sólidas hoy en día, como es el caso del
individualismo y el consumo.
Parece difícilmente
canjeable a nivel de las personas individuales la posibilidad de conseguir que
el valor simbólico del consumo de determinados bienes o servicios, o el uso de
determinadas formas de pago (ciertas tarjetas de crédito, por ejemplo) deje de
tener la importancia que tiene.
La cohesión y la
integración social son cuestiones que no tienen nada que ver con la percepción
que las personas tienen de la experiencia de su vida en sociedad, y la
integración social parece haber adoptado códigos aportados básicamente por la
publicidad, y no se observa que esto vaya a cambiar ni siquiera dentro del
mediano plazo.
Sin embargo, cabe
mencionar que los matices que podrían ser introducidos por la experiencia
vivida del individuo parecen ser infravalorados por Gorz con respecto a esta
cuestión, lo que deja abierta la invitación a evaluar estos aspectos de manera
más reflexiva, por ejemplo, dentro de procesos de polarización o segregación
social potenciados por el nuevo esquema en que se inserta la actividad (más
allá del trabajo y el empleo).
1. Gorz hace referencia frecuentemente al individuo y al hombre. En
estas líneas se intenta recurrir al vocablo persona, no sólo porque es más
genérico sino con la intención de rescatar el sentido más definitorio que
comporta en algunos casos.
2. Este tema ha sido abordado en algunas ocasiones por Robert Solow (por
ejemplo: Solow, 1992)
3. El respeto se entiende como el reconocimiento recíproco de capacidades, de
habilidades y de poder.
4. La revolución reflexiva corresponde a la acción de encontrar en uno mismo
los valores para el cambio.
5. La expresión territorial de estos fenómenos es muy interesante y, como caso
de estudio, tiene una tradición importante en Geografía.
---Castells, Manuel.
La era de la información. Economía, sociedad y cultura. La sociedad red.
Volumen I. Madrid: Alianza Editorial, 1996. 590 p.
---Gorz, André. Metamorfosis del trabajo. Búsqueda de sentido. Crítica de la
razón económica. Madrid: Sistema, 1991. 317 p.
---Solow, Robert. El mercado de trabajo como institución social. Madrid:
Alianza Editorial, 1992. 121 p.