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martes, 1 de septiembre de 2026

Tinkunaco 0303/26 - Re: COLONIZACIÓN TECNOLÓGICA - EL PROBLEMA DEL DESEMPLEO - CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL – INTELIGENCIA ARTIFICIAL – PERSONA HUMANA – LUCRO – MAGNIFICA HUMANITAS - Cap. IV

COLONIZACIÓN TECNOLÓGICA - EL PROBLEMA DEL DESEMPLEO - CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL – INTELIGENCIA ARTIFICIAL – PERSONA HUMANA – LUCRO – MAGNIFICA HUMANITAS - Cap. IV -

 


EL PROBLEMA DEL DESEMPLEO - CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL – INTELIGENCIA ARTIFICIAL – PERSONA HUMANA – LUCRO – MAGNIFICA HUMANITAS - IV -  

 

 

151. San Juan Pablo II recordó que

el desempleo es un mal grave y que, sobre todo cuando adquiere proporciones masivas, puede convertirse en una verdadera calamidad social, lo que pone especialmente de relieve la responsabilidad del Estado. [153] 

 

Hoy en día, en la “cuarta revolución industrial”, esta preocupación se agudiza, ya que la innovación suele acogerse únicamente con el fin de reducir costes y aumentar los beneficios. [154]

 

En algunos contextos, es realista temer una reducción significativa y rápida de los puestos de trabajo disponibles, con un efecto en cadena que afecta profundamente a las familias, a los jóvenes y a las economías locales.

 

En muchos sectores, esto ya se traduce en nuevas formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población activa.

 

152. Sin duda, es deseable que la tecnología libere al hombre de trabajos especialmente pesados, repetitivos o peligrosos y que ofrezca un apoyo inteligente a la actividad humana, pero la norma general debe seguir siendo la protección de los puestos de trabajo y del papel insustituible de la persona.

 

El objetivo de obtener mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo, porque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común.

 

153. Simultáneamente, debemos reconocer que toda transición real se produce a través de una discontinuidad: es desigual, fragmentaria y, a veces, conflictiva.

 

Por lo tanto, no existe un modelo de cambio único, ni una solución global; hay territorios e historias que exigen respuestas diferentes. Dada la desigualdad que caracteriza a nuestro mundo, la difusión de la IA y de los sistemas computacionales produce efectos distintos en cada lugar.

 

Las sociedades ricas se automatizan rápidamente y de forma caótica, reduciendo la necesidad de mano de obra y generando zonas de desempleo y fricciones institucionales.

 

En cambio, vastas regiones del mundo permanecen atrapadas en economías híbridas, donde el trabajo humano mal remunerado y las tecnologías parciales conviven sin llegar a transformarse realmente.

 

Estos territorios se convierten en reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones forzadas.

 

Las soluciones, por tanto, deben encontrarse a nivel nacional y local, involucrando a las comunidades intermedias.

 

Se necesitan herramientas capaces de adaptarse: modelos articulados, experimentos locales, redistribuciones progresivas, nuevos derechos de acceso a los bienes esenciales.

 

Sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación.

 

154. El trabajo sigue siendo una dimensión fundamental de la experiencia humana; no es sólo un medio de subsistencia, sino también un espacio de expresión, de relaciones y de contribución a la comunidad. Por eso, los problemas vinculados con el trabajo no se limitan únicamente a los ingresos necesarios para la supervivencia de las familias.

 

Una sociedad que garantizara trabajo sólo a una pequeña parte de la población expondría a muchos a una situación de inactividad forzada, de ausencia de responsabilidades, de falta de compromiso y de estímulos cotidianos, con consecuencias de empobrecimiento humano y cultural en contraste con el elevado nivel de desarrollo técnico.

 

Nos encontraríamos ante una paradoja de progreso material y regresión antropológica, en la que desaparecerían las condiciones para una paz social justa y estable.

 

Por eso, la Doctrina social de la Iglesia insiste en que el acceso al trabajo para todos debe seguir siendo un objetivo prioritario de las políticas públicas y de los procesos económicos, criterio de juicio para evaluar la calidad humana de un modelo de desarrollo. [155]

 

Por otra parte, en aquellas partes del mundo en las que el empleo tiende a reducirse o a transformarse radicalmente, como consecuencia de procesos tecnológicos y organizativos que escapan al control democrático, es necesario replantearse el propio concepto de trabajo y su relación con la ciudadanía, para que la falta de empleo no menoscabe la participación social.

155. A la luz de esta convicción, podemos también reinterpretar la historia de la Doctrina social de la Iglesia tras la Rerum novarum.

 

Las iniciativas surgidas en ese contexto —asociaciones, sindicatos, cooperativas, obras de asistencia social— han contribuido de manera decisiva a mejorar la legislación laboral, a proteger a los más vulnerables y a promover condiciones más humanas. [156]

 

Hoy en día, sin embargo, tales instrumentos ya no bastan por sí solos ante las transformaciones provocadas por la IA, la nueva organización de los mercados y la competitividad que rara vez se preocupa por la sostenibilidad social.

 

Es necesario un nuevo esfuerzo conjunto por parte de los responsables políticos, las organizaciones de trabajadores, el mundo empresarial y la comunidad científica para elaborar con celeridad normas y medidas de protección adecuadas y consensuadas, también a nivel internacional. [157]

 

Las organizaciones sindicales, a las que la Iglesia siempre ha apoyado, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades, con una multitud de excluidos rodeados de máquinas y sistemas automatizados que han ocupado su lugar.

 

156. En esta transición, no basta con reaccionar cuando desaparecen los puestos de trabajo, sino que es necesario gestionar la transformación de forma proactiva.

 

Una forma viable consiste, en primer lugar, en establecer criterios sociales para la innovación: toda introducción de automatización y de IA debería ir acompañada de medidas verificables de protección del empleo, de recualificación y de participación de los trabajadores, para que la tecnología se oriente a liberar tiempo y capacidades humanas, no a generar exclusión.

 

En segundo lugar, es necesario que políticas activas hagan accesibles a todos la formación continua y las transiciones profesionales, sin descargar sobre los individuos todo el coste de la adaptación a las transformaciones.

 

Por último, se necesita una responsabilidad empresarial que incluya la calidad y la dignidad del trabajo entre los indicadores de éxito.

 

Cuando se dan estas condiciones, la innovación puede convertirse en aliada de un trabajo más seguro, más creativo y digno; cuando faltan, tiende a transformarse en una aceleración de la injusticia.

 

Tinkunaco 0302/26 - Arrabal Jurídico - BERTRAND RUSSELL - SOBRE EL TRABAJO - TRABAJO ESCLAVO - NO MÁS DE 4 HS DIARIAS DE TRABAJO

BERTRAND RUSSELL - SOBRE EL TRABAJO - TRABAJO ESCLAVO - NO MÁS DE 4 HS DIARIAS DE TRABAJO

 


BERTRAND RUSSELL, SOBRE EL TRABAJO:

 

“Cuando propongo que la jornada laboral se reduzca a cuatro horas, no quiero decir que todo el tiempo restante deba dedicarse necesariamente a la frivolidad”

El filósofo británico cuestionó uno de los grandes dogmas de la sociedad industrial: que trabajar más equivale a vivir mejor

Lucía Fernández Moreno - Redactora de National Geographic

Actualizado a  30 de agosto de 2026, 16:00 · Lectura: 5 min

 

"Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán: la ociosidad es madre de todos los vicios.

Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual...

Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y

que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado..."

 

A comienzos del siglo XX, cuando la fábrica, el reloj y la disciplina industrial habían convertido el trabajo en una medida casi universal del valor de una persona, Bertrand Russell decidió poner el dogma patas arriba.

 

Frente a la idea de que el tiempo libre era sospechoso y que la productividad debía ocupar cada hora disponible, el filósofo imaginó otra posibilidad: una sociedad en la que trabajar menos no significara vivir peor, sino tener tiempo para vivir.

 

En 1932 plasmó aquella revolución de ideas en Elogio de la ociosidad, un ensayo que todavía hoy obliga a mirar de otra manera una pregunta aparentemente sencilla: 

¿cuánta vida estamos dispuestos a entregar por trabajo?

 

Un filósofo que quiso poner orden en el pensamiento

Bertrand Arthur William Russell nació en 1872 en el seno de una de las familias aristocráticas más destacadas del Reino Unido. Filósofo, matemático, lógico y escritor, acabaría convirtiéndose en una de las figuras intelectuales más influyentes del siglo XX. En 1950 recibió el Premio Nobel de Literatura, entre otras razones por sus escritos en defensa de los ideales humanitarios y de la libertad de pensamiento.

Su trayectoria intelectual estuvo marcada por una obsesión: alcanzar claridad allí donde el pensamiento se había vuelto confuso. Russell fue, junto al filósofo y lógico alemán Gottlob Frege, uno de los fundadores de la filosofía analítica, una corriente que concedió una importancia central a la lógica y al análisis del lenguaje para abordar los problemas filosóficos.

La filosofía de Russell nació también de una ruptura. A comienzos del siglo XX participó en la llamada “revuelta contra el idealismo británico”, rechazando la idea de que la realidad debía entenderse como un todo único e indivisible. Frente a ello, defendió que lo complejo podía analizarse a partir de elementos más simples y que el conocimiento debía apoyarse en aquello que pudiera ser examinado con precisión.

Esa confianza en la lógica y en la razón atravesó buena parte de su obra. Russell creía que muchos problemas filosóficos nacían de confusiones producidas por el lenguaje y que aclarar exactamente qué significan nuestras palabras podía ayudarnos a desmontar aparentes contradicciones. La filosofía debía, en su opinión, alejarse de la superstición y de las afirmaciones sin fundamento y acercarse a la precisión de la ciencia.

La revolución de Russell contra el culto al trabajo

 

Es precisamente esa mirada crítica la que aparece en Elogio de la ociosidad, ensayo publicado originalmente en 1932. Russell parte de una idea aparentemente sencilla, pero extraordinariamente provocadora para su época

la sociedad ha concedido al trabajo un valor moral que no merece.

“Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno”, escribe.

 

Para Russell, el problema no era únicamente trabajar muchas horas, sino haber convertido el trabajo en una especie de virtud en sí misma.

 

La cuestión era sencilla:

si la tecnología permitía producir más con menos esfuerzo, 

¿por qué seguir obligando a las personas a dedicar prácticamente toda su vida a trabajar?

 

El filósofo distinguía además entre dos tipos de trabajo. Por un lado, estaba el que consistía en transformar físicamente la materia, generalmente desagradable y mal pagado; por otro, el de quienes daban órdenes sobre el trabajo de los demás, normalmente mejor remunerado.

 

Con esta distinción señalaba una paradoja de la sociedad industrial: 

no necesariamente trabaja más quien recibe más dinero, ni es más útil quien ocupa una posición más alta.

 

Russell iba todavía más lejos al cuestionar la llamada “moral del trabajo”. 

“La moral del trabajo es la moral de los “esclavos”, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud”, afirma.

 

En su visión, el desarrollo tecnológico había abierto una posibilidad histórica inédita:

reducir el esfuerzo necesario para producir los bienes que necesita una sociedad y repartir entre más personas el tiempo que antes estaba reservado a unos pocos privilegiados.

 

Cuatro horas para trabajar y el resto para vivir

 

Ahí aparece una de las ideas que han convertido Elogio de la ociosidad en una obra especialmente llamativa incluso décadas después de su publicación.

 

Russell sostenía que, con una organización razonable, cuatro horas de trabajo al día podrían ser suficientes para cubrir las necesidades de la sociedad.

 

“Cuando propongo que la jornada laboral se reduzca a cuatro horas, no quiero decir que todo el tiempo restante deba dedicarse necesariamente a la frivolidad”, aclara.

 

El ocio que Russell defendía no consistía en pasar las horas sin hacer nada, sino en recuperar aquellas actividades que no tienen que justificarse por su utilidad económica: aprender, conversar, leer, crear, jugar, contemplar o simplemente disfrutar del tiempo.

 

Para él, el problema era que la sociedad moderna había empezado a considerar que todo debía hacerse por una razón determinadaIncluso el tiempo libre parecía necesitar una justificación. Y esa obsesión por la eficiencia podía acabar empobreciendo precisamente aquello que hace que una vida merezca la pena.

 

Russell advertía, además, de una paradoja. Si alguien había trabajado durante toda su vida jornadas interminables, podía no saber qué hacer cuando de repente disponía de tiempo libre. Pero eso no demostraba que el ocio fuera inútil; demostraba, según él, que habíamos perdido la capacidad de disfrutarlo.

 

“El sabio empleo del tiempo libre es un producto de la civilización y de la educación”, escribió.

 

Casi un siglo después de que Russell escribiera estas palabras, su pregunta continúa abierta: si el progreso tecnológico permite producir cada vez más con menos trabajo humano, }

¿por qué seguimos midiendo el éxito de una vida por la cantidad de tiempo que somos capaces de vender a cambio de un salario?

 

Tinkunaco 0301/26 - Arrabal Jurídico - PODER - GRANADA NEOLIBERAL: EL BLINDAJE DEL BANCO CENTRAL PERPETUA LA DESIGUALDAD Y EL GRUPO ESPECULADOR EN EL PODER

 

PODER - GRANADA NEOLIBERAL: EL BLINDAJE DEL BANCO CENTRAL PERPETUA LA DESIGUALDAD Y EL GRUPO ESPECULADOR EN EL PODER -

 

 


 

La granada neoliberal: cómo el blindaje del Banco Central perpetúa la desigualdad

 

 

 

 

 

 

 

 

 La autonomía de los bancos centrales que propone la derecha, como se muestra en la experiencia peruana y brasileña, se funda en el «escudo contra los arrebatos populistas del poder político», aunque en la práctica sea

 

 
En el caso peruano, esa «granada» tiene nombre y apellido: Julio Velarde, ratificado por Keiko Fujimori para un nuevo quinquenio al frente del Banco Central de Reserva tras 20 años en el cargo, un periodo que ha visto desfilar a más de 11 presidentes.
Su gestión, celebrada por los mercados, ha sido el pilar de un modelo que, con la estabilidad cambiaria como dogma, facilitó el extractivismo de multinacionales que dejan migajas, profundizando la desigualdad social y consolidando un esquema donde el bienestar de unos pocos se paga con la perpetuación de la pobreza de las mayorías.

 

 Este fenómeno no se reduce a una cuestión de nombres. En Brasil, no se trató únicamente de la gestión de Roberto Campos Neto, el presidente del Banco Central «heredado» de Bolsonaro, que no pudo ser renovado hasta pasado el primer tramo del gobierno de Lula.

 

Su sucesor, Gabriel Galípolo, a pesar de ser ungido con un halo de ideas «progresistas», no modificó la política de tasas exorbitantes.

 

La razón es estructural: una Selic tan elevada convierte a los títulos públicos en el mejor negocio del mercado, sin riesgo y con altísima rentabilidad, alimentando una «cultura rentista» que desalienta el crédito productivo y premia la especulación.

 

En ese marco, la autonomía formal no es más que un blindaje para que el Banco Central perpetúe un modelo que transfiere ingresos del trabajo al capital financiero, sin rendir cuentas al Congreso ni a la ciudadanía, tal como se evidenció en la negativa sistemática a reducir la Selic pese a la desaceleración inflacionaria.

 

Vale recordar que la inflación en Brasil se mantuvo dentro de la banda estipulada, e incluso el gobierno de Lula, fruto de una política de responsabilidad fiscal, nunca se aproximó al techo máximo permitido.