* Envío de SERPAL Nº 454 -
12
>> Adiós Domitila, gran mujer
latinoamericana.
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"...
Grita
contra los asesinos, desde lo alto del muro.
Ella vive en dos
piezas sin letrina ni agua, con su marido minero y siete
hijos.
El octavo hijo anda queriendo salir de la
barriga.
Cada día
Domitila cocina, lava, barre, teje, cose,
enseña lo que
sabe y cura lo que puede
y además prepara
cien empanadas
y recorre las
calles buscando quien compre.
Por insultar al
ejército boliviano se la llevan presa.
Un militar le
escupe la cara.”
Eduardo Galeano, “Memoria del Fuego III”
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>> HOMENAJE
Habla
Domitila
La semana pasada murió en Bolivia Domitila Barrios
Cuenca -así se presentaba sobre el final de su vida cuando se despojó del "de
Chungara", su apellido de casada-, una mujer que supo tanto cambiar la historia
de su país al organizar una huelga de hambre, que comenzaron cuatro amas de
casa, que terminó derrocando una dictadura, como enfrentar al feminismo
conservador -en 1975- al oponer su testimonio de vida a quienes pretendían
seguir hablando de los problemas de "la mujer" así, en singular.
Minera, dirigenta, madre, indígena; Domitila es
una de esas personas imprescindibles para entender la historia de las mujeres en
América Latina.
*
Por Malena Bystrowicz
Fue el 22 de enero de 2006, cuando asumía por primera
vez en la historia de Bolivia un presidente indígena. La ceremonia duró varios
días. Eduardo Galeano fue invitado al gran evento y fueron sus palabras las que
encendieron en mí la necesidad de saber más sobre Domitila.
Aquella tarde
de fiesta en La
Paz, Galeano recordó una asamblea de mineros en los años '70.
Allí se tejían las luchas clandestinas de los obreros y solía haber puros
hombres. Pero en aquella ocasión una mujer alzó su voz y, mirando a cada uno a
los ojos, preguntó: "¿Cuál es nuestro peor enemigo, compañeros?"
Unos
respondieron "el capitalismo"; otros "la patronal"; algunos dijeron "la
burguesía" o "el imperialismo". Esa mujer, sin bajar la mirada, contestó: "No, compañeros, nuestro peor
enemigo es el miedo, y lo tenemos dentro". Ella junto a otras cuatro
mujeres habían comenzado una huelga de hambre que desembocó, en 1978, en el
derrocamiento de la sangrienta dictadura de Hugo Banzer. Esa mujer era Domitila
Barrios de Chungara.
Quise saber todo de ella y fui a buscarla. Me
encontré con una mujer bajita, de aspecto muy frágil pero que transmitía una
poderosa fuerza emocional. Tenía una escuela de formación política en
Cochabamba, 74 años y un cáncer que avanzaba sobre sus pechos. Lo que sigue es
parte de la entrevista que tuve con ella el año pasado, una de las últimas que
dio:
"Me llamo Domitila Barrios Cuenca porque cuando una se casa en
Bolivia siempre lleva el apellido del marido: Chungara", se
presentó.
"Soy hija de un campesino de Toledo, un pueblito pequeño al
lado de Oruro. Hasta que lo mandaron a la guerra con el Paraguay, mi padre
criaba ovejas.
Cuando regresó los animales habían muerto, ya no tenía nada y
se fue a trabajar a la mina Siglo XX con la intención de ganarse un buen
dinerito para comprar ovejas y volver a su pueblo otra vez."
Pero el
destino fue otro. "Las minas siempre están en las cordilleras más altas
donde no hay ni siquiera mercado. El patrón hacía llevar alimentos y les vendía
a los obreros. Pero nunca lo necesario, siempre muy poco. Y si les había
prometido que les iba a pagar diez pesos por día, les daba cinco. Y encima los
obreros le debían el transporte, las botas que le dieron y alguna otra cosita
más. Desde el principio estaban deudores. Allí se casó con mi madre. Yo nací en
Siglo XX, en la mina."
Recuerdos de
infancia
"Mi madre, al tener su quinto hijo, le hicieron una
cesárea y murió. Yo tenía entonces diez años. Cinco hijos nos dejó y la huahua
recién nacida. Todas mujeres. Y yo era la mayor."
¿Y estaba yendo a la
escuela?
-Las mujeres no mandaban a sus hijas a la escuela. Así era
como se discriminaba. Pero mi padre siempre decía que había que estudiar, que
había que leer. Mi madrina, no. Ella decía que la escuela era para mandar cartas
a los novios. Pero mi papá habló con el gerente y le suplicó que nos diera
permiso para ir a la escuela. De cien alumnos ochenta eran varones y veinte,
chicas. Ninguna era hija de obreros.
¿Y tenía que cuidar también de las
hermanas?
-Nos turnábamos con mi papá. Mi hermana, la más menorcita,
tenía meses de haber nacido. La otrita estaba por cumplir un año. La siguiente
tenía un año y más. Imagínense ¡eran pequeñas! No teníamos dónde dejarlas ni
quién las vea. En el recreo yo corría a verlas y a darles la mamadera. Las
teníamos ahí, a las dos huahuas, en un agujero en la pared. Años después, la más
pequeña, que ya tenía tres años, se salió de donde estaba y se acercó a un
basural donde habían echado comida podrida sobre las cenizas de carburo de las
lámparas de los mineros. Yo volvía de la escuela y escuché "mamá". No la había
visto ahí sentadita, en el basural, y cuando la miro de su boquita salía una
espuma. Con las dos manos había estado comiendo. Ha muerto con eso la huahua. Mi
madrina me pegó, me agarró de mis cabellos, me jaló de las orejas y me pateó. Yo
me aguantaba. El sufrimiento de la huahua muerta. Mi madrina me dijo que me
dejara de hinchar con eso de la escuela. Yo contesté: "Tienes razón, yo no quise
quedarme en casa para cuidar a mi hermanita". Me sentí muy mal y le dije que no
iba a ir más a la escuela.
¿Y tu padre qué dijo?
-Cuando
volvió a casa y me vio cocinando me dijo "¿Y la escuela?". Le respondí llorando
que no iba a ir más porque por mi culpa mi hermanita se había muerto. Entonces
mi papá me abrazó y me dijo "no es tu culpa hijita, es el destino que nos ha
hecho así. Es necesario que la mujer se eduque y tú tienes que seguir
estudiando. Yo me voy a llevar a la huahua a mi trabajo. Hija, ya nos vamos a
arreglar".
De repente un acceso de tos muy fuerte obliga a Domitila a
hacer un alto. Pero no por mucho tiempo. Como si se acabara la vida ella vuelve
a hablar de sus recuerdos, sin parar, sin respiro.
"Un día mi papá me anunció
que se iba lejos, de comisión. Había comprado víveres. Me pidió que cuidara a
mis hermanas y me dijo que si se acababa el alimento sacara la plata necesaria
para comprar más. Al día siguiente cuando fui a la pulpería a recoger carne, vi
las calles desiertas. Hacía un frío fuerte y parecía oscuro. Las mujeres
sentadas en las calles, llorando. Decían que había guerra en Bolivia, que los
hombres habían ido a luchar. Poco después, una mañana, empezaron a tocar las
campanas, las sirenas y la gente salía y gritaba '¡Hemos ganado! ¡Hemos ganado!'
Había sido la revolución de 1952."
Domitila se ríe de los recuerdos que
vuelven a su mente. La revolución popular del 9 de abril de 1952 del Movimiento
Nacionalista Revolucionario (MNR) fue un momento feliz para el pueblo boliviano.
Derecho de voto para todos, alfabetización masiva, reforma agraria y reparto
justo de la tierra; nacionalización de las minas de estaño y otros codiciados
minerales, creación de la Central Obrera Boliviana, reemplazo del ejército
regular por milicias populares fueron parte de esa transformación
histórica.
"La gente decía: '¡Hemos destruido al Ejército! ¡Ya llegan los
mineros!' Y a la noche, llegó primero la banda con sus estandartes, luego los
dirigentes del MNR y, todos en fila, con sus guardatojos brillando, varias filas
de mineros. En la quinta, estaba mi papá con su fusil cruzado. Nosotras nos
metimos por debajo de los pies de la gente y lo agarrábamos:
'Papi, papi'. Me
miró con mucha alegría y me dijo: 'Hemos ganado, hijita, nunca más ahora los
niños van a andar descalzos'. Y empezaron las medidas económicas para los
obreros: bonos de producción, subsidio familiar, cajas seguro social. Ya todos
podíamos ir al hospital..."
Los Gringos
¿Cómo fue que usted se integró a la
lucha?
-En el año '63, el gobierno se había entregado completamente
al Fondo Monetario Internacional. Hubo una asamblea de la Federación de Mineros
para decidir si rompía con el MNR. Hubo una emboscada y apresaron a varios
dirigentes, entre ellos a Federico Escobar. Justo en ese momento había unos
norteamericanos en Catavi. Cuando se supo sobre la emboscada, a la noche, los
obreros apresaron a los gringos y los llevaron a la plaza para colgarlos. Les
decíamos: "¿Qué vienen a hacer aquí, a asesinar a los
dirigentes? Ahora van a
morir ustedes". Y los gringos lloraban. Ya estaban poniendo las cuerdas para
colgarlos cuando una señora pequeñita dijo: "Compañeros, no nos dejaremos llevar
por la ira. No sabemos si nuestros dirigentes están vivos o muertos. Yo sugiero
que tengamos a los gringos de rehenes para canjearlos por nuestros dirigentes si
es que están vivos. Si están muertos, ni modo, colgamos a éstos". La
señora era del sindicato de Amas de Casa y me dijo si no quería hacer guardia
con ellas para vigilar a
los gringos.
¿Y usted se sumó?
-Yo por
entonces tenía tres hijos pequeños y dije que no podía. La señora que se llamaba
Norberta y era la secretaria general de las Amas de Casa me dijo entonces: "Yo
también tengo hijos pequeñitos" y me llevó a una sala llena de huahuas por todos
los lados. Mi marido, que escuchó todo, me dijo, despreciándome, que no le
hiciera perder tiempo a la señora y que me fuera a casa a cocinar que él se
quedaba. Me dio tanta rabia que, aunque no estaba convencida de participar, le
dije a Norberta: "Anóteme los tres
turnos".
¿Cuánto tiempo tuvieron a los
gringos?
-Varias semanas. Un día vino Norberta y dijo que los
norteamericanos iban a venir con su tropa más especializada, en helicópteros, a
rescatar a los gringos. "Nos van a matar y van a sacar a los gringos", nos dijo.
El sindicato ordenó a todos llevar comida y agua e irse a resguardar a la mina.
Pero la directiva de las Amas de Casa, responsable de vigilar a los gringos,
dijo que se quedaba. Yo me sentí una miserable porque había pensado en irme. Ahí
fue mi marido que me dijo: "Hay que seguir hasta el final. Yo no quiero que mis
hijos se queden huérfanos. Si vamos a morir nos quedamos la familia entera,
pues. Nadie va a decir que nosotros hemos traicionado." Entonces, todo mi miedo
desapareció.
¿Se quedaron
dispuestos a todo?
-Claro. Todas las mujeres dispuestas a morir.
Debajo del poncho teníamos cartucheras con dinamita. La señora Norberta se
lo explicó a los gringos: "Sabemos que esta noche van a venir a rescatarlos en
helicópteros. No los vamos a largar. Ustedes tienen mucho que perder, nosotras
nada, solo nuestra pobreza y nuestro sufrimiento. Nos vamos a abrazar a ustedes,
vamos a encender las mechas y nos vamos a volar todos aquí". Y les mostramos los
cartuchos. ¡Guay! Los gringos se asustaron. Lloraban y pedían un teléfono por
favor. Esa noche fue la noche más triste, más larga. Pensaba en la familia, en
mi padre. Pero los gringos hablaron por teléfono y no hubo ni ejército ni
helicópteros. Finalmente, se llegó a un acuerdo con los dirigentes que estaban
presos en La Paz y
se liberaron a los gringos. Yo me sentí feliz, me sentí grande de compartir con
esas mujeres dispuestas a morir pero jamás rendirse. Ese recuerdo me ha dado
siempre valor: así tiene que ser el compromiso con el pueblo.
La
dirigenta
¿Cómo fue el cambio de ser una militante
dubitativa hasta llegar a ser una dirigente?
-Recuerdo la
emoción del día en que Federico Escobar, que estaba en la clandestinidad, me iba
a tomar juramento a mí y a un grupo de compañeras. ¡Escobar, qué honor! Tuvimos
que ir por diferentes caminos porque era un lugar secreto. Ahí nos esperaba
Norberta y cuando llegó Escobar le dijo que éramos las nuevas delegadas elegidas
del Comité de Amas de Casa.
Federico nos miró bien serio.
Parecía enojado. Con las manos cruzadas atrás, nos dijo: "¡¿Ustedes saben a lo
que están metiéndose?!?" Era como un reproche ¿no? Nosotras nos miramos y
pensábamos qué pasa con este señor que en vez de animarnos nos dice esto. Y él
siguió: "Ser dirigentes sindicales es como un sandwich. Por un lado, está el
pueblo que te exige que cumplas los mandatos y por otro lado están la empresa y
el ejército que no las va a dejar. Además tratándose de mujeres es peor la
represión.
Ahora estamos en dictadura
militar. ¡No estamos en Carnaval, señoras! Ahora la represión es fuerte y
a las mujeres, no sólo aquí en Bolivia, en todos los países donde luchan, cuando
caen presas hasta llegan a violarlas". Nosotras queríamos salir gritando. Hizo
un silencio, nos siguió mirando y dijo: "Pero estoy seguro de que ustedes no
quieren eso
para sus hijas. Ustedes no necesitan hacer juramento, ustedes son
nuestras compañeras dirigentes" y nos dio un abrazo.
Cinco Mujeres
Uno de
los momentos más difíciles se vivió durante la dictadura de Hugo Banzer. ¿Cómo
recuerda esa lucha?
-Estábamos cansadas de tanta persecución, de tanta
represión. Un día se me acerca la señora Aurora de Lora, esposa de un dirigente
trotskista y me cuenta que han decidido enfrentar al gobierno. Era el año 1977.
El plan era iniciar una huelga de hambre en La Paz en Navidad. Y luego irían sumándose otros
lugares de Bolivia. Lo planteamos en un congreso a los delegados de todos los
distritos mineros pero los hombres nos tiraban los planes para abajo. "No se va
a poder, que Banzer es tan fuerte que estamos yendo a la muerte, que esto y que
lo otro." Entonces llegó el momento de la decisión. Los que dirigían la asamblea
dijeron que los que estaban de acuerdo con la huelga de hambre se pusieran de un
lado y los que no estaban de acuerdo en el otro. ¿Puede creerme si le digo
que éramos cientos de personas pero sólo cinco quedamos del lado de la huelga de
hambre? Cinco y nadie más. Nadie, nadie, nadie, nadie.
Y a pesar de que la mayoría se oponía
siguieron adelante.
-Nos fuimos a La Paz y lo primero que hicimos fue avisar a nuestros
compañeros en Europa, en México, en Perú, en Venezuela. También en Suecia donde
tenemos varios compañeros exiliados y donde más tarde tuve que exiliarme yo. Le
contamos que el pueblo estaba cansado de pasar hambre, de injusticias y que
había un grupo de mujeres que se había decidido a hacer una huelga de hambre
respaldada por... por el pueblo. A mí me dieron todo el apoyo, todo el respaldo
para hacer declaraciones a la prensa. Y así
fue. Empezamos con un grupo en
La Paz.
Luego vino un segundo. Más tarde otro y otro
más.
Los recuerdos de aquella gesta la hacen
reír.
¿De qué se
acuerda Domitila?
-Mire cómo sería la cosa que, según nos enteramos
por noticias que venían de afuera, Banzer estaba desayunando lo más tranquilo
mientras escuchaba la
BBC y por esa emisora que transmitía desde Londres se enteró
que en Bolivia, en su propio país, había empezado la lucha por la democracia,
que un grupo de mujeres estaba haciendo huelga de hambre.
Meses después,
la Central
Obrera decretó huelga por tiempo indefinido hasta que cayó uno
de los militares más sanguinarios que conoció Bolivia. Banzer participó junto
con los dictadores de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil en el Plan Cóndor, un
método sistemático de colaboración para la desaparición y el asesinato de los
opositores de los países de Cono Sur sin importar en cuál de ellos se
encontraran. En el caso de Bolivia, además, se encontraron celdas de tortura y
restos humanos en los sótanos del Ministerio de Interior.
Recuerda
Domitila: "Todo, todo, todo el país paró. Banzer empezó a allanar y a meternos
presas. Pero era tarde. Ese año el precio del mineral y del petróleo estaba alto
y con la huelga no pudo cumplir los compromisos de entregar. Esa fue la tumba
del Banzer".
La
relocalización
No hay recuerdo más triste para un minero
boliviano que lo que llaman "la relocalización", un destierro violento
organizado por el último gobierno de Víctor Paz Estenssoro, el hombre que fue
cuatro veces presidente de Bolivia, la primera con la Revolución del '52 y la
última, con el bochornoso gobierno que instaló el neoliberalismo
(1985-1989).
"Los mismos que hicieron la Revolución volvieron en
el '85 y aprobaron el decreto 21.060 con el que nos botan a todos. Y otra
vez sin trabajo, sin casa, sin escuela. En noventa días había que desocupar la
vivienda. Me vine a Cochabamba", explica Domitila.
¿Y cómo sobreviven?
-Por la
relocalización daban una indemnización miserable. Al papá de mis hijos por
treinta años de trabajo le dieron seis mil bolivianos que era equivalente a tres
mil dólares. El se separó de nosotros, se fue con otra mujer y no nos dio nada.
Entonces yo me vine con mis hijos a Cochabamba porque acá tenía a mis hermanas.
Fue una etapa bien triste. Tuvimos mucho hambre. Nosotras éramos viejas. Cada
quien por su lado tuvo que salir. La mayor parte se fue a la Argentina. Sobre
todo los hombres se fueron y dejaron a sus familias aquí. Muchos no se han
vuelto a juntar nunca más. Los otros se fueron a Europa y allá se casaron con
otras mujeres y nos abandonaron.
Pero usted, Domitila, no se
rindió.
-Entonces me di cuenta de que en el país que hacía falta la
formación política. Los mineros estaban solos: los campesinos también. Empecé a
dar charlas, me di cuenta de que era necesario seguir la lucha. Entonces creamos
un pequeño grupo que al principio llamamos Escuela Móvil, porque íbamos a un
lado y otro. Luego nos hicimos este lotecito, una casita, aquí un cuartito. Y
empezamos a trabajar.
¿Qué piensa
del gobierno de Evo Morales?
-Evo está en el poder, está
alfabetizando al país. Pero la gente necesita también la alfabetización
política, porque si no sabe dónde hay que ir, cómo hay que ir, entonces no va a
poder apoyar nunca, más bien va a estar contra las medidas que va a tomar el
gobierno. Cuando Evo dijo que del pueblo tiene que tener una Nueva Constitución
a mí me alegró mucho. Le hicieron mucha guerra, le tiraron todo en Sucre. A mí
me parece bien que haya un cambio y sea en favor del pueblo. Sí, yo creo en gran
manera el pueblo ha perdido el miedo.”
Esta entrevista fue realizada en
Cochabamba, Bolivia, el 23 de junio de 2011, en el marco de un documental;
Domitila falleció el martes 13 de marzo pasado.
Sólo tres palabras para
recordarla, homenajearla: Adiós y gracias, Domitila.
Fuente: * Malena Bystrowicz, en “Página
12”.
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28 de marzo de
2012
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