¿Y si el sindicalismo que conocemos ya no basta?
Enviado por anonerror (no verificado) en Vie, 07/10/2016 - 14:55
Por Ruymán Rodríguez
He visto que en determinados medios
contrainformativos y portales libertarios se ha originado un interesante
debate sobre la viabilidad y necesidad del “sindicalismo
revolucionario”1, y como
precisamente llevo mucho tiempo dándole vueltas a este tema me he
decidido, humildemente, a participar. Vaya por delante que mis limitados
recursos no me permiten consultar Internet a voluntad, por lo que me
disculpo si he omitido alguna de las intervenciones que me preceden.
Además de lo dicho, advierto que no está
en el espíritu de este artículo decirle a persona u organización alguna
cómo debe organizarse. Es una propuesta basada en mi realidad
cotidiana, una realidad (en Canarias) con un 30% de paro y aún más (37%)
de exclusión social, con decenas de desahucios diarios, con 140.000
viviendas abandonadas, con una enorme pobreza infantil y con la economía
en B como el principal modo de supervivencia de muchas de las familias
que ponen cara a estas cifras2.
Como doy por sentado que está realidad transciende de las islas, este
texto no debe interpretarse como un ataque al sindicalismo
revolucionario, sino como un llamamiento, allí donde no crece, se
estanca o se ve superado por otras ofertas, a ampliar su campo de acción y abrir el abanico de la intervención sindical, económica y social.
1. Oliver y el pasado.
La revolución de 1936 en el Estado
español fue la hostia, lo sabemos todos. Sin embargo, no solamente fue
el resultado de un trabajo de hormigas desde 1868: fue el resultado de
un contexto y fue, sobre todo, algo que ya pasó. Puede parecer
redundante si miramos el calendario y vemos que estamos en 2016, pero
merece la pena recordarlo.
Creo honestamente que cierto anarcosindicalismo está afectado de nostalgia y que debe buscar la cura3.
La historia me fascina, pero sirve para sacar conclusiones no para
revivirla. Esa revolución, con esos actores y circunstancias exactas, no
volverá, y hemos de asumirlo, porque como decía Émilienne Morin “no se
hace la misma revolución dos veces”4.
En el mejor de los casos, si surgen las condiciones propicias y tenemos
la capacidad de estar a la altura, nos tocará hacer la nuestra. Debemos
por tanto esforzarnos en entender esto: la mentalidad del heredero
condiciona; la del generador, aunque dé vértigo, libera.
Sin embargo, hay otras lecciones que
sacar de esa época. En las primeras intervenciones (de José Luis
Carretero y Pepe Gutiérrez-Álvarez) se habla de ese momento en el que el
sindicalismo revolucionario tenía tanta fuerza que podía plantearse si
“ir al por el todo” o si colaborar con las instituciones republicanas y
fuerzas antifascistas. Para mí la lectura no es cómo volver a tener la
fuerza que nos permitió estar ahí, sino cómo evitar interpretar el
fenómeno revolucionario en esos términos supuestamente dicotómicos.
Cuando se dice comúnmente en nuestra
historiografía que en el famoso Pleno de Locales y Comarcales posterior a
las jornadas del 19 de julio se dirimía si “dictadura anarquista” o
“contemporizar”, si “hegemonía cenetista/faísta” o “colaboración”, no se
está diciendo que se discutía si “revolución” o “guerra”; se está
afirmando en realidad, aunque no se quiera reconocer, que se estaba
debatiendo si aceptar el poder republicano constituido o crear uno nuevo
controlado por las organizaciones que vertieron más sangre en parar los
pies a los militares: la CNT y la FAI. Aún en la distancia seguimos
siendo bastante miopes al abordar el asunto y no admitimos un hecho
consumado: en cuanto más se introducía la cuestión en el terreno del
poder más se alejaba del espacio libertario.
Los que proponían colaborar (casi todos
salvo Oliver y la Comarcal del Bajo Llobregat) hablaban de la situación
internacional, de la poca fuerza del anarcosindicalismo en el resto del
Estado y además de no romper la unidad antifascista, de ser “generosos”
con los minoritarios. Soterradamente, hablaban también del miedo a una
dictadura encarnada por García Oliver. Este último, con todas sus
virtudes organizativas y defectos personales, planteaba hacer oficial la
superioridad de la CNT/FAI en la calle e “ir a por el todo”. No se sabe
si tenía realmente esa aspiración dictatorial o no; si estaba
convencido de lo que proponía o si su intención era precisamente
atemorizar a sus compañeros y forzarles a votar por la colaboración que a
la postre lo haría ministro; si proponía un modelo similar a lo que
después sería el Consejo de Defensa de Aragón; o si con su propuesta
“radical” pretendía la absolución histórica de la que no dejaría de
presumir en El Eco de los Pasos (1978) al ser el único que
propuso la “vía revolucionaria”. Desconozco la respuesta. Lo que sé es
que el debate se distorsionó y creyendo que se debatía de revolución se
estaba haciendo, en puridad, sobre poder.
Esta idea, que siempre me planteé, me alegró verla también ratificada en un artículo escrito por Abel Paz5.
En él se nos aclara que el debate se dio efectivamente en términos de
poder, y que en su opinión (para mí muy lúcida) el debate de fondo era
más complejo y ya se había dado tiempo antes entre quienes defendían el
sindicato como germen de la sociedad revolucionaria futura y como
estructura gestora de dicho proceso (Isaac Puente y su tesis prevalente
en el Congreso de Zaragoza de 1936) o si el sindicato debía disolverse
ante el acontecimiento revolucionario y sus militantes dedicarse a
organizar las asambleas de barrio, municipio y empresas que gestionarían
la sociedad tanto económica como políticamente (Federico Urales).
Oficialmente ganó la tesis de Puente. En el Pleno, la de los
colaboradores. Pero los militantes, la gente del pueblo, los vecinos y
vecinas de Barcelona, tomaron mientras pudieron su propia decisión en
las calles y optaron por ocupar las fábricas y socializar los medios de
producción sin autorización oficial alguna. En un primer momento
organizando asambleas barriales espontáneas que superaban los cálculos
de los propios sindicatos, y cuando se encauzó la euforia inicial,
usando a estos mismos sindicatos como elementos de vertebración en los
que precisamente se ponía en práctica lo aprendido en ellos durante
décadas.
Lo que me parece interesante de este
proceso histórico, en relación al debate sobre sindicalismo
revolucionario, es el análisis sobre la importancia que le damos a las
estructuras fijas, con andamiaje y nomenclatura definidas en letras de
molde, y lo poco que nos interesa flexibilizar, adaptarnos al momento,
escuchar las exigencias populares, reciclar lo que no funciona como
debería y crear herramientas nuevas. Según Paz, se prefirió salvaguardar
la organización sindical y específica a cualquier precio, defender ante
todo la pervivencia de las siglas, y no se quiso seguir la propuesta de
Urales: hacer que la revolución no fuera ni política ni sindical, sino
social. Esta cuestión me permite por fin entrar en lo importante.
2. La crisis de la conciencia de clase.
En muchos de los textos que han
intervenido en este debate se ha mencionado, con mayor o menor
prolijidad, las modificaciones que ha sufrido la clase obrera y la
conciencia que esta tiene sobre sí misma. Se ha hecho este esfuerzo,
pero sin calcular completamente sus consecuencias y lo que esto implica
(en relación, principalmente, a nuestras propias herramientas). Quizás
molesten esas voces cargadas de realismo que nos muestran lo
desalentadora que es la situación obrera no sólo a niveles laborales
sino de autorrepresentación. Hacer de “pájaro de mal agüero” y decir
cosas como las dichas por Alberola en su última intervención quizás no
guste y genere aversión, pero es necesario. Es el momento de beberse el
cáliz hasta las heces, asumir lo que nos rodea y ver si después de
aceptada la realidad tenemos la capacidad de enfrentarla y cambiarla.
La clase obrera no se encuentra en un
proceso de reconversión, sino de desintegración. Seguirán siempre
habiendo trabajadores y productores, pero ya no con una concepción de
estar oprimidos por las clases propietarias ni de ser los legítimos
detentadores de los medios de producción. El capitalismo ha aprendido
más sobre dominio en los últimos años de lo que hemos aprendido nosotros
sobre revolución.
Antes la clase obrera era domada con la
ignorancia y no era raro que la alfabetización o al menos la
satisfacción de las primeras inquietudes culturales se produjeran en
ateneos y sociedades obreras. Hoy la clase obrera es domada de una forma
distinta: con sobreinformación manipulada, con un constante bombardeo
comercial y mediático del que no escapa nadie, con la escolarización
nacional forzosa a edades cada vez más tempranas. La hegemonía
educacional capitalista no se siente amenazada y ha llegado hasta la
última chabola.
Psicológicamente se pretende que el
obrero se sienta más como un consumidor que como un productor, y hasta
el asalariado más precario se siente clase media mientras no paren las
nóminas. E incluso cuando paran, no hay más intención que reengancharse a
la que se presenta como única alternativa posible: la explotación
acrítica de su fuerza de trabajo. Lo que ha conseguido la democracia
representativa en política es lo que ha conseguido el capitalismo a
nivel económico y social: la identificación del oprimido con el sistema
que lo oprime. Culturalmente la conciencia de clase ha sido no sólo
fragmentada o desfigurada, sino que está directamente en proceso de
descomposición.
Y sería un error pensar que esto sólo ha
pasado a nivel social y cultural. El propio mundo del trabajo ha
cambiado. Si la fábrica y la producción en cadena acabó con gran parte
del orgullo artesano y con la conciencia del trabajador de ser artífice
de su propio elaboración, no consiguió sin embargo romper el tejido
asociativo. Los gremios cambiaron de formato pero la necesidad de unión
siguió existiendo. Actualmente el alto nivel de desempleo (ser
trabajador ya no es una identidad, es una etapa que con suerte se repite
varias veces al año), la precariedad, la proliferación de las ETT's,
las subcontratas, han logrado que gran parte de la población no sienta
ninguna identificación con la persona que suda y trabaja a su lado. En
las empresas estables donde esto es distinto, ya los sindicatos
amarillos han fagocitado a las plantillas. Se les puede y debe plantar
cara, pero es harto complicado romper esta dinámica allá donde los
sindicatos estatales han reducido la intervención sindical a la
actividad de una gestora o de una organización meramente asistencial.
Creemos por lo general que es por eso, por las deficiencias de estas
organizaciones, por su corrupción y desprestigio social, por lo que hay
un campo perfectamente abonado para el sindicalismo revolucionario; la
realidad es que estas organizaciones ofertan lo que demandan quienes han
conseguido cierta estabilidad laboral y económica: conservar dicha
estabilidad; evitar cualquier alteración. No se mantienen porque la
gente sea tonta o por extraños manejos de una conspiración
internacional; lo hacen porque dan lo que piden muchos de esos obreros
que han olvidado que lo son, que han sido fabricados a conciencia por el
Sistema: conservar su pequeña ración de pienso, lo cual es triste pero
muy natural y muy humano.
La situación polarizada entre oprimidos y
opresores se mantiene inalterable desde las cavernas. Lo que ha ido
cambiando es la percepción que los oprimidos tienen de esta situación y
los métodos que los opresores tienen de perpetuarla. A nosotros los
revolucionarios, partiendo de que estamos del lado de los oprimidos o
que somos oprimidos mismos, nos toca cambiar los métodos de subvertir
esta situación si los utilizados hasta ahora no funcionan.

Los métodos del sindicalismo
revolucionario al uso pueden estar funcionando en muchos sitios, y en
ese caso lo mejor es no tocar nada y seguir esa línea. Pero mentiríamos
si creyéramos que esta situación es general. En muchas ocasiones este
sindicalismo revolucionario lo es sólo en ideología, deseo y aspiración,
pero no en práctica y resultados. En estos casos en los que la
metodología clásica ha fracasado, es necesario implementar lo que se
hace, modificarlo si fuera menester, o resignarse y hundirse aferrados
al lastre de la tradición.
Con una situación laboral, económica y
social totalmente degradada, con una clase obrera atomizada y
desmantelada, con un paro acuciante y una crisis de subsistencia
permanente en determinados barrios y ambientes, no toca a todos
replantearnos nuestro trabajo. Tanto a las organizaciones específicas
como a las centrales anarcosindicalistas que aspiran a desarrollar un
sindicalismo revolucionario. Tenemos que plantearnos si el sindicalismo
que ofertamos está llegando a los actores sociales que deben ser los
protagonistas del cambio. Si no llegamos, plantearnos si debemos cambiar
la oferta. Y si aún así no llegamos, plantearnos si estamos
transmitiendo nuestro discurso al público adecuado.
En barrios con un paro del 70%, ¿llega
un discurso exclusivamente obrerista? Allí donde gran parte de la
población sobrevive a través de trabajos ilegales o alegales,
percibiendo ingresos en B, ¿llega un sindicalismo que no la incluye en
sus cálculos ni estrategias? Por otro lado, la aspiración de controlar
los medios de producción, ¿debe ser incompatible con trabajar por
controlar los bienes de consumo? ¿Por qué esta aspiración de tomar los
medios de producción deja en manos de otro tipo de sindicalismo la
ocupación de tierras? ¿Qué pasa con bienes como la vivienda y el
alimento? ¿Estamos convencidos de que no es ese el terreno del
sindicalismo? Creo que hay que dar obligada respuesta a estas
cuestiones.
3. El sindicalismo social.
Antes de abordar este asunto, que puede
ser malinterpretado, me gustaría aclarar algunas cosas. En primer lugar
he leído que en algunas de las intervenciones del resto de compañeros se
habla del sindicalismo social, considerándolo limitado y alejado de
ofrecer una solución, como sinónimo de un sindicalismo imbricado con los
movimientos sociales. Vaya por delante que no es esa mi concepción del
sindicalismo social.
Por otra parte, el término puede
levantar una lógica y natural animadversión si entendemos que hace
referencia a lo que han sido algunos sindicatos durante años: grupos de
lectura, cenáculos cerrados para debatir de ideología, clubes de amigos,
peñas de convencidos. Este “sindicalismo”, ajeno totalmente a la
realidad circundante, al barrio, a la calle, es precisamente lo
contrario a lo que yo defiendo. Un sindicalismo que solo tiene nombre,
siglas y banderas pero que vive de espaldas al sufrimiento de los
obreros y de los que ha sido excluidos de esta denominación porque ni
siquiera tienen acceso a un trabajo regular, no me interesa.
Señalo además que cuando hablo de
sindicalismo revolucionario, no le estoy diciendo a ningún sindicato
concreto lo que debe hacer. Es una iniciativa que creo debe y puede
darse desde el sindicalismo y con ese formato, pero no sé si usando las
estructuras existentes (que me parece lo más lógico) o creando otras
nuevas. No es tampoco una férula teórica lanzada contra la actividad de
los otros, pues en la propia FAGC ha surgido el debate sobre si debemos o
no reconvertirnos en un Sindicato de Inquilinos.

Aclaro también que mi propuesta no es
incompatible con el sindicalismo revolucionario plasmado en algunas de
las intervenciones de este debate. Lo defendido por ejemplo por Lluís
Rodríguez Algans creo que no es excluyente de lo expresado en este
humilde texto. Entiéndase más como una ampliación de la práctica que
como una refutación. No pretendo por tanto, pues sería ridículo y un
oxímoron, que el sindicalismo no intervenga en el mundo laboral, que no
trate de arrinconar a los sindicatos amarillos, que abandone las
empresas, que no sea una herramienta inminentemente laboral; lo que digo
es que con eso no basta. Pretendo que se entienda el carácter
diferenciado del sindicalismo que se formula como revolucionario; que se
comprenda que este ha crecido cuando ha interpretado que su dimensión
era mucho más integral que la de un sindicalismo netamente empresarial y
que se ha enraizado en los barrios y entre las clases populares cuando
ha creado tejido social y redes solidarias; que se asuma que el
crecimiento de determinados colectivos se debe a que existe una demanda
en este campo que antes suplía el sindicalismo revolucionario, y que si
este no ha manifestado ese considerable crecimiento es porque ya no
ofrece nada en ese aspecto.
La primera objeción a este planteamiento
se suele emitir con una sonrisa socarrona de superioridad mientras se
afirma con rotunda seguridad que el terreno del sindicalismo ha sido, es
y será siempre, sin salvedades, el terreno del trabajo. Tanta nostalgia
del 36 y se desconocen los pormenores de cómo se fueron colocando los
cimientos de esa revolución. Ante la estrechez y la cerrazón uso la
historia para lo único que sirve: sacar lecciones y de paso plantársela
en la cara a los que la sacralizan. En los textos libertarios se repiten
mucho los logros de las grandes huelgas revolucionarias, pero parece
ignorarse cómo se pudo crear el apoyo social que las sostenía.
En una época en la que la educación se
limitaba entre la clase trabajadora a los primeros lustros de vida y en
la que dicha educación estaba controlada por la Iglesia, los
anarcosindicatos de la CNT ofrecían, con sus escuelas libres, clases
nocturnas, bibliotecas y ateneos, otra forma muy distinta de acceder al
conocimiento. La gente sin recursos enviaba a sus hijos a los sindicatos
a formarse. El ocio y la cultura también se vehiculaban a través del
sindicato. Las representaciones teatrales, el senderismo, las comidas
comunes, etc., iban dirigidas a ofrecer esparcimiento y crear vínculos
entre la militancia joven.
Hoy, aunque se hacen algunas cosas
notables en estos campos, sería irreal no reconocer que el Estado se ha
adueñado de la educación tal y como el capitalismo lo ha hecho del ocio.
Sin embargo, la gente no sólo se acercaba al sindicato para estas
cuestiones extralaborales concretas, lo hacía también para un tema tan
apremiante como el de la vivienda. Los primeros Sindicatos de Inquilinos
en el Estado español fueron promocionados, a veces en solitario y otras
junto a la UGT, por la CNT e incluso hasta por la FAI. En los años 30,
de Barcelona a Tenerife, hubieron sindicatos de vivienda, huelgas de
alquileres, piquetes antidesahucio, realojos, ocupaciones, boicots (hoy
los llamaríamos “escraches”) y reclamaciones que iban desde la bajada de
los alquileres hasta la completa eliminación de los mismos6.
La lucha por la vivienda no es un invento de la PAH ni del Movimiento
Okupa, tanto en el Estado español, como en el argentino o el chileno,
está íntimamente ligada desde su nacimiento con el anarcosindicalismo y
las organizaciones obreras.
De la misma manera, era la CNT la que en
plena II República promocionaba lo que Felipe Aláiz llamaba “la
expropiación invisible”, que definía José Peirats como “invasión de
fincas de mano muerta a pesar del espantajo de la Guardia Civil”7
y también la que impulsaba “revueltas del hambre” como la de la ciudad
de Inca (Mallorca) de 1918-1919. La ocupación de tierras incultivas y la
toma de suministros básicos de forma directa no es tampoco un invento
del SAT, era algo común entre la filiación y militancia del
anarcosindicalismo de la primera mitad del siglo.
Visto esto, ¿seguimos pensando que el
sindicalismo revolucionario nunca actuó fuera de los margenes
estrictamente laborales? Lo dicho nos demuestra que el crecimiento y la
implantación de un sindicato como la CNT no sólo se debía a su potencia
laboral, sino también a su amplitud de miras en lo social. Porque a su
capacidad de presentar conflictos laborales y ganarlos, se sumaba su
disposición a articular luchas relacionadas con otras necesidades
obreras que no se encontraban necesariamente en la fábrica o el taller.
Implicarse en luchas como la de la vivienda no es algo novedoso o que se
me esté ocurriendo a mí ahora; es parte de la esencia misma del
sindicalismo revolucionario desde sus orígenes. Realmente no importaría
mucho que no fuera así, pero es importante destacarlo para informar a
los que creen que el sindicalismo revolucionario nunca tocó más palos
que los del trabajo convencional.
Por otra parte, el sindicalismo
revolucionario hoy debe aceptar implicarse en luchas y reivindicaciones
que vinculadas con lo laboral tienen un aspecto mucho más amplio en
terrenos como el social y el cultural, como por ejemplo el feminismo.
¿Puede rehuir el sindicalismo revolucionario tomar partido en este campo
simplemente porque la lucha contra el patriarcado no se dirime
exclusivamente en el terreno laboral? Siguiendo con otro ejemplo, ¿puede
hoy cualquier sindicato, amarillo o revolucionario, abstenerse de
organizar sus propios sindicatos de estudiantes a pesar de que estos,
por ahora, no sean estrictamente trabajadores? Si el sindicalismo no
tiene más campo que el empresarial, ¿qué hace llamando a los estudiantes
a unirse a sus filas antes de que se hayan convertido en asalariados?
La CNT también promovió en el pasado la creación de cooperativas de
trabajadores que, vinculadas fuertemente con el mundo del trabajo, no
tenían como intención plantear y ganar conflictos, sino crear
estructuraras solidarias fuertes y mejorar la vida de los trabajadores.
Hoy se entiende esta idea cuando se propone desde dentro de los propios
sindicatos la creación de cooperativas de consumo, ¿por qué no se ha
podido hacer lo mismo con los Sindicatos de Inquilinos?
Plataformas como la PAH o sindicatos
relacionados con partidos políticos como el SAT han adelantado al
anarcosindicalismo por la izquierda, y lo han hecho en un terreno que
era el suyo y usando sus mismas armas. Entiendo que no se quiera tocar
un tema como el de la vivienda allí donde funcionan bien las plataformas
locales. Pero donde no es así o no se tocan determinados temas como el
del alquiler, ¿dónde está el problema? Si hay un prurito por no
rivalizar con lo existente, la propia CNT nunca se hubiera fundado, pues
en 1910 podía estar “invadiendo” el terreno de la UGT fundada en 1888.
Lo importante en la lucha es la estrategia que se lleva a cabo y las
repercusiones que esta tiene en la vida de la gente; no es una cuestión
de primogenituras.
Lo que necesitamos, por tanto, es que el
sindicalismo revolucionario entienda que su naturaleza es bastante más
amplia que la de cualquier sindicato al uso, que la gente se puede
acercar a él si ve que es mucho más que un sindicato. Y el terreno es
fértil para ello. Muchas personas en el espectro de la vivienda no
encuentran una herramienta a su alcance si su caso es de alquiler
(hablamos siempre de alquileres de multirentistas, inmobiliarias, etc., y
no del cansino mito del pequeño rentista de 99 años, con una quedara
mal, que da mucha pena). Cuando se enfrentan a desalojos masivos por
parte del Estado, fondos buitres, gestoras privadas de vivienda pública o
incluso bancos, su arsenal es muy limitado, pues debemos tener en
cuenta que por ahora nadie (salvo aquí en Canarias) ha planteado una
huelga de alquileres. El asunto llama la atención si tenemos en cuenta
que estas huelgas nos han resultado bastante fáciles de ganar y que
tienen un coste cero, a diferencia de las laborales. La gente tiene
planteado el conflicto habitacional porque dentro de poco no podrá
pagar, porque ya adeuda varias mensualidades o porque directamente va a
ser desahuciada por impago. En este caso el hecho del impago es algo
consumado o a punto de consumarse, sólo falta darle a ese acto
involuntario y fatalista un recubrimiento de acción consciente y de
reivindicación política. En una huelga laboral el trabajador se expone a
perder dinero por cada día de huelga. Si esto se suple con cajas de
resistencia, lo más común es que la huelga se prolongue tanto como dure
el dinero de la caja. Pierden dinero obrero y empresario, pero a veces
se impone la proporcionalidad y es el primero el que más se resiente. En
una huelga de alquileres sólo pierde dinero el casero. Si se consiguen
demorar los plazos de una posible orden de lanzamiento, que la cuestión
no vaya por la vía del desahucio exprés al tener que dirimirse
irregularidades contractuales; si se consigue afinar una buena batería
legal que torpedee el proceso, hay muchas posibilidades de victoria. Por
no hablar de las medidas de presión directa, muy fáciles de aplicar
porque se ataca al enemigo desde dentro. Por otra parte, no es lo mismo
un desahucio aislado que vaciar uno o varios bloques, sea vivienda por
vivienda (lo estipulado salvo en casos de ocupación) o de forma masiva,
pues cada desahucio será un pulso contra la resolución judicial y el
rentista. Es un campo donde se puede crear mucho tejido social y que hay
que seguir explorando.
La mayoría de anarcosindicatos tienen
una secretaría de Acción Social, pero en la práctica se entiende que la
función principal de esta es denunciar los abusos cometidos en campos
como el del medio ambiente, la migración o los derechos de la mujer.
¿Por qué no puede ser su labor, aparte de esa, crear desde ahí los
Sindicatos de Inquilinos? Lo población migrante y las mujeres en riesgo
de sufrir feminicidio a lo mejor no se acercan al sindicato por una
elaborada campaña con charlas y cartelería contra la violencia machista o
la xenofobia, pero sí lo hacen cuando se toca el tema de garantizar su
techo y su pan, su refugio y su supervivencia. Si desde ese lugar se
pueden plantear cooperativas, ¿porque no secciones sindicales de
vivienda o sindicatos propiamente dichos?
Se ha planteado también en un texto como
el de Martín Paradelo la paulatina toma de los medios de producción.
¿Por que no contemplar entonces la toma directa, sin plazos, de los
bienes de consumo? De hecho bien podría ser lo segundo la antesala de lo
primero. Autogestionar medios de producción o empresas delicadas como
hospitales y demás, puede parecer en un primer momento, a pesar de
ejemplos tan actuales como el de Grecia, una tarea compleja y ardua,
pero hacerlo con el techo, tal y como se produce a diario a través de la
ocupación, está al alcance de la mano. Desgraciadamente, lo que suele
motivar esta expropiación es la pura desesperación, y aún en aquellos
casos en los que está motivada por fines reivindicativos no consigue
articularse con un discurso político revolucionario que no tienda tanto
(o al menos solamente) a la regularización de la ocupación del inmueble
como a la ocupación sistemática como forma de socialización masiva. Es
ahí donde hay que incidir y dotarlo de una narrativa revolucionaria
propia. Por otra parte hay medios de producción cuya ocupación es
directa y no requiere de etapas intermedias de duración indefinida. Gran
parte del suelo agrícola, al menos en Canarias, está abandonado.
Ocuparlo, exigir el derecho a hacerlo productivo, alimentarse de él,
crear cooperativas que distribuyan el alimento (incluido el excedente si
lo hubiera), enrolar en la actividad a todos los trabajadores agrícolas
y desempleados dispuestos que se hayan acercado al sindicato, y
prepararse para resistir, supone una política revolucionaria sindical de
hechos consumados. Cuando en el anarconsidicalismo se habla de
cooperativas8 en realidad puede
entenderse por algo así, la idea ya está en el aire, pero falta que las
ponencias transciendan, que sean una práctica cotidiana al alcance de
los afectados y que se entienda que estos van más allá de los arquetipos
decimonónicos.
Y es que hay otro cariz en lo del
sindicalismo social. Ya en tiempos de la Transición, Luis Andrés Edo
hablaba de la necesidad de crear un “sindicalismo integral” que
incluyera a los excluidos9. Visto
cómo está el panorama económico-laboral, muchos trabajadores han perdido
la condición de tales, pero no sólo a niveles de conciencia por la
búsqueda compulsiva del estándar capitalista, sino a unos niveles mucho
más prosaicos por encontrarse en una situación de constante precariedad.
Hablamos de obreros que lo son, pero a los que nadie les da esta
categoría y a los que casi ningún sindicato abre los brazos u ofrece una
herramienta. Me refiero a los desempleados de larga duración, a los
vendedores ambulantes, a los cuidadores, a los limpiadores por cuenta
propia, a los chatarreros, a los amos de casa, a los obreros que viven
de hacer chapuzas, a los presos y un largo etcétera. Me refiero a toda
esa gente que en algunos barrios son mayoría, que no han cotizado en su
vida, como no lo hicieron sus padres ni lo harán sus hijos; que no saben
lo que es una nómina pero que sí saben lo que es trabajar, lo que es
ser perseguidos, lo que es no obtener una justa retribución por su
trabajo y a los que no llega una propaganda de obrerismo fabril. En
muchos casos puede ser complicado plantear ciertos conflictos sin
perjudicar al afectado y también hay que tener en cuenta el
enfrentamiento con la negativa legal a que algunos de ellos se
sindiquen, pero como ya han demostrado los pocos pero representativos
sindicatos de esta naturaleza (sean autónomos como el Sindicato de
Manteros10 en Catalunya o como el IWOC11
en EE.UU., que es una sección sindical de presos de la IWW que ha
protagonizado las últimas huelgas carcelarias) puede ser una buena vía
para visibilizar su situación precaria, denunciar a la administración
pública e iniciar una hoja de ruta que puede buscar, dependiendo del
caso y de la actividad profesional, desde la mejora de las condiciones
laborales, la regularización o si se prefiere: reivindicar el derecho a
vivir al margen de la legalidad sin ser perseguidos. Mucha de esa
población activa que engrosa las listas del paro y que ya no recibe
subsidio alguno sigue viva y comiendo (cuando puede), y sería ingenuo
pensar que no es la economía sumergida la que garantiza su
supervivencia. La legalidad siempre será un problema, pero precisamente
por eso es necesario el sindicato, para dotar de cobertura a quienes
entre la clase trabajadora se encuentran en la situación de mayor
vulnerabilidad. Hay barriadas enteras que sobreviven con la economía en
B, lugares donde ningún sindicato amarillo está interesado en hacer una
campaña de captación. En esos sitios hay que arremangarse y ser
conscientes de que la actual coyuntura nos aboca cada vez más a esta
situación; o nos adaptamos, junto a nuestras herramientas, y empezamos a
trabajar en ese campo, o acabaremos buscando defender los derechos de
una clase obrera idealizada que ya no existe. Sí, debemos luchar por
preservar los derechos laborales de los que aún los conservan, pero no
nos olvidemos de los que ya los perdieron y especialmente de los que
nunca llegaron a tenerlos.
Puede que después de lo leído alguien
acabe coincidiendo, pero objete la falta de medios y conocimientos para
dedicarse a eso y se agarre a ese refrán según el cual “quien mucho
abarca poco aprieta”. Me parecería una pobre excusa. Eso es algo que de
forma más bien intuitiva e improvisando, sin un chavo y siendo
literalmente cuatro mataos, hemos podido hacer en Gran Canaria,
sin casi estructura. Es la experiencia la que me ha enseñado que eso
está al alcance de cualquiera. La formación en vivienda no es en
absoluto más compleja que la laboral, y la necesidad de recursos es
bastante menor. La negativa vuelve a demostrar que se ve el terreno de
las necesidades básicas, el techo, la ocupación de tierras, la
exclusión, como una dimensión distinta a la del trabajo, cuando en
realidad la conexión no puede ser más estrecha.
Repito para finalizar que no se pretende
con este texto plantear un sindicalismo sin trabajadores, pues la
urgencia social no deja mucho tiempo para plantear estupideces.
Interpretar este texto así equivale a tratar de reducirlo al absurdo
para evitar tener que digerirlo. Lo que se pretende es que se entienda
que las necesidades económicas de los trabajadores son múltiples y que
cabe la posibilidad de incidir en las más urgentes como son techo,
abrigo y comida ampliando el marco de actuación del sindicalismo
revolucionario allí donde su actividad rigurosamente laboral no baste,
no le permita crecer ni llegar a la gente o allí dónde no exista nada
funcional en ese aspecto. Si el sindicalismo se pretende revolucionario
debe serlo más que por el nombre, sin aferrarse a la creencia de que la
mera actividad sindical al uso le permitirá llegar a controlar los
medios de producción. Las victorias parciales dan experiencia y
ejercitan el músculo subversivo preparándonos para el futuro, pero no
suponen la revolución misma ni tampoco necesariamente su antesala. La
propia Comunidad “La Esperanza” no es la revolución, es por ahora una
victoria parcial (seguimos evitando que sea, si finalmente se produjera
el desalojo, una derrota parcial), donde aprendemos mucho y nos
ejercitamos, pero el acontecimiento prerrevolucionario es otra cosa. El
sindicalismo si quiere ser revolucionario debe diferenciarse, aspirar a
la integralidad de acción y abordar aquellos campos de transformación
revolucionaria que estén a su alcance. Crear sindicatos de trabajadores
en B y de inquilinos es parte de esta capacitación revolucionaria, pues
son estas demandas, de vivienda, de comida, de autodefensa de los
excluidos, las que llegan a una importante parte de la población a la
que hoy se ignora; las que de resolverse con un trabajo certero pueden
sentar las bases de un salto cuantitativo y cualitativo; y las que
permiten acceder a un territorio actualmente muy poco explorado, por lo
menos desde la práctica revolucionaria y sindicalista. Toca abrirse paso
entre la maleza y avanzar fuera de la zona de confort.
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1 Que yo
sepa por ahora han intervenido José Luis Carretero, Pepe
Gutiérrez-Álvarez, Lluís Rodríguez Algans, Octavio Alberola y Martín
Paradelo. Pongo este enlace del foro de Alasbarricadas.org porque creo
que en él se recogen a su vez los enlaces de todas las intervenciones
que han ido surgiendo:
http://www.alasbarricadas.org/forums/viewtopic.php?f=20&t=61290.
Aclaro, por cierto, que al menos cuando yo hablo de “sindicalismo
revolucionario” no me refiero concretamente a la teoría de Georges Sorel
o Pierre Monatte (que veían en el sindicalismo también la estructura
que organizaría la sociedad posrevolucionaria). Lo hago de una forma
mucho más general para referirme a aquel sindicalismo que no sólo busca
objetivos a corto plazo, sino que tiene como finalidad subvertir
revolucionariamente el estado de cosas existente.
2 Son
datos extraídos de la EPA, el BOC y otros medios oficiales y también de
los informes de ONG's como Cáritas o Save The Childrens.
3 Me ha
parecido interesante que Octavio Alberola, siendo el interviniente de
más edad, sea también el que parece tener menos morriña cuando hay que
evocar las glorias del pasado.
4 En El corto verano de la anarquía (1972) de Hans Magnus Enzensberger.
5 Paz, “Contra la democracia y el «liderismo natural»” (en Historia Libertaria), marzo-abril de 1979.
6
Precisamente es García Oliver el que en un carta a Abel Paz (22 de
noviembre de 1972) le dice que el gran mitín organizado por la CNT ante
el Palacio de Bellas Artes con motivo del 1º de Mayo de 1931 “no era de
afirmación anarquista ni sindicalista, ni de protesta por los mártires
de Chicago. Simplemente se trataba de un acto de afirmación, reclamando
la anulación de los alquileres de los domicilios. En cuyo asunto
trabajaban Arturo Parera, 'Barberillo' y Castillo desde antes de
proclamarse la República”.
7 Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, 1962.
8 Como en este caso: http://www.cnt.es/xcongreso/accion-sindical-vias-para-la-accion-social
9 Edo, “Syndicalisme Révolutiannaire” (en Anarcho Syndicalisme et Luttes Ouvrieres), 1985.
10 Menos conocido como Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona.
11 Aquí su web: https://iwoc.noblogs.org/
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