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sábado, 23 de abril de 2022

Tinkunaco 0388/22 - Re: Boletín diario del Portal Libertario OACA

 


Boletín diario del Portal Libertario OACA

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  • Una valoración crítica de lo que podría ser una economía política anarquista
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Una valoración crítica de lo que podría ser una economía política anarquista

Posted: 22 Apr 2022 12:05 PM PDT

Por Angela Wigger. Traducido por Endika Alabort Amundarain
El artículo fue publicado en la revista académica ephemera. Theory & politics in organization en 2014. Para la versión original en inglés, se puede consultar el siguiente link.

Confundido con el antiestatismo, el «todo vale», el caos, la violencia y el terrorismo, el anarquismo es probablemente una de las ideologías políticas más malinterpretadas y demonizadas de nuestro tiempo. Los escritos anarquistas han sido durante mucho tiempo el coto de las subculturas activistas, mientras que sólo han atraído una atención marginal en los círculos académicos. La marea parece haber cambiado junto con la desilusión generalizada con el estado neoliberal autoritario y los aparatos de vigilancia orwellianos que se han extendido a raíz de la crisis actual. En particular, el impulso político de los movimientos sociales horizontalistas con rasgos anarquistas, que toman las plazas y exigen «democracia real ya», ha estimulado una renovada curiosidad académica por las ideas y prácticas anarquistas. Gran parte de esta apreciación ideológica podría ser sólo de carácter transitorio, coqueteando con lo que David Graeber (2002: 72) denominó «anarquismo a pequeña escala». A pesar de ello, el renovado interés por el pensamiento anarquista es un ejemplo de la búsqueda de un orden socioeconómico alternativo, un orden que va más allá de las concepciones reformistas y provincianas de lo que se considera comúnmente como políticamente aceptable y factible.

La (re)producción de la vida cotidiana a través del trabajo está en la base de todo sistema económico y político, incluido el que podría ser anarquista. ¿Qué visiones alternativas sobre la producción, distribución y consumo de bienes y servicios ofrece el anarquismo? ¿Cuáles son las virtudes y los escollos de una organización anarquista de la economía? Puede que el anarquismo no sea célebre por sus distinguidos puntos de vista sobre la economía; sin embargo, una serie de anarquistas ha esbozado puntos de vista bastante concretos sobre cómo organizar formas alternativas de producción y, para el caso, un orden socioeconómico alternativo que no sea capitalista en esencia.

Este artículo discute críticamente los méritos y los límites de las utopías anarquistas y los ejemplos reales existentes de lo que podría llamarse organización económica anarquista. Se argumentará que el legado anarquista tiene mucho que ofrecer a la hora de plantear alternativas anticapitalistas, pero que también existen importantes carencias.

Abandonar las zonas de confort de la mera crítica capitalista y prever un futuro anarquista no capitalista puede parecer una empresa desalentadoramente ingenua. Sin embargo, no debemos olvidar que una parte integral de la investigación crítica no es sólo explicar y criticar las estructuras del orden social existente, sino también formular visiones coherentes de alternativas que trasciendan este orden (Cox, 1996). Podría decirse que las visiones alternativas, sean anarquistas o no, siempre serán incompletas e imperfectas. Como nos recuerda Emma Goldman (1927: 7), el anarquismo no es «un programa o método cerrado sobre el futuro». Las soluciones a los problemas de la sociedad se encuentran más bien en una interacción dialéctica entre el pensamiento y la acción, o lo que el movimiento zapatista denominó preguntando caminamos. Un importante conjunto de preguntas tiene sus raíces en el antiguo y multifacético antagonismo entre el anarquismo y el marxismo. El propósito de esta contribución no es (re)producir lugares comunes ortodoxos o reconciliar lo que puede o no puede ser reconciliado, sino más bien explotar algunas de las tensiones que surgen de los diferentes focos ontológicos que sustentan los puntos de vista anarquistas y marxistas y sus ramificaciones de la acción transformadora (véase también Wigger y Buch- Hansen, 2013).

El anarquismo como teoría y praxis emancipadora

La teoría anarquista abarca una compilación heterodoxa de ideas, que significan cosas diferentes para diferentes personas y que están en constante cambio y evolución. Por lo tanto, referirse a un anarquismo auténtico y homogéneo sería tan erróneo como referirse a un marxismo genuino (White y Williams, 2012: 1628). Para la brevedad de este artículo, sin embargo, algunas generalizaciones amplias serán inevitables. Cuando se reduce a su quintaesencia y se le quitan sus diversos adjetivos calificativos, el anarquismo se reduce a un profundo escepticismo hacia las relaciones sociales de poder desiguales y coercitivas, ya sea junto a la clase, la raza, el género o las personas con diferentes orientaciones sexuales (McLaughlin, 2010). Los anarquistas pretenden maximizar la autonomía individual y la libertad colectiva «reduciendo al mínimo las jerarquías fijas que privilegian sistemáticamente a unas personas sobre otras» (Albert, 2012: 327).

El anarquismo se asocia a menudo con una profunda desconfianza hacia las organizaciones formales, en particular el Estado. Sin embargo, el anarquismo no es simplemente anti-estado o anti-gobierno. El Estado, como conjunto de normas e instituciones, no se considera más que una fuente de relaciones sociales de poder desiguales. Como dicen Schmidt y van der Walt (2009: 71), «el antiestatismo es, en el mejor de los casos, un componente necesario del pensamiento anarquista, pero no una base suficiente para clasificar un conjunto de ideas o a un pensador concreto como parte de la tradición anarquista». La espinosa cuestión del Estado se ha convertido en una especie de elefante en la habitación, especialmente entre los llamados anarquistas de la letra “a” minúscula, que se inclinan por creer que el Leviatán todavía puede ser domesticado como sugirió Thomas Hobbes, y que abogan en cambio por una democratización radical del Estado. Los anarquistas de la letra «A» mayúscula son anticapitalistas de todo corazón y consideran que el Estado es inseparable del sistema capitalista. Critican al Estado capitalista por codificar, legitimar y representar las desigualdades sociales mediante una concentración jerárquica y autoritaria del poder en manos de las clases dominantes (Williams, 2007: 300; McKay, 2008: 1633). Como el capitalismo sucumbiría sin los aparatos reguladores del Estado y la condensación centralizada del poder, la rama de los autoproclamados «anarcocapitalistas», que favorecen el capitalismo del laissez-faire sin Estado, no puede considerarse anarquista (véase Shannon, 2012: 280). Por lo tanto, superar el capitalismo implica inequívocamente superar el Estado o, en opinión del anarquista Gustav Landauer (2010: 179), el Estado es una relación social: «una determinada manera de relacionarse», que puede ser destruida por «personas que se relacionan de manera diferente».

Los puntos en común entre el anarquismo y el marxismo son cruciales: ambos condenan la explotación capitalista del trabajo y de la naturaleza; ambos ven el Estado como un instrumento de dominación de clase y conciben el comunismo como algo sin Estado; y ambos comparten un compromiso principal con una sociedad más justa e igualitaria. Los anarquistas, sin embargo, carecen de un análisis y una crítica diferenciados del capitalismo global y a menudo se basan en las ideas marxistas (tanto positiva como negativamente), razón por la cual el anarquismo es a veces encasillado como el primo pobre del marxismo. A menudo, el compromiso no es recíproco y es abiertamente conflictivo. Muchos de los vestigios de la Primera Internacional de 1872, en la que Karl Marx expulsó a Mijaíl Bakunin y a otros anarquistas, siguen latentes hasta la fecha (véase Bakunin, 1998 [1950]; McKay, 2008: 1668-1693). La condescendencia puede encontrarse en ambos campos. Los anarquistas se basan a veces en burdas opiniones reduccionistas sobre el marxismo (véase Schmidt y van der Walt, 2009), olvidando que el marxismo ofrece tanto un análisis del mundo social como un proyecto político, mientras que no todos los marxistas encarnan necesariamente ambas dimensiones. Los marxistas, a su vez, parecen frecuentemente preocupados por teorizar y analizar el capitalismo y sus crisis, mientras ignoran por completo las obras anarquistas o las desprecian por ser eclécticas, teóricamente superficiales y conceptualmente imprecisas. En este sentido, es ilustrativo el historiador marxista Eric Hobsbawm (1973), que ha despotricado a gritos contra las ideas y movimientos anarquistas, que considera ineficaces, primitivos y destinados al fracaso.

Este antiguo antagonismo es desafortunado, ya que la creciente literatura sobre la producción económica anarquista alternativa es seria y sofisticada (véase Shannon et al., 2012; o el voluminoso y detallado trabajo de McKay, 2008). Esta literatura emergente hace especial hincapié en el hecho de que la crítica al capitalismo debe ir seguida de la dialéctica del desarrollo de alternativas y de la acción que propicie un orden posneoliberal y poscapitalista. El cambio social y la emancipación de los oprimidos constituyen el eje del anarquismo: las estructuras, los procesos, las prácticas y las identidades de la desigualdad social no sólo deben ser criticados, sino también desafiados en las luchas y acciones cotidianas. Mientras que los marxistas pueden haber producido brillantes discursos teóricos, normalmente cobijados en las acogedoras torres de marfil del mundo académico, se dice que los anarquistas se han centrado más en hacer las cosas (Kinna y Prichard, 2012; Williams, 2007). Basándose en experiencias de primera mano (positivas) en laboratorios de práctica anarquista vivida en pequeños grupos, comunas y consejos, los anarquistas suelen ser ligeramente más optimistas sobre la perspectiva de derrocar al capitalismo, mientras que sus primos marxistas carecen con frecuencia de experiencias similares y tienden a ser intelectualmente más pesimistas. Por eso el anarquismo se presenta a veces como el corazón apasionado e idealista en contraste con la cabeza sobria y realista del marxismo (Kinna y Prichard, 2012).

La respuesta anarquista a la famosa pregunta de Lenin «¿Qué hacer?» difiere de la política marxista tradicional en puntos importantes. Aunque no hay una posición anarquista común sobre cómo organizar el paso del capitalismo a lo que los anarquistas llamarían comunismo libertario o anarcocomunismo, los anarquistas no ven el papel de la autoridad y la centralización del poder en la forma de un partido de élite de vanguardia o de una burocracia roja por delegación de las masas proletarias que se apoderaría temporalmente del Estado como lugar de transición política. Los anarquistas no creen que el estado en algún momento se marchitará milagrosamente, como el llamado marxismo clásico, y en particular su rama leninista, sugeriría. Para los anarquistas, la forma es el contenido y el contenido es la forma. En el espíritu de construir el mañana hoy, hay que evitar a toda costa y en todo momento el surgimiento de una nueva vanguardia que surja del seno de las luchas populares.

Con la excepción de una rama insurreccionalista que propaga un surgimiento revolucionario instantáneo de las masas populares, las estrategias anarquistas para la transformación social tienden a ser tanto de naturaleza no revolucionaria como no reformista. Los anarquistas ven el cambio social como algo incremental, que tiene lugar aquí y ahora, y no en forma de una gran transformación que liberaría a toda la humanidad de una vez en un futuro lejano – una postura generalmente atribuida a la política marxista. Los libros de John Holloway Change the World without Taking Power (2003) y Cracks of Capitalism (2010) reflejan en gran medida este punto de vista. Al igual que el capitalismo se desarrolló en los intersticios del feudalismo, también se cree que la transformación hacia una sociedad no capitalista y anarquista evolucionará de forma progresiva a través de la ampliación de los espacios sociales con formas organizativas alternativas. Dado que la lucha para superar el capitalismo no puede imponerse ni delegarse desde sistemas de poder jerárquicos y formales de arriba abajo, como el Estado o los partidos políticos, las luchas de base ascendentes que tienen como objetivo cambiar las microrrelaciones en la vida cotidiana se consideran la vanguardia para cambiar las macroestructuras. El ethos de la «acción directa prefigurativa» y la «propaganda por el hecho» es fundamental a este respecto (véase Maeckelbergh, 2011): las nuevas formas de organización social deben realizarse de inmediato, mientras que los medios de cambio social deben prefigurar el futuro anarquista previsto (acción directa prefigurativa). Además, a través de acciones políticas ejemplares que exponen las prácticas anarquistas como positivas (propaganda por el hecho), los anarquistas buscan estimular las actividades de solidaridad y la imitación, con la esperanza de que esto acabe por unirse en un movimiento más amplio y sofocar el capitalismo en algún momento (Carter y Moreland, 2004; Gordon, 2008). Por lo tanto, el anarquismo debe entenderse como una forma de vivir en el presente, así como un objetivo para el futuro (Ferguson, 2011).

Esbozando los contornos de una economía política anarquista

La (re)producción de la vida social es esencialmente un esfuerzo colectivo, que engendra relaciones sociales de poder. Al igual que los marxistas, los anarquistas cuestionan fundamentalmente las relaciones sociales de poder desiguales dentro del capitalismo entre los pocos ricos, que controlan los medios de producción, y los muchos trabajadores, que venden su mano de obra. Comprometidos con la organización horizontal, los anarquistas buscan una redistribución radical de la riqueza y el poder, esforzándose por crear las condiciones materiales para una sociedad no explotadora e igualitaria con estructuras de propiedad comunal de los medios de producción. Lo que también se denomina comunismo libertario, o mutualismo, se basaría en la libre experimentación de diferentes tipos de acuerdos económicos – acuerdos que van más allá de la producción en aras de las ganancias y que generalmente giran en torno a colectivos de producción horizontales (directos) gestionados democráticamente y descentralizados. Como sugirió el anarcosindicalista Rudolf Rocker (2009 [1938]), pueden coexistir diferentes formas organizativas de producción. Esta plétora de lugares de producción autónomos y autoorganizados no existiría de forma aislada. Se formarían asociaciones voluntarias o contratos con otros, dando lugar a agrupaciones o redes horizontales en las que se intercambiarían productos y servicios. Como el anarquismo no puede imponerse a las personas, siempre existiría una incómoda contradicción entre la autoorganización individual y la colectiva. Además, habría que respetar las decisiones democráticas para una organización jerárquica de la producción. Así, los grados de organización horizontal y de autonomía variarían entre los distintos colectivos de producción.

Los valores y principios centrales del pensamiento anarquista, como la autonomía, la cooperación voluntaria y el apoyo mutuo, así como la equidad, la solidaridad y el respeto mutuo, prevalecerían en la organización de las actividades económicas.

Mientras que la cooperación voluntaria en el ámbito de la economía se refiere a los acuerdos entre entidades económicas que se centran en proyectos conjuntos y en el logro de objetivos comunes, el apoyo mutuo se refiere a las prácticas altruistas y solidarias destinadas a mejorar el bienestar de las entidades económicas sin que el proveedor de la ayuda se beneficie directamente de ella (véase Wigger y Buch-Hansen, 2013). Los anarquistas del canon clásico, como Bakunin, estaban convencidos de que la cooperación sería la forma predominante de organización social. Del mismo modo, Kropotkin (2006 [1902]) criticó la lógica social-darwinista basada en la idea de la supervivencia del más fuerte, y argumentó que la cooperación voluntaria y, sobre todo, el apoyo mutuo eran rasgos mucho más exitosos en la supervivencia humana que el comportamiento egoísta. Además, Kropotkin reconocía que los seres humanos tienen tanto instintos egoístas como sociales, pero no consideraba que ninguno fuera el principal determinante. En consecuencia, un sistema que dé primacía al Homo economicus, siempre racionalmente calculador y maximizador de la utilidad, puede ser tan condicionante socialmente como un sistema que dé primacía a los rasgos del Homo socialis.

Una serie de anarquistas han elaborado visiones bastante detalladas sobre cómo serían esas formas de producción gestionadas democráticamente y socializadas. Una visión general canónica excedería el alcance de este artículo. El trabajo de Michael Albert y Robin Hahnel (1991) sobre una economía participativa, Parecon, es probablemente uno de los más conocidos pero también uno de los más criticados (véase también Albert, 2003; Hahnel, 2005). Podrían mencionarse varios autores y ramas de la literatura que también se centran en formas cooperativas igualitarias de producción autogestionada, aunque sin un compromiso directo con el anarquismo, como los trabajos sobre «sociedades postcrecimiento» (Daly, 1996; Jackson, 2008; Latouche, 2009), una «economía humanizada» (Restakis, 2010) y «utopías reales» (Wright, 2010). La extensa literatura sobre los «bienes comunes» con derechos de acceso, uso y propiedad compartidos colectivamente también entra en esta categoría. Basta con decir que todas estas visiones pueden ser una fuente de inspiración para una organización anarquista de la economía.

La producción colectivista descentralizada y democráticamente planificada permitiría lo que Karl Polanyi (1944) llamó la reincorporación de la economía en las relaciones sociales, en lugar de dirigir la sociedad como un complemento del mercado, como ocurre en el capitalismo contemporáneo. La producción se organizaría en función de las necesidades. Como Piotr Kropotkin (2008 [1892]: 201) esbozó en su visión del anarcocomunismo: «Antes de producir algo, ¿no hay que sentir la necesidad de ello? […] ¿No es el estudio de las necesidades lo que debe regir la producción?». La cuestión de una economía basada en las necesidades también es central en Marx y en lo que él denominó «valor de uso», en lugar de la producción para el beneficio comercial o «valor de cambio». Una orientación basada en las necesidades rompería con el imperativo de la incesante acumulación de capital y el crecimiento económico, así como con el consumismo hedonista de los privilegiados, que, como observó acertadamente Bookchin (1986: 21), «apacigua pero nunca satisface». El excedente de producción, necesario para crear reservas para tiempos de inseguridad económica o escasez, seguiría siendo necesario pero se mantendría a raya. Algunos ámbitos serían relativamente pequeños o de orientación local o regional, en particular en el ámbito de los alimentos y los productos básicos. De este modo, no sólo la producción, sino también la distribución y el consumo estarían menos alienados, se reforzaría la autonomía y la soberanía locales y se reduciría el comercio a larga distancia, que tanto desperdicia la energía. Sin embargo, esto no significa que haya que abandonar por completo las industrias a gran escala que utilizan tecnologías avanzadas y se benefician de las economías de escala o del comercio. La escala adecuada de producción (y comercio) tendría que determinarse democráticamente, teniendo en cuenta las necesidades objetivas de la producción y de quienes trabajan y viven junto a los procesos de producción (McKay, 2008).

Los anarquistas consideran que un tiempo de ocio suficiente es esencial para la creación consciente de una vida equilibrada. Como subrayó Kropotkin (2008 [1892]: 63, 172), la producción económica debe orientarse hacia el «bienestar para todos», «dando a la sociedad la mayor cantidad de productos útiles con el menor desperdicio de energía humana». En una organización anarquista de la producción económica, surgiría una nueva división del trabajo. El lugar de trabajo no sería fijo, lo que permitiría una composición equilibrada de las tareas. Los trabajadores participarían en la planificación y tomarían las decisiones que conciernen a la organización del trabajo diario, incluyendo también las decisiones de abandonar los colectivos de producción a su libre albedrío. Además, el lugar de trabajo constituiría un sitio de creatividad, autoestima, aprendizaje mutuo e intercambio de conocimientos, lo que permitiría el crecimiento personal, la satisfacción en el trabajo y la apreciación del buen oficio. En ese sentido, el entorno de la fábrica de tipo fordista constituye la antítesis de un modo de producción anarquista: las líneas de montaje a ritmo de máquina y las estructuras directivas tayloristas coercitivas no solo suprimen la autonomía sino también la autoestima de la mano de obra, al tiempo que concentran el poder en manos de quienes controlan la línea de montaje (Scott, 2013).

Evaluar las virtudes y los límites de una economía política anarquista

En todo el mundo han existido a lo largo de la historia centros de producción autogestionados y organizados horizontalmente en los que los trabajadores toman decisiones democráticas directas y son propietarios de los medios de producción. En el capitalismo contemporáneo también se pueden encontrar diversos tipos de cooperativas de consumidores y productores, bancos cooperativos, comunidades sostenibles como las ecoaldeas (Alperovitz, 2005) o zonas autónomas temporales (Bay, 1985). Se calcula que actualmente hay 1,4 millones de cooperativas con casi mil millones de miembros en todo el mundo (Monaghan y Ebrey, 2012: 29). Podemos encontrar ejemplos en la región de Emilia Romagna, en Italia, donde hay 8.100 cooperativas que producen el 40% del PIB de la región; en la India, con más de 239 millones de personas que trabajan en cooperativas, o en el Reino Unido, que cuenta con 13 millones de miembros de cooperativas (ibíd.).

Las cooperativas de todo tipo imaginable son ciertamente menos explotadoras y con frecuencia permiten valiosas zonas de autonomía de los trabajadores, derechos de ingresos básicos, esquemas de remuneración (más) equitativos, empleo sostenible y altos grados de habitabilidad de la comunidad (véase Bateman, 2012). Sin embargo, al operar en los márgenes del capitalismo, las cooperativas no pueden eludir fácilmente los imperativos de la acumulación competitiva de capital. Un ejemplo es la famosa Corporación Cooperativa Mondragón, en Euskal Herria. Como parte de su estrategia de expansión, Mondragón subcontrató la producción a empresas filiales en China, México, Polonia, Brasil o la República Checa para beneficiarse de la mano de obra barata no cualificada o semicualificada, mientras que muchas de las 120 empresas vinculadas no están organizadas como cooperativas (Errasti et al., 2003). En lugar de mejorar la cooperación Norte-Sur a través de inversiones en zonas verdes, Mondragón se expandió principalmente a través de empresas conjuntas y adquisiciones, al tiempo que restringía la pertenencia real a la cooperativa y las normas de «un trabajador, un voto» únicamente a las plantas vascas (ibíd.). En general, sólo un tercio de los más de 80.000 empleados a tiempo completo son socios. Además, en aras de la eficacia, las decisiones cruciales ya no se adoptan mediante estructuras democráticas directas, sino a través de un consejo de administración que rinde cuentas mediante elecciones anuales.

Como sostuvo Noam Chomsky (1999), las raíces de un proyecto sucesor del capitalismo y su organización neoliberal tendrán que construirse dentro de la economía existente. Podría decirse que los experimentos en el presente siempre serán imperfectos (véase también Nathan, 2011, para las trampas de las cooperativas existentes en la antigua Yugoslavia y Sudáfrica). Es más, los lugares de producción anarquistas, que se desarrollan al borde de la competencia capitalista, siempre corren el riesgo de retroceder al capitalismo. Bakunin ya advirtió en la década de 1870 que el sector capitalista conquistaría al no capitalista y que las cooperativas acabarían adoptando una mentalidad burguesa. Por eso Bakunin, como representante de los anarquistas revolucionarios, no creía en una transformación sistémica gradual y pacífica. Las estructuras democráticas en el trabajo tampoco son una clave suficiente para un orden no capitalista. Como señala Joseph Kay (en Shannon et al., 2012: 282), «los activos de una cooperativa no dejan de ser capital cuando se vota cómo se utilizan dentro de una sociedad de producción generalizada y trabajo asalariado». Las cooperativas de producción tampoco rompen automáticamente con la explotación de los recursos naturales no renovables ni detienen el agotamiento del medio ambiente. Para sobrevivir y mantener las cuotas de mercado, ajustarse a las lógicas del mercado, como comprar barato y vender caro, o minimizar los costes y maximizar los beneficios, no sólo es tentador, sino que a veces es incluso inevitable. Las cooperativas no pueden eludir fácilmente las fuerzas coercitivas de la competencia capitalista y sus efectos depreciadores sobre la mano de obra cuando se enfrentan a los competidores y a la guerra de precios. En tiempos de recesión económica y de fuertes presiones competitivas, las cooperativas pueden sufrir una autoexplotación colectiva a través de medidas de austeridad impuestas «democráticamente» en forma de jornadas laborales más largas, disminución de los ingresos y despidos en el peor de los casos.

La competencia capitalista es en muchos sentidos un anatema para los valores y principios anarquistas. No muchos anarquistas han prestado atención a las ramificaciones sociales de la acumulación competitiva de capital (las excepciones son Albert, 2003; McKay, 2008). La libertad de competir se confunde a menudo con la libertad política y la autodeterminación individual. Pierre-Joseph Proudhon (1988 [1846]: 272), uno de los primeros autoproclamados anarquistas, veía un claro papel para el comportamiento competitivo entre las empresas propiedad de los trabajadores en su versión del socialismo de mercado, argumentando que la competencia «es la fuerza vital que anima al ser colectivo: destruirla, si tal suposición fuera posible, sería matar a la sociedad». La idea de que superar a los demás sacaría lo mejor de las personas podría ser realmente atractiva y políticamente motivadora. Sin embargo, no tiene en cuenta, como sostenía Marx (1973 [1939]: 650), que «no son los individuos los que se liberan mediante la libre competencia; es, más bien, el capital el que se libera». Al dar primacía a la autoorganización colectiva de base, el terreno de las luchas sociales anarquistas tiende a limitarse ontológicamente a los microcontextos cambiantes, mientras que las lógicas capitalistas competitivas operan a nivel sistémico. Esto plantea importantes cuestiones sobre si una auténtica reorientación de la sociedad hacia una organización alternativa puede surgir únicamente del nivel micro (véase también Wigger y Buch-Hansen, 2013). Además, sigue siendo cuestionable que en una economía no capitalista puedan eliminarse las presiones competitivas. Los intereses particularistas de las comunidades de productores por adquirir más privilegios pueden invadir fácilmente los objetivos éticos superiores, también en una economía política anarquista. Aunque no hay nada malo en producir productos mejores y más innovadores con un espíritu deportivo competitivo, la competencia acaba por desintegrar más de lo que une. Aparte de ser muy estresante, la competición puede poner a la gente fundamentalmente en desacuerdo, perturbar las relaciones sociales y socavar la solidaridad y los proyectos comunes. No todos los que juegan pueden ganar, y el fracaso o la humillación pueden provocar ansiedad, hostilidad o franca agresividad, lo que interfiere en el rendimiento y la creatividad (Kohn, 1986).

Las desventajas de la competencia se intensifican ciertamente bajo el capitalismo. Una organización anarquista de la economía podría tratar de disminuir la competencia. Esto requeriría instituciones sociales que traten de proteger la mancomunidad cooperativa de las lógicas capitalistas que se arrastran. Al contrario de lo que se suele suponer, el anarquismo no se opone a la organización o al establecimiento de instituciones. Las instituciones sociales y los lugares donde las personas se reúnen, discuten las expectativas mutuas o toman decisiones son indispensables para cualquier sociedad (véase también Albert, 2012). Sin embargo, las instituciones anarquistas serían diferentes de la arquitectura institucional actual que regula la producción económica y el intercambio. Las instituciones consagrarían valores y principios centrales para el anarquismo, como la equidad, la solidaridad, la cooperación voluntaria y la ayuda mutua. Las instituciones anarquistas, como cualquier institución, ciertamente limitarían la tan alabada autonomía y libertad, y siempre habría una minoría que disentiría con el consenso establecido, que no puede ser coaccionada en un determinado marco institucional. No obstante, las instituciones anarquistas tratarían de maximizar la autonomía y la autogestión colectiva e igualitaria, y estarían sujetas a una mediación democrática descentralizada y abiertas a la reevaluación y el ajuste periódicos por parte de las personas que participan en estas instituciones y/o se ven afectadas por ellas.

Los colectivos organizados horizontalmente y gestionados democráticamente podrían ofrecer soluciones patentes para la organización de la producción a nivel micro. Las estructuras de toma de decisiones consensuadas y democráticas directas, que ya se basan en seres humanos más bien omnipotentes, serían imposibles para abordar los problemas a nivel macro que superan lo local o lo regional. Los anarquistas, desde Bakunin a Proudhon o Bookchin, así como muchos anarcosindicalistas, siempre han sido internacionalistas comprometidos, y han reconocido la necesidad de instituciones de gobierno anidadas de orden superior para la coordinación de los asuntos públicos más allá de lo local. Las estructuras federales suelen considerarse el complemento macrosistémico de la autogestión y la democracia directa a nivel micro. Sobre la base de una organización ascendente de delegados revocables, las unidades más grandes de la federación tendrían el menor número de competencias y estarían subordinadas a los niveles inferiores (locales), dejando idealmente a los consejos confederales la tarea de mera coordinación. No cabe duda de que se puede debatir hasta qué punto estas estructuras federales se parecerían en última instancia a las estructuras estatales tal y como las conocemos.

Conclusión

Las iniciativas de abajo a arriba de los colectivos de producción autogestionados ejemplifican sin duda la política prefigurativa anarquista, y pueden ser esencialmente emancipadoras y empoderadoras por naturaleza. Sin embargo, los valores y principios organizativos anarquistas, como la cooperación y la ayuda mutua, así como otras formas de comportamiento empático y solidario, siempre corren el riesgo de quedar subordinados a las nociones de ganar y a los intereses estrechos y a corto plazo en presencia de presiones competitivas despiadadas (capitalistas). Los anarquistas, al dar primacía ontológica a las luchas sociales a nivel micro, pueden aprender de la visión macrosistémica de los marxistas, partiendo del punto de vista de la totalidad, y por tanto, del capitalismo global. Las fuerzas centrífugas de la competencia no son más que un aspecto crítico que corre el riesgo de distorsionar una economía anarquista.

Otros aspectos que no se han discutido aquí serían la escasez y la incertidumbre económica; la monetización o no del intercambio de bienes y servicios; o simplemente el hecho de que el efecto agregado de las decisiones individuales puede producir circunstancias en contra del interés de los que están sujetos a ellas, lo que equivale a auges y caídas, sobreproducción y sobreinversión (véase McKay, 2008).

Aunque es imposible trazar planos claros sobre una economía política anarquista y hojas de ruta concisas sobre cómo llegar a ella, las utopías anarquistas proporcionan una valiosa inspiración para prefigurar una distribución igualitaria de la riqueza y el poder en una sociedad. Si entendemos el utopismo como «la exploración perpetua de nuevas formas de perfeccionar una realidad imperfecta» (Niman, 1997: 302), entonces la mera posibilidad de imaginar un mundo diferente ya alberga la perspectiva de que se convierta en un proyecto viable (véase Eckert, 2011: 69). Sin embargo, estas utopías no deben ser excesivamente románticas o idealizadas, ya que pueden transmutarse fácilmente en ortodoxias dogmáticas (Ferguson, 2011: 154). Es importante destacar que las utopías siempre tienen que ser revisadas a la luz de las prácticas pasadas y reales.

Referencias

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Albert, M. (2003) Parecon: life after capitalism. London: Verso.

Albert, M. (2012) ‘Porous borders of anarchist vision and strategy’, in D. Shannon, A.J. Nocella II and J. Asimakopoulos (eds.) The accumulation of freedom: writings on anarchist economics. Edinburgh: AK Press.

Alperovitz, G. (2005) America beyond capitalism: reclaiming our wealth, our liberty, and our democracy. London: John Wiley & Son.

Bakunin, M. (1898 [1950]) Marxism, freedom and the state. London: Freedom Press.

Bateman, M. (2012) ‘A new local financial system for sustainable communities’, in F. Campagna and E. Campiglio (eds.) What we are fighting for: a radical collective manifesto. London: Pluto Press.

Bay, H. (1985) T.A.Z the temporary autonomous zone, ontological anarchy, poetic terrorism. New York, NY: Autonomedia.

Bookchin, M. (1986) Post-scarcity anarchism. Montreal: Black Rose Books.

Carter, A. and D. Moreland (2004) Anti-capitalist Britain. Gretton: New Clarion Press.

Cox, R.W. (1996) Approaches to world order. Cambridge: Cambridge University Press.

Chomsky, N. (1999) Noam Chomsky: the common good. Chicago: Odonian Press.

Daly, E.H. (1996) Beyond growth. Boston, MA: Beacon Press.

Day, R.J.F. (2005) Gramsci is dead: anarchist currents in the newest social movements. London: Pluto Press.

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Errasti, A.M., I. Heras, B. Bakaikoa and P. Elgoibar (2003) ‘The internationalisation of cooperatives. The case of the Mondragon Cooperative Corporation’, Annals of Public & Cooperative Economics, 74(4): 553-584.

Ferguson, K.E. (2011) Emma Goldman: political thinking in the streets. New York, NY: Rowan and Littlefield.

ICEA – Instituto de Ciencias Económicas y de la AutogestiónFuente: http://www.iceautogestion.org/index.php/es/noticias-pagina/una-valoracion-critica-de-lo-que-podria-ser-una-economia-politica-anarquista


El proyecto capitalista de envenenadas y polarizadas «alternativas»

Posted: 22 Apr 2022 12:03 PM PDT

«Provocar la confusión y distorsión en los extremos, provoca que prestemos y desplacemos la atención hacia lo que nos lleva al centro»

Anónimo Expósito

Leo y veo con cierta perplejidad que diferentes colaboradores de este y otros portales de contrainformación y desobediencia informativa, se centran en rescatar y editar noticias y opiniones sobre la invasión rusa de Ukrania, destacando las «bondades» de los ejércitos invasores, las «maldades» de los invadidos o viceversa.

Al escribir esto no me mueve ningún interés por destapar «verdad» alguna, eso es trabajo de apostolado para «gurús» políticos que necesiten desequilibrar la balanza del conflicto hacia sus postulados, provocando una especie de «inmersión» informativa con cierto «sesgo» completamente parcial.

En mi opinión, consciente o inconscientemente, todo ese esfuerzo desinformativo se encamina hacia un intento de blanqueamiento de los totalitarismos de cualquier parte y a encubrir la propaganda ultranacionalista que subyace bajo esta guerra, y que se extiende hacia todos los implicados en el conflicto, directa o indirectamente. Es como si nuestro pensamiento crítico, ya no pudiera discernir que se trata de un choque espectacular (acumulación capitalista) entre totalitarismos, el de la «democracia liberal» de espectáculo difuso y el de «democracia estatal» de espectáculo concentrado, ambas persiguen los mismos objetivos: el poder hegemónico y la subordinación económica de las masas alienadas en el consumo y producción de mercancías de este capitalismo.

Si bien es cierto que Ukrania tiene un preocupante problema de nazis en su ejército, no es menos cierto que Rusia también lo tiene. No es más nazi el batallón Azov, que el grupo paramilitar de seguridad privada Wagner. Tampoco es posible buscar responsabilidades en el origen de la escalada de agresiones. Para Ukrania, el ejército ruso inicia una invasión este 2022, para completar la que culminó con la proclamación de independencia de Crimea y las repúblicas del Donbás. Sin embargo, Rusia hace referencia a la persecución y exterminio de ciudadanos pro-rusos en esas repúblicas, que Ukrania y sus grupos militares nazis iniciaron anteriormente. Expuesto así, y sin justificar la invasión, parece que Rusia tenía motivos para sentir que sus conciudadanos, no eran respetados por el gobierno de Ukrania, pero esa no es más que una excusa para justificar su agresión militar.

Además, Rusia denuncia diversos acuerdos incumplidos por la OTAN, tras la desintegración de la URSS, lo que para el Kremlin suponía una escalada que comportaba una evidente amenaza por la expansión de la estructura militar atlántica, hacia las repúblicas que anteriormente habían pertenecido a la URSS. Esta tensión podría retrotraernos hasta febrero del 2008 en que, EE.UU. y varios países europeos, reconocen la independencia de Kosovo y la OTAN decide valorar la posible incorporación de Georgia y Ucrania a su organización, propuesta ese mismo año en la Cumbre de la OTAN de Bucarest, lo que llevó a Rusia a movilizar sus tropas, entrando por la región de Osetia del Sur (Samachablo), invadiendo y bombardeando Georgia en agosto del 2008, y dando inicio a la que se llamó Guerra de Osetia del Sur. 

No podemos olvidar que la URSS se colapsó, tras años de reformas que propiciaron en 1991, el fallido golpe de estado conocido como Golpe de Agosto, en el que parte del gobierno de la Unión Soviética (PCUS) y del KGB, crean un Comité Estatal para el Estado de Emergencia, con el que intentan provocar un golpe de estado contra la presidencia de Gorbachov. Desde el inicio de los años 90, en muchas de estas repúblicas que se independizan de la antigua URSS, existían conflictos porque, con el apoyo de la «nueva» Rusia, diversas regiones reclamaban la independencia de dichas repúblicas. En Georgia, para evitar su ingreso en la OTAN, Rusia reconoció a las regiones de Abjasia y Osetia del Sur, como repúblicas independientes. Aquí encontramos similitudes con el momento actual.

Es innegable que el colapso de la URSS, decantó la hegemonía mundial hacia los EE.UU., y que mientras la posible incorporación de esas repúblicas independientes a la estructura militar de la OTAN, consolidaban a los EE.UU. y a la Unión Europea, el entorno de influencias de Rusia se veía seriamente desestabilizado. 

Más allá de todos estos movimientos de fronteras y nuevas fórmulas de «guerra fría», la quiebra de hegemonías de la URSS, y la más reciente de los EE.UU., son el resultado de todas esas políticas de invasiones y guerras que han provocado en países lejanos, para extender sus ámbitos de influencia, generado serias derrotas y, lo que es peor, provocando numerosas muertes a lo largo de todo el planeta, a la vez que han agotado importantes recursos económicos que, de haber sido destinados a políticas sociales en vez de a las bélicas, habrían mejorado notablemente las condiciones de vida de las personas en Rusia, los EE.UU., Europa y probablemente en el resto del mundo. Si algo ha distinguido al capitalismo, han sido sus políticas de «tierra arrasada» y sus planes de reconstrucción para activar y enriquecer más a las grandes economías de las corporaciones.

Los fracasos bélicos de los EE.UU. tienen una larga historia, y es por ello que se ha dotado de un brazo armado como la OTAN, que abarca a toda una serie de países que no se limitan a Europa. Es por esos fracasos militares, por lo que los EE.UU. han estado reclamando una mayor participación de los países europeos miembros de la OTAN, en sus particulares proyectos de invasión. Así lo expresaron tras invasiones como las de Afganistán o Libia, de las que se retiraron urgentemente y en las que murieron militares de distintos territorios, defendiendo intereses ajenos. Todas estas incursiones armadas de EE.UU., Rusia o la OTAN, se justifican en base a razones que casi siempre se refieren a «la seguridad», el «terrorismo» o a una hipotética unidad nacional, cuya pérdida, aseguran que podría desestabilizar el delicado equilibrio hegemónico, y de ahí que una y otra parte, estén siempre implicados en conseguir que ese desequilibrio favorezca a su lado.

Las razones de fondo de casi todos esos conflictos armados e invasiones, suelen ser muy diferente a las que se hacen públicas y se difunden por todos los medios de comunicación, y obedecen a silenciados intereses de las grandes corporaciones que, desde distintas posiciones, sustentan este criminal sistema capitalista. En toda guerra, no pierde un ejército o país sobre otro, sino la humanidad entera y las poblaciones más pobres y los territorios en los que arrasan toda manifestación de vida. En cualquier guerra, la herida que nunca se cierra, es la aniquilación de seres vivos y la devastación de la naturaleza. Lo que más desestabilización interna le ha causado a los gobiernos de los EE.UU., han sido las muertes de soldados estadounidenses en guerras que se han librado en países lejanos. Con la OTAN y el reclamo de mayor participación de Europa, esa desestabilización interna tiende a neutralizarse, porque mientras ellos dirigen la invasión, gran parte de los muertos son de otras naciones. 

El temor que provocan las guerras sobre las poblaciones que, desde las distancia asisten a tal destrucción, puede paralizar gran parte de las capacidades críticas, intelectuales y cognitivas de lxs espectadorxs, de manera que la memoria puede verse expuesta, por el continuo bombardeo de imágenes a través de los medios y la inmediatez, a una reacción que pudiera parecerse a la incapacidad que provoca la amnesia. El horror nos conecta directamente con la tragedia y nos hace asumir las razones de alguna de las partes, olvidando que países como Irak, no fue invadido por tener «armas de destrucción masiva», o que la guerra en Afganistán, tampoco fue «para liberar a las mujeres del chador» y «llevar la libertad y la democracia al pueblo», sino por claros intereses de esas grandes entidades, que ambicionaban apropiarse de las riquezas materiales y naturales de esos territorios. Materias primas y recursos energéticos son cada vez más codiciados por las  corporaciones que dirigen los gobiernos de las naciones, a la vez que se benefician del saqueo de sus legados culturales, pretendiendo cambiar la memoria y la historia de los pueblos ancestrales. El colonialismo capitalista de los imperios, modifica sus formas y medios, pero mantiene sus fines acumulativos y supremacistas.

Con la invasión de Ukrania, Rusia no solo busca rodearse de un cinturón territorial de seguridad con los países de la OTAN, sino evitar perder la influencia sobre territorios que son grandes productores de materias primas, alimentos y recursos energéticos con los que mantienen dependientes y supeditadas a las potencias europeas y a países del Cuerno de África, y sometidos a otras formas de control como el hambre, desde Rusia; un poder que perdería si dichas repúblicas se incorporasen a las organizaciones de los estados unidos de Europa y que estratégicamente son fundamentales para sus proyectos económicos y comerciales. Existe cierto convencimiento en que, quien mantenga la influencia en los países de la Europa del Este, conseguirá la hegemonía económica mundial. 

No perderé tiempo en negar las evidentes estrategias de los EE.UU., la OTAN y los países de la Comunidad Europea. A quienes insisten en responsabilizar a Ukrania por la guerra del Donbás, les recordaré que, efectivamente fue otra guerra criminal en la que la OTAN no quería perder su control sobre el Mar Negro, poder al que también aspiraba Rusia por ser una zona estratégica tanto militar como económica. Por eso Rusia, durante todos esos años anteriores a la guerra del Donbás, alevosamente fue repoblando la zona con ciudadanos rusos y pro-rusos, así tanto el control o la invasión, quedarían justificados.

Desde planteamientos antiautoritarios y anticapitalistas, es preciso tomar parte, posicionarse ante las agresiones invasoras, y hacerlo contra todos los promotores de las guerras desde la agitación de la lucha de clases y la revolución social.

Una de las escasas verdades de esta guerra se reconoce en quién pone lxs muertxs. No es Ukrania, tampoco Rusia, sino las clases trabajadoras de todas partes que, además, nos veremos sometidas a duras medidas de austeridad, recortes y subidas de precios de productos y servicios básicos que se justificarán por motivo de la guerra o la pandemia, aumentando los índices de pobreza y las diferencias entre clases sociales. Este es un contexto ideal para que el ultranacionalismo y la extrema derecha, agiten desde el populismo proclamas de unidad nacional, por el enfrentamientos entre culturas e ideas liberticidas contra la emigración, los derechos de las mujeres, las libertades sexuales, el aborto, etc…

De la misma manera que el capitalismo, pese a la propaganda verde que emite, no tiene ningún interés en reducir la actividad industrial que acelera el cambio climático y el agotamiento de materias primas y recursos energéticos; tampoco tiene un verdadero interés en detener la guerra de Ukrania. Durante la pérdida de poder de las dos grandes potencias mundiales, ha emergido una nueva que, productiva y tecnológicamente, ha desplazado esa hegemonía de la que dependen los grandes mercados capitalistas y sus inmensos beneficios: la República Popular China. Es por ello que EE.UU. precisa mantener la alianza con Europa tras el acercamiento entre Rusia y China que, desde mediados de los años 90, pactaron acuerdos comerciales, políticos, económicos, de seguridad y estratégicos, con la idea de crear la nueva «ruta de la seda» y el eje comercial euroasiático, así como rutas para el transporte de combustibles y energías, para los que los países de Europa del Este, son fundamentales y puente hacia los territorios de la Comunidad Europea. La OTAN, y los intereses comerciales y militares que la mueven, tienen motivos para preocuparse, pues Rusia puede exhibir su capacidad de «agresión sin respuesta», porque además del apoyo de China, desde los años 70 tiene como aliada otra potencia mundial, la India que, recientemente, ha firmado un pacto sobre armas nucleares con Pakistán, y para los diferentes poderes que gestionan las economías capitalistas del mundo, la declaración de una nueva guerra mundial, con posibles amenazas nucleares, trastocaría por completo los planes de sus ambiciosos intereses. 

Las grandes corporaciones del capitalismo global se encuentran detrás de todos esos procesos de «emergencias» y la incorporación de las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, los mundos virtuales, el control de datos, las redes 5G, la propiedad intangible, las criptomonedas, el progresivo deterioro y privatización de los servicios públicos universales, etc…, les auguran grandes expectativas para cambios hacia nuevos paradigmas que, cada vez, se asemejan más a los totalitarios. 

Frente a la anunciada «nueva normalidad», el neoliberalismo necesita recuperar las ideas ultranacionalistas como fuerza de choque social, para que las poblaciones refuercen los intereses nacionales de sus imperios corporativos, desplazando así la lucha de clases y cualquier conato revolucionario. Para ello crean confusión y la extienden por redes sociales y grandes medios de desinformación, controlados desde intereses tan profundamente desestabilizadores, que polarizan y manipulan a grandes sectores populares. Hemos visto como tras la primera vuelta de las elecciones francesas, los medios han difundido que un 30% de lxs votantes de extrema izquierda, se mostraban partidarixs de apoyar al partido de Marine Le Pen. En varios países de las democracias europeas, las fuerzas ultraconservadoras han entrado o dirigen sus gobiernos. El neoliberalismo va desarrollando los acontecimientos y desplegando sus recursos sobre el escenario político mundial, mientras que las organizaciones sociales de trabajadorxs, se preocupan de mantener la paz social y se pierden en falsas disputas y promesas sobre futuros que nunca llegarán.

Ante los acontecimientos de sucesivos estados de emergencia o guerras declaradas, que parece que no existan otros mundos, las clases populares, trabajadoras y precarizadas tenemos que organizarnos para reactivar la lucha de clases revolucionaria que acabe con las condiciones de explotación del capitalismo y rompa las estructuras de dominación patriarcal. Nuestra lucha debe dirigirse contra todos los Estados, sus instituciones, y las Corporaciones que les dictan las agendas y aceleran la devastación del planeta con todas sus formas de vida. 

Vamos con retraso para revertir el proceso de tecnificación letal del capitalismo neoliberal y el agotamiento de las materias primas y los recursos naturales que, principalmente, se destinan a las industrias productivas, extractivistas, complejos e infraestructuras turísticas o grandes ciudades, que dejan en alarmante precariedad a los entornos rurales y naturales.

Frente a la no intervención de los Estados en la economía y los mercados de valores, debemos reclamar la extinción de ambos. Ante el consumo compulsivo y la expansión aniquiladora del capitalismo, es preciso extender la conciencia de clase y promover un decrecimiento que se oriente hacia la justicia social y el equitativo reparto y distribución de las riquezas de quienes más poseen y contaminan. Las estructuras jerárquicas de dominación y opresivas, deben de ser abolidas por la organización popular, horizontal y descentralizada de los consejos y las asambleas populares. Las grandes ciudades deben deconstruirse, propiciando el retorno a los territorios rurales y recuperando la conciencia comunal, sin excluir las individualidades antagónicas al individualismo capitalista. Es preciso recuperar los principios de convivencia de «la buena vida» de las comunidades indígenas. Tenemos mundos nuevos palpitando y ansiosos por brotar de nuestros corazones. No nos dejemos engañar por la guerra de imperios de las corporaciones que confrontan a las culturas, ni por sus falsas «alternativas» tecnológicas. 

LouLiFuente: https://www.alasbarricadas.org/noticias/node/48148


¡Vive! No pienses y disfruta del espectáculo

Posted: 22 Apr 2022 11:55 AM PDT

La evolución sigue su camino. En 50 años hemos pasado de espectadores pasivos a opinadores pasivos. En ambos casos, la clave está en el segundo término.

Hemos avanzado (no sé si es la palabra correcta) de lo que Debord definió como alguien que se sitúa frente a la realidad y la observa sin más a alguien que tiene la necesidad, incluso la obligación, de opinar sobre todo lo que observa. Lo que ninguno de los dos sujetos está dispuesto a hacer bajo ningún concepto es tratar de intervenir en esa realidad. Se mantiene en una posición de pasividad, más bien de impotencia ante lo que sucede.

Situados de esta forma no tenemos la capacidad de cambiar nada de nuestra realidad. Y ahí, justo en esa impotencia autoimpuesta nos sentimos muy bien, seguros y con la conciencia tranquila. Situados en ese lugar es imposible ser salpicados por la inmundicia de lo que nos rodea. Podemos seguir viviendo en nuestra fantasía democrática del primer mundo.

De hecho, vivimos en una época dorada para ejercer de espectadores (nada es por casualidad) Hay tal cantidad de información a nuestro alcance que literalmente somos incapaces de procesar nada. Simplemente observamos mínimamente, opinamos al respecto y a otra cosa que se nos va la vida. La ingente cantidad de ruido lanzado sobre nosotros a través de las redes y la velocidad a la que es posible asimilar y responder a todo eso, ha creado la ilusión de tener al alcance de la mano todo el conocimiento y la información disponible en el mundo. Automáticamente, esto nos ha convertido en potenciales expertos en cualquier tema, por muy ajeno que éste sea a nuestra vida diaria. Lamentablemente, en esta sociedad de sobreexposición permanente se siente la necesidad imperiosa de demostrarlo.

Cero reflexión, cero actuación.

Bajo ningún concepto tratar de establecer una relación entre todo esto y nuestra forma de desenvolvernos en la vida. En ningún caso, emprender una acción que pueda mover la silla desde la que asistimos, impertérritos, al espectáculo de nuestra propia degradación. Incluso cuando lo observado nos lleva a un estado de indignación elevado preferimos considerarnos víctimas (nunca colaboradores necesarios y, por supuesto, nunca culpables) y esperar a que los otros, sean los que sean, resuelvan la situación. Mientras tanto, reforzamos nuestro patio de butacas particular y nos atrincheramos en él con más fuerza si cabe.

Nada causa más temor que notar cómo se tambalean los cimientos sobre los que has construido tu reducto. Así que procuras no hacer nada que pueda desencadenar el terremoto. Te mantienes a la expectativa, observando. Perpetuando tu condición de espectador, colaborando en la reproducción continua del espectáculo. 

Fuente: https://quebrantandoelsilencio.blogspot.com/2022/04/vive-no-pienses-y-disfruta-del.html


Fascismo y antifascismo

Posted: 22 Apr 2022 11:49 AM PDT

Para un revolucionario, sobre todo si es anarquista, no se trata de luchar por la defensa de la democracia burguesa contra el fascismo, sino contra el Estado capitalista, ya sea democrático o fascista.

Dominique Attruia. De la lucha revolucionaria a la Unión Sagrada antifascista.

Los medios de comunicación son la voz de su amo y del gran capital que les financia. Los desacreditados, falsarios y corruptos socialistas y populares del partido único PP-PSOE necesitan desesperadamente el espantajo fascista para mantenerse en el escenario político, y, además, como si fueran opciones diferentes.

Derechos y libertades democráticas han entrado en contradicción con la defensa de los intereses del capital por parte del Estado.  Esa contradicción conduce a la burguesía a renunciar a su propia ideología democrática y desvela el carácter represivo del Estado, que ha de defender los intereses de clase de la burguesía por TODOS LOS MEDIOS, incluidos los que suponen la abolición de los derechos y libertades democráticos.

Democracia y fascismo no se oponen, sino que se complementan; ya sea de forma alternativa o al unísono. Podemos y su propuesta de alianza antifascista se complementa con el fascismo de Vox: se trata de someter el proletariado a la alternativa entre fascismo o antifascismo, obstruyendo cualquier vía anticapitalista.

Podemos hace un llamamiento a defender la democracia capitalista, azuzando el espantajo fascista de Vox: ¡Cuidado que viene el lobo! ¡Defendamos este sistema corrupto y explotador, porque peor sería el fascismo!

El desdoblamiento político de la burguesía, ante la constante amenaza del proletariado, bajo sus dos aspectos de fascismo (el ultraderechista Vox, pero también de PP y Ciudadanos) y democracia parlamentaria (PSOE, Podemos y nacionalistas) convergen en una estrategia común de la burguesía, en defensa de sus intereses históricos de clase.

La función de la socialdemocracia (PSOE y Podemos) es la de desviar las luchas del proletariado de su objetivo revolucionario y anticapitalista, para llevarlas a la defensa de la democracia burguesa. Es necesario preparar el altar de la sagrada unidad antifascista, para proceder a efectuar todos los sacrificios económicos “necesarios”, incluidas las libertades democráticas y el nivel de vida de los trabajadores.

Vox carece de programa, porque a los cien puntos de su pretendido proyecto político sólo se le puede denominar vía libre al capitalismo salvaje y esclavización del proletariado. El franquismo como solución. El fascismo no es un producto de las capas reaccionarias de la burguesía, ni producto de una sociedad feudal, sino por el contrario producto de un capitalismo avanzado que, ante la galopante crisis económica que se avecina, pasa a la ofensiva.

Hay una continuidad esencial entre democracia y fascismo, de igual modo que en el siglo 19 existió una continuidad básica entre liberalismo y democracia. Los métodos socialdemócrata y fascista en lugar de alternarse en el gobierno tienden a fusionarse. Podemos y Vox son dos voces distintas para defender los mismos intereses: los del gran capital financiero y de las multinacionales.

Podemos, y otros, nos piden que aceptemos gozosamente el actual capitalismo salvaje, corrupto y caduco para salvarnos del fascismo.

Fascismo y democracia eran sólo dos formas distintas de gobierno del capitalismo a principios del siglo 20. Pero, hoy, el capitalismo es un sistema obsoleto, que sólo puede ofrecernos miseria, destrucción, guerra, horror y muerte. Por primera vez en la historia se plantea la posibilidad de la desaparición en el planeta de la especie humana y de todo tipo de vida, a causa de la explotación incontrolada y excesiva de los recursos naturales por un capitalismo salvaje y suicida.

La alternativa no es fascismo o antifascismo, porque ambos defienden el sistema capitalista, mientras nos engañan con un falso enfrentamiento.

Hace ochenta años, fascismo y democracia eran dos formas distintas de gobierno del Estado capitalista; hace cuarenta, eran dos formas alternativas, que los Estados aplicaban en función de la relación de fuerzas existente; hoy, se han fusionado y apenas son distintos talantes del mismo método de gobierno, explotación salvaje de la natura y ataque generalizado a las condiciones de vida del proletariado.

La globalización cambia levemente las reglas de juego. Surge una nueva clase corporativa (inferior al uno por ciento de la población), gestora de las multinacionales, de carácter, ámbito, vida, hábitos e intereses internacionales, opuesta y distinta a la clase empresarial de carácter y ámbito nacionales. Ese enfrentamiento provoca nuevos fenómenos, como el Brexit o el independentismo catalán.

Entre los proletarios se incrementa hasta el paroxismo el paro y el precariado y surgen fenómenos nuevos y descarnados como el trabajador pobre, con sueldos de hambre y miseria. Esa nueva clase corporativa carece de arraigo geográfico y es totalmente indiferente y ajena a la cuestiones sociales, ecológicas o laborales. Los gobiernos democráticos se convierten en rehenes de esta nueva clase corporativa, que no controlan como pueden hacer aún con las empresas de carácter nacional o regional.

De esta forma, la apariencia formal de las democracias occidentales oculta la gestión tiránica de la economía internacional por esa minoritaria y elitista clase corporativa, independiente de los débiles Estados nacionales, que lo somete y subordina todo a los beneficios e intereses de las grandes firmas multinacionales, que ni pagan impuestos, ni cumplen la legislación vigente, contaminan sin límites ni mesura, o amenazan con irse a otro lugar.

Acendremos, depuremos y afilemos la teoría, porque las batallas del mañana son de una magnitud gigantesca y nos jugamos la existencia. En el capitalismo no hay futuro.

Ni Rusia ni la OTAN, ni fascismo ni antifascismo, solo la Guerra de clases.

Agustín Guillamón

¡

La Semana Fanta

Posted: 22 Apr 2022 11:32 AM PDT

La semana fanta es una de las celebraciones religiosas mas populares del estado español. De norte a sur y de este a oeste, recorriendo toda la geografía patria, el fervor popular se desata en todos los rincones del país. La fanta de dos litros clavada en la cruz es objeto de devoción. Niños y mayores participan por igual en estas efemérides. Los curas administran chupitos de fanta junto a la hostia consagrada. Las diferentes imágenes que desfilan por pueblos y ciudades simbolizan las peripecias del martirio de la botella de dos litros de fanta. Resulta conmovedor contemplar la congoja que invade a los cofrades cuando la lluvia impide la procesión de las imágenes, por miedo a que el agua despegue la etiqueta de la botella, convirtiendo así la fanta en una vulgar botella de plástico.

Legionario en semana santa de Málaga

En Andalucía, tierra devota, la pasión popular se manifiesta a través del cante jondo religioso, las celebérrimas faetas. Desde los balcones de las casas o a pie de calle, hombres y mujeres se desgañitan honrando a la fanta y provocando la admiración de los asistentes ante la hondura religiosa que caracteriza tales cantos. La Legión, ese admirable cuerpo militar expedicionario fundado por el insigne Millán Astray y que en la actualidad combina a la perfección la misión de defender el moderno régimen constitucional y democrático que todos los españoles nos concedimos en el 78 y la vigencia de los valores tradicionales que deben regir la vida espiritual de toda nación que se precie, desembarca en el puerto de Málaga alzando al cielo con sus brazos a la fanta de la buena muerte, enmedio de la multitud y autoridades que contemplan sobrecogidos tal exhibición de piadosa virilidad. Hay que resaltar que esta celebración religiosa unifica al pueblo y sus queridas autoridades, participando por igual en las diversas manifestaciones religiosas. La Guardia Civil luce uniforme de gala con el clásico, elegante y entrañable tricornio incluido (en mala hora abandonó la Benemérita el uso cotidiano de tan aerodinámico complemente. Le otorgaba clase y distinción. La gorra tiene aire de proletario desclasado). Las mujeres que procesionan, las tradicionales «manolas» , van estrictamente de negro por respeto al martirio y  la muerte de la fanta de dos litros, con mantilla primorosamente bordada y peineta, reflejando la atávica religiosidad del auténtico feminismo patrio. En lontananza, se aproxima Santiago Abascal montando gallardamente en brioso corcel, seguido a rebufo a toda ostia por Echenike en su silla.

«Oiga, yo pienso que esta historia no es tal y como usted la cuenta. Para empezar, no especifica si la fanta es de naranja o de limón. Es usted un mentiroso» — «Amigo mío, con la autoridad que me otorga mi cátedra en Derecho Constitucional por la Universidad Rey Juan Carlos, le asevero que cada cual cree y ve lo que quiere ver y creer»

Aciago Bill


La hora del fumador

Posted: 22 Apr 2022 11:21 AM PDT

No sé si apreciaréis al tabaco. Yo sé que hubo un anarquista que habló de la cocaína.

Si esto no deja de ser una opinión, creo que está fundada en la experiencia y en la observación. Hay una cultura que fuma tabaco en pipa. Eso quiere decir que los DDHH recogen la etapa del fumador  a la hora de elegir el punto donde fuma.

Yo no sé si me lo invento… Pero me salen así las cosas.

Cuándo yo digo “you understand me?” en vez de “do you understand me?”, hay hablantes de lengua anglosajona que me entienden.

Por eso este texto va a ser en inglés… Y, si no, en una lengua que a mí me parece inglés y que la gente parece entender:

In liberal world, the legality is the form to gesten the things. I don’t think that this have this.

For my form to see the things,  the legality is the form to controlate the world.

I manifest the democracy but this is the people power but I don’t defend this sistem but this no have democracy.

In my visceral mind, I prefer the marihuana to other fens but I prefer the tobaco to other fens.

I think that the tobaco don’t have than peligrous that other fens. This is the probe that the tobaco is adulterate and other fens no.

I delire. Ever delire. Against the World… Against the humanity… I want the legalization of the marihuana.

I think that marihuana is medicinal and this have this propieties.

The tobaco is legal. That I know is legal. Why?:

Money… Busines… Managent…

What is the question for the tobaco is legal!?

I think: I smoke… The tobaco is adictive… All people don’t have smoke.

But… I defend that the legality of tobaco in this text?: I don’t say this.

For me the tobaco is a cuestion cultural and for me the tobaco is a recreative that get off other fens.

You understand me?

I understand.

In my mind have a process that I traslate this words.

Its finish.

Finish. Good!

Tobaco for me represent a propiety  fundamental: the seriesfull.

-Richie punk

 

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