EL CASO DE LA JUEZA FORN Y EL DEL JUEZ CHILENO URRUTIA LAUBREAUX: LA
VIOLACIÓN DE LA INDEPENDENCIA INTERNA DE LOS JUECES.
El tan brutal y
despiadado como inusitado ataque de la mayoría absoluta de la corte
lorenzetiana, reforzada (de cuya
vergüenza solo parece salvarse con su silencio omisivo la ministra Highton)
contra la jueza Forn, contra quien
adjetiva y vitupera reprobándola en un examen de introducción al derecho que
nadie le autorizó a tomarle, es una demostración de que son tan pesados y
destructivos de la independencia judicial sus condicionantes externos como los
internos: especialmente aquellos que provienen de un criterio de verticalidad y
orden jerárquico que no tiene justificación constitucional.
Que los jueces no
se dividen por jerarquías sino por competencias, es la base de toda concepción
de la independencia judicial, reforzada
en aquellos sistemas, como el nuestro, en el que todos y cada uno de los jueces
de cualquier instancia son custodios difusos de la Constitución. Esto está
escrito, y para los tiempos, en todos los textos, en todos los tratados, y en
el Estatuto de los jueces Latinoamericanos, como lo está desde hace mucho
tiempo en las Constituciones, como es el caso de la italiana. La revisibilidad
de sus sentencias por otros órganos no implica ni refleja ‘autoridad’ sino
garantías para el justiciable, como lo es –también recogida universalmente- la
de la doble instancia o del llamado doble conforme.
La jueza Forn,
desde el punto de vista de su rol constitucional, es al menos tanto o (si se
quiere) más juez que los cortesanos, que
al fin y al cabo han sido nombrados en actos estrictamente políticos, sin pasar
por pruebas de antecedentes y oposición ante un Consejo de la Magistratura (que
puede y tiene todos los defectos que querramos atribuirle, pero que al menos
impone suponer que el designado conoce la materia sobre la que ha de sentenciar,
y donde es difícil que pase el hijo de la tarotista del presidente de turno). Y
el resultado más visible y manifiesto de esa diferencia es el hecho de que al
menos dos de los ministros actuales habían consentido ser designados por la
mera voluntad ilegal e inconstitucional del presidente, y por mero decreto: con
lo que a mi modesto entender no superarían un examen de derecho constitucional
elemental, y ni siquiera de formación democrática en la peor de las escuelas
secundarias. Que la cosa se haya enderezado luego no cambia la naturaleza del
vicio de origen.
Que la agresión
se amplíe a la condición de miembro, integrante o simpatizante de una
agrupación judicial que levanta banderas de democratización de la justicia no
es otra cosa que la caza de brujas, la misma caza de brujas que hoy encontramos
en la solicitada por la remoción del juez Rafecas, de quien si algo no se puede
sostener sin que se les caiga la cara de vergüenza es que no sepa derecho y
fundamentar en él sus sentencias.
Lo que es más
grave aún es que esto es parte de una ofensiva mucho más global contra la
independencia de los jueces y contra su esencial obligación de decidir sin
condicionamientos ni dependencias castradoras. Porque , por ejemplo, y
simultáneamente, está sucediendo hoy en Chile, con el proceso disciplinario
abierto por una Corte contra el Juez de Garantías Nº7 de Santiago de Chile, Daniel
Urrutia Laubreaux, que parece dirigirse a su destitución, y que tiene por
origen y causa su decisión de sobreseer por inexistencia de delito a casi 70
imputados por haber ingresado a una entidad bancaria al solo efecto de
exteriorizar una protesta, sin producir daño material alguno.
¿Pudo haberse
equivocado el juez Urrutia, en Chile, al omitir efectos de cosa juzgada en el
caso de algunos de los imputados que hubieran reconocido su ‘culpabilidad’?
Puede que sí. ¿Pudo haberse equivocado la jueza Forn al enviar directamente a
la Corte un expediente, en la inteligencia de que en ella se debían concentrar
los procesos que ya están en su jurisdicción sobre una determinada materia?
Puede que sí, naturalmente.
En el sumario en
el que , con disidencias, se ordena el trámite disciplinario contra el juez
Urrutia se deslizan, a mi juicio, las mismas barbaridades autoritarias,
disciplinadoras en el peor de los sentidos y vituperantes que en la
estigmatización de la jueza Forn.
Desde allí donde
puedo, que es aquí, formulo un llamado a la solidaridad con ambos y con la
inteligencia correcta y necesaria de la independencia judicial.
No hay comentarios:
Publicar un comentario