¿El capitalismo se ha encontrado con límites infranqueables?
Autor(es): Chesnais, François
La raíz económica de tensiones políticas y malestares sociales contemporáneos
La revista Inprecor n° 631/632, noviembre de 2016, tradujo del español e incluyó un artículo anteriormente publicado en Herramienta;icuyo
texto original estaba en inglés, pues era la conclusión de un libro
sobre el capital financiero y la finanza escrito a la luz de la crisis
del 2007-2008 y las transformaciones en las formas mundializada de
explotación de las mujeres y hombres proletarizados.ii Tanto la conclusión del libro como el artículo adoptan como horizonte la perspectiva de una sociedad humana.
Las observaciones de amigos que lo leyeron me convencieron de que es
necesario aclarar algunos argumentos. Además, no pocos acontecimientos
políticos de los últimos meses invitan a “aproximar” el horizonte de la
reflexión.
Desde hace
dos o tres años, se han publicado muchos ensayos sobre las tensiones
políticas mundiales, domésticas e internacionales, así como sobre los
malestares sociales franceses y europeos. No son pocos los autores que
relacionan tales cuestiones con el neoliberalismo, con la
“globalización” y con sus consecuencias. Acá, se las relaciona con el
curso del capitalismo y con su impasse. De los acontecimientos a
nivel de la “superestructura”, mi texto pasa a la “infraestructura”, al
movimiento de acumulación de capital en el largo plazo y a las barreras
con que se encuentra. Y la perspectiva que se avizora es una situación
en donde las consecuencias políticas y sociales del débil crecimiento y
la endémica inestabilidad financiera, junto con el caos político que
generan (ya mismo en algunas partes del mundo, potencialmente en otras)
tienden a converger con el impacto social y político del cambio
climático.
Este texto tiene evidentemente fuertes implicaciones
políticas. Expresa un radical cambio teórico personal, dado que hace
diez años la revista Carré Rouge había participado en una red de
discusión sobre “la actualidad del comunismo”, cuyos participantes
expresaron apreciaciones distintas sobre el período.iii Pero es en el 2008, cuando evidentemente comienza este cambio (que se advierte en un texto publicado también en Herramienta y luego en Inprecor) en el que buscaba articular la crisis económica y financiera con la crisis del cambio climático.iv
La noción de “barreras” o “límites” al modo de producción
Casi
diez años después de iniciada la crisis económica y financiera mundial,
pues comienza en julio-agosto 2007 para explotar en septiembre 2008, la
marcha de la tasa de crecimiento del PBI mundial es, según las últimas
proyecciones del FMI, de 3% para 2017 y lo mismo para 2018.v
Lo
que está en discusión es si la crisis económica y financiera mundial de
2007-2008 puede ser vista simplemente como una “crisis muy grande” de
un capitalismo todavía capaz de abrirse una nueva y larga fase de
reproducción ampliada a escala del “mercado mundial finalmente
constituido”; o si, por el contrario, indica el punto de partida del
momento histórico en que el capitalismo se encuentra con límites que ya
no podrá desplazar. En el libro III de El capital, Marx (2013: 321) argumenta:
La
producción capitalista tiende incesantemente a superar estos límites
que le son inmanentes, pero sólo lo consigue empleando medios que
vuelven a alzar ante ella esos mismos límites, en escala aún más
formidable.
La cuestión es establecer si la
producción capitalista se enfrenta ahora con barreras que ya no puede
superar, ni siquiera temporariamente. Se estaría ante dos formas de
límites infranqueables que tienen muy fuertes implicaciones para la
reproducción del capital y la gestión del orden burgués, sobre todo por
una vía civilizada. Uno de ellos, relativo a los efectos de la
automatización, se remonta al siglo XIX y tiene un carácter inmanente,
interno al movimiento del capital, en el que Marx insistió con mucha
fuerza. El otro, relacionado con la destrucción de los equilibrios
eco-sistémicos y especialmente de la biosfera por la producción
capitalista, no fue previsto por Marx e inicialmente fue definido como
un límite externo.
Comencemos por el primero, sobre el cual
Ernest Mandel planteó desde 1986 la tesis de que se estaba ante un
cambio cualitativo. La maximización de la ganancia, que no admite
límites, descansa en la maximización del monto de plusvalor o
sobre-valor producido y realizado. Supone, contradictoriamente, el
empleo del mayor número posible de proletarios y también el recurso a la
mecanización, es decir, el reemplazo de trabajo vivo (de las/los
asalariados) por el trabajo muerto (las máquinas), o sea, la disminución
de la cantidad de trabajo vivo necesaria para valorizar un determinado
capital. Debido a esto, escribe Marx (Ibíd.: 317):
[…]
el desarrollo de la fuerza productiva vuelve a manifestarse en dos
aspectos: primero, en el aumento del plustrabajo, es decir en la
abreviación del tiempo de trabajo necesario que se requiere para la
reproducción de la fuerza de trabajo. Segundo, en la disminución de la
cantidad de fuerza de trabajo (número de obreros) que se emplea, en
general, para poner en movimiento un capital dado.
Aquí
se encuentra la causa de la disminución de la tasa de ganancia. Pero la
situación del capitalismo era aún la de un sistema que disponía de
tecnologías mucho menos drásticamente labor saving que hoy en
día, y tenía todavía el planeta por conquistar. Marx (Ibíd.: 317-318)
podía escribir entonces que sí “el plusvalor, en cuanto suma global,
está en primer lugar determinado por su tasa, pero, en segunda
instancia, por la masa del trabajo empleado con esa tasa”, se estaba en
una situación en que “el desarrollo del modo capitalista de producción
disminuye la tasa de ganancia, mientras que su masa aumenta al aumentar
la masa del capital empleado”, y la acción de
…las
fuerzas impulsoras contradictorias se desahogan periódicamente mediante
crisis. Estas son sólo soluciones violentas momentáneas de las
contradicciones existentes, erupciones violentas que restablecen por el
momento el equilibrio perturbado (Ibíd.: 320).
Mandel,
analizando las consecuencias de lo que denominaba “robotismo”, por
entonces recién en sus inicios, sostiene la idea de que se asiste a un
cambio en la fuerza respectiva de las influencias contradictorias. En
1986, en la introducción a la edición del Tomo III de El capital,Mandel
(1981: 81) argumenta que “la extensión de la automatización más allá de
cierto límite conduce, inevitablemente, primero a la reducción del
volumen total del valor producido, luego a la reducción del volumen del
plusvalor realizado”. Veía esto como un “límite infranqueable” que
conlleva una “tendencia del capitalismo al colapso final” (Íd.). Mucho
más recientemente, en el 2011, la relación de la automatización con la
crisis mundial de 2007-2008 fue expuesta por un autor marxista de
trayectoria muy diferente, Robert Kurz, líder del grupo Krisis.
Kurz habla de “producción real insuficiente de plusvalor”, sobre el
fondo de una nueva ruptura estructural en el desarrollo capitalista,
caracterizada por la tercera revolución industrial (la microelectrónica)
con lo cual el “límite interno del capital termina por convertirse en
límite absoluto”.vi
La
segunda barrera fue progresivamente delimitada teóricamente a través de
los debates en el seno de la ecología política estadounidense,
especialmente entre James O’Connor, John Belamy Foster, Joel Kovel y
Jason Moore (entre otros), que comenzaron con el artículo de 1988 de
James O’Connor sobre la “segunda contradicción” del capitalismo. En el
caso de la ecología, los debates sobre los “límites absolutos” (sobre
los que se volverá más adelante) se refieren, por un lado, a la amplitud
de los efectos sobre la tasa de ganancia de la disminución de los
recursos naturales no renovables y, por el otro, a las consecuencias
extremadamente serias de la incapacidad del capitalismo para frenar el
avance del cambio climático, pues el modo de producción capitalista ha
desarrollado un tipo de relación con el ambiente que transforma la
biosfera al punto de amenazar las relaciones civilizadas.vii
La
cuestión del futuro del capitalismo se ha convertido en una cuestión
tan imperiosa como para que Michael Roberts (2016: 235; 270) consagre el
último capítulo de su libro más reciente a la “posibilidad de que el
capitalismo haya llegado a su fecha de fallecimiento”, cuando
anteriormente la cuestión solo había sido mencionado con frases
episódicas en los artículos de su blog. Después de muchas idas y vueltas
concluye que “la Larga Depresión no es una especie de crisis final”,
que hay “siempre más seres humanos para explotar” y que “siempre habrá
innovaciones tecnológicas para lanzar un nuevo Kondratiev”, mientras
acumula en el mismo capítulo elementos que sugieren lo contrario. Estima
que “el capitalismo recuperará en un momento dado la salud”,
proponiendo para terminar una definición muy particular de la barbarie,
como “una caída de la productividad del trabajo y las condiciones de
vida a niveles precapitalistas”, en singular contraste con la que antes
citamos de Mandel.
Las encrucijadas políticas
Que
el capitalismo se encuentre con límites que no puede franquear, no
significa de ninguna manera el fin de la dominación política y social de
la burguesía, y menos aún su muerte, pero abre la perspectiva de que
eso arrastre la humanidad a la barbarie. La cuestión es si las mujeres y
los hombres que son explotados por la burguesía o no están asociados
con ella, encontrarán los medios para evitar ese recorrido mortífero.
Las implicaciones sociales y políticas de un “estancamiento secular”,
mucho más serio en sus fundamentos que el de los años 1930, son
difíciles de medir pero evidentemente inmensas, más aún porque la
situación puede cambiar rápidamente en caso de que se llegue al punto de
ruptura en el ecosistema debido a los efectos del cambio climático. El
crecimiento muy débil del PBI mundial, y más aún del PBI per cápita, ya
plantea muy grandes problemas a la burguesía. El mercado mundial está
compuesto por grupos industriales y bancarios en brutal competencia y
por oligarquías nacionales profundamente rivales. La política de Donald
Trump traduce una situación en la que han pasado a ser permisibles todos
los golpes entre las burguesías. En el plano interno, las desigualdades
(ingresos, patrimonio, acceso a la educación y la salud) se incrementan
y sus consecuencias son cada vez más difíciles de administrar. En 1986,
Mandel hablaba de “los crecientes desafíos a todas la relaciones
burguesa fundamentales y a los valores de la sociedad en su conjunto” a
consecuencia del “aumento del desempleo masivo y de los sectores
marginalizados de la población, de la cantidad de los que ‘abandonan’ y
de todos aquellos a los que el desarrollo ‘final’ de la tecnología
capitalista expulsa del proceso de producción”. Para las/los “de abajo”
que viven en una sociedad mundializada dominada de punta a punta por el
capitalismo, las implicaciones son extremadamente serias tanto a nivel
cotidiano como en lo que hace al horizonte histórico. Mandel (1986: 89)
escribía, en efecto, que
[…]
la tendencia del capitalismo al hundimiento final […] no es
necesariamente favorable a una forma superior de organización social o
de civilización. Precisamente en función de los procesos degenerativos
propios del capitalismo los fenómenos de decadencia cultural, de
regresión en los terrenos de la ideología y el respeto a los derechos
humanos se multiplican acompañando lo que dejan las crisis multiforme
con las que este proceso degenerativo nos enfrentará [ya nos ha
enfrentado, F. Ch.].
Mandel, marcado por las formas que adoptara la barbarie en el siglo XX, pensaba que:
La
barbarie, como posible resultado del hundimiento del sistema, es una
perspectiva mucho más concreta y precisa hoy de lo que lo fuera en los
años 1920 o 1930. Incluso los errores de Auschwitz y de Hiroshima
parecerán mínimos en comparación a los horrores que deberá enfrentar la
humanidad en la continua decrepitud del sistema. En estas
circunstancias, la lucha por una salida socialista asume el significado
por la supervivencia de la civilización humana y del género humano
(Íd.).
Esta perspectiva catastrófica era moderada por Mandel con un mensaje esperanzador inspirado en el enfoque del Programa de Transición (de 1938):
[…]
el proletariado, como Marx lo mostró, reúne todos los prerequisitos
para conducir la lucha con éxito; esto sigue siendo más verdadero que
nunca hoy en día. Y tiene al menos el potencial de adquirir también los
prerequisitos subjetivos para la victoria del socialismo mundial. La
realización de este potencial dependerá, en último análisis, de los
esfuerzos conscientes de los marxistas revolucionarios, integrándose en
las luchas espontáneas periódicas del proletariado, para reorganizar la
sociedad según principios socialistas y conducirlo hacia precisos
objetivos: la conquista del poder del Estado y la revolución socialista
radical. Yo no veo que hoy existan más razones para ser más pesimista en
cuanto al resultado de esta empresa de lo que lo era Marx mientras
escribía El capital (Ibíd.: 89-90).
En
1986, podía todavía suponerse, al límite, que el hundimiento de la
burocracia soviética podía abrir la vía para la “revolución política” en
la URSS y en las democracias populares; y por entonces, el movimiento
contemporáneo de mundialización del capital apenas estaba en su inicio.
Hoy estamos en una situación muy distinta. Los procesos de superación
del capitalismo y de pasaje a la sociedad liberada de la propiedad
privada que según parecía estaban contenidos en el movimiento mismo del
capital, según enseñábamos los de mi generación a los militantes
jóvenes, perdieron validez. Incluso los previstos por el mismo Marx, y
lo digo pensando sobre todo en el proceso que se presenta en el capítulo
XXIV de El capital:
[…] esta expropiación se lleva a cabo por medio de la acción de las propias leyes inmanentes de la producción capitalista, por medio de la concentración de los capitales. Cada capitalista liquida a otros muchos. Paralelamente a esta concentración, o a la expropiación de muchos capitalistas por pocos,
se desarrollan en escala cada vez más amplia las formas cooperativas
del proceso laboral, la aplicación tecnológica consciente de la ciencia,
la explotación colectiva planificada de la tierra, la transformación de
los medios de trabajo en medio de trabajo que sólo son utilizables
colectivamente, la economización de todos los medios de producción
gracias a su uso como medios de producción colectivos del trabajo social
combinado, el entrelazamiento de todos los pueblos en la red del
mercado mundial, y con ello el carácter internacional del régimen
capitalista. Con la disminución constante en el número de los magnates
capitalistas que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este
proceso de trastocamiento, se acrecienta la masa de la miseria, de la
opresión, de la servidumbre, de la degeneración, de la explotación, pero
se acrecienta también la rebeldía de la clase obrera, una clase cuyo
número aumenta de manera constante y que es disciplinada, unida y
organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de
producción. El monopolio ejercido por el capital se convierte en traba del modo de producción que
ha florecido con él y bajo el. La concentración de los medios de
producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que son
incompatibles con su corteza capitalista. Se la hace saltar. Suena la
hora postrera de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados (Marx, 2013: 953).
Apartarse
del camino y la dirección en que actualmente está marchando la
humanidad, dependerá exclusivamente de la lucha, y del estado de las
relaciones políticas de clase entre los trabajadores largo sensu y la burguesía (las “relaciones de fuerza”). Y estas son por ahora, a nivel global, muy desfavorables a los primeros.
Algunos rasgos originales de la crisis económica y financiera abierta en 2007-2008
Antes
de referirnos más detalladamente al modo y el grado en que las dos
barreras son infranqueables, es preciso caracterizar la crisis económica
y financiera mundial iniciada en 2007-2008. Entre los marxistas que
trabajan en el seno del mundo anglófono y los heterodoxos
estadounidenses como Paul Krugman y Joseph Stiglitz, existe consenso,
amplio, aunque muy flou, en decir que se trata de una crisis muy
grande, de importancia análoga a la de 1929. Algunos la caracterizan
como “estructural” o “sistémica”. Pero incluso estos y la inmensa
mayoría de los economistas críticos o anticapitalistas, esperan que la
misma terminará, que en un momento dado habrá un recomienzo de la
acumulación. Entre los economistas de lengua francesa los términos
“estructural” y “sistémico” remiten más o menos (el primero sobre todo) a
la teoría de la Regulación, y quienes la sostienen están divididos con
respecto a la naturaleza de esta crisis. Robert Boyer no se pronuncia en
su último libro sobre “la Gran recesión” estadounidense de 2008 y su
extensión internacional. La lectura del libro (sobre todo las páginas
86-105) sugiere que se trata de la etapa más reciente de la crisis del
régimen de acumulación y regulación fordista, que comenzó en 1974-1976,
con las finanzas atacando a muchas de sus formas institucionales
esenciales. Considera que el régimen de crecimiento financierizado ha
sido como máximo un “potencial sucesor del modelo de desarrollo
fordista”. Otro libro regulacionista, en cambio, el de Jacques Mazier,
Mickaël Clevenot y Vincent Duwicquet reconoce que aprovechando la
liberalización financiera se ha conformado un régimen de crecimiento
financiarizado, cuyo rasgo sería sobre todo el “cierre” macroeconómico,
basado en el creciente recurso del endeudamiento y en un modo de
regulación absolutamente singular, consistente en una sucesión de
pequeñas crisis financieras e intervención de los bancos centrales. Esto
hace que los autores analicen cuidadosamente la crisis de 2007-2008 en
sus aspectos de crisis financiera. Sin embargo, vacilan en cuanto a
establecer “si se trata de una gran crisis indicadora del agotamiento
del modelo de regulación por las crisis”, o todavía de otra “pequeña
crisis” (pese a su amplitud) debido a que “la finanza como actor
dominante del régimen de crecimiento no ha sido cuestionada”.
Yo
trato de evitar la utilización de esos términos, en particular
“estructural”, muy relacionado con el fordismo, y me apoyo en las
observaciones de Paul Mattick (1976):
Si
la crisis encuentra su razón última en el capitalismo mismo, cada
crisis en particular se distingue de la que la precediera, precisamente a
causa de las transformaciones permanentes que afectan a escala mundial
las relaciones de mercado y la estructura del capital. En tales
condiciones, no es posible determinar por adelantado ni las crisis
mismas ni su duración y gravedad, menos aún porque los síntomas de
crisis aparecen con posterioridad a la crisis misma y no hacen más que
hacerla evidente a los ojos de la opinión pública. No es posible tampoco
remitir la crisis a factores “puramente económicos”, como si ella
apareciese por completo de manera “puramente económica”, cabe decir que
tiene su origen en relaciones sociales de producción travestidas en
formas económicas. La competencia internacional, que se lleva adelante
también con medios políticos y militares, re actúa sobre el desarrollo
económico, así como este a su vez estimula las diversas formas de
competencia. Por lo tanto no es posible comprender cada crisis concreta
sino es en la relación que mantiene con el desarrollo de la sociedad
global.viii
De manera telegráfica, es posible señalar las siguientes particularidades de la crisis de 2007-2008:
1.
Estalló al término de una fase muy larga (¡setenta años!) de
acumulación ininterrumpida que no tiene paralelo en la historia del
capitalismo. La crisis de 1934-1976 con su double dipixde
1980-1982 aparejó un cambio de ritmo en los países capitalistas
avanzados, pero no detuvo la dinámica de reproducción ampliada a nivel
mundial. A diferencia de lo que sostienen Jean-Marie Harribey, Michel
Husson, Esther Jeffers, Fréderic Lemaire, Dominique Plihon en el muy
reciente libro de ATTAC Cette crise qui n’en finit pas… par ici la sortie,
no pienso que las tres décadas que van de 1976 a 2007 sean una especie
de crisis “estructural” permanente con episodios multiforme. El período
que comienza en 1982 muestra que las burguesías, alentada por Reagan y
Thatcher, no solamente se lanzan contra la clase obrera con diferentes
ritmos según los países, sino que se vuelven hacia el mercado mundial y
terminan de completar su construcción con la reintegración de China.
2.
Jamás hay que perder de vista que la fase fordista primero y el largo
período de acumulación posterior se produjeron en condiciones históricas
muy particulares. Se dieron después de la gran depresión de los años
1930, con las consecuencias del cierre masivo de las capacidades
productivas, y luegode la Segunda Guerra Mundial, que tuvo como una de
sus consecuencias la destrucción a gran escala de la mayor parte de
Europa. Estaba desbrozado el terreno para la inversión rentable. Otra
dimensión muy importante también es que el capital pudo tomar
suministros de un stock todavía poco aprovechado de tecnologías
creativas en grandes sectores industriales y de una reserva de
conocimientos científicos con potencialidades aún poco explotadas.
Incluso el pasajero debilitamiento político de la burguesía frente a la
clase obrera en 1945 jugó a favor del relanzamiento de la acumulación.
Sin las concesiones que el capital fue obligado a hacer al proletariado,
jamás hubiese habido regulación “fordista”.
3.
Desde el 2007-2008, la crisis se desplegó sobre el terreno del mercado
mundial plenamente constituido. China nunca fue una “periferia”x del
capitalismo mundial, sino un país de tamaño continental, de antigua
tradición científica, con hombres y mujeres educados y que durante 40
años escapó a la dominación del capitalismo. Y fue en China donde el
capitalismo encontró en el 2009 una reserva de factores de impulso
(tecnología y proletarios) antes de que, como antes se vio, la curva de
la tasa de crecimiento del PBI mundial sufriera una inflexión
descendente y pasara a ser casi plana.
4. Los
Estados Unidos estuvieron desde el origen entre los principales
impulsores de la mundialización contemporánea y los principales
arquitectos y beneficiarios del régimen institucional mundial cuyos
pilares son el FMI y la Organización Mundial del Comercio (OMC), pero al
combatir la tendencia al descenso de la tasa de ganancia entre ellos
recurriendo a las deslocalizaciones masivas hacia China, los Estados
Unidos ayudaron a la emergencia de un poderoso rival. A diez años de
comenzada la crisis, la guerra comercial que fue característica de los
años 1930 se perfila nuevamente con los Estados Unidos de Donald Trump
listos para lanzarse a ella.
5. En todos los países, las clases obreras largo sensu abordaron
la crisis en el marco de relaciones económicas y políticas
extremadamente favorables al capital. La liberalización de los
intercambios y de las inversiones directas internacionalizó el proceso
de centralización y concentración del capital, permitiendo la formación
de inmensos grupos industriales. También, y más gravemente aún,
permitieron poner a competir entre sí a los trabajadores, de país a país
y de continente a continente. Hubo una mundialización del ejército
industrial de reserva. Cada burguesía debe administrar las consecuencias
de todo esto como puede, además de las que nacen de la extensión de la
robótica, pero lo hace a partir de muy claras posiciones de fuerza
frente a los trabajadores.
6. La crisis que
estalló en 2007-2008 es una crisis de sobreacumulación y de
sobreproducción de carácter mundial, aunque se ubique en determinados
países, sectores e industrias. Está acompañada por una crisis de
rentabilidad, que los economistas miden por medio de diversos cálculos
de la tasa de ganancia. Acá cobra sentido lo afirmado por Mandel y Kurz
sobre la caída del volumen total del valor producido y del volumen del
sobre-valor o plusvalor realizado. Los preámbulos de la crisis de
2007-2008 se remontan a la crisis asiática de 1997-1998, las
repercusiones financieras que tuvo en Wall Street eran anuncio de la
crisis financiera que estalló diez años después.
7.
La sobre acumulación de capital productivo estuvo acompañada por una
muy fuerte acumulación de capital ficticio. Habiendo comenzado en los
años 1960 e incrementándose rápidamente con la deuda del tercer mundo en
los años 1980, se aceleró más aún después de 1998 con el recurso de los
Estados Unidos (y de manera más diferenciada, por algunos países en
Europa) al endeudamiento masivo para sostener el crecimiento. El
endeudamiento de empresas y hogares se acompañó a partir de 2005 también
por el endeudamiento de los bancos entre sí. Se caracteriza por un
salto en las técnicas de titularización y viene acompañado por la
formación de un “sistema bancario en la sombra” que, gracias a la
desreglamentación financiera, ha escapado a todo control.xi
8.
A diferencia de la crisis de los años 1930, debido al salvataje de los
bancos y los mercados financieros la destrucción de capital ficticio fue
limitada y la de capital productivo sólo ocurrió de manera lenta y
desigual, y en el caso de China no se dio. La función reguladora de las
crisis, desbrozar el terreno para una nueva fase de acumulación, no se
produjo.
9. El análisis de la economía mundial
como totalidad incluye la dimensión de las “relaciones de los hombres
con la naturaleza”. El capitalismo se ha comportado como si el planeta
–y el conjunto de recursos no renovables y de espacios terrestres y
marítimos a utilizar, así como la biosfera que condiciona la
reproducción de las sociedades humanas– pudiese soportar indefinidamente
la intensidad de la explotación a la que fue sometida.xii La muy larga fase de crecimiento del PBI mundial, fue también la del crecimiento de las emisiones de CO2.
La informatización: ¿estancamiento secular o límite infranqueable del capital?
Es
preciso retomar lo de las dos barreras. En primer lugar, la que tiene
que ver con el movimiento de la tasa y de la masa de ganancia, es decir,
de la plusvalía producida y realizada. Michel Husson publicó en junio
de 2016 un estudio titulado “¿Estancamiento secular o crecimiento
numérico?”. Estoy de acuerdo con lo esencial de lo allí escrito, y en el
texto publicado por Herramienta e Inprecor yo remito a
los mismos estudios estadounidenses, especialmente los de Richard
Gordon. Husson habla de la extrema polarización del debate
estadounidense y examina los argumentos de quienes, en oposición a
Gordon, apuestan al crecimiento numérico, es decir, a las tecnologías
que impulsan la robotización cada vez más lejos. El análisis de Husson
se basa en estadísticas y cálculos que los economistas neoclásicos no
pueden objetar. Los lazos estadísticos entre rentabilidad y
productividad establecidos por Husson (2016) muestran que
[…]
hasta promediar los años 1980, la pérdida de velocidad del aumento de
la productividad se traduce en una caída tendencial de la tasa de
ganancia en las grandes economías. Luego, durante la fase neoliberal, el
capitalismo consiguió restablecer la tasa de ganancia a pesar de la
pérdida de velocidad de los aumentos de productividad, pero sólo pudo
hacerlo sobre la base de una caída de la parte de los salarios en el
valor agregado y poniendo en marcha diversos dispositivos
insustentables, que lo condujeron a la crisis.
Por
una parte, hoy es posible afirmar sin mucho riesgo de equivocarse que
el capitalismo no podrá recurrir a esos “dispositivos insustentables”
(en particular endeudamiento de las PME y los hogares) y, por otra
parte, constatar que el recurso del capital a las tecnologías de
automatización acentúa también el proceso analizado por Mandel y Kurz de
“reducción del volumen total del valor producido y del sobre-valor
realizado” y de “producción efectiva insuficiente de sobre-valor”.
Husson cita los resultados de un estudio posterior al de Gordon,xiiidonde
se evidencia que “cuando los aumentos de productividad ligados a las
nuevas tecnologías pueden ser observados, son el resultado de una baja
de la producción relativa [del sector en cuestión] y de una baja aún más
rápida del empleo”. Resulta, pues, difícil, escribe Husson, conciliar
“estas caídas de producción con la idea de que la informatización de las
nuevas tecnologías incorporadas en los nuevos equipos podrían originar
una revolución de la productividad”. Tal o cual empresa pueden
beneficiarse con aumentos de la productividad en la industria y algún
sector de los servicios. “Pero [escribe Husson] las innovaciones
requieren de inversiones, y éstas deben satisfacer el criterio de una
alta rentabilidad.” Un gráfico realizado por los economistas de la US
Conference Board (uno de los lobbies de la patronal estadounidense) y
publicado por Michael Roberts en su blog, ilustra este proceso
acumulativo de baja combinada de la productividad del trabajo y de la
inversión. Las inversiones en las TIC no tienen un comportamiento
distinto al que se registra en otros sectores.
Hablar,
como Mandel y Kurz, de una situación de creciente penuria de plusvalía o
sobre-valor debido a la baja conjunta del empleo y de las inversiones,
contribuye al debate mucho más que la problemática centrada en las
causas de la caída de la tasa de ganancia y las causas contrarrestantes
de la misma. Más precisamente, sería necesario pasar a calcular tanto la
masa de las ganancias como su tasa y examinar la posible caída
tendencial de esta masa bajo el doble efecto de la disminución de las
inversiones y su relación con la robótica: algo que no han hecho Mandel o
Kurz y menos aún yo. Eso permitiría apreciar si, a medida que la
penuria de plusvalor echa raíces y deviene estructural, lo que aparece
inicialmente como un “límite interno (inmanente) del capital”, que puede
de ser temporariamente superado, pasaría a convertirse en
infranqueable.
Husson deja implícita la cuestión del descenso
de la masa de plusvalía. Pero tal como Mandel apunta a las dificultades
que plantea la automatización a la gestión económica, social y política
de la burguesía, pues
[…]
cuestiona la cohesión de las sociedades (desocupación masiva,
polarización entre empleos calificados y pequeños trabajitos, etcétera) y
agrava una cuestión esencial, la de la “realización”. Es necesario, en
efecto, que las ventas existan; y se recae aquí en la contradicción
fundamental de la automatización: ¿quién comprará las mercancías
producidas por los robots? (Husson, 2016).
Husson
también remite a un artículo en que Mandel (1986) evoca una sociedad
dual: por un lado, “los que siguen participando en el proceso de
producción capitalista”, y por el otro, los que sobreviven “por todos
los medios que no son la venta de su fuerza de trabajo: asistencia
social, aumento de las actividades ‘independientes’, campesinos
parcelarios o artesanos, regreso al trabajo doméstico, comunidades
‘lúdicas’”.
El carácter inmanente de la infranqueable barrera ecológica y climática
En
el subtítulo puse signos de interrogación, pero no en este. Es posible
que Roberts y otros tengan razón al pensar que la barrera de la caída de
la ganancia (la tasa y la masa) todavía pueda ser superada por el
capital, para luego levantarse de nuevo muy rápidamente frente a él.
Pero es suficiente consultar la entrada Climate Change en Wikipedia para
entender que no ocurrirá lo mismo cuando los procesos retroactivos, que
no tienen fecha precisa, pero son previsibles, se produzcan. La noción
de barbarie, asociada por Mandel a las dos guerras mundiales y al
Holocausto se aplica ahora a las consecuencias sociales del cambio
climático. Uno de los primeros en plantear de manera general esta
hipótesis con respecto a las cuestiones ambientales fue Mészáros (2001:
99):
En
cierta medida, Marx era ya consciente del “problema ecológico”, es
decir de los problemas de la ecología bajo la dominación del capital y
de los peligros implícitos que esto provoca para la supervivencia
humana. De hecho, fue el primero en conceptualizarlo. Habló de la
polución e insistió en que la lógica del capital –que debe perseguir la
ganancia, conforme a la auto expansión y a la acumulación– no puede
tomar en consideración los valores humanos ni siquiera la supervivencia
de la humanidad […]. Lo que no se puede encontrar en Marx,
evidentemente, es una explicación de la extrema gravedad de la situación
a la cual nos enfrentamos nosotros. Para nosotros, la supervivencia de
la humanidad es una cuestión urgente.
Por
supervivencia de la humanidad, debe entenderse, por supuesto,
supervivencia de la “vida civilizada” tal como la entendemos aunque sea
de manera general y un tanto vaga a partir de los resultados (las
“conquistas”) de la lucha de las clases en Europa. Los seres humanos
sobrevivirán, pero si el capitalismo no es derribado, vivirán a nivel
mundial en una sociedad del tipo de aquella que fuera descrita por Jack
London en su gran novela “distópica” de 1908, El talón de hierro.
La
reflexión de Mészáros se nutre de los debates e investigaciones
teóricas llevados adelante en los Estados Unidos, continuados
posteriormente en los países de lengua francesa, a partir de la tesis
desarrollada por O’Connor sobre “la segunda contradicción”. Para este
autor, la primera contradicción, interna, sería la sobre-acumulación y
la super-producción presentadas de un modo “marxo-keynesiano”; y la
segunda, externa, la caída de la tasa de ganancia y de la tasa de
acumulación inducida por el costo creciente de las materias primas (la
parte “capital circulante” del capital constante), que podría llegar
incluso a provocar un fenómeno de “sub-producción”. En la sección 6 del
innovador artículo “Capitalism, Nature, Socialism: A Theoretical
Introduction” (que lanzó la revista de la que sería jefe de redacción),
O’Connor (1988) sostiene que si bien las cuestiones ambientales sólo
pueden encontrar solución en el socialismo y que las mismas deben ser
parte del programa socialista (eco-socialista), el capital sería capaz
de reconocer su movimiento destructor y el Estado capaz de poner en
marcha mecanismos reguladores. Añade incluso que las cuestiones
ambientales podrían ser el terreno de posibles compromisos de clase.xiv Por estos planteos, O’Connor fue atacado con razón. Y entonces el libro de Joel Kovel, El enemigo de la naturaleza ¿El fin del capitalismo o el fin del mundo?, publicado en el 2002, pasó a ser la obra de referencia del eco socialismo en lengua inglesa.
La
crítica a O’Connor debe centrarse en la oposición entre “contradicción
interna” y “contradicción externa” y en la imposibilidad de que el
capitalismo modifique las relaciones con el ambiente.xv La
genérica observación metodológica de Marx sobre la relación de los
hombres con la naturaleza es más trillada y proviene de un texto hoy
poco leído que dice: “Para producir, los hombres contraen determinados
vínculos y relaciones sociales, y a través de estos vínculos y
relaciones, y sólo a través de ellos, es como se relacionan con la
naturaleza y como se efectúa la producción” (Marx, 1980: 86). Pero
suponer que las “relaciones sociales”, en cuyo marco la sociedad mundial
contemporánea (dominada de punta a punta por el capital) “se relaciona
con la naturaleza”, pueden ser reducidas a la oposición entre el capital
y el trabajo, constituye una simplificación en la que Marx no cayó y no
ayuda a comprender los problemas actuales.
La definición
pertinente es que se trata de relaciones sociales comandadas por la
valorización ilimitada del dinero que se convierte en capital, en un
movimiento que se caracteriza por la reducción del trabajo concreto al
trabajo abstracto y por la producción y venta también ilimitada de
mercancías. En los Manuscritos de 1857-58, Marx (1971: 276) escribe que el capital
[…]
como representante de la forma universal de la riqueza –el dinero–
constituye el impulso desenfrenado y desmesurado de pasar por encima de
su propia barrera. Para él, cada límite es y debe ser una barrera. En
caso contrario dejaría de ser capital, dinero que se produce a sí mismo.
Por
eso, debe extraer de la reserva terrestre materias primas, recursos del
suelo y subsuelo, ilimitadamente hasta el punto que se afecta cada vez
más gravemente a la biosfera y a los muy frágiles ecosistemas
relacionados. La explotación ilimitada de la fuerza de trabajo comprada y
la explotación ilimitada de los recursos naturales hasta agotarlos
(acompañadas desde mediados del siglo XX por un modo de producción y de
consumo que provoca el crecimiento exponencial de las emisiones de gas
con efecto invernadero) van juntas. Están contenidas en la noción de
capital y de la inseparable producción de mercancías, gran parte de las
cuales es hoy masiva y socialmente inútil y, en lo que hace a su
producción material, es devoradora de recursos que no son renovables o
lo son muy difícilmente y, por añadidura, altamente emisora de gas con
efecto invernadero.
El mecanismo que desemboca en la “sociedad
de consumo” y su insensato despilfarro consiste en lo siguiente: para
que la auto-reproducción del capital se efectivice, es preciso que el
ciclo de valorización termine de cerrarse con “éxito”, es decir, las
mercancías fabricadas, la fuerza de trabajo comprada en el “mercado de
trabajo” y utilizada discrecionalmente por las empresas en los lugares
de producción sean vendidas. Para que los accionistas queden
satisfechos, se necesita que una gran cantidad de mercancías que
cristalizan el trabajo abstracto contenido en el valor se vuelquen en el
mercado. Y desde el punto de vista del capital, es absolutamente
indiferente que esas mercancías sean realmente “cosas útiles” o que
simplemente tengan la apariencia de serlo. Para el capital, la
única “utilidad” es la que permite obtener ganancias y proseguir el
proceso de valorización al infinito, de tal modo que las empresas con el
auxilio de la publicidad se han convertido en expertas en el arte de
demostrar a quienes tienen real o ficticiamente (con crédito) poder de
compra, que las mercancías que les ofrecen son “útiles”.
Las múltiples dimensiones de la catástrofe silenciosa de una nueva era: el “capitaloceno”
Daniel
Tanuro (2015) utilizó la expresión de “catástrofe silenciosa en marcha”
para describir la multiplicidad de los efectos del cambio climático y
las innumerables degradaciones ecológicas que están en marcha desde el
período que se inicia en los años 1960. Los efectos económicos y
sociales de estos procesos se sienten de manera desigual y diferenciada
en el espacio mundial, planteando así una gran dificultad política. Ya
desde hace algún tiempo, la cuestión climática es “social”, en el
sentido básico y radical de la destrucción de las condiciones
eco-sistémicas de la reproducción en cada vez más partes del mundo.xvi Los
efectos del cambio climático son ya desastrosos, entre otros, para los
habitantes autóctonos del Ártico, de Groenlandia y del Himalaya, para
los pastores del Este de África, para los isleños de los pequeños
Estados del Pacífico, para las poblaciones rurales del Delta del
Ganges... Los primeros en ser amenazados son quienes están más alejados y
son los menos “beneficiarios” de los mecanismos de despilfarro de la
“sociedad de consumo”.
En los países centrales del capitalismo
mundial, las amenazas parecen aun lejanas, pero ya hay fenómenos que
golpean el imaginario social, al menos parcialmente. Las degradaciones
ecológicas en marcha incluyen lo que los científicos llaman la sexta
gran extinción de especies. El editorial de Le Monde del viernes
20 de enero de 2017 utilizó un lenguaje inusitado para referirse a la
desaparición de los monos. Comienza por recordar que “los primates son
nuestros primos más cercanos” y agrega inmediatamente: “pero el apetito
del hombre por los bienes del planeta es ilimitado”. El editorialista
concluye escribiendo que
[…]
los científicos recomiendan establecer una gobernanza equitativa de los
recursos […], pero sobre todo producir mejor y consumir más
racionalmente. Los humanos pueden todavía ignorar el mensaje de los
científicos, pero se arriesgan entonces a ser parte de las especies en
desaparición.
Pero
no es “el hombre” quien tiene un apetito ilimitado por los bienes del
planeta, sino el capitalismo. Jason Moore (2015), a quien cito en el
texto publicado por Inprecor y Herramienta, sostiene con
sólidos argumentos que, para designar la nueva era geológica en la que
el hombre devino una fuerza geofísica que está transformado la biosfera a
punto tal que resulta amenazada la capacidad del planeta para albergar
la vida, no debería utilizarse el término antropoceno sino el de “capitaloceno”.
Algunas implicaciones políticas tal como yo las comprendo
“Sólo
la verdad es revolucionaria”, escribía Gramsci en los años 1930, en un
contexto muy, muy diferente del nuestro, porque a pesar del fascismo y
de lo que Stalin había hecho en la URSS, la vía de la revolución estaba
abierta todavía y la palabra socialismo conservaba todo su significado.
Ya no es así. Tomar una senda que se aparte de la dirección y el camino
por el que el capital arrastra actualmente a la humanidad, dependerá
exclusivamente de la lucha, es decir, del estado de las relaciones
políticas de clase entre los trabajadores largo sensu y la
burguesía (las “relaciones de fuerza”). Que, si bien a nivel global son
por ahora muy desfavorables a los trabajadores, no los son tanto a nivel
local, en el que son posibles victorias al menos temporarias.
Lo
que debemos hacer es explicar a los militantes esta situación
histórica, de la que la mayoría es muy consciente, y decirles que, en lo
inmediato, sólo pueden confiar en la palabra de Marx citadas en la
conclusión de mi libro y el artículo publicado en Inprecor y Herramienta:
“¡Lucha!”. Lo único cierto es la necesidad de luchar. Debemos luego dar
información, de modo tal que, al abordar todas las cuestiones en las
que el movimiento anticapitalista está comprometido, sepan poner por
delante la cuestión de la propiedad, entendida como posesión de los
medios para decidir y actuar. También, finalmente, que se mantengan
alertas y sepan defender la auto-organización en las luchas, aún si la
actual organización del trabajo –la fragmentación de la que ya se habló–
hace más difícil poner en marcha formas de los Comités de huelga
electos. Es evidente que en la juventud los reflejos internacionalistas
son fuertes y es preciso ayudar a que ellos se expresen. Existe avidez
de conocimientos sobre las luchas en otra parte, sus objetivos y su
método. Pero el frente principal y más esencial es la lucha contra el
racismo de Estado.
En el plano ecológico, Tanuro ha señalado
buenas pistas que se desprenden del eco-socialismo. En primer lugar
“explicar sin pausa y en todas partes la gravedad de la situación y su
causa. Hablar, es ya actuar, es sembrar los gérmenes de la gran cólera
indispensable”. Luego “luchar en todas partes contra los grandes
proyectos de inversión: los nuevos aeropuertos, los nuevos gasoductos,
las nuevas autorrutas, los nuevos forrajes, las nuevas minas, la nueva
locura del gas esquisto, las nuevas fantasías de los geo-ingenieros que
sueñan con dotar a la tierra de un termostato… controlado por ellos. Las
movilizaciones como las de Notre-Dame des Landes, o del gasoducto
Keystone XL, o del parque Yasuni, son como las barreras que les cortan
la ruta”. Asimismo,
…respaldar
también todas las iniciativas alternativas colectivas, sociales y
democráticas que hacen avanzar la noción de lo común, no subestimar a
los agrupamientos para la compra de productos locales de la agricultura
orgánica y otras iniciativas que tienden a la soberanía alimentaria, por
ejemplo. Ellos pueden ser palanca de concientización, especialmente
cuando organizan el diálogo y, en consecuencia, rompen la separación
(generalizada por el capital) entre productores y consumidores, o cuando
comprometen al movimiento sindical.
La medidas
propuestas por Michel Husson en la parte final del estudio sobre el
estancamiento, especialmente la distribución de las horas de trabajo,
son enteramente sensatas. La cuestión es saber quién las aplicará y cómo
se arrancarán los medios para decidir y actuar para definir las formas
de propiedad y de poder que asegurarían su concretización.
Evidentemente, lo que resta de propiedad pública debe ser defendida con
uñas y dientes. Simultáneamente, en el curso de las múltiples
movilizaciones indicadas, se afirma concretamente una experticia social y
política colectiva. La misma puede alimentar el esbozo de una
democracia efectiva, socializada, que invalide de hecho los simulacros
de una “democracia participativa” coexistente con el poder destructivo y
sofocante de la propiedad privada estratégica.
Sembrar los
gérmenes de la cólera –siempre que esté dirigida contra el capitalismo
realmente existente– y apoyarla cuando estalla en los muchos terrenos en
que las desigualdades provocan indignación es, mientras se espera que
el horizonte se aclare, una tarea política cotidiana. Nunca se me
hubiera ocurrido, en otros tiempos, terminar un artículo político de
esta manera. Pero así estamos.
28 de enero de 2017
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Artículo publicado originalmente el 4 febrero de 2017 por A l’encontre. Traducido del francés por Aldo Casas. Agradecemos al autor y muy especialmente al sitio A l’encontre por permitirnos publicar este artículo en Herramienta.
i. Chesnais, François , “El curso actual del capitalismo y las perspectivas para la sociedad humana civilizada”. En: Herramienta 58 (otoño de 2016).
ii. Chesnais, François, Finance Capital Today. Corporations and Banks in the Lasting Global Slump. Leiden / Boston: Editions Brill, 2016.
iii. Durante más de dos años, militantes pertenecientes a los colectivos que publicaban A Contre-Courant, Carré Rouge y L’Emancipation sociale, o reunidos en torno a la revista A l’encontre se encontraron regularmente para trabajar sobre la actualidad del comunismo. Un proyecto de texto “manifiesto” Penser le communisme aoujourd’hui se difundió entre ellos en vísperas de la reunión que se realizó en mayo de 2006 en Nyon, Suiza, http://www.carre-rouge. org/spip.php?rubrique22. En el enlace, se encontrará también un intercambio entre Alain Bihr y el autor de este artículo.
iv. François Chesnais, “Como la crisis del 29 o más… Un nuevo contexto mundial”. En: Herramienta 39 (octubre de 2008). También publicada en: Inprecor n° 541/542 (septiembre-octubre de 2008).
vi. Robert Kurz, “Théorie de Marx, crise et dépassement du capitalisme”, 2011, tomado de la entrevista publicada en la revista Archipel (Longo Maï) n° 203, mayo de 2012, como presentación de su libro Vies et mort du capitalisme. Chroniques de la crise,
Lignes, 2011. Kurz hizo una primera formulación de sus tesis ya en
1991, en un libro no traducido cuyo título en francés sería L’effondrement de la modernisation.
vii. Cf. Foster, 2013, pág. 1.
viii. Mattick se apoya en observaciones de Engels.
ix. “Doble caída”: recesión seguida de una breve recuperación a la que sucede otra recesión (N. del T.).
x. Es el término utilizado por los autores de Cette crisis qui n’en finit pas… par ici la sortie para referirse a los países llamados “emergentes”.
xi. Cf. Jeffers / Plihon, 2013.
xii. Esto vale también para el "socialismo real" durante sus 60 años de existencia. Cf. Chesnais / Serfati, 2003.
xiii. Acemoglu et al., 2014.
xv.
De esta contradicción, Harribey (2001) ha dicho que no es “lógica: el
capitalismo desarrolla las dos contradicciones conjuntamente, son pues
internas a él”.
xvi. Cf. Chesnais / Serfati, 2003. Cf. Godelier, 1978. Este antropólogo, mucho antes, hizo de “las condiciones de reproducción (y de no-reproducción)
de los sistemas sociales, bajo la doble restricción de sus estructuras
internas y de su ambiente ecológico” uno de sus campos de investigación,
utilizando incluso el término de eco-sistema, poco empleado por
entonces.
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