Su
nombre quedará indisolublemente ligado al concepto de “modernidad
líquida” pero lo cierto es que la obra del sociólogo y filósofo Zygmunt
Bauman, con más de cien ensayos escritos y más de cincuenta libros
publicados, recorrió un largo trayecto hasta llegar a fijar ese momento
clave de nuestro tiempo. Bauman murió el 9 de enero pasado en Leeds,
Inglaterra, donde vivía desde 1971. Había nacido en Polonia, en 1925.
Aquí un recorrido por su pensamiento y sus últimos libros donde abordó,
entre otros, el crucial tema político de los refugiados, y a la espera
de que en abril se publique la edición en castellano de Retrotopia,
donde fiel a sus inquietudes se preguntó, por última vez, por qué el
hombre tiene una manifiesta incapacidad para alcanzar la felicidad.
Por Marina Oybin
Entre
el humo espeso de la pipa, es posible imaginar la mirada profunda de
Zygmunt Bauman. Esa que diseccionó aspectos clave de su propio tiempo.
Analizó aristas fundamentales del hombre moderno: la cultura, los
consumos, los lazos sociales, pasando por la globalización y el trabajo,
el amor y el arte. Puso el foco en los residuos humanos de la
globalización: emigrantes, refugiados (todos esos sres extraños que
inquietan a la población local), excluidos, y el precariado, un nuevo
proletariado sin conciencia de clase. Fue capaz de desarrollar teoría
sociológica y, al tiempo, analizar aspectos más coyunturales como la
victoria de Donald Trump como candidato del Partido Republicano, tema
que abordó en una de los últimos reportajes que concedió. Generoso,
Bauman dio conferencias y charlas, buscó compartir su mirada aún en
situaciones delicadas como cuando cuidaba a su mujer enferma y aceptó
que lo filmaran en una entrevista que luego se pasó en un congreso en
Rímini sobre la escuela. Se movió con soltura en los medios de
comunicación. Los reportajes son ricos, profundos, un acto de reflexión
ante cada pregunta del periodista con el que Bauman crea una empatía
intensa. Muchas veces recibía a los periodistas con bocaditos y frutas
que convidaba estratégicamente para tener tiempo de masticar, ahora sí
él, una respuesta apetitosa. Manejó los códigos y el tempo al punto de
que sus frases devinieron con rapidez jugosos títulos. Su mirada voraz e
inquieta resulta ineludible. Sociólogo y pensador de conocimientos
múltiples y profundos como los de un renacentista, Bauman marcó el siglo
XX. Nació en Poznan, Polonia, en el seno de una familia judía. A los 19
años se afilió al Partido Comunista, al que perteneció hasta 1967, y
sirvió tres años en el llamado “ejército interior”. Al huir del nazismo
vivió primero en la Unión Soviética y luego regresó a Polonia, donde fue
profesor en la Universidad de Varsovia. En 1968, por la política
antisemita del gobierno comunista debió exiliarse de Polonia. Durante 15
años sufrió la persecución de los servicios secretos polacos, fue
expulsado de la universidad y se le prohibió publicar. Tras abandonar su
país, enseñó Sociología en Israel, EE.UU. y Canadá hasta que en 1971 se
instaló en Inglaterra, en la Universidad de Leeds. En 1990 fue nombrado
profesor emérito. En 2010, ganó el premio Príncipe de Asturias de
Comunicación y Humanidades. Su obra comprende más de 100 ensayos y 57
libros. Los más recientes editados en castellano por Paidós son Ceguera
moral, Estado de crisis y Extraños llamando a la puerta. Heterodoxo,
creativo, agudo, Bauman es un intelectual clave para entender la
sociedad actual. Con singular mix de erudición y sensibilidad, fue capaz
de desatar la teoría más pura y dura con un plus: al leer sus libros
uno se encuentra sorpresivamente emocionado. Su estilo es pulido,
placentero, ágil.
Con
el término modernidad líquida, Bauman definió la fase actual de la
modernidad. Los líquidos se transforman constantemente, tienen
dificultades para conservar su forma, mutan, son escurridizos, difíciles
de asir y de conservar. El paso de la era de la modernidad sólida a la
modernidad líquida se caracteriza por la desregulación, la
flexibilización y la liberalización de los mercados. Cambian de forma
estructuras institucionales que se encontraban arraigadas en el sistema.
En este contexto en el que no son sólidos el empleo ni el Estado Nación
ni la familia, las relaciones y lazos sociales se transforman de modo
radical. Ante esta nueva liquidez, el hombre pierde la capacidad de
pronosticar su entorno social: crisis crediticias, atentados religiosos y
situaciones cotidianas nuevas se vuelven absolutamente imprevisibles.
En la era líquida,la solidez de las cosas, e incluso las relaciones
personales, se perciben como amenaza. Mientras que hace unos dos siglos
en la modernidad sólida todo parecía más duradero y perdurable, en el
mundo líquido el futuro es un interrogante. Todo deviene dramáticamente
sorpresivo: el hombre, incapaz de adelantarse a los acontecimientos,
siente impotencia.Vive en una encrucijada angustiante.
La
modernidad es para Bauman un mundo inestable, a la deriva, donde las
instituciones que articulaban la vida en sociedad entran en crisis.
Débiles, son incapaces de enfrentar nuevos desafíos: el poder de los
Estados nacionales soberanos se evapora en el espacio global. Sólo es
posible salir de este agobiante dilema restableciendo el equilibrio
entre política local y poder global con nuevas instituciones que
organicen nuestras vidas y limiten el capital, el comercio, el tráfico
de armas, el narcotráfico, entre otras fuerzas que globalizan y que no
temen a los poderes y a las legislaciones locales. Si bien Bauman
siguiendo a Hannah Arendt y a Bertolt Brecht, señala que “vivimos en
tiempos de oscuridad”, parece más optimista cuando estudia los recursos e
instituciones necesarias para dar una respuesta (global) eficaz a la
globalización.
“Bauman considera que la revolución tecnoeconómica-sobre todo en
términos materiales- avanza permanentemente a formatos técnicos que
hacen cada vez más difícil el sostenimiento de esa solidez”, señala el
filósofo Darío Sztajnszrajber. Y agrega: “Incluso no se trata de una
cuestión de voluntad sino que la revolución material de la tecnología
nos lleva en forma sistemática a que las instituciones, al estilo de
Marx, se profanen o vayan perdiendo estabilidad”.
En la imprevisible -y por eso precaria- vida líquida,el hombre vive
en constante incertidumbre: no sabe si podrá seguir el ritmo de los
acontecimientos. Entre las habilidades necesarias para salir adelante,
el complejo arte del vivir moderno líquido impone saber librarse de las
cosas. Una y otra vez, empacar y tirar por la borda. Adquirir no es
fundamental sino tener la capacidad de prescindir con soltura.Todo se
mueve fugaz, no hay que quedarse rezagado ni conservar bienes obsoletos:
es que los nuevos objetos y consumos culturales proveen sensaciones
inexploradas, novedosas, diferentes. Tampoco hay que aferrarse a
personas y afectos al punto de correr el riesgo de quedar detenido en el
camino. Bauman compara la vida líquida con una versión siniestra del
juego de las sillas en el que hay que jugar las cartas con mucha
astucia: es que aquí, en la vida real, las oportunidades son contadas y
quedar sin el codiciado asiento puede significar quedar fuera del
sistema. Bauman es claro: las mayores posibilidades de victoria serán
para las personas capaces de ir de un sitio a otro, para las que las
distancias no importan, justamente porque no están atadas a un único
lugar. “Son tan ligeras, ágiles y volátiles como el comercio y las
finanzas cada vez más globalizados que las ayudaron a nacer y que
sostienen su existencia nómada”, señala.
Irónico, Bauman alerta sobre la necesidad de correr a ritmo
vertiginoso como maratonista. En la sociedad moderna líquida hay que
renovarse, jamás conservar objetos ni estilos ni opiniones cuyas fechas
de caducidad hayan vencido o estén al límite. Es casi un oprobio no
prestar atención a la obsolescencia de los objetos, la moda (los cuerpos
leves coparán la escena y el ideal de belleza), las lecturas y hasta
las opiniones.Uno puede quedarse sin la silla. “Y el premio real que hay
en juego en esta carrera es el ser rescatados (temporalmente) de la
exclusión que nos relegaría a las filas de los destruidos y el rehuir
que se nos catalogue como deshechos”, afirma Bauman.
Ese extraño en el patio de atrás
En un artículo de 2002, parafraseando al Manifiesto Comunista, Bauman
dispara: “Un fantasma sobrevuela el planeta: el fantasma de la
xenofobia”. En Extraños llamando a la puerta, uno de sus últimos libros,
analiza las olas migratorias actuales de desheredados y pobres. Las
migraciones masivas, señala, no son un fenómeno novedoso sino que se han
producido desde el comienzo de la modernidad. La construcción de muros
-nos dice adelantándose a la utopía Trump- es una política capaz de
traer tranquilidad en el corto plazo, pero está destinada a fracasar a
largo plazo. En el planteo baumaniano, esos migrantes provocan inquietud
precisamente por ser extraños: a diferencia de las personas con las que
se suele interactuar los locales no se sienten capaces de desentrañar
sus acciones: los perciben como impredecibles. La interacción con ellos
les genera ansiedad y miedo. “Pensamos-apunta Bauman- que la afluencia
masiva de tales extraños tal vez haya destruido cosas que nos son muy
preciadas, y que esos recién llegados tienen toda la intención de
mutilar o erradicar nuestro estilo de vida, ese que nos resulta tan
consoladoramente familiar”.
Ese temor potente al otro es un tema que abordó ya en Varsovia,
cuando analizó el antisemitismo y el miedo al diferente. Volvió sobre
este eje desde otra arista en Mundo consumo cuando cuestionó la
posibilidad de cumplir el imperativo “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Siguiendo a Freud, define ese hipotético acto como “alumbrador de la
humanidad”, pero, aclara,que sólo es posible cumplir ese precepto
adoptando la admonición de Tertuliano que advierte: credere quia
absurdum (“creer porque es absurdo”).
“Es muy importante la figura del refugiado: ya que es el anverso de
la globalización. Se puede relacionar con un tema que Bauman también
trabaja: el turista global. El refugiado de la globalización y el
turista global son cara y seca de un mismo proceso. Mientras que los
turistas se regodean por el mundo en sus consumos culturales y étnicos,
del lado de atrás pululan a la deriva los refugiados de la
globalización, los excluidos en busca de un lugar donde caer parados”,
dice Darío Sztajnszrajber. Y continúa: “Materialmente la globalización
genera esas dos caras: la posibilidad de que arriba del avión los
turistas se paseen por todos lados, pero en los barcos, de manera
clandestina, viajan los desplazados. Baudelaire describe muy bien este
dispositivo cuando trabaja la revolución arquitectónica de París en el
siglo XIX. Cuando analiza los bulevares que empiezan a destruir la vieja
París señala que se hicieron para que la policía pueda llegar
rápidamente a controlar a los sectores más necesitados que violentamente
querían acceder al centro de París. Los bulevares, nuestras autopistas,
permiten un mayor control de la población, pero lo que no prevé el
poder cuando las genera es que de noche, cuando las luces de París se
apagan, los pobres utilizan esas mismas vías para llegar al centro de
París, del que los excluyen. Creo que con los refugiados y los turistas
pasa lo mismo. La globalización genera vías que permiten una
interconexión mundial que puede ser utilizada tanto por los que están
adentro como turistas como por los que están afuera para buscar alguna
salvación de Dios en algún lugar del mundo”.
Bauman expandió su palabra más allá del campo de la sociología.Sin
renunciar en sus textos a la complejidad y al análisis profundo,
trascendió las fronteras de la academia hasta extender su voz a un
público masivo. El concepto líquido con el que caracterizó desde la
sociedad hasta el consumo fue blanco de críticas y al tiempo una
metáfora profunda.Dueño de una gran intuición y empatía, llegó -rara
avis con un texto sociológico- al corazón del lector. En sus análisis,
recurre a la sociología, a la teoría política, a la economía, a la
filosofía, la psicología, la religión, a citas eruditas del mundo
clásico, a la literatura, la historia, artículos de diarios,análisis de
reality shows, novelas. Y la lista sigue. Bauman tomó posición: ese otro
vulnerable no le resultó indiferente ni lo consideró un mero objeto de
estudio, sino que puso al sujeto en el centro de la escena. Con fuerte
sensibilidad social, miró a los excluidos de la historia: el extranjero,
el refugiado, los nuevos pobres, los desplazados de todo lo imaginable
al punto de ser considerados desechos sociales.
La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo, el tiburón de los mares de Australia
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