
(Imagen: Joaquín Salguero)
Me
tocó viajar a La Rioja el viernes pasado, de madrugada. Llevaba en el
cuerpo emociones cruzadas: convivían el enorme poder que desplegamos el
miércoles cuando paramos y marchamos juntas y el final de esa fiesta con
la brutalidad represiva que se ensañó contra todas nosotras aunque
fueron algunas las que recibieron los palos, los gases, los insultos y
el calabozo. A pesar del cansancio por las noches en vela, ver los
cerros desde el aire y el horizonte abierto de ese monte achaparrado en
ese suelo árido servían para aquietar la agitación de la semana, el
dolor y la rabia. Iba a dar una charla, un balance apurado del 8M, en la
Asociación de Maestros y Profesores, uno de los gremios docentes que
allí sostienen el paro que seguirá otros cuatro días. Era una
oportunidad para tomar distancia, para escuchar otras voces, saber cómo
se había vibrado el Paro Internacional de Mujeres lejos de Buenos Aires.
En esa ciudad de casas bajas, las emociones también estaban agitadas,
no habían sido tantas, me contó Ana Núñez, una docente en sus 30, “pero
éramos parte de algo grande y a diferencia del 19 de octubre esta vez
sentimos que estábamos más hermanadas, que había espacio para sentir la
alegría de sostener la organización, de haberlo hecho otra vez”. Ella
era puro entusiasmo, había ensayado con sus compañeras pasos de baile,
redobles de tambores y cantos que no llegaron a aprenderse del todo pero
armaron su propio ritual comunitario. Frente a la sala llena de
docentes, Ana, habló toda sonrisas de su experiencia durante el 8-M.
Después fue el turno de Analía Yoma, periodista y también docente y
mucho del sentido de las últimas movilizaciones masivas que venimos
protagonizando las mujeres terminó de instalarse: “Este es el momento de
testimoniar”, dijo antes de relatar que hace unos años había sido
violada, que sobrevivió de pura suerte, que en la comisaría a la que
había ido a denunciar sin dudarlo un instante fue revictimizada igual
que en las revisaciones médicas y frente al poder judicial. Analía llevó
a juicio a su agresor y eso que consideraba una lucha personal se había
resignificado en la acción colectiva. Se había sentido desintegrada
cuando la atacaron, ahora su voz y sus acciones las ponía a disposición
para que otras se animaran a quebrar el silencio. Eso que decía y que
estaba tan claro cuando se hizo la primera marcha #NiUnaMenos, que
nuestras voces por fin eran escuchadas, aparecía otra vez con fuerza y
tenía la potencia de conjurar ese dolor remanente de las imágenes de las
chicas siendo arrastradas de los pelos hacia el calabozo. Entonces el
micrófono empezó a pasar de mano en mano, las experiencias personales de
la violencia machista se alternaban con los logros que se habían
conseguido en los últimos dos años: que esas experiencias no fueran
pasadas por alto, que el sindicato consiguiera la licencia por violencia
de género, que esa licencia se le hubiera otorgado este mismo mes a una
docente que sólo tenía un puesto de suplente. El auditorio mezclaba
generaciones y creencias, todas tenían una vibración propia que aportar
al conversatorio. Hasta que el debate se ancló en una foto que dio
vueltas al país en estos días: la performance que un grupo de mujeres
hizo en Tucumán, representando lo que podría ser una monja o una Virgen
abortando. “Yo le pido a Ni Una Menos un poco de respeto, porque la
Virgen también era mujer”. Era evidente que el acuerdo con ese pedido
era minoritario, nadie la interrumpió. “A mí no me representan si no
pueden entender que algunas de nosotras también tenemos la experiencia
mística”. Las ganas de debatir ganaron el salón, hubo quienes
defendieron la potencia revulsiva del arte, quien habló de su lugar de
mujer indígena y de sus ritos demonizados por la Iglesia, hubo otra
mujer que se refirió a su propia experiencia mística en relación con la
luna, quien le atribuyó a la Iglesia católica la muerte de mujeres por
aborto clandestino y quién propuso una autocrítica frente a las
prácticas del feminismo ahora mismo, ofendiendo a quienes sienten
profundamente la fe católica. Frente a tantos argumentos, todos
distintos pero igualmente apasionados, la demanda de la mujer que había
instalado el debate se hizo relevante. “No me representan”, había dicho y
la pregunta es ¿cómo representar a la enorme diversidad del movimiento
de mujeres? O mejor: ¿Es este un movimiento que busca representar? No lo
creo. La fuerza que tienen las movilizaciones que cada vez atraen a más
no está en el sistema de representación si no en los lazos que se
tienden en la enorme diversidad que se representa a sí misma en la
calle. Esa es la práctica en la que venimos creciendo como movimiento:
una enorme voluntad de tender lazos entre experiencias, deseos y
demandas heterogéneos, unas ganas enormes de expandir las zonas de
confort, de intercambiar saberes, de habitar un feminismo que se hace en
el diálogo y el intercambio para encontrar esos nudos en que es posible
entrelazarse. Esa potencia es la que se busca anular haciendo foco en
un solo hecho, en una foto que pretende retratarlo todo para volverlo
amenazante. Pero lo cierto es que en este feminismo que está cruzando
huellas para hacerlas camino, la forma de todos los pies son necesarias.
No hay por qué sentirse representada por una performance que puede ser
revulsiva pero no es más que una puesta en escena, tal vez alcanza con
mirar para otro lado, con abrir otra escena en la que se pueda habitar
pero entendiendo que esta cuña que metimos en muros de silencio sobre
nuestras experiencias frente a la violencia machista, que es la del
golpe y también la de la inequidad económica, no puede cerrarse porque
no todas hablamos el mismo idioma. Porque la nuestra es la lengua del
cocoliche, que lo mezcla todo y lo hace contraseña nueva, es la lengua
del afecto, la que se habla con el cuerpo. Esa es la experiencia de
marchar juntas, de provocarnos a desafiar también nuestras creencias, de
generar el acuerdo de que nuestro límite frente a lo que tolerábamos ha
cambiado. Y eso es ganancia para todas. “Gracias por haber traído el
debate”, dijo alguien en el auditorio. “Gracias por ayudarme a pensar”,
dijo la docente que se había sentido ofendida. Y ese diálogo, aun cuando
parezca mera cortesía, es el que ponemos en acto cada vez que salimos a
la calle. Y es lo que nos hace sentir el poder de los acuerdos, cada
vez que tomamos distancia y podemos ver el todo y no las pequeñas
imágenes que se pretenden imponernos a todas.
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