“HOY ME ENCUENTRO HACIENDO LAS COSAS QUE MÁS ME GUSTABAN CUANDO ERA CHICO”

Entrevista a: Jada Sirkin
Detrás de la
sonrisa de pibe de ojos color canela, que resplandecen en la tarde gris
de otoño, se agazapa un hombre devoto del “interesamiento” infinito por
las cosas del mundo. Es el artilugio de un director de cine y de un
escritor empoderado que disfruta el arte en todo momento. Parece un
turista, lleva en su espalda una mochila negra muy abultada, viste
exageradamente abrigado, sostiene en una mano un paraguas de color verde
militar que le hace juego a su abrigo con capucha que cubre su cabeza.
Tan solo se toma un café en un bar del barrio porteño de Belgrano, y con
la mirada hacia la avenida Cabildo a través del cristal de la ventana
que tiene enfrente, dice que afuera ve a una sociedad estructurada
alrededor de ideas: una de esas ideas sería el éxito. Pero ¿Qué es el éxito? -se pregunta.
-Es una pregunta para meterle el dedo a la llaga a nuestra forma de pensar, advierte.
Con
habituales tonos de humor recuerda haber sentido en el cuerpo el peso de
las ideas que replican de la mente social, que tienen que ver con esa
creencia de “cumplir” en esta vida para ser alguien exitoso.
Para Jada,
la idea del “actor más poderoso” es aquel que es consciente de esa
observación externa que hace que se pueda autodirigir, y que no se
convierta en un “esclavo, instrumento u objeto del director”, sino que
sea un creador.
La
extenuante mirada al cine industrial de la escuela donde estudió hizo
que se desinteresara por esa pasión -“un rato”-, dedicándose más al
teatro, la danza y la música, otras de las cosas que le causan placer,
pero no más que escribir o dirigir.
Nació en
Buenos Aires, y cada que tiene la oportunidad, viaja por el mundo. Sin
embargo, su mejor recuerdo de la infancia lo remite siempre a la Plaza Juan José Paso de
Colegiales, donde jugaba cuando era chico. No le interesa la política
partidaria y su mejor ejercicio con ella es el arte; lejos de enojarse
por las cosas que lee sobre lo que hacen los políticos en el país, se
entristece.
– Me gusta mucho hinchar las bolas con la reflexión y preguntarme cosas, y no llegar a respuestas finales-
admite con convicción, del mismo modo que pondera a John Cassavetes,
Roland Barthes y Raymond Carver como algunos de los personajes a quienes
idolatra.
-Leí por ahí que hiciste dos películas.
-La
primera se llama “Tenderline”, es un documental sobre un chico polaco
que viajó a California contratado por una compañía de danza-teatro. Se
llama Tomasz Foltyn. Estuvo ensayando por meses y, cuando por fin iban a
estrenar, lo echaron. Entró en una especie de crisis personal porque se
quedó sin casa, sin plata y sin trabajo… Pero pudo escribir mucho,
incluso, gran parte del material usado en la película fueron cartas y
diarios que él le escribió a su gente de Europa. La peli es una
reconstrucción de ese momento de su vida. La terminamos en 2014, ahora
la estamos proyectando para recaudar fondos y poder terminar mi segunda
peli que se llama “Escenas de una fiesta rota”. Es mi primer largo de
ficción que escribí y dirigí.

El cine para el actor
– ¿Ambas las escribiste vos?
-La
primera la terminamos armando con Tomasz. Dirigimos y editamos juntos.
Yo hice cámara, y él mismo es el protagonista. La segunda la escribí
solo.
-Actuar, dirigir y escribir son tres facetas distintas ¿Con cuál disfrutas más?
-Está
bueno el trío: dirigir, escribir y actuar. Disfruto el ejercicio de las
tres cosas de manera diferente, no una más que otra. Lo que más me da
placer es el hacer en sí. Es interesante la pregunta porque me lleva a
preguntarme: ¿Qué mierda es disfrutar? O sea ¿qué significa?
–¿Qué significa para vos?
-Juega unos segundos con sus dedos en la mesa y con la mirada a la calle a través del cristal, piensa brevemente y dice: no
sé. Tal vez sea estar presente o tal vez no sea una cosa sino una no
cosa. Algo de esa idea de la sensación de plenitud. Estar en el
escenario actuando, en una clase o estar en mi casa sentado en la compu
escribiendo. O puede ser en un colectivo que se me ocurra una idea y
agarro el cuadernito y empiezo a escribir –no en el 127 que va por
Triunvirato, que está todo empedrado y no se puede escribir. Si sos
escritor no tenés que tomar el 127– bromea con una liviana sonrisa.
-En realidad nunca lo tomé.
-Ah,
no lo tomes. Tienen muy buena onda, igual, los choferes. Hay uno de
ellos que cada tanto me lo cruzo, que va haciendo chistes con los
nombres de las paradas. Pero bueno, van por empedrados y no se puede
escribir bien –jajaja-.
-¿Dónde fue rodada “Tenderline?
-La
mayor parte en la ciudad de San Francisco, California, otras partes en
los alrededores, en el campo, en la montaña californiana. Los dos
estábamos ahí por otras cosas. Él había quedado ahí por esa experiencia y
nos contactaron para grabar algunos ensayos. Con esa película
participamos en algunos festivales en Filadelfia, Polonia y en uno de
cine chiquito en Nápoles. Acá, se pasó en un festival que se llama Lodo y
en otro de Córdoba.
¿A qué se dedicaba Tomasz Foltyn?
-Es actor, bailarín y antropólogo. Es muy interesante su mirada de antropólogo y su performance. Ahora vive en Polonia.
-Contame más sobre tu última película.
-Es
difícil de decir. Si tuviera que elegir un tema, no podría. “Escenas de
una fiesta rota” es mi segunda peli que dirijo y en la que actúo, pero
al final, las partes en las que yo actuaba las sacamos y quedaron
afuera. El guión, de alguna manera fue mío, pero también fue muy en
relación a lo que pasaba en el trabajo con los actores, por eso me gusta
el cine para el actor.
-¿Cómo es el cine para el actor?
-En
el sentido de que hacés películas para mostrar actuación, jugando con
los actores y captando cuestiones de lo humano a través del acto.
-”Escenas de una fiesta rota” suena como a una fiesta trágica.
-Sí. Se ríe. “Una fiesta que se rompe”, agrega. Sucede
algo chistoso, porque la escena de la fiesta no quedó en la edición
final. Había una fiesta que salía mal en donde el personaje que la
organizaba se frustraba por cosas que le pasaban y toda esa parte quedó
afuera. Era la parte en la que yo actuaba como uno de los pibes de la
fiesta.
-¿Por qué quedó afuera?
-Porque…
filmamos de una manera muy a lo loco. La estructura de la peli era
extraña. O sea, no tenía un esqueleto lineal, tampoco había un
protagonista. Eso permitió que después en el montaje pudiéramos probar y
cambiar mucho las cosas de lugar; organizar las escenas de manera muy
diferente porque teníamos mucho material.
-¿Cómo surgió?
-Se
cumplieron diez años de un corto que yo hice en 2002 para la escuela de
cine donde estudié que me gustó mucho y que le tengo mucho cariño. Se
llamaba “No me hablés en ese tono”– duraba
15 minutos, en blanco y negro, con un poco de estilo de cine mudo y un
poco de estética “chaplinesca”-. Llamé a la actriz y al actor principal
del corto en 2012 con la excusa de celebrar y hacer algo de nuevo. Se
coparon. Después pasó que, él estaba de gira porque tenía una banda y
ella estaba con mucho laburo -luego quedó embarazada-. Entonces, no nos
pudimos juntar más. Me quedé con el arranque de hacer algo. Entonces,
junté otro grupo de actores y actrices con los que me interesaba
trabajar.
-¿Por qué le tenés tanto cariño?
–
Por la experiencia y por lo que quedó como producto, por eso le tengo
cariño. Se armó un grupo de trabajo muy lindo. Todos partimos de una
idea de experimentación y de juego más que de la idea de contar una
historia. Fue muy divertido. Sentí que tuve un espacio muy grande para
probar cosas.
-¿Fue ”No me hables en ese tono” tu mejor trabajo como estudiante?
-No
sé. Hay otro que hice hace años que se llama “Los rifles”, donde uno de
los actores es el mismo de “fiesta rota”, pero es una experiencia muy
diferente. Éste es muy tierno. El laburo con Marcelo Blanco y María
Villar -que son los actores de ese corto- fue muy lindo. Hubo mucho
espacio entre nosotros tres para jugar con la actuación; investigamos
mucho y veíamos pelis para tomar cosas.
-¿Y el teatro?
–
Ahora estoy entrenando teatro de nuevo porque en la secundaria lo
había dejado de lado. Luego, cuando terminé de estudiar cine volví a
dedicarme al teatro a full. Hice obras e improvisaciones. Hace poco me
encontré con un amigo de la primaria que éramos muy de payasear y
disfrazarnos. De nene me disfrazaba en casa.
-¿Qué hacías cuando no actuabas?
–
En el 2003 termine la escuela de cine, y me quedé agotado del mundo del
cine, ahí me puse a actuar, cantar, mucho y bailar, por varios años.
También empecé a practicar meditación, a interesarme por un montón de
mundos sobre los que antes no me había interesado.
–¿En qué sentido terminaste agotado?
-Estar
tres años en la escuela -si bien, fue muy buena la experiencia en
sentido de que conocí mucha gente linda y con muchas ganas de hacer
cosas, armé grupos de trabajo y de amigos- fue medio una pelea todo el
tiempo. Como que me bajaban una línea que a mí no me interesaba tanto.
Por ahí algo de eso me cansó, y cuando terminé la escuela, dije: bueno
ya está. Hoy me encuentro con que estoy haciendo las cosas que más me
gustaba hacer cuando era chico: actuar, las pelis, y la escritura.
-¿Dónde estudiaste cine?
-En la Enerc, – Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica. La escuela del (INCAA)- responde rápidamente.
-También escribiste un libro.
–
Sí. Lo terminé en noviembre. Es un libro de cuentos que me encanta. Se
llamaTodos queremos. Recién apareció una posibilidad para editarlo y
puede ser que pronto se publique.
-¿Sobre qué trata?
-Son relatos de ficción de situaciones muy cotidianas con personajes que son en algún sentido, realistas.
“Últimamente no estoy bailando tanto pero estoy cantando mucho”
-¿Cómo te definís?
-Ni a favor ni en contra –emite una carcajada breve-. No
me puedo definir como nada en ningún sentido. Ni siquiera puedo
definirme como artista porque no me interesan las etiquetas. O me
interesan pasajeramente, como decir: bueno, voy a la entrevista con un
periodista y digo que soy cineasta por un rato, pero después me como un
helado y soy un tipo que se está comiendo un helado.
-¿Crees en Dios?
-Qué significa creer y que significa Dios ¿Si creo que es un tipo copado? –pregunta en un tono sarcástico.
-Si crees que él existe.
-Depende
de lo que entendamos por Dios. Si pienso que Dios es el todo, sí, creo
en el todo. En el Dios de barba que está sentado en una nube y decide
por nosotros, no creo. No creo que sea un tipo, menos con artículo
masculino. O sea, no puedo decirte si creo que él existe.
–Sos ateo ¿entonces?
-No. Tampoco soy ateo. Soy un entusiasta.
-Sería estúpido pensar que pueda existir otra cosa que te guste más que el cine, las letras o la actuación.
-Me
causa placer cantar, muchísimo. Bailar también. Últimamente no estoy
bailando tanto pero estoy cantando mucho. Toco un poquito el piano y la
guitarra más que nada para acompañarme, pero no es mi foco más
importante.
-¿Cuál sería tu foco más importante?
-Ahora, son la escritura, el cine, el teatro. Pero si tuviera que elegir uno sería la escritura.
-¿Te marcas objetivos a largo o mediano plazo?
-A
muy largo plazo, no tanto. Hoy me preguntaba si en algunos años
seguiría viviendo en Buenos Aires y la verdad es que dudaba. En dos años
crecí un montón desde que doy los talleres de escritura, y sé que eso
tiene una proyección más a mediano que a largo plazo.
-¿Cuál es tu proyección con los talleres?
-Básicamente,
que venga más gente -bromea. Pero vivo de los talleres económicamente, y
me da mucho placer que algo de lo que pasa allí activa fibras de
creatividad en las personas. Para mí, lo más importante de los talleres
es el contagio de un interés por las cosas, no tanto el traspaso de un
conocimiento o de una técnica.
-¿Te cuesta mucho no imponer tu estilo como escritor a tus alumnos?
-Un
profe no tendría que imponer sus gustos a los alumnos, pero es
inevitable. En todas las clases nombro a Raymond Carver, que es uno de
mis cuentistas favoritos, pero no pretendo que ellos escriban como
Carver, ni como yo. Para mí, el lugar de docente es más de cuestionador
que de felicitador. Si veo que alguien tiene un don y que lo desarrolla
bien, le digo, andá para el otro lado, probá otra cosa. Intento pinchar
ahí. Entonces, es medio un vaivén entre esas dos cosas. Una que más me
interesa de los alumnos es romper sus estilos.
-¿Te importa la fama?
-¿Que significa ser famoso?
-¿Cómo la defines?
-Tengo la sensación de que hay una relación entre ser famoso y ser exitoso. ¿No sé si podría ser famoso? ¡Ah sí! –exclama.
Podría ser un criminal famoso por ejemplo. Existe la posibilidad de que
alguien se mande unos tiroteos por una búsqueda inconsciente del
reconocimiento. Se puede ser famoso sin ser exitoso. La pregunta ahí es
¿Qué significa el éxito?
–¿Y qué significa para vos?
–Es
una re pregunta para meterle ahí el dedo a la llaga a nuestra forma de
pensar. Miro por esta ventana y veo una sociedad estructurada alrededor
de ideas, y una de esas ideas es el éxito. De que hay que ser alguien, y
si sos alguien, es en función de lo que haces, porque si no haces cosas
importantes no sos exitoso o sos un don nadie; no le servís a la
sociedad porque no estás devolviendo la vida que te dieron. Y es re
cuestionable eso. Es pesado, a veces lo siento en el cuerpo.
Y de repente
me pregunto si esas cosas nos vienen de estructuras mentales que
replican de la mente social que, tienen que ver con la creencia de
cumplir y ser alguien. Entonces, tengo que publicar siete libros, ganar
el festival de Rotterdam y darle un beso a Julia Roberts para que mi papito me palmee la espalda y me diga: muy bien, te felicito, lo lograste.
-¿Te sentís exitoso?
-Es un día a día. Si me preguntas si soy feliz, te lo tengo que responder instante a instante.
-¿Y eres feliz?
-En
este momento, sí, porque estoy charlando con vos y la estoy pasando re
bien. Estoy entusiasmado y me siento muy vivo. Pero en media hora,
quizás se me cruce un pensamiento que me haga sentir miserable y por un
rato no soy feliz.
-Eso
que decís que tu papá te palmee la espalda, te estimularía a seguir
haciendo lo que haces porque significa que lo estás haciendo bien.
-Vuelve a mirar por la ventana, se queda unos segundos pensativo, respira profundo y con voz nostálgica confiesa: eso
significa que algo de alguna manera está funcionando. Después podríamos
ver de qué manera y cuán saludable es el viaje hacia esos objetivos.
Tampoco digo que esté mal tener objetivos porque el reconocimiento de
ellos puede ser muy sano en la medida que te abre puertas para otras
cosas. Pero que no te reconozcan no significa nada. Vivimos para lograr
cosas, pero mientras, la pasamos para el “orto”. Es como la idea
cristiana de vivir una vida de sufrimiento para después ganarte el
paraíso.
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