Boletín diario del Portal Libertario OACA |
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- ¿Democráticos o toparcas?
- Autogestión y nueva tecnología: la imaginación contra la máquina - Murray Bookchin
- No necesitas un coach
- [Música] Harold Smith - Furnier
- [México] Grupo paramilitar asesina a 6 personas y deja 3 menores heridos para despojar territorios en Cacahuatepec, Guerrero
- Campaña internacional de video-mensajes en solidaridad con la Confederación de Mujeres de Rojava
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Posted: 11 Jun 2017 05:25 AM PDT
De
vez en cuando aparecen para después desaparecer o institucionalizarse
movimientos que reclaman formas de democracia más "auténticas", desde
Podemos hasta el Movimiento Cinco Estrellas, pasando por la Primavera
Árabe. Se trata generalmente de movimientos que, aun planteando una
ampliación de derechos, más transparencia y reglas de decisión más
participativas, no ponen en tela de juicio, sustancialmente, las aporías
de la democracia.Un poco de con sorpresa y un poco sin ella, hemos recibido recientemente la noticia de la intención del Movimiento Zapatista de presentar una candidata de denuncia con mandato revocable a las elecciones presidenciales de México. Aquí seguramente la confianza en las instituciones está menos afianzada, y la afirmación de que no se trata de la conquista del poder sino de la posibilidad de movilización y de denuncia está abonada en una larga práctica de autonomía y autogestión. El hecho es que, al mismo tiempo que la democracia ofrece derechos y libertades, es el mecanismo que aniquila esos derechos y tritura esas libertades. Con la delegación política, es verdad, pero también con los mecanismos que alientan tal práctica, abonamos precisamente el despotismo en el seno del régimen democrático. ¿Por qué? Las razones son de naturaleza estructural y superestructural. Me explico. A nivel estructural, la democracia (moderna) me parece expresión política de la dictadura de la burguesía. En el Manifiesto Comunista se puede leer: "El poder estatal moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa". Tras lo cual es cierto que estamos en la fase de liquidación de la democracia, a partir del desmantelamiento del Estado social y del solapamiento de las instituciones políticas por parte del capital transnacional. Y es aquí donde hunde sus raíces ese -un poco desesperado- deseo de defender la democracia, que encuentra oxígeno, por ejemplo, en el reciente congreso "Reclaim Democracy", celebrado a principios de febrero en Basilea, y que sirve de acicate también para los defensores de la renta básica. Y es naturalmente aquí donde debemos preguntarnos si verdaderamente es esto lo máximo que somos todavía capaces de proyectar: un futuro socialdemócrata en régimen capitalista. ¿Bye bye anarquía, autogestión, socialismo? A nivel de superestructura, el mal reside en el conjunto de reglas en el que se basa la democracia representativa. Disculpad si cito una vez más (polémicamente) a Marx y Engels que, a propósito de la ilusión de poder incidir sustancialmente a través del voto en la dinámica política, hablaban de "cretinismo parlamentario, enfermedad que invade a los desafortunados que son víctimas de la convicción solemne de que todo el mundo, su historia y su porvenir, son regidos y determinados por la mayoría de votos de ese particular consenso representativo que tiene el honor de incluirle entre sus miembros". Me diréis: en última instancia, es el pueblo el que escoge; somos nosotros quienes decidimos. Verdad en el plano institucional (aunque solo en parte, pensad en las numerosas exclusiones, como por ejemplo los extranjeros), pero falso en la vida real. Decidimos solamente a quién entregar las llaves de nuestra celda, tras lo cual -y lo digo con muchos años de experiencia a la espalda- nuestro esfuerzo político es tan patético como necesario para enderezar los entuertos que arman los que están en el poder. Parecemos almas en pena que deben intentar aquí y allá bloquear proyectos absurdos, tapar zanjas, arrancar el maíz transgénico, denunciar los riesgos de la energía atómica, ocupar las calles, manifestarnos contra los recortes sociales, luchar contra las privatizaciones, apoyar a los prófugos… Pero volvamos a la democracia y a sus reglas. Una de ellas establece que mediante el sufragio (más o menos) universal escogemos (directa o indirectamente) a los gobernantes. Si vamos a votar ¿aceptamos o no aceptamos esta regla? Trump (por citar uno, pero el campo de lo obsceno es grande, desde Duterte hasta Hollande) lo hará todo mal, pero ha sido elegido. Esta es la inexorable ley del número. Aquí no se trata, entendámonos, del voto en sí, que puede ser un instrumento para elegir tan válido como, por ejemplo, el sorteo. Se trata del voto de poder, que da poder, que se desprestigia y entonces nos damos cuenta de que no somos capaces ni siquiera de arañar al poder más fuerte, el económico, entendido en sentido amplio, estructural. La cifra de este dato de hecho se acentúa, además de en Grecia, en Venezuela y Brasil. Incluso allí, tras el líder en el poder, la voz vuelve a la base, con la Red de Comuneros y Comuneras y los Pueblos Liberados (la "toparquía", en su momento promovida por Chávez y hoy obstaculizada por el Gobierno) por una parte, y organizaciones como el Movimiento de los Trabajadores Sin Techo por otra. Una vez más (¡lo habíamos dicho!) el proletariado está llamado a construir por sí solo, fuera de la democracia, los espacios de libertad política y económica que marcan la diferencia. Por eso estoy con Malatesta cuando dice: "No somos partidarios ni de un gobierno de mayoría ni de uno de minoría; no estamos ni por la democracia ni por la dictadura. Queremos la abolición del gendarme. Queremos la libertad para todos, y el libre acuerdo, que no puede faltar cuando nadie tiene los medios para forzar a los demás, y todos están interesados en la buena marcha de la sociedad. Queremos la anarquía".
Peter Schrembs
Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Junio de 2017
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Posted: 11 Jun 2017 05:12 AM PDT
El
concepto de autogestión, en toda la riqueza y variedad de sus
significados, ha estado siempre estrechamente relacionado con la idea de
progreso técnico; a menudo, hasta tal punto, que a esta conexión no se
le ha prestado la atención específica que merecería. No pretendo
proponer una teoría –inevitablemente tosca y reductiva– basada sobre el
determinismo tecnológico. Está claro que el hombre es un ser social que
crea valores, instituciones y relaciones culturales que favorecen o
impiden la evolución técnica. Viene ahora al caso, recordar que
invenciones técnicas consideradas de importancia vital para el
capitalismo y la sociedad industrial (como, por ejemplo, la máquina de
vapor), ya eran conocidas en la civilización helénica hace más de dos
mil años. El que esta fuente vital de energía haya sido siempre
considerada poco más que un juguete, demuestra claramente qué enorme
influjo han tenido los valores y las culturas de la antigüedad en el
desarrollo de la técnica y, particularmente, en los períodos históricos
no caracterizados por una mentalidad mercantilista.Sin embargo, sería igualmente prueba de escaso valor y, en cierto sentido, sería también reductivo no reconocer que la técnica, al tiempo que se consolidaba en una u otra forma, ha contribuido ampliamente a hacer que el hombre definiera e interpretase el concepto de autogestión. Esto es cierto sobre todo hoy que la autogestión se entiende en sentido preferentemente económico, como «control obrero», «democracia industrial», «participación económica» e incluso, por parte del anarcosindicalismo, como propuesta revolucionaria de colectivización económica». Veremos después cómo esta interpretación puramente economicista de la autogestión ha conseguido quitar cualquier valor a las restantes interpretaciones del término, es decir a aquellas formas de organización que se remontan a las confederaciones municipales de la sociedad medieval, a las secciones de la Francia revolucionaria de 1793 y a la Comuna de París. Sin embargo, hay una cosa que está clara: cuando se habla de «autogestión hoy, nos referimos a una forma determinada de sindicalismo. Nos referimos a una concepción económica relativa a la organización del trabajo, al empleo de las máquinas y los aparatos, al uso racional de los recursos materiales. En resumen, nos referimos a la técnica. Sin embargo, si apelamos a la técnica abrimos el camino a una serie de paradojas que no pueden liquidarse con bonitos artificios retóricos o con moralismos de andar por casa. Si el papel de la técnica en el desarrollo de la sociedad y del pensamiento a menudo ha sido sobrevalorado por escritores de diversas tendencias en el campo social, como Marshall MacLuhan y Jacques Ellul, no por ello se puede ignorar su influencia en el proceso de formación de las instituciones sociales y de las orientaciones culturales. El significado exquisitamente economicístico que tan a menudo atribuimos al término «autogestión», constituye, por sí mismo, una clara demostración de la medida en que la sociedad industrial tiende a «industrializar» su propio lenguaje (Téngase en cuenta, como prueba de cuanto se ha dicho, la medida en que, por ejemplo, han entrado en el lenguaje cotidiano los términos propios de la cibernética. Cuando discutimos no preguntamos el «parecer» de nuestro interlocutor, sino su «feedback.; es más, no mantenemos ya «diálogos», sino que solicitamos un «input». Esta siniestra invasión del mundo del «logos» (en su significado más amplio, de mundo de la palabra y el pensamiento), por parte de la terminología electrónica de la tecnocracia moderna, representa una subversión no sólo de la interacción humana a cualquier nivel de experiencia social, sino incluso de la personalidad del hombre como fenómeno orgánico y de desarrollo. «man a Machine» («El hombre máquina» ) de La Mattrie, asume la dimensión moderna de un sistema cibernético, y no sólo en los atributos físicos, sino incluso en su propia subjetividad.). El término «autogestión» se disocia intelectualmente en sus dos componentes, ideológicamente contrapuestas la una a la otra. La «gestión» tiende a prevalecer sobre el «auto» (de sí, para sí); la administración tiende a asumir el control sobre la autonomía del individuo. Gracias a la influencia ejercida por los valores tecnocráticos sobre el pensamiento del hombre, la individualidad –que reviste una importancia fundamental en la concepción libertaria de la organización de la vida en todos sus aspectos–, tiende a ser sustituida, con un juego sutil pero inexorable, por las virtudes de eficaces estrategias administrativas. Como consecuencia, se va promoviendo la «autogestión» no tanto con finalidad libertaria cuanto por metas funcionales, y esto ocurre incluso en los sindicalistas más comprometidos. Se nos empuja a creer que «pequeño es hermoso» porque eso presupone el concepto de «energía» más que el de una dimensión humana capaz de hacer la sociedad comprensible y controlable por todos. La iniciativa individual autónoma y la autogestión se ven como aspectos de la logística industrial para la solución de problemas no morales ni sociales, sino económicos y técnicos. Y por eso, la propia sociedad tecnocrática, negadora de la individualidad del hombre, propone los términos del discurso para quien quiere sustituirla por una sociedad más libertaria. Es la propia sociedad tecnocrática quien estimula la sensibilidad de sus más feroces adversarios, quien establece los parámetros de la crítica y de la práctica subversiva «industrializando» el sindicalismo. LAS TÉCNICAS DE HOY NO SIRVEN No menos paradójica parece la limitada naturaleza del propio concepto de «autogestión» cuando demuestra que no es capaz de poner a discusión sus propias premisas tecnológicas. ¿Podemos quizá afirmar, sin temor a desmentidos, que las empresas colectivizadas, controladas por los trabajadores, han cambiado de forma decisiva el status social, cultural e intelectual de los obreros? ¿Las fábricas, las minas y las grandes empresas se han transformado, quizás, en paraísos libertarios sólo porque están dirigidas –incluso anárquicamente– por comités obreros? ¿Eliminando la explotación económica nos hemos liberado realmente de la dominación social?¿Haciendo desaparecer las clases hemos destruido las estructuras jerárquicas? En resumen: ¿las técnicas de hoy pueden continuar siendo sustancialmente las mismas si los hombres que las controlan deben transformar profundamente su propia naturaleza de seres humanos? He aquí que los conceptos de «control obrero», «democracia industrial» y «participación económica», deben enfrentarse con la explotación tecnológica en sus formas mas acérrimas. Quizá la crítica más convincente al concepto sindicalista de organización económica está representada, precisamente, por la evidencia del carácter intrínsecamente autoritario de la tecnología. Una crítica tal se ha avanzado, como veremos, no sólo por los ideólogos de orientación claramente burguesa, sino también por los presuntos exponentes del área «radical». Desde cualquier perspectiva política, esta crítica se sostiene en la común convicción de la neutralidad social de la tecnología. La concepción funcional según la cual la tecnología no es más que el instrumento inanimado a través del cual se realiza el «metabolismo» del hombre con la naturaleza, es ampliamente aceptada y asumida. Que las fábricas sean los «lugares» de la autoridad se considera como un hecho natural (es decir, un hecho que trasciende la esfera ética y es independiente de cualquier consideración de carácter social). Desgraciadamente cuando se sacan de su contexto histórico y social las consideraciones éticas sobre la tecnología, tienden a prevalecer las meramente funcionales (y por el mismo motivo por el que desaparecen las primeras): unas y otras, de hecho, dan por descontado que la tecnología es un hecho puramente proyectual, algo «dado» que puede ser más o menos eficiente. Sólo muy recientemente se ha comenzado a poner en duda este carácter de cosa «dada» atribuido a la tecnología, y se ha visto, en particular, a propósito de las instalaciones para la explotación de la energía nuclear. Después del método de Three-Mile-Islan, en Harisburg, ha comenzado a difundirse la idea de que incluso el «átomo pacífico» es, por su naturaleza intrínseca, un «átomo demoníaco». Lo que es particularmente significativo a propósito de este «incidente» nuclear, es el hecho de que los críticos de la energía atómica hayan conseguido atraer la atención pública sobre las nuevas tecnologías, ecológica e implícitamente más humanísticas, que solamente esperan ser perfeccionadas para ser aplicadas. La distinción entre tecnologías «buenas» y «malas» -o sea, la valoración del progreso técnico en términos éticos-, está hoy más viva y difundida de cuanto lo había estado nunca, desde los tiempos de la primera revolución industrial. LIBERTAD Y GESTIÓN Lo que querría resaltar aquí es la necesidad, para quienes luchan en favor de la autogestión, de luchar sobre bases éticas, como hacen los que se oponen a las centrales nucleares. Aparte, también querría verificar si las fábricas, las minas y las empresas agrícolas modernas, pueden ser legítimamente consideradas lugares en los cuales aplicar el concepto anarquista de autogestión (Y en caso contrario, cuáles son las posibilidades alternativas de legitimar este concepto a un nuevo nivel ético, social y cultural). El problema es hoy más importante que nunca porque la autogestión está siendo cada vez más, reducida a un puro problema técnico relativo a la dirección empresarial, y, por tanto consonante con los sectores más sofisticados de la burguesía y de los movimientos neo-marxistas. El «control obrero» puede incluso entrar a formar parte de las más normales estrategias de dirección empresarial, con tal de que los trabajadores no aspiren a convertirse en algo diferente. Puede ser incluso deseable -e incluso «productivo»- que sean ellos quienes «tomen las decisiones», a pesar de lo «extremado» que resulte su lenguaje y lo originales que sean las instituciones por medio de las cuales «gestionen» la empresa, con tal de que contribuyan a la racionalización técnica de las operaciones industriales. Sin embargo, si la autogestión no es más que una manera diferente de gestionar las formas tecnológicas existentes; si el trabajo de gestionar se limita a ser socializado o colectivizado, en lugar de transformarse en una forma significativa de expresión autónoma(y si estos ínfimos, e incluso diría insidiosos, cambios de las condiciones materiales de vida coinciden con la idea de «libertad»), entonces la autogestión se convierte en un objetivo privado de todo valor. Desde este punto de vista, si incluso la libertad debe ser recuperada por la semántica tecnocrática, es necesario reexaminar a fondo el propio concepto de autogestión. Y lo mejor será que analicemos, y muy a fondo, los dos elementos del término auto-gestión -sobre todo en relación con el progreso tecnológico-, antes de sintetizarlos de nuevo en un ideal libertario. El «auto» deriva del concepto helénico de autonomía, de auto-gobierno (self-rule) del individuo. Es sobre el término «gobierno» que queremos insistir. Hoy, el significado que se atribuye al término «autonomía», es decir el de simple «independencia», testimonia nuestra tendencia a reducir en sentido economicista términos que tenían un valor bien distinto en épocas históricas ajenas a la mentalidad mercantilista. Para los griegos, los conceptos de «individualidad» y de gobierno, de gobierno social, estaban estrechamente relacionados, y se valoraba la capacidad del individuo para participar directamente en el gobierno de la sociedad, antes incluso de que estuviera en condiciones de resolver sus intereses económicos. El propio término «economía» tenía una connotación más doméstica -relativa al oikos- que social, y las actividades a que se refería, aunque necesarias, se consideraban, en cierto sentido, inferiores en relación a las concernientes a la participación en la vida comunitaria de la polis. La individualidad, por tanto, estaba ligada no tanto a la organización de la vida material, como al poder del ciudadano en la gestión de la vida social. En efecto, la capacidad de ejercitar poder en el interior de la sociedad -la posibilidad de ser un «individuo»-, presuponía una libertad material garantizada por una eficiente gestión de la economía doméstica. Pero dado que la oikos estaba garantizada, la «individualidad» presuponía mucho más, y este más asume un enorme significado en nuestros días que han reducido el ego a la impotencia y la individualidad a un eufemismo para definir el egoísmo. Para empezar, la individualidad suponía el reconocimiento de la competencia individual. El concepto de autonomía, de autogobierno, habría perdido todo significado si la confraternidad de individuos que constituían la polis helénica (y en particular la democracia ateniense), no hubiera estado formada por hombres de carácter fuerte, capaces de cumplir las enormes responsabilidades de gobierno. En resumen, la polis se basaba en la seguridad de que sus ciudadanos podían ser investidos de «poder» porque estaban dotados de las capacidades individuales necesarias para gestionarlo de un modo digno. La educación de los ciudadanos en el gobierno era, por ello, una educación en la competencia, en la inteligencia, en la probidad moral y el compromiso social. La ecclesia de Atenas, la asamblea popular de los ciudadanos que se reunía al menos cuarenta veces al año, era el banco de pruebas de esta educación; la verdadera escuela, en cambio, era el ágora, la plaza pública donde se desarrollaban todas las transacciones de negocios y las discusiones. La individualidad se originó, sobre todo, por una política de la personalidad, y no por un proceso de producción (Evidentemente, uso el término «política» en el sentido helénico de la administración de la polis , y no en el sentido electoral. Los atenienses consideraban la administración de la ciudad no sólo una actividad social de importancia vital en la que todos los ciudadanos debían tomar parte, sino también un proceso educativo continuo.). Desde un punto de vista etimológico no tiene casi sentido disociar el término «auto» de la capacidad de ejercitar un control sobre la vida social, de «gobernar» en el sentido que entendían los griegos. Si disminuimos su significado caracterial -de sus connotaciones fuerza y probidad moral-, la individualidad se convierte en sinónimo de puro «egoísmo», de aquel semblante de personalidad humana, neurótico y vacío como una cáscara, que yace entre las basuras de la sociedad burguesa como una escoria de la producción industrial. ACCIÓN DIRECTA Quitar a la autonomía individual estas connotaciones personales significa desnaturalizar, irresponsablemente, el sentido de las palabras formadas por el sufijo «auto». La «iniciativa autónoma», para usar otro término corriente, implica la activación de estas fuertes connotaciones personales de los procesos sociales. También esta se basa en una política de la personalidad que educa al individuo y lo hace capaz de intervenir directamente para modificar el curso de los acontecimientos sociales y, en el plano activo, tomar parte en una práctica social común. Sin la capacidad personal de juicio, la fuerza moral, la voluntad y la sensibilidad para actuar en este sentido total y directo, el individuo se atrofiaría y su actividad se reduciría a una relación de obediencia y mandato. En este sentido, iniciativa autónoma solamente puede querer decir acción directa. Pero la acción directa como norma puede entenderse solamente como práctica de individuo comprometido en el proceso social que estos mismos términos presuponen. El «auto., la educación en la individualidad y su ejercicio -casi un entrenamiento cotidiano para la formación de la personalidad individual-, constituyen un fin en sí, el momento culminante de lo que tenemos la costumbre de definir como «proceso de auto-realización... La organización anárquica, con su política de acción directa, es, por definición, el instrumento educativo para la consecución de estos antiguos objetivos. Es el ágora donde, como antaño, se realiza la política de la personalidad. En su medio, los «grupos de afinidad» representan una forma de asociación única en su género, fundada sobre el reconocimiento de la capacidad y la competencia de todos sus miembros o, por lo menos, sobre el reconocimiento de la necesidad de alcanzar este nivel de individualidad. Cuando estos grupos cesan de ejercitar su obra educativa en este sentido, se convierten en otra cosa. Peor aún, «producen» militantes y no anarquistas, subordinados y no individuos. En su acepción ideal, el grupo anarquista de afinidad es una asociación sobre bases éticas de individuos libres y dotados de gran fuerza moral, con capacidad para autogobernarse consensualmente utilizando y respetando las respectivas capacidades y competencias. Sólo si alcanzan esta condición, y consecuentemente, sólo si alcanzan a través de un proceso revolucionario el estado de individuos, sus miembros pueden definirse como verdaderos revolucionarios: ciudadanos de una futura sociedad libertaria. He tratado estos aspectos del problema del «auto», de la autonomía individual -y sólo la escasez de espacio me impide profundizarlos ulteriormente como merecerían-, porque se han convertido en los puntos débiles del concepto de «autogestión». Hasta que no se haya alcanzado, al menos, a un nivel mínimo, este grado de individualidad, el concepto de «autogestión» continuará siendo una contradicción en sus términos. La autogestión, si no existen individuos capaces de gestionarse autónomamente, corre el riesgo de transformarse en cualquier cosa que sea exactamente su opuesto: una jerarquía basada en la obediencia y el mandato. La abolición de las clases no compromete mínimamente la existencia de estas relaciones jerárquicas. Estas pueden subsistir en el interior de la familia, entre los sexos y entre los diferentes grupos de edad, entre los grupos étnicos y en el interior de los organismos burocráticos, lo mismo que en los grupos sociales administrativos que pretenden realizar la política de una organización o de una sociedad libertaria. Ninguna organización social, ni siquiera los más intransigentes grupos anarquistas, pueden ser inmunizados contra el virus de la jerarquía, si no es a través del filtro de la autoconsciencia, derivante de la «autorealización» de las potencialidades existentes en cada individuo. Este es el mensaje que todas las filosofías occidentales, de Sócrates a Hegel, nos han lanzado Su llamada al discernimiento y a la autoconsciencia como únicas vías para acceder a la verdad y a la iluminación interior del conocimiento, tiene hoy un valor aún mayor del que tenía en épocas remotas, y socialmente menos confusas, que la nuestra. Antes de examinar los problemas que plantea la tecnología en el proceso de autoformación, es importante recordar que el concepto de auto-gobierno -de autonomía-, precede históricamente, al más moderno de autogestión. Paradójicamente, es significativo el hecho de que hoy autonomía sea sinónimo de independencia, con referencia al ego materialista burgués, más que al individuo comprometido socialmente. El autogobierno se entiende para toda la sociedad en su conjunto y no sólo para la economía. La individualidad helénica encontraba su expresión más plena en la polis sobre la oikos, en la comunidad social sobre la comunidad técnica. Si rozamos apenas los confines de la historia, la autogestión se nos aparece como forma de gobierno de los pueblos, de los barrios y de las ciudades. La esfera técnica es del todo secundario en relación con la esfera social. En las dos revoluciones que inauguran la era moderna de la política del siglo -la americana y la francesa-, el concepto de autogestión nace de las asambleas ciudadanas libertarias que se reúnen por todas partes, de Boston a Charlestorn, y de las secciones populares de los barrios de París. La naturaleza profundamente cívica de esta autogestión contrasta netamente con aquella, puramente económica, que hoy se le atribuye. En sus escritos, Kropotkin discutió ya ampliamente este problema, y no es el caso de profundizarlo más en este trabajo con otros ejemplos. Queda, sin embargo, el hecho de que en la práctica libertaria, el concepto de autogestión tiene un significado mucho más amplio y profundo del que se le da corrientemente en nuestros días. OTRA FORMA DE TRABAJAR En esta transformación la tecnología ha jugado un papel mucho más determinante que el que se le atribuye. Los procesos de producción artesanal de las sociedades pre-capitalistas garantizaban siempre un espacio material para el desarrollo subterráneo de un proceso libertario, incluso cuando la centralización política del estado se encontraba notablemente desarrollada. En la base de las instituciones imperiales de las naciones europeas y asiáticas, se encontraban sistemas de organización social como los clanes, los pueblos y las confraternidades, que ni los ejércitos, ni los onerosos impuestos sobre la producción agrícola, podían destruir. Tanto Marx como Kropotkin han descrito, en sus obras, esta estructura social arcaica -un mundo antiguo-, prácticamente inmóvil y aparentemente anónimo, inmutable e indestructible. La polis helénica y la congregación cristiana añadieron al cuadro el toque de individualidad -de autonomía y de autoconsciencia-, a fin de que el concepto de autodeterminación no brillara demasiado en un mundo netamente caracterizado en sentido individualista. En las democracias urbanas de la Europa central y de Italia, como en las poleis griegas, la autodeterminación municipal de la ciudad, con dimensiones apropiadas a la medida del hombre, floreció, si bien por poco tiempo, en su significado más completo. Se habían puesto así las bases de aquel individualismo socialmente comprometido que caracterizaría, algunos siglos más tarde, el espíritu de la revolución americana y francesa, y habría definido, en nuestra época, las concepciones más avanzadas de autonomía individual, de socialidad, de autogestión. No es posible, ni social ni tecnológicamente, regresar a aquellas épocas del pasado. Sus límites los tenemos hoy demasiado claros para que se pueda justificar la más mínima nostalgia del tiempo que fue. Pero las fuerzas sociales y tecnológicas que han causado la ruina de aquellos valores son mucho más transitorias de lo que generalmente pensamos. Me limitaré aquí a tomar en consideración las dimensiones tecnológicas del problema, dejando aparte los aspectos institucionales. Entre todos los elementos de transformación tecnológica que separan nuestra época del pasado, la «invención» más importante es precisamente aquella que tiene menos características «mecánicas»: la fábrica. A riesgo de parecer exagerado, querría afirmar aquí que ni la máquina de vapor de Watt, ni el convertidor de Bessemer, tuvieron un significado y un peso similares al simple proceso de racionalización del trabajo, de su transformación en una máquina industrial para la producción de bienes de consumo. La mecanización, en el sentido convencional del término, favoreció enormemente este proceso -pero fue la sistemática racionalización de la fuerza de trabajo al servicio de una cada vez mayor especialización productiva, la que demolió completamente la estructura tecnológica de las sociedades autogestionadas, y acabó con la habilidad profesional del trabajador en singular-, o sea, la autonomía individual en la esfera económica. Parémonos un momento a pensar en el significado de estas afirmaciones. El artesanado se basa sobre la habilidad manual del singular y sobre el uso de pocos instrumentos y aparatos. Pero sobre todo, es importante la habilidad del singular: el ejercicio y la experiencia en las expresiones manuales, a menudo con connotaciones culturales; la habilidad en el uso de las manos y la coordinación de los movimientos; la reacción a una vasta serie de estímulos y la expresión original de la propia individualidad. La atmósfera es aquella de los cantos del trabajo, la espiritualidad aquella inserta en el placer de disfrutar y plasmar las posibilidades latentes en las materias primas, para conseguir formas útiles y agradables. No es casualidad que, según Platón, la divinidad no sea más que un artesano que imprime forma a la materia. Es evidente cuales son los presupuestos sobre los que se fundan las líneas características de esta actividad: un virtuosismo personal lleno, profundo, que no es puramente técnico, sino ético, espiritual y estético. La dimensión artesana es amor, y no esclavitud del trabajo. Estimula y agudiza los sentidos, no los obstruye. Da, en lugar de arrebatar, dignidad al hombre. Libera el espíritu, no lo esteriliza. En el campo técnico, constituye la expresión por excelencia de la individualidad, de la caracterización personal, de la consciencia, de la libertad. El sentido de estas palabras se desprende de cualquier obra de arte y de cualquier objeto de buena producción artesanal. ¿QUÉ ES EL PROLETARIADO? El trabajador en la fábrica no tiene más que una lejana memoria, y vive sobre ella. El follón de la fábrica ahoga cualquier pensamiento, por no hablar de los cantos; la división del trabajo no permite al obrero ninguna relación con lo que produce; la racionalización del trabajo obtura los sentidos y agota el cuerpo. No hay ningún espacio en la fábrica para las formas de expresión del artesano -por el arte o la espiritualidad-, sino únicamente una interacción con los objetos que reduce a objeto al propio trabajador. La distinción entre obrero y artesano no necesita muchas explicaciones. Pero hay dos buenos motivos para considerar una verdadera calamidad, tanto desde el punto de vista social como desde el caracterial, la transformación de la producción artesanal en producción manufacturera. En primer lugar la deshumanización del obrero y su transformación en ele-mento de una masa; en segundo lugar, la reducción del trabajador a elemento de una estructura jerárquica. Es bastante significativo que Marx y Engels hayan adoptado la involución del artesano en obrero como prueba de la naturaleza intrínsecamente revolucionaria del proletariado. Y precisamente en esta burda mistificación del destino del proletariado es en la que, a menudo, el sindicalismo sigue la vía trazada por el marxismo. Es común, en ambas ideologías, la convicción de que la fábrica es la «escuela» de revolución (en el caso del sindicalismo, de reconstrucción social), más que lo contrario. Ambas ideologías, por otra parte tienen una gran confianza en el papel de la fábrica como lugar de movilización social. Para bien o para mal, Marx y Engels expresan esta concepción mucho mejor de lo que suelen hacerlo los teóricos del sindicalismo, y del anarcosindicalismo. Concebido como masa o como clase, el proletariado marxista se convierte en un puro y simple instrumento de la historia. Esta misma despersonalización, para colmo de ironías, le libera de cualquier caracterización humana, más allá de las necesidades «urgentes, que no pueden ocultarse, absolutamente imperativas ....» Como simple «clase» o «agente» social, no tiene voluntad personal sino únicamente histórica. Es un instrumento de la historia en el más puro sentido del término. Por eso, para Marx «el problema no es qué cosas este o aquel proletario, ni siquiera todo el proletariado, consideran como objetivos. El problema es qué cosa es el proletariado, y qué cosas, como consecuencia de su ser, deberá hacer». El ser, por tanto, es diferente de la persona, la acción no depende de la voluntad, la actividad social está separada de la individualidad. En efecto, es precisamente este despojar al proletariado de su individualidad -este deshumanizarlo-, el que le confiere la cualidad de agente social «universal», el que le confiere cualidades sociales casi trascendentales. Los conceptos que he citado, sacados de «La sagrada familia» de los primeros años 40, impregnan todos los escritos de Marx durante algunos decenios. Si no se tienen presentes al leer las obras posteriores éstas resultan incomprensibles, llenas como están de retórica acerca de la superioridad moral del proletariado. Como consecuencia, no sorprende que Marx conciba la fábrica como una especie de coso eclesiástico para la educación de «su» agente social. La tecnología asume, por tanto, la función no sólo de un instrumento para la realización del metabolismo del hombre con la naturaleza, sino incluso del metabolismo del hombre consigo mismo. Paralelamente con la centralización de la industria, a través de la competición y la expropiación «crecen la miseria, la opresión, la esclavitud, la degradación y la explotación; pero, al mismo tiempo crece también la rebelión de la clase trabajadora, una clase cada vez más numerosa, instruida, unida y organizada por el propio mecanismo del proceso de producción capitalista », afirma Marx en una de las últimas páginas del primer volumen de «El Capital». «El monopolio capitalista se transforma en un tronco en los pies del propio modo de producción, que se ha desarrollado a su lado y por debajo ... el cordón que lo une se rompe. Para la propiedad privada capitalista suena la campana de muerte. Los expropiadores son expropiados». (la cursiva es mía.) La importancia de estas famosas palabras de Marx reside en la importancia que concede a la fábrica, a su función educativa, de unificación y de organización del proletariado por obra del «propio mecanismo del proceso de producción capitalista». Se podría casi decir que la fábrica «produce» revolucionarios con la misma impersonalidad con que «produce» bienes de consumo. Pero aún más significativo es el hecho de que «produzca» también al proletariado. Esta concepción es también típica del sindicalismo. En ambos casos, la estructura de la fábrica no es simplemente una estructura técnica, sino también una estructura social. Marx tiende a despreciarla históricamente como reino de necesidades materiales, cuya influencia sobre la vida deberá. al final, atenuarse por el tiempo libre a disposición del comunismo. ¿AUTOGESTIONAR LAS FÁBRICAS DE AHORA? Estamos por tanto frente a la paradoja que constituye el inquietante nudo de la cuestión: la fábrica, de hecho, lejos de actuar como fuerza de cambio social, lo hace como fuerza regresiva. Tanto el marxismo como el sindicalismo, en virtud de su concepción de la fábrica como enclave social revolucionario, deben reformular la idea de autogestión para significar la gestión industrial del individuo. Para Marx esto no representa un problema. No pueden darse individualidades en el interior de la fábrica. La fábrica no sirve sólo para movilizar e instruir al proletariado, sino también para deshumanizarlo. La libertad no hay que buscarla en el interior, sino fuera de ella. La libertad, en efecto, «no puede consistir en otra cosa que en el hecho de que el hombre socializado, los productores asociados, regulen de forma racional sus relaciones de intercambio con la naturaleza y asuman colectivamente al control, en lugar de ser dominados por una fuerza ciega observa Marx en el tercer volumen de «El Capital... «Pero queda siempre el reino de las necesidades materiales. Por encima de él se inicia ese desarrollo de la potencialidad humana que constituye su propio fin, la verdadera dimensión de la libertad la cual, sin embargo, puede basarse y desarrollarse sólo sobre las necesidades. Su premisa fundamental es la reducción del horario de trabajo». Obviamente, la fábrica concebida como «reino de necesidades materiales» no exige necesariamente la autogestión. Es más, se trata de la antítesis exacta de una escuela de auto-formación, de formación del individuo, como el agora con su concepción helénica de la educación. Remedando a sus adversarios sindicalistas al pedir el «control obrero» sobre la industria, los marxistas contemporáneos no hacen más que tergiversar el espíritu del concepto c e la libertad de Marx. Esto significa disminuir, haciéndolo en su nombre, a un gran pensador, al usar términos completamente extraños a sus ideas. Engels, en cambio, en el ensayo «Sobre la autoridad» extrema burdamente la crítica de Marx al anarquismo precisamente sobre la base del funcionamiento de la fábrica. La autoridad concebida como «la imposición de nuestra voluntad sobre la de los otros», como «subordinación», es inevitable en una sociedad industrial, incluso comunista. Es un fenómeno connatural a la tecnología moderna, indispensable (según Engels) como la propia fábrica. Engels procede, por tanto, a exponer detalladamente esta concepción adversa al anarquismo con toda la ramplonería filistea de una mente victoriana. La coordinación de las operaciones industriales requiere disciplina y subordinación al mando, más aún, al «despotismo» de las máquinas automáticas, y presupone la «necesidad de una autoridad ... de una autoridad imperiosa» (la cursiva es mía). Engels no elude ni siquiera los más obtusos prejuicios sobre este argumento. Pasa con ligereza, de la «autoridad» de las máquinas hiladoras (¡nada menos!), a la «obediencia inmediata y absoluta» debida al capitán de un barco. Confunde la coordinación con el mando, la organización con la jerarquía, el acuerdo con la dominación, y más aún, con la dominación «imperiosa». Pero aún más significativas que los sofismas del escrito de Engels son las insidiosas verdades que contiene. La fábrica es, en realidad, exactamente el reino de las necesidades materiales -de la libertad-. Es una escuela jerárquica, de obediencia y mandato, no revolucionaria y liberadora. Reproduce en cada momento, en cada hora, el servilismo del proletariado, y no su despegue revolucionario de sentido histórico. No impide, ciertamente, que sea reducido a objeto, sino que atenta contra su individualidad, contra su capacidad de trascender las necesidades. Como consecuencia, visto que la autodeterminación, la iniciativa autónoma y la individualidad son la propia esencia de la «dimensión de la libertad», hay que negarlas a la «base material» de la sociedad, para poder encontrar una afirmación sólo en las «superestructuras» (al menos hasta que la fábrica y las técnicas de producción capitalista sean concebidas exclusivamente desde el punto de vista técnico, como elementos connaturales a la producción). ¿CÓMO PASAR A UNA SOCIEDAD LIBRE? Debemos presumir, por otra parte, que este reino deshumanizado de necesidades -avalado por una «autoridad imperiosa»–puede en alguna forma, elevar y acrecentar la conciencia de clase del trabajador deshumanizado, transformándola en una conciencia social universal; y que este obrero, despojado y privado de cualquier individualidad en una vida de trabajo cotidiano, pueda de alguna forma recuperar el compromiso y la competencia social necesarias para un proceso revolucionario a gran escala, y para la construcción de una sociedad verdaderamente libre, basada en la autodeterminación en el sentido más auténtico del término. En fin, debemos pensar que esta sociedad libre pueda eliminar la jerarquía por una parte, mientras la conserva imperiosa» por otra. Llevado a la lógica extrema, la paradoja adquiere proporciones absurdas. La jerarquía, como un mono de trabajo, se convierte en un instrumento del que se desviste al «reino de la libertad» para colocárselo al «reino de las necesidades». Como un columpio, la libertad oscila en el punto en que situamos el eje social: quizá en el centro de la mesa en una determinada «fase» de la historia, o más desplazada hacia una u otra extremidad en otra «fase», pero siempre de forma que la medida sea equiparable a la «jornada de trabajo». Esta fatal paradoja es común al comunismo lo mismo que al sindicalismo. Lo que redime a este último es la implícita complicidad -igualmente implícita, también, en las obras de Charles Fourier-, de la necesidad de privar a la tecnología de su carácter jerárquico y gris, monótono, para poder crear una sociedad libre. En las doctrinas sindicalistas, sin embargo, esta complicidad es, a menudo, distorsionada por la aceptación de la fábrica como infraestructura de la nueva sociedad en el interior de la vieja, como paradigma de la organización de la clase obrera y como escuela para la humanización del proletariado, así como para su movilización como fuerza social revolucionaria. La tecnología, por tanto, constituye un grave dilema para la concepción libertaria de la autogestión. ¿De dónde sacarán los trabajadores -y en general, todos los oprimidos: las mujeres, los jóvenes, los ancianos, los grupos étnicos, las comunidades culturales-, la subjetividad necesaria para el desarrollo de la individualidad? ¿Con qué tecnologías se puede sustituirla movilización jerárquica de la fuerza de trabajo en las fábricas? En fin,¿cuáles son las componentes de la gestión» que conllevan el desarrollo de una verdadera, auténtica competencia, de probidad moral y de discernimiento? La respuesta a cada una de estas preguntas requeriría un libro entero: En este artículo me limitaré a responder brevemente a la segunda cuestión: es decir, a esbozar cuáles son las nuevas tecnologías, potencialmente no jerárquicas, con las que será posible sustituir las fábricas por una sociedad anarquista. NECESIDAD Y LIBERTAD La tecnología no es un hecho más «natural» de lo que pueden serlo los alimentos tratados químicamente con que nos nutrimos, y las bebidas fermentadas sintéticamente que bebemos. Lejos de ser una cosa fija, inmutable, es, potencialmente, uno de los modos más maleables con que el hombre entra en relación «metabólica» con la naturaleza. Las instituciones, los valores y las fórmulas culturales a través de las cuales el hombre crea una relación «metabólica» con el mundo natural, son a menudo menos modificables que los aparatos y las máquinas que les confieren una tangibilidad material. Su función «primaria» respecto a las relaciones sociales, a pesar de lo que afirman los teóricos del determinismo tecnológico, no es más que un mito. Están inmersas, en cambio, en un universo social de interacciones, necesidades, voluntad e interacción humanas. La fábrica resalta su dimensión social como por venganza. Su aparición en el mundo no estuvo determinada por factores puramente mecánicos, sino orgánicos. Constituye un medio para racionalizar el trabajo, no para adornarlo con nuevos instrumentos. Si esto se comprende bien, la fábrica deja de gozar aquella autonomía que le fue atribuida por Engels y sus acólitos. Será el «reino de las necesidades» únicamente mientras existan necesidades que justifiquen su existencia. Estas necesidades, sin embargo, no tienen una naturaleza exclusivamente técnica; por el contrario, son en gran parte de tipo social. La fábrica es el reino de la jerarquía y de la dominación, no el campo de batalla de los conflictos entre «el hombre» y la naturaleza. Y una vez que sus funciones como elemento de dominación resultan evidentes, podemos empezar a preguntarnos que objetivo tiene perpetuar su existencia. De la misma manera, el dinero, las armas y las instalaciones nucleares, son los instrumentos de una sociedad enloquecida. Pero, si la sociedad consigue curarse de su locura, nos preguntamos de nuevo: ¿para qué conservarlos? Las necesidades son un fenómeno que depende de condicionamientos sociales -y Marx lo sabía bien-, que pueden tener carácter racional o irracional. Por eso, el «reino de las necesidades» es tan elástico y sus límites tienen, en fin de cuentas, escaso significado; de hecho, resulta socialmente «necesario» como la concepción que el hombre tiene de la libertad. Separar uno de la otra es pura abstracción ideológica, ya que la libertad podría no estar, de hecho, «basada» sobre «el reino de las necesidades», sino ser, por el contrario, el elemento determinante. En los mejores escritos de Fourier se contiene, implícitamente, esta conclusión. Los dos «reinos», de la necesidad y la libertad, se han vuelto a sintetizar a un nivel más elevado de comportamiento y de valores sociales, en el que la felicidad, la creatividad y el placer, son fines en sí mismos. La libertad prevalece sobre las necesidades y la felicidad sobre el trabajo. Pero una concepción tan amplia y radical no puede expresarse sólo de forma abstracta; debe tener un fundamento concreto, de lo contrario las enormes posibilidades de lo real se convierten en categorías elusivas que niegan la reivindicación de la imaginación. De aquí el enorme poder del pensamiento utópico en sus formas más elevadas: la habilidad de dar una representación casi visual de aquello que, a menudo, queda confinado en el ámbito abstracto de ideologías contrastantes. Consideremos concretamente, y por tanto utópicamente, las alternativas en base a las cuales es posible transformar una ardua fatiga en una fiesta gozosa: una recolección en los campos acompañada de danzas, fiestas, cantos y desfiles, parangonada con la monotonía del propio trabajo mecanizado. La primera forma refuerza la comunidad; la otra, favorece el aislamiento en un sentido opresivo. Un mismo trabajo que desarrollado con espíritu estético puede resolverse en una obra de arte, realizado, en cambio, bajo el yugo de la dominación puede ser unafatiga insoportable. La afirmación según la cual todo trabajo oneroso es también tormentoso, constituye un juicio social determinado por la propia estructura de la sociedad, no por las condiciones técnicas del propio trabajo. El empresario que pide silencio a sus obreros, no es más que un proveedor de trabajo, un patrono. En ausencia de constricciones sociales que identifiquen la responsabilidad con la renuncia y la eficiencia con la sobreriedad, el propio trabajo se podría efectuar en forma de juego, creativa, fantasiosa, incluso artística. En otro escrito he enumerado las alternativas posibles hoy a las formas tecnológicas existentes («Towards a Liberatory Technology» («Hacia una energía libera-dora») en «Post-Scarcity Anarchism. («El anarquismo en la sociedad de consumo»). Desde entonces, tendría mucho que cambiar y mucho que añadir a lo que esbribí. Quizá más importante aún que lo que puede encontrarse en buenos libros como «Radical Technology» y otras obras de libertarios ingleses, hay algunos principios que querrían subrayar en este escrito. Está naciendo una nueva tecnología, una tecnología no menos significativa para nuestro futuro de lo que lo es la fábrica para el presente. Potencialmente, esta se presta a una criba concienzuda de las formas tecnológicas existentes según el grado de integridad económica y según la capacidad para influir sobre la libertad del hombre. Por sí misma, puede consistir en una tecnología fuertemente descentralizada a la medida del hombre, simple desde el punto de vista constructivo, y orientada en sentido naturalista. Puede sacar provecho de la energía del sol y del viento, de los residuos reciclados y de los recursos renovables, como la madera. Ofrece la posibilidad de cultivar el alimento en formas espiritual y materialmente gratificantes de horticultura. Es respetuosa con el ambiente natural y, lo que resulta todavía más significativo, con la autonomía del individuo y de la comunidad. ALTERNATIVAS TECNOLÓGICAS Se podría definir esta tecnología como «tecnología popular». Los huertecillos comunitarios de cultivo intensivo explotados por los habitantes de Nueva York en las escuálidas áreas del ghetto, los colectores solares de construcción casera que empiezan a aparecer sobre los techos de las casas de vecindad, los pequeños molinos de viento que les añaden para generar corriente eléctrica, todo esto es la expresión de nuevas iniciativas asumidas por comunidades hasta ahora pasivas, que reivindican el derecho a ejercitar un control directo sobre la propia vida. Lo importante no es que una cooperativa alimenticia pueda sustituir a un gigantesco supermercado, o que un huerto comunitario proporcione, alternativamente, los productos de la industria agrícola, o que un generador accionado por viento sustituya a un servicio público ya drásticamente obsoleto. Las cooperativas, los huertos y los molinos de viento son los símbolos tecnológicos de un renacimiento de aquella individualidad que ha estado siempre negada a las «masas» del ghetto, y de un sentido creciente de competencia que, regularmente, le viene siendo negado al ciudadano-cliente. La imagen de la fábrica de la ciudad, e incluso de los ciudadanos, se ha disparado tan lejos en reprimir incluso los menores destellos de vida pública, que las alternativas técnicas e institucionales representan quizá la única posibilidad de hacer renacer la autogestión en sus formas cívicas tradicionales. Si se da por descontado el silencio de las fábricas, las voces más fuertes que invocan el derecho ala autogestión, se elevan de los barrios de centros urbanos (quizá su lugar de origen más natural), de los movimientos feministas y ecológicos, de las «masas» que han conquistado un nuevo grado de autonomía personal, cultural, sexual y cívica. La nueva tecnología a que apuntan no ha iniciado este proceso de desarrollo. Al menos ese puede ser el resultado de un nuevo sentido de la competencia y la individualidad, producido por una tecnología opresiva y represiva. La energía solar y eólica, y los huertos comunitarios, son medios técnicos mucho más antiguos que la fábrica. El hecho de que la tecnología popular los haya recuperado es síntoma de una fuerte voluntad de cortar los puentes con un sistema social que tiene su punto más débil, y al mismo tiempo más fuerte, en su naturaleza omnicomprensiva. Sin embargo, estas tecnologías alternativas determinan un nuevo contexto, quizá de valor histórico, para la transformación social. Demuestran la posibilidad tangible para una recuperación de la autogestión con toda la riqueza de matices que tenía en el pasado, pero sin volver atrás en el tiempo. Su concreción la hace profundamente utópica, no visionaria sino realista. Finalmente, como instrumentos educativos para la comunidad, tienden a crear una política de la personalidad que se puede parangonar a la de los «grupos de afinidad» anarquistas. Las alternativas están en conflicto unas con otras en una medida parangonable sólo al grado de corrupción de la sociedad tradicional en las vísperas de la era capitalista. También la nueva tecnología puede caer en el error de la centralización corporativa: las bases para la explotación de la energía solar, los satélites espaciales, una industria agrícola «orgánica» parangonable a aquella envenenada por los productos químicos de hoy. Los huertos, los paneles solares, los molinos de viento, los centros de reciclaje descentralizados, pueden ser centralizados, industrializados y organizados según estructuras jerárquicas. Ni los marxistas, ni el sindicalismo pueden comprender la naturaleza de estas alternativas, y todavía menos las sutiles implicaciones que de ellas pueden derivarse. Y sin embargo, pocas veces ha habido mayor necesidad de un análisis profundo y serio acerca de las posibilidades que se intuyen, de las nuevas direcciones que la humanidad puede seguir por los caminos de la historia. A falta de una interpretación libertaria de estas vías, de una consciencia libertaria que articule la lógica de la nueva estructura tecnológica, podremos quizá asistir a la integración de la «tecnología popular» en la sociedad tecnocrática y managerial. En este caso, nos veremos reducidos como un coro griego, a lamentarnos y a lanzar maldiciones contra un destino que se deja controlar por fuerzas superiores a su control de decidir con anticipación el futuro de la sociedad. Y esta será una actitud no sólo poco heroica, sino inútil y vana.
Murray Bookchin
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Posted: 11 Jun 2017 05:04 AM PDT
Hace poco más de un año escribía “Tú eres el único responsable de tu éxito o de tu fracaso, pusilánime de mierda” [1], donde llamaba la atención sobre el repunte de la oferta en la cosa de la autoayuda, el coaching y los mapas del tesoro;
todo ello al calor de una presunta recuperación económica, que no
analizaré aquí, y que ha servido para dilatar la agónica ilusión de que
alguien va a reparar el ascensor social y de que volverán los buenos viejos tiempos (neo)keynesianos. Ni falta que haría, por otra parte en un escenario de emancipación social (el de la docena: Educación,
(Anti)Pedagogía, Libertad, Igualdad, Justicia, Solidaridad, Respeto,
Horizontal, Apoyo Mutuo, Cooperación, Comunidad, Autogestión ),... pero
eso otra historia.Lo cierto es que esa oferta a la que me refiero ha ido a más porque la (re)incorporación al mercado laboral en los dos últimos años así lo ha demandado, lo que no es sorprendente dada la escasa capacidad de aprendizaje y de memoria, individual y colectiva, que padecemos. No solo hay burbujas económicas, sino también culturales, sociales,...; y tampoco se trata de ciclos, sino de estertores de algo que se acaba por disfuncional y, al tiempo, auto-destructivo. Vuelven, así, las empresas sensuales, los ratones que disfrutan buscando quesos y el enésimo giro de 360º sobre el Amor, la Pasión, el Servicio o la Actitud... Observando en las redes, y esto no es una caracterización absoluta, encuentro tres perfiles sensibilizados con el asunto del éxito, el desempeño y las emociones, demandando varitas mágicas y alquimias y prodigándose en observaciones propias de Paulo Coelho (para recibir hay que dar, y tal...):
- en general, aquellos que consiguieron una
situación percibida relativamente estable tras pasarlas canutas y
visitar en varias ocasiones en la última década, y para su sorpresa, la
oficina de empleo (”hemos vuelto para quedarnos”);
- otro, más joven, que terminó sus estudios
a partir del inicio de la crisis y en el mejor de los casos ha
conseguido alguna beca o trabajos a tiempo parcial enel sector servicios
(”no hemos estudiado para esta mierda”);
- y finalmente, otro, muy heterogéneo,
de profesionales de las ventas que sufrieron especialmente las caídas
de demandas y de márgenes, un incremento forzoso de rotaciones y
reciclajes y una competencia feroz; y donde la actitud es necesaria pero no suficiente.
Por supuesto, también se abonan a la fiesta los que siempre estuvieron bien (”hay que hacer sentir al cliente”), exhibiendo un insólito cuñadismo, y los que siempre estuvieron mal (”creer es crear, pero aún no he depurado el método”), quienes
no habiendo advertido que su problema es otro, no forman parte
del target de esta nueva invasión de gurús, speakers, influencers, y
brokers vigoréxicos.En definitiva, es el miedo, la falta de expectativas, la frustración y el cansancio (¡agotamiento!) que produce la asunción de cambios continuos lo que conforma un caldo de cultivo ideal para quienes tratan de hacer negocio vendiendo nada o, acaso, algo que ya se encuentra en el interior de un cliente potencial infantilizado que anhela comprar, que cada vez puede soportar menos realidad, pero que está perfectamente imbuido en la competición y el consumo. En “Tú eres el único responsable...” me centraba en una ¿fórmula? que ha venido apareciendo como ejemplares de hongo basidiomiceto en redes sociales y profesionales y sobre la que vuelvo, bastante sorprendido por el éxito que ha tenido el engendro de marras: ”Nuestro valor como personas y profesionales viene determinado por la siguiente fórmula: (Capacidad+Conocimientos) x Actitud” La primera sandez que se desprende aquí es la divina pretensión de valorarnos como personas y como profesionales. ¿A qué valor se referirá su autor si, por lo visto, la misma fórmula le sirve para cuantificar, o cualificar, ambas vertientes que, desde el inicio, ya mercantiliza? ¿A un valor de uso? ¿A un valor deintercambio? Efectivamente, el autor, que tiene prisa por vender, identifica su fórmula con “ROI del empleado” (ROI, return of investment, razón financiera que compara el beneficio o la utilidad obtenida en relación a la inversión realizada ). Ahora que ya ha salido en La Secta Noche, pronto será llamado por cualquier político tramposo. Tratar la actitud como una constante adimensional propia de cada individuo, en lugar de hacerlo como un conjunto de variables (sociales) cambiantes conectadas entre sí, es simplista, falaz e ideológicamente malintencionado. Es ignorar desde un prisma egótico siglos de estudio de Filosofía, Sociología, Antropología y Psicología, para reescribir sin sonrojo nuestra Historia y nuestra Naturaleza, para inventarse que la "actitud" es varios órdenes de magnitud superior al "conocimiento" y a las "habilidades" e incluso que no guardan relación aparente entre sí. Este tratamiento de la actitud tiene dos lecturas: no cuestiones lo que te rodea y sé empresario (emprendedor) de ti mismo. En síntesis, tú eres el único responsable de tu éxito o de tu fracaso, pusilánime de mierda. La habituación a la impunidad de los otros ha abaratado la presunción de culpabilidad.La culpa es deuda y viceversa, el capitalismo lo tiene todo de religión, incluida una nada santa inquisición interior para cada empresario de si mismo. Incorporar un lenguaje matemático a un razonamiento tampoco lo va a dotar de validez (matemática) ni de credibilidad. Efectivamente, asoma aquí, uno de los mayores males de nuestro corto plazo como sociedad:centros de poder apropiándose del lenguaje y, por extensión, de la memoria. Dentro de poco quizás nosepamos qué decir porque no sepamos lo que significa, quizás el lenguaje se convierta en el privilegio del poder. Quizás por eso las izquierdas institucionalistas son tan torpes en la cosa organizativa y persisten en menguarse: la inacción inducida por la grey podemita ha sepultado el "know-how", la mala educación de "la derechona" y "la derechita" nos alejó del "know-why", los "miedos de masas" determinaron al antojo de sus amos el "know-what". No olvidemos que las fórmulas económicas son el sueño húmedo de los homeópatas de un pensamiento neoliberal circular y pseudocientífico que no pasa de tratar de justificarse… al fin y al cabo, ¿cómo no van a insistir en la cosa de la actitud toda esta caterva de gurús si los neo-líderes que les aplauden lasocurrencias están deseando retribuirte con un ocurrente "salario emocional"? Sólo puede resultar inquietante que la empatía, la cordialidad, la afabilidad, un trato interpersonal que, simplemente, asuma nuestra realidad y nuestra condición humana sean objeto de valoración económica y asimilados a un concepto retributivo.Trabajar la actitud es para los pobres, para la masa, para el rebaño, para el cardumen. Algo parecido ocurre con el puñetero agradecimiento. En las antiguas sociedades igualitarias, el agradecimiento bien podía ser motivo de ofensa pues se identificaba con balance, con medición, con deuda... algo sospechoso allí donde el colectivo cuida por igual de todos sus miembros, donde la cooperación es una ventaja adaptativa,... ¿Pero cómo ha podido desnaturalizarse hasta el punto de reducir todo a transacciones reconocibles? Cuando alguien cree que se le debe estar agradecido a un empresario modélico y filántropo por donar, con importantes ventajas fiscales, una parte de los impuestos que no paga, para un servicio público meticulosamente arruinado por un gobierno miserable, pero muy amigo de empresarios modélicos y filántropos, probablemente a ese alguien, ¡qué bueno es el señorito!, se le han pasado muchas cosas por alto o tiene aspiraciones de sociópata. El ciudadano de a pie, o de rodillas, asume los dogmas de la Economía de la Escasez (de lo que no necesita) y participa de ella, la apuntala y la defiende hasta la negación, por omisión, de su propia libertad, que ya no reconoce y que ha devenido en los "grados de libertad" de los mecanismos [2]. El individuo empresario de sí mismo aspira a encajar en la megamáquina del mercado y las renuncias le son naturales y así adoctrina a sus propias hijas. Y debe hacerlo con agradecimiento, y en la enésima perversión del lenguaje transformará laresignación en aceptación, que es más cool, ... Pero, la falta de imaginación, la desmemoria y la soledad son efectos secundarios de alto coste de abundancias que nadie recuerda haber elegido. No, no hace falta tanto. Además de perder el lenguaje se perderán los espacios, hasta enterrarnos en Facebook. La conexión en red es una ilusión de lo colectivo. Esas redes no pueden ser sociales. Los nodos de la redes, sus usuarios, reordenan su conectividad para sí, adecúan la información que reciben a sus deseos, tanto a nivel de estímulos como de respuestas. Se ve lo que se quiere ver, nada más. Si somos lo que somos y lo que hacemos cuando nadie mira, ¿que representan perfiles, muros y avatares en esas redes sociales donde todos se miran? Con esto de la posverdad resulta ahora que cualquier advenedizo tiene razón y razones y grita con mayúsculas. Cuestionamiento permanente ahora que la batalla cultural esta prácticamente perdida. Es típico del idealismo derechista validar su realidad desde sus ideas y sentimientos, cosa que sólo puede suceder en un sentido y, evidentemente, bajo coerción y violencia. Es de esta manera que se permiten atribuir "peores" sentimientos, intenciones "dudosas" y valores "cuestionables" a todas las formas de precariedad material. Una falacia a la que contribuye la sensual y estúpida izquierda con su sobada meritocracia, su debate infinito y su pésima gestión de las fisuras humanas. Y es de esta manera que prevalecen violencias de género, económicas, de pensamiento, laborales, políticas, sociales,... que no resultan fáciles de identificar y combatir a una inmensa mayoría de la población que vive las vidas de otros. No, no necesitas un coach, ni influencers, ni followers,... tan sólo compañeros de viaje.
Alejandro Floría Cortés
[1] Tú eres el único responsable de tu éxito o de tu fracaso, pusilánime de mierdahttp://www.lacasademitia.es/articulo/firmas/eres-unico-responsable-exito-fracaso-pusilanime-mierda-alejandro-floria-cortes/20160522092321054610.html [2] Grados de libertad (ingeniería) (https://es.wikipedia.org/wiki/Grado_de_libertad_(ingeniería) ) El número de grados de libertad en ingeniería se refiere al número mínimo de parámetros que necesitamos especificar para determinar completamente la velocidad de un mecanismo o el número de reacciones de una estructura. Read more ... |
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Posted: 11 Jun 2017 04:50 AM PDT
Nuevo videoclip de Furnier: -HAROLD SMITH-
Líricas por Furnier. Música por Furnier & DJ Tips. Grabado por DJ Tips en Asalapensada. Mezclado y masterizado por Pancho Suárez en Plantasónica 2 Dirección, grabación y edición de video por Shir-Khan Films
http://www.youtube.com/watch?v=AULTj5uTvdI
Consigue la edición física de 'Pluvio'. LP, edición limitada de 500 copias, aquí:furnier981@gmail.com Consigue la edición digital de 'Pluvio' aquí: https://furnier.bandcamp.com/ Read more ... |
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Posted: 09 Jun 2017 11:40 PM PDT
Guerrero está de luto una vez más. ¿Hasta dónde llegará la barbarie de la guerra contra el pueblo?A medio día de este viernes 9 de junio, integrantes del grupo paramilitar autodenominado Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero, atacaron con armas largas la casa de una familia de la comunidad de Cacahuatepec sobre la Calle Ceiba, esto en la zona rural de Acapulco, Guerrero. El asalto armado dejó como saldo la muerte de tres mujeres, un hombre, un joven de 17 años y un bebé de apenas cuatro meses. La Secretaría de Seguridad de Guerrero reportó también que dos menores de edad de 8 y 11 años, respectivamente, y un bebé de un años, resultaron heridos. Tras ser reportado el altercado por sus vecinos al Centro de Atención de Emergencias de Acapulco (CENATEM) los menores de edad sobrevivientes fueron trasladados de urgencia a un hospital en la ciudad acapulquense. Al lugar llegaron elementos de la gendarmería y la policía estatal para acordonar el sitio de las evidencias. Hasta el momento, las organizaciones sociales que defienden el territorio cacahuatepecano desde 2003 por el intento del gobierno federal de implementar el megaproyecto “La Parota”, y la Policía Comunitaria CRAC-PC -que es la única avalada por acuerdo asambleario de la comunidad para resguardarla e instalar retenes-, no se han pronunciado sobre los hechos. Este hecho se suma a una lista de agresiones por parte de la UPOEG que invadió sin el consenso ni petición de la gente al digno poblado de Cacahuatepec desde el 7 de marzo de 2017. Desde entonces, hemos registrado cronológicamente los hechos de violencia en nuestro portal Ruptura Colectiva (RC) y otros medios de contrainformación hermanados a este proyecto: 20 de marzo: 1) Golpearon al Sr. Don “Cheto” de la comunidad del Rincón hasta destrozarle la nariz. 2) Le dispararon a un poblador del Camposanto, lo hirieron y le dieron un levantón. 3) En Oaxaquillas levantaron a una persona, fue golpeada y despojada de su dinero. 4) Lesionaron a una persona sólo por llevar iguanas, argumentando que es delito, pero no se dan cuenta que muchas personas humildemente viven de eso. 23 de abril: 1) Se realiza una asamblea comunitaria en La Concepción. A las entradas del poblado, la UPOEG intimidó en varias ocasiones a los comunitarios de la CRAC-PC y periodistas. Hicieron presencia distintas autoridades tradicionales, integrantes del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositoras a la Presa La Parota (CECOP), la Policía Comunitaria CRAC-PC de Cacahuatepec y otras zonas de la Costa Chica de Guerrero, docentes organizados en la CETEG y el SUTCOBACH, estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, agrupaciones libertarias, organizaciones civiles y medios de comunicación libre, concordando abiertamente y con toda la rabia posible, el rechazo a la incursión de la UPOEG. Para más información: - ¡ALERTA! Paramilitares armados levantan y golpean a pobladores de Cacahuatepec en Acapulco - Preparan resistencia en Cacahuatepec, Guerrero, ante la presencia de grupos paramilitares y despojo del territorio Read more ... |
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Posted: 09 Jun 2017 11:28 PM PDT
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De
vez en cuando aparecen para después desaparecer o institucionalizarse
movimientos que reclaman formas de democracia más "auténticas", desde
Podemos hasta el Movimiento Cinco Estrellas, pasando por la Primavera
Árabe. Se trata generalmente de movimientos que, aun planteando una
ampliación de derechos, más transparencia y reglas de decisión más
participativas, no ponen en tela de juicio, sustancialmente, las aporías
de la democracia.
El
concepto de autogestión, en toda la riqueza y variedad de sus
significados, ha estado siempre estrechamente relacionado con la idea de
progreso técnico; a menudo, hasta tal punto, que a esta conexión no se
le ha prestado la atención específica que merecería. No pretendo
proponer una teoría –inevitablemente tosca y reductiva– basada sobre el
determinismo tecnológico. Está claro que el hombre es un ser social que
crea valores, instituciones y relaciones culturales que favorecen o
impiden la evolución técnica. Viene ahora al caso, recordar que
invenciones técnicas consideradas de importancia vital para el
capitalismo y la sociedad industrial (como, por ejemplo, la máquina de
vapor), ya eran conocidas en la civilización helénica hace más de dos
mil años. El que esta fuente vital de energía haya sido siempre
considerada poco más que un juguete, demuestra claramente qué enorme
influjo han tenido los valores y las culturas de la antigüedad en el
desarrollo de la técnica y, particularmente, en los períodos históricos
no caracterizados por una mentalidad mercantilista.
Hace poco más de un año escribía “Tú eres el único responsable de tu éxito o de tu fracaso, pusilánime de mierda” [1], donde llamaba la atención sobre el repunte de la oferta en la cosa de la autoayuda, el coaching y los mapas del tesoro;
todo ello al calor de una presunta recuperación económica, que no
analizaré aquí, y que ha servido para dilatar la agónica ilusión de que
alguien va a reparar el ascensor social y de que volverán los buenos viejos tiempos (neo)keynesianos. Ni falta que haría, por otra parte en un escenario de emancipación social (el de la docena: Educación,
(Anti)Pedagogía, Libertad, Igualdad, Justicia, Solidaridad, Respeto,
Horizontal, Apoyo Mutuo, Cooperación, Comunidad, Autogestión ),... pero
eso otra historia.
Guerrero está de luto una vez más. ¿Hasta dónde llegará la barbarie de la guerra contra el pueblo?

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