LOS PARADIGMAS DE LA GENERACIÓN DEL “80” Y EL CENTENARIO
C.A.B.A., Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO, Historia.

Por José Luis Muñoz Azpiri (h) *
Contrariamente a la América morena que se
extiende desde el sur del Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, desde 1870
el predominio de la burguesía en Europa y Norteamérica era absoluto. La
Gran Nación latinoamericana, que en los albores de la emancipación
pretendía proyectarse como un sueño colectivo, constituía a mediados del
siglo XIX una anfictionía de pequeños estados que rivalizaban entre si y
que apenas superaban la categoría de feudos familiares. En Europa y los
Estados Unidos, la clase social surgida de los escombros del antiguo
Régimen, impondrá sus criterios en todos los aspectos de la vida por más
de tres generaciones. La razón de su éxito no se apoya únicamente en la
prosperidad de los negocios, sino también en la conciencia de ser una
clase social benéfica, defensora de la libertad individual dentro de un
orden: positivo en Europa y puritano en los Estados Unidos. Esta
burguesía, que se enriquece de un modo extraordinario y defiende el
capitalismo como único sistema económico que permite el progreso dentro
de la libertad individual, construirá una falsa teoría antropológica
para legitimar su dominación sobre el Tercer Mundo: el evolucionismo
spenceriano y un edificio teórico que formule una “ciencia social” para
justificar la defensa del capitalismo de libre competencia: el
positivismo.
Fue precisamente en Francia, con Augusto
Comte (1798-1857) donde se funda esta corriente filosófica y se da
comienzo al desarrollo de la sociología, pero fundamentada como una
ciencia exacta, fuertemente influenciada por el sistema de Newton, que
intentaría formular las leyes tendientes a conservar el orden social,
gravemente cuestionado por sucesos como la Comuna de París. El núcleo de
esta filosofía lo constituye la ley de los tres estados en el
desarrollo de la Humanidad: el teológico, el metafísico y el positivo.
Comte procuró desarrollar un sistema de ideas generales de caracteres
definitivos, que basó en esta ley de los tres estadios sucesivos,
concebida a través de la experiencia histórica y de observaciones
realizadas en el terreno de los procesos biológicos del hombre. Intentó
asimismo sistematizar el desarrollo social con el aporte de todos los
conocimientos científicos de la época, concibiendo de esta forma a la
sociología como una ciencia “dura”, colocándola en el estadio supremo
del saber y elaboró la doctrina del orden y el progreso.
Augusto Compte.
Alejandro Korn, positivista en sus
primeros años pero más tarde crítico severo de esta corriente, fue quién
mejor definió el credo que intentó convertirse en una religión laica.
Consideraba que esta orientación filosófica había nacido y se había
definido bajo el imperio de la situación histórica dada en Europa desde
mediados del siglo XIX y que reemplazaba al clima de ideas propio del
romanticismo. Constituía una teoría del saber y una doctrina de la
ciencia. Esta corriente, más consagrada a los problemas científicos y
sociales que a la especulación metafísica pura, nutrió a la generación
que gobernó al país entre 1880 y 1900 así como también a las clases
dominantes del resto del subcontinente. En el marco de la balcanización
mencionada al comienzo, se modelan los Estados o mejor dicho los
fallidos estados Nacionales de la década del 80: Rafael Núñez en
Colombia, el general Roca en la Argentina, el coronel Latorre en el
Uruguay, Porfirio Díaz en México, Santa María en Chile, Alfaro en el
Ecuador, Guzmán Blanco en Venezuela y Ruy Barbosa en el Brasil instauran
el reinado de la prosperidad agraria o minera y la hegemonía del
positivismo.
Pero también la otra orilla del Canal de
la Mancha nutrió con maestros al positivismo, tales como Herbert Spencer
(1820-1903) y John Stuart Mill (1806-1873), cuya preocupación, basada
en la tradición utilitarista del pensamiento británico, fue realizar la
síntesis del pensamiento evolucionista. Ambos aplicaron las teorías de
Carlos Darwin quién elaboró su famosa doctrina tras su conocido viaje
por nuestro país y otras zonas del mundo a bordo de la fragata “Beagle”.
Sería en la Argentina donde Darwin habría observado por primera vez el
proceso de selección artificial de las razas ovinas – paradójicamente no
lo había advertido en Inglaterra, uno de los países pioneros en el
tema, ya que en esa época no estaba interesado en tales problemas. Según
Sarmiento, “los inteligentes criadores de ovejas son unos darwinistas
consumados y sin rivales en el arte de variar las especies. De ellos
tomó Darwin sus primeras nociones, aquí mismo, en nuestros campos,
nociones que perfeccionó dándose a la cría de palomas (…). (1)
Spencer se interesó particularmente por
transportar a la sociología las categorías biológicas del concepto
darwiniano de la evolución, tal como el de la “lucha por la
supervivencia”, y no tardó en ser entusiastamente adoptado por
Sarmiento. Al respecto hay que destacar que este clima de ideas
favoreció la expansión imperialista europea en Asia y África y
estadounidense en el Pacífico y el Caribe. En el caso de las repúblicas
latinoamericanas donde los positivistas tuvieron larga influencia,
sirvió asimismo para justificar el desarrollo desigual de las regiones
del continente y el sistema político de gobierno no precisamente
burgués, sino de castas parasitarias embebidas en veleidades
aristocráticas.
El positivismo fue en la Argentina la
expresión filosófica de un modelo de vida concebido para usufructo de
sus sectores dirigentes, políticos e intelectuales; dado que hacia fines
del siglo XIX las bases estructurales de la formación económico-social
de nuestro país estaban prácticamente delineadas. Las mismas se
asentaban en el atraso y la dependencia nacional que, a su vez,
conformaban los fundamentos de un original “bloque histórico” comúnmente
conocido como “factoría agro-exportadora”.
En lo esencial, ese modelo de nación
ideado por los integrantes de la llamada “Generación del 80” sólidamente
se asentaba en dos clases de pilares. Por un lado, la importación de
capitales, de mano de obra barata y de productos industriales europeos
mientras, por otra parte, en el plano interno se reforzaba el régimen
latifundista de inspiración semi-feudal con el monopolio de grandes
extensiones de tierra y de la renta agraria, por parte de una clase
social hegemónica asociada estrechamente al imperialismo inglés: la
oligarquía terrateniente.
Ahora bien: la conformación de una
Argentina terrateniente y dependiente de las potencias imperialistas
también suponía – y de manera especialmente significativa – la necesidad
de proponer al conjunto de la sociedad nacional una ideología
legitimizadora del “nuevo orden” impuesto. Y a tal fin, la doctrina
positivista venía como anillo al dedo.
Era
“la” ideología “para” el momento; que servía para justificar tanto el
colonialismo interno con la llamada consolidación de las fronteras
interiores, como legitimar el orden interno que comenzaba a ser
cuestionado por las expresiones ideológicas que también desembarcaban de
Europa, pero con los contingentes de los desahuciados del Viejo Mundo.
El positivismo, como “orden contrapuesto a la anarquía”; de aquí el lema del gobierno de Roca: “Paz y administración” y el lema de la bandera de la república del Brasil: “Orden y progreso”, y la idea de un “progreso indefinido” habían servido, no solo para liquidar las últimas resistencias populares, sino también para justificar de allí en más, el dominio oligárquico como necesario y expresivo de toda la sociedad. “En esa tarea de conformar la nación y consolidar la modernidad del Estado, la filosofía positivista resultó una poderosa herramienta ideológica. Sirvió para explicar las consecuencias del proyecto, señalar los obstáculos, delimitar el campo de lo moderno y disciplinar a los sectores renuentes – por atrasados o contestatarios – a incorporarse al proceso. Acorde con el espíritu positivista, a la ciencia se le acometió un contenido central…” (2).
Dentro de ese contexto ideológico, el “europeísmo” y el “racismo” fueron elementos permanentes del pensamiento “oficial” y los instrumentos más adecuados para justificar la dominación imperialista como forma de integración de la Argentina al “progreso” (ahora, en estos tiempos globalizados cambiamos el término “progreso” por “mundo”, es decir, un nuevo artilugio semántico con que disimular el sometimiento) y a la “prosperidad capitalista”, a través de su integración al mercado mundial. La ideología cientificista y la utopía del progreso indefinido estaban presentes en el conjunto de la vida intelectual y política argentina; en los cuadros intelectuales del régimen conservador y en los profesionales que integraban los equipos con que los gobiernos finiseculares buscaban modernizar la acción del estado en la sociedad civil. También en las vanguardias obreras (socialismo, anarquismo) influenciadas por las tendencias racionalistas de la izquierda europea y que comulgaban con un cierto cientificismo crítico en su lectura de la realidad, pero con un criterio transformador: “La izquierda en la Argentina –escribió David Viñas – aparece como resultado mediato del impacto inmigratorio: con la entrada masiva de obreros europeos, y el proceso correlativo de concentración urbana, se darán las condiciones para la formación de partidos que a través de sus voceros formulen la necesidad de modificar la estructura social en su totalidad”.(3) Tanto más cuanto que a esta semejanza infraestructural se une el que los inmigrantes traían ya las ideas proletarias de Europa, siendo no pocas veces ellos líderes obreros voluntaria o forzosamente exiliados.
Concretamente, existe una relación ineludible entre la dominación cultural y el racismo, siempre – claro está – en perjuicio de los sojuzgados. Así, enmascaradas por el prestigio de las ciencias naturales; que a partir de las grandes clasificaciones y del reordenamiento del saber efectuado en el siglo XVIII habían perfeccionado sus métodos hasta alcanzar resultados notables, las potencias imperiales construyen el sofisma de “la pesada carga del hombre blanco” quién asume voluntariamente la “sagrada misión” de elevar a los pueblos colonizados de la “infancia de la humanidad a la cima del progreso social y tecnológico”. Cuando, en realidad, este falso “progreso” se reproduce gracias a la super explotación de las masas oprimidas y al irracional saqueo de los recursos naturales, que son las materias primas indispensables para asegurar la continuidad de la expansión imperialista.
A partir del siglo XIX y de la mano con la generalización del colonialismo europeo en todo el mundo, la cultura occidental desarrolló una ideología abiertamente racista y ampliamente aceptada, a la que Ernst Nolte llegó a definir como una «rama del pensamiento europeo», y George Mosse como “el lado oscuro de la Ilustración“. A mediados del siglo XX, L’Encyclopedia Universalis incluyó un artículo denominado “Razas”, escrito por De Coppet que finaliza con la siguiente conclusión:
“A fines del siglo XIX, la Europa ilustrada es consciente que el género humano se divide en razas superiores e inferiores.”
El racismo europeo recurrió a la ciencia y en especial a la biología para jusificar la superioridad de los propios europeos, o de algunas de sus etnias, germanos, anglosajones, celtas, etc. sobre el resto de los seres humanos, así como la necesidad de que éstos fueran gobernados por aquellos. Este modelo de racismo seudocientífico fue luego repetido también en algunos países extraeuropeos como Estados Unidos para imponer el dominio anglosajón, Japón para colonizar Corea, China y otros pueblos del sudeste asiático, Australia para impedir la inmigración asiática, y en América Latina con las políticas implementadas para “reducir el factor negro“, a través del mestizaje y otros mecanismos de “limpieza” étnica…
Más clara aún es la adopción del racismo como defensa de su clase por la oligarquía más tradicional de la Argentina, es decir, la terrateniente y dentro de ella a la que menos mano de obra necesitaba, la ganadera. La inmigración, en afecto, servia para fortalecer a sus competidores de clase y amenazaba con crear una nuava clase proletaria que la derrocara.
Contra esta inmigración se adujeron, pues, múltiples argumentos y se estrellaron las protestas de los grupos más tradicionalistas que denunciaban “las hordas apátridas” o las “masas iletradas” que “ya no saben servir”. Ya antes, incluso, los conservadores se replegaron en clanes, ofreciendo un sistema endogámico rígido como defensa de sus intereses económicos. Nadie lo dijo más claro que Cané: “Nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, cómodo y peligroso…. Salvemos nuestro predominio legítimo, no solo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuando es posible, sino colocando a nuestras mujeres a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba”. Santiago Calzadilla recuerda nostálgico “aquellos lindos cuerpos de mujeres… productos de la raza española sin mezcla de gringo, o gringa. Eran criollas pur sang, como se dice hoy” y Julián Martel, indignado y decepcionado, anota: “da pena ver la facilidad con que estos aventureros encuentran aceptación entre las muchachas porteñas… Ellas posponen a cualquier hijo del país cuando se les presenta uno de esos caballeros de la industria que al venir a nuestra tierra se creen con los mismos derechos que los españoles de tiempos de la conquista”. (4)
Para intentar clarificar este panorama, Oscar Bosetti, en un artículo publicado en los albores del período democrático iniciado en 1983, remarca que este “corpus” de ideas y conceptos que él denomina “el concreto de pensamiento” se dio, efectivamente, en el plano de la realidad objetiva (el concreto real): la oligarquía terrateniente y sus más ilustres “intelectuales orgánicos” (abogados, dirigentes políticos de la partidocracia demo-liberal, escritores y, en fin, el grueso de los cuadros superiores de las Fuerzas Armadas) se sintieron social y culturalmente identificados con las élites metropolitanas y transfirieron, por ejemplo, el “racismo” de éstas a las poblaciones indígenas, mestizas y criollas del Interior y, más tarde, a los españoles, italianos y centroeuropeos que conformaban la mayor parte de la ola inmigratoria producida entre 1870 y 1890. (5)
Y esto se inserta en uno de los puntos difíciles del nacimiento de la Antropología Argentina, con hombres preocupados por la cultura material de los pueblos originarios pero no tan preocupados por el aniquilamiento de los portadores de esa cultura. Así, algunos epígonos del “progreso” saludaron al alcoholismo y las enfermedades, como una forma “incruenta” de despejar los territorios que serían ocupados por los brazos laboriosos de una inmigración que, suponían, estaría compuesta por los arquetipos idealizados del conde de Gobineau. Al respecto, de una verdad insoslayable nos parecen las palabras de Miguel Cané, pronunciadas el 29 de agosto de 1899 en ocasión de debatirse la concesión fiscal a los salesianos de aquella misión, expresando: “Yo no tengo, señor Presidente, gran confianza en el porvenir de la raza fueguina. Creo que la dura ley que condena los organismos inferiores ha de cumplirse allí, como se cumple y se está cumpliendo en toda la superficie del globo…”
Aunque hay que reconocer que este período también produjo voces disidentes, aunque no lo suficientemente reconocidas. Tal, la de un gran argentino, un olvidado, Adán Quiroga (1863-1904) quién, desde una actitud apegada a lo telúrico y empeñada en la revalorización de las razas que poblaban nuestro territorio en el momento de la conquista, advertía sobre los peligros de un exagerado cosmopolitismo. Dice Quiroga en su obra “Calchaquí”: “los acontecimientos históricos han de hacer resaltar la virilidad de la nación calchaquí y la importancia del suelo catamarcano (sic) por sus recuerdos clásicos en la lucha de las dos civilizaciones y de las dos madres razas” Y agrega: “Apartar al indio de nuestra historia es desdeñar nuestra tradición, renegar de nuestro nombre de americanos.”
Hay que recordar que en ese momento histórico el pensamiento positivo había alcanzado una validez universal y sus concepciones abarcaban todas las disciplinas. A partir de 1860 las ciencias biológicas ganaron terreno sobre los estudios físicos y matemáticos: parecía que, de algún modo, los biólogos estaban en posesión de las leyes que rigen la vida, así como los sociólogos aparentaban señorear el desarrollo del cuerpo social. Así lo creyeron, al menos, hombres como Sarmiento quién, a lo largo de su obra plantea el modelo biocultural spenceriano de la irredimibilidad de las razas criollas hispanoamericanas para alcanzar el progreso, tal como está de manifiesto en el contexto de la teoría del hombre blanco, o en los textos de Carlos Octavio Bunge y José María Ramos Mejía.
Para la “oligarquía paternalista”, expresión que pertenece a Pérez Amuchástegui, son tiempos de optimismo, de fe profunda en el progreso indefinido. Y a medida que la naturaleza va dejándose arrancar sus secretos y la clave de su evolución, va creciendo en forma paralela el intento fáustico de llegar al estadio positivo de Comte, donde el poder espiritual pasa a manos de los sabios y el poder temporal a manos de los industriales. De ahí el afán fundacional de Museos, que oficiarían como “catedrales profanas” del saber y el científico ejercería la función de sumo sacerdote.
En la Argentina había honrosos antecedentes en este campo. En 1872 se constituyó la Sociedad Científica Argentina en el Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, por inspiración del entonces estudiante Estanislao S. Zeballos. Zeballos había expuesto la necesidad de “fundar una sociedad que sirviera de centro de unión y de trabajo para las personas que desearan servir al desarrollo de las ciencias y sus aplicaciones. Fue, como lo recuerda el matemático e historiador de la ciencia José Babini, la única tribuna científica argentina y el único centro de consultas sobre cuestiones de este tipo para los gobiernos de la Nación y de la provincia de Buenos Aires. La Sociedad Científica creó un Museo, organizó cursos y conferencias, promovió expediciones y viajes a territorios a un no sometidos al Estado nacional – Como los de Francisco P. Moreno y Ramón Lista a la Patagonia – y desde 1876 publicó sus Anales, que continúan apareciendo en la actualidad.
Pero, ya que de paradigmas hablamos, estos estudios se realizaron en el marco de un acentuado etnocentrismo, anterior aún al desembarco del positivismo en nuestras playas. Las terribles palabras de Alberdi son la prueba elocuente: “El salvaje del Chaco, apoyado en el arco de su flecha, contemplará con tristeza el curso de la formidable máquina que le intima el abandono de aquellas márgenes. Resto infeliz de la criatura primitiva: decid adiós al dominio de vuestros antepasados. La razón despliega hoy sus banderas sagradas en el país que no protegerá ya con asilo inmerecido la bestialidad de las razas” (6) Este párrafo, escrito en los años 50 se arraigará con fuera en el escenario político argentino de treinta años después. Ante la imagen didáctica de un indígena que observa pasar un ferrocarril, Alberdi desarrolla magistralmente toda la teoría cientificista desarrollada en 1880, cuyos máximos exponente fueron los intelectuales positivistas ya nombrados y en el campo de la literatura los representantes de otro paradigma de la época: el naturalismo.
Este género literario, cuyas
fórmulas lograron la mayor precisión en las novelas y los ensayos
teóricos de Emilio Zola, se introdujo en la Argentina en los mismos
ambientes en que pudo prosperar el liberalismo librepensador,
anti-clerical y cientificista, que alcanzaba en esos años una difusión
considerable en las grandes ciudades. Más que una corriente política
clásica el librepensamiento criollo fue un movimiento intelectual y
cultural. Una verdadera subcultura que abarcó a gran cantidad de hombres
y mujeres en la Argentina cosmopolita y devota del progreso de la
transición entre dos siglos. En esta subcultura convivían distintos
grupos con una identidad doctrinaria propia (masones, espiritistas,
positivistas comtianos, teósofos, etc.) pero que encontraban un punto de
convergencia alrededor de algunas ideas eje: laicismo anticlerical, la
aplicación de criterios científicos para la solución de todos los
problemas de la sociedad y una ingenua fe en una reforma racionalista de
la conducta humana. (7). No por casualidad Antonio Argerich (1862-1924)
fue quién llevó más lejos los supuestos del naturalismo zoliano al
convertir a su novela “¿Inocentes o culpables?” (1881) en una verdadera
novela de tesis, con la exposición de un diagnóstico y la elaborada
descripción de pretendidos morbos sociales. Médico como el naturalista
Holmberg y Ramos Mejía, Argerich acepta algunos conceptos polémicos de
la ciencia de su tiempo, sobre la presunta superioridad o inferioridad
de las diversas razas, y pasa a demostrar en su novela que la
inmigración de procedencia europea, que por entonces empieza a romper el
equilibrio demográfico del país, será desastrosa para la sociedad
argentina.El positivismo, como “orden contrapuesto a la anarquía”; de aquí el lema del gobierno de Roca: “Paz y administración” y el lema de la bandera de la república del Brasil: “Orden y progreso”, y la idea de un “progreso indefinido” habían servido, no solo para liquidar las últimas resistencias populares, sino también para justificar de allí en más, el dominio oligárquico como necesario y expresivo de toda la sociedad. “En esa tarea de conformar la nación y consolidar la modernidad del Estado, la filosofía positivista resultó una poderosa herramienta ideológica. Sirvió para explicar las consecuencias del proyecto, señalar los obstáculos, delimitar el campo de lo moderno y disciplinar a los sectores renuentes – por atrasados o contestatarios – a incorporarse al proceso. Acorde con el espíritu positivista, a la ciencia se le acometió un contenido central…” (2).
Dentro de ese contexto ideológico, el “europeísmo” y el “racismo” fueron elementos permanentes del pensamiento “oficial” y los instrumentos más adecuados para justificar la dominación imperialista como forma de integración de la Argentina al “progreso” (ahora, en estos tiempos globalizados cambiamos el término “progreso” por “mundo”, es decir, un nuevo artilugio semántico con que disimular el sometimiento) y a la “prosperidad capitalista”, a través de su integración al mercado mundial. La ideología cientificista y la utopía del progreso indefinido estaban presentes en el conjunto de la vida intelectual y política argentina; en los cuadros intelectuales del régimen conservador y en los profesionales que integraban los equipos con que los gobiernos finiseculares buscaban modernizar la acción del estado en la sociedad civil. También en las vanguardias obreras (socialismo, anarquismo) influenciadas por las tendencias racionalistas de la izquierda europea y que comulgaban con un cierto cientificismo crítico en su lectura de la realidad, pero con un criterio transformador: “La izquierda en la Argentina –escribió David Viñas – aparece como resultado mediato del impacto inmigratorio: con la entrada masiva de obreros europeos, y el proceso correlativo de concentración urbana, se darán las condiciones para la formación de partidos que a través de sus voceros formulen la necesidad de modificar la estructura social en su totalidad”.(3) Tanto más cuanto que a esta semejanza infraestructural se une el que los inmigrantes traían ya las ideas proletarias de Europa, siendo no pocas veces ellos líderes obreros voluntaria o forzosamente exiliados.
Concretamente, existe una relación ineludible entre la dominación cultural y el racismo, siempre – claro está – en perjuicio de los sojuzgados. Así, enmascaradas por el prestigio de las ciencias naturales; que a partir de las grandes clasificaciones y del reordenamiento del saber efectuado en el siglo XVIII habían perfeccionado sus métodos hasta alcanzar resultados notables, las potencias imperiales construyen el sofisma de “la pesada carga del hombre blanco” quién asume voluntariamente la “sagrada misión” de elevar a los pueblos colonizados de la “infancia de la humanidad a la cima del progreso social y tecnológico”. Cuando, en realidad, este falso “progreso” se reproduce gracias a la super explotación de las masas oprimidas y al irracional saqueo de los recursos naturales, que son las materias primas indispensables para asegurar la continuidad de la expansión imperialista.
A partir del siglo XIX y de la mano con la generalización del colonialismo europeo en todo el mundo, la cultura occidental desarrolló una ideología abiertamente racista y ampliamente aceptada, a la que Ernst Nolte llegó a definir como una «rama del pensamiento europeo», y George Mosse como “el lado oscuro de la Ilustración“. A mediados del siglo XX, L’Encyclopedia Universalis incluyó un artículo denominado “Razas”, escrito por De Coppet que finaliza con la siguiente conclusión:
“A fines del siglo XIX, la Europa ilustrada es consciente que el género humano se divide en razas superiores e inferiores.”
El racismo europeo recurrió a la ciencia y en especial a la biología para jusificar la superioridad de los propios europeos, o de algunas de sus etnias, germanos, anglosajones, celtas, etc. sobre el resto de los seres humanos, así como la necesidad de que éstos fueran gobernados por aquellos. Este modelo de racismo seudocientífico fue luego repetido también en algunos países extraeuropeos como Estados Unidos para imponer el dominio anglosajón, Japón para colonizar Corea, China y otros pueblos del sudeste asiático, Australia para impedir la inmigración asiática, y en América Latina con las políticas implementadas para “reducir el factor negro“, a través del mestizaje y otros mecanismos de “limpieza” étnica…
Más clara aún es la adopción del racismo como defensa de su clase por la oligarquía más tradicional de la Argentina, es decir, la terrateniente y dentro de ella a la que menos mano de obra necesitaba, la ganadera. La inmigración, en afecto, servia para fortalecer a sus competidores de clase y amenazaba con crear una nuava clase proletaria que la derrocara.
Contra esta inmigración se adujeron, pues, múltiples argumentos y se estrellaron las protestas de los grupos más tradicionalistas que denunciaban “las hordas apátridas” o las “masas iletradas” que “ya no saben servir”. Ya antes, incluso, los conservadores se replegaron en clanes, ofreciendo un sistema endogámico rígido como defensa de sus intereses económicos. Nadie lo dijo más claro que Cané: “Nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, cómodo y peligroso…. Salvemos nuestro predominio legítimo, no solo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuando es posible, sino colocando a nuestras mujeres a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba”. Santiago Calzadilla recuerda nostálgico “aquellos lindos cuerpos de mujeres… productos de la raza española sin mezcla de gringo, o gringa. Eran criollas pur sang, como se dice hoy” y Julián Martel, indignado y decepcionado, anota: “da pena ver la facilidad con que estos aventureros encuentran aceptación entre las muchachas porteñas… Ellas posponen a cualquier hijo del país cuando se les presenta uno de esos caballeros de la industria que al venir a nuestra tierra se creen con los mismos derechos que los españoles de tiempos de la conquista”. (4)
Para intentar clarificar este panorama, Oscar Bosetti, en un artículo publicado en los albores del período democrático iniciado en 1983, remarca que este “corpus” de ideas y conceptos que él denomina “el concreto de pensamiento” se dio, efectivamente, en el plano de la realidad objetiva (el concreto real): la oligarquía terrateniente y sus más ilustres “intelectuales orgánicos” (abogados, dirigentes políticos de la partidocracia demo-liberal, escritores y, en fin, el grueso de los cuadros superiores de las Fuerzas Armadas) se sintieron social y culturalmente identificados con las élites metropolitanas y transfirieron, por ejemplo, el “racismo” de éstas a las poblaciones indígenas, mestizas y criollas del Interior y, más tarde, a los españoles, italianos y centroeuropeos que conformaban la mayor parte de la ola inmigratoria producida entre 1870 y 1890. (5)
Y esto se inserta en uno de los puntos difíciles del nacimiento de la Antropología Argentina, con hombres preocupados por la cultura material de los pueblos originarios pero no tan preocupados por el aniquilamiento de los portadores de esa cultura. Así, algunos epígonos del “progreso” saludaron al alcoholismo y las enfermedades, como una forma “incruenta” de despejar los territorios que serían ocupados por los brazos laboriosos de una inmigración que, suponían, estaría compuesta por los arquetipos idealizados del conde de Gobineau. Al respecto, de una verdad insoslayable nos parecen las palabras de Miguel Cané, pronunciadas el 29 de agosto de 1899 en ocasión de debatirse la concesión fiscal a los salesianos de aquella misión, expresando: “Yo no tengo, señor Presidente, gran confianza en el porvenir de la raza fueguina. Creo que la dura ley que condena los organismos inferiores ha de cumplirse allí, como se cumple y se está cumpliendo en toda la superficie del globo…”
Aunque hay que reconocer que este período también produjo voces disidentes, aunque no lo suficientemente reconocidas. Tal, la de un gran argentino, un olvidado, Adán Quiroga (1863-1904) quién, desde una actitud apegada a lo telúrico y empeñada en la revalorización de las razas que poblaban nuestro territorio en el momento de la conquista, advertía sobre los peligros de un exagerado cosmopolitismo. Dice Quiroga en su obra “Calchaquí”: “los acontecimientos históricos han de hacer resaltar la virilidad de la nación calchaquí y la importancia del suelo catamarcano (sic) por sus recuerdos clásicos en la lucha de las dos civilizaciones y de las dos madres razas” Y agrega: “Apartar al indio de nuestra historia es desdeñar nuestra tradición, renegar de nuestro nombre de americanos.”
Hay que recordar que en ese momento histórico el pensamiento positivo había alcanzado una validez universal y sus concepciones abarcaban todas las disciplinas. A partir de 1860 las ciencias biológicas ganaron terreno sobre los estudios físicos y matemáticos: parecía que, de algún modo, los biólogos estaban en posesión de las leyes que rigen la vida, así como los sociólogos aparentaban señorear el desarrollo del cuerpo social. Así lo creyeron, al menos, hombres como Sarmiento quién, a lo largo de su obra plantea el modelo biocultural spenceriano de la irredimibilidad de las razas criollas hispanoamericanas para alcanzar el progreso, tal como está de manifiesto en el contexto de la teoría del hombre blanco, o en los textos de Carlos Octavio Bunge y José María Ramos Mejía.
Para la “oligarquía paternalista”, expresión que pertenece a Pérez Amuchástegui, son tiempos de optimismo, de fe profunda en el progreso indefinido. Y a medida que la naturaleza va dejándose arrancar sus secretos y la clave de su evolución, va creciendo en forma paralela el intento fáustico de llegar al estadio positivo de Comte, donde el poder espiritual pasa a manos de los sabios y el poder temporal a manos de los industriales. De ahí el afán fundacional de Museos, que oficiarían como “catedrales profanas” del saber y el científico ejercería la función de sumo sacerdote.
En la Argentina había honrosos antecedentes en este campo. En 1872 se constituyó la Sociedad Científica Argentina en el Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, por inspiración del entonces estudiante Estanislao S. Zeballos. Zeballos había expuesto la necesidad de “fundar una sociedad que sirviera de centro de unión y de trabajo para las personas que desearan servir al desarrollo de las ciencias y sus aplicaciones. Fue, como lo recuerda el matemático e historiador de la ciencia José Babini, la única tribuna científica argentina y el único centro de consultas sobre cuestiones de este tipo para los gobiernos de la Nación y de la provincia de Buenos Aires. La Sociedad Científica creó un Museo, organizó cursos y conferencias, promovió expediciones y viajes a territorios a un no sometidos al Estado nacional – Como los de Francisco P. Moreno y Ramón Lista a la Patagonia – y desde 1876 publicó sus Anales, que continúan apareciendo en la actualidad.
Pero, ya que de paradigmas hablamos, estos estudios se realizaron en el marco de un acentuado etnocentrismo, anterior aún al desembarco del positivismo en nuestras playas. Las terribles palabras de Alberdi son la prueba elocuente: “El salvaje del Chaco, apoyado en el arco de su flecha, contemplará con tristeza el curso de la formidable máquina que le intima el abandono de aquellas márgenes. Resto infeliz de la criatura primitiva: decid adiós al dominio de vuestros antepasados. La razón despliega hoy sus banderas sagradas en el país que no protegerá ya con asilo inmerecido la bestialidad de las razas” (6) Este párrafo, escrito en los años 50 se arraigará con fuera en el escenario político argentino de treinta años después. Ante la imagen didáctica de un indígena que observa pasar un ferrocarril, Alberdi desarrolla magistralmente toda la teoría cientificista desarrollada en 1880, cuyos máximos exponente fueron los intelectuales positivistas ya nombrados y en el campo de la literatura los representantes de otro paradigma de la época: el naturalismo.
Prevenciones similares encontramos, tras la crisis del 90, en el llamado “Ciclo de la Bolsa” y su incipiente antisemitismo en el libro de Julián Miró. Eugenio Cambaceres, Segundo Villafañe y Carlos María Ocantos son los otros exponentes de este período literario. En realidad, la obra de estos autores reflejaba la desilusión del ideario forjado por Sarmiento, Julio A. Roca o José Ingenieros dado el escaso aporte cultural y científico de los obreros, artesanos y campesinos inmigrantes que no se compadecía con los técnicos e ingenieros que no llegaron a estos puertos, o que vinieron solo como gerentes o especialistas de las empresas europeas y, ciertamente, poco contribuyeron para la imperiosa transformación social y cultural del pueblo.
De ahí que la glorificación liberal del extranjero manifestada por Alberdi, que la burguesía asumía contra el conservatismo xenófobo, se pase después, cuando la burguesía esté en el gobierno, a un antiliberalismo contra la inmigración y los movimientos contestatarios ligados a ella. El tránsito de Leopoldo Lugones del mayor radicalismo a la extrema derecha no es sino otra manifestación de esta evolución de la élite burguesa; y lo mismo, en sentido parcialmente contrario, la de Ingenieros.
Dado que la población exigía cada vez más su participación en el manejo de los asuntos de gobierno y no quería ya una democracia cosmética sino real, la burguesía renegó – como la francesa de principios del XIX – de tan peligrosa doctrina y se fue entregando a las dictaduras militares, en un ejército ya blanco, como diría orgulloso Ingenieros, que la libre de la “chusma” que rodeaba a Yrigoyen. Cuando a partir de 1916, los sectores dominantes advirtieron el fracaso del liberalismo y se asustaron ante la corporización de la participación popular, volvieron a equivocar el camino, “en lugar de replegarse hacia la tierra y reivindicar la nacionalidad junto al pueblo, buscó la adopción de modelos europeos: renegaron de Rousseau y admiraron a Maurras, denostaron el plebeyismo de Yrigoyen y se embelesaron ante la rusticidad de Mussolini, denigraron a Marx y aceptaron a Goebbels”. (8)
Coherentemente, el esquema liberal positivista adoptado por la oligarquía terrateniente nativa es la base misma de la elaboración histórico-cultural argentina, que afirma el principio de dependencia como ineludible camino para “transitar el desarrollo hacia el progreso” y, en ese intrincado recorrido, ayer la industria inglesa y la cultura francesa y en nuestros días el poderío y la “modernización” de las transnacionales de la globalización; aparecen, según algunas corporaciones, como las metas a alcanzar mientras se mantengan abiertas las puertas del país a las corrientes económicas, políticas y culturales provenientes de estos nuevos “centros de civilización”.
No obstante, en el 80 se concreta para la Nación un proyecto que a muchos puede no gustarle, aunque en su momento pudo ser aceptable. Un proyecto cuyos representantes no fueron un grupo homogéneo sino un conjunto que el historiador Jorge E, Sulé definió como “Los heterodoxos del 80” caracterizado por sus contradicciones y, a la vez, por la riqueza de sus expresiones. Si bien se definió por su tendencia europeizante, albergó al mismo tiempo un entrañable amor por el terruño (Lucio V. Mansilla). Existió, como dijimos, adhesión al naturalismo de Zola, pero sus expresiones en el Plata (Cambaceres, Martel, Sicardi) no fueron dóciles remedos de postulados científicos ni de la ley de la herencia. Cierto es que muchos fueron injustos con el gauchismo y con su desdén al Martín Fierro, pero otros como el nombrado Quiroga, también censuraron la inmigración masiva que menoscababa las esencias nacionales. Se habla de un descreimiento religioso, por haberse entonces sancionado la educación laica y el registro y matrimonio civil. Pero existía en muchos un deísmo, quizá no ajustado a dogmas, pero sincero y vivencial. En Wilde y Cané se advierte cierta nostalgia de Dios, así como en Estrada y Goyena hay fervorosa adhesión a la libertad de la mente.
La Argentina que nace en el 80, se proyecta en el siglo XX y XXI, se renueva en 1916, entra en crisis en el 30, estalla en la década del 40 (tiene una fecha liminar en el 17 de octubre de 1945), se empantana en el 55, sufre su hecatombe en el 76 y eclosiona en el 2001. En suma, hemos recorrido un tortuoso camino para llegar al Bicentenario, pero los acontecimientos que se avecinan auguran ser venturosos, con una Argentina tajantemente insertada en Hispanoindoamérica, que rompa definitivamente con la colonización cultural y la dependencia económica. Solidaria con el dolor y la esperanza de todas las naciones de la América morena “que aún reza a Jesucristo y aún habla el español.”
Notas:
(1) Orione, Julio y Rocchi, Fernando A. “El Darwinismo en la Argentina”. En: “Todo es Historia” N° 228. Bs. As. 1986
(2) Pérez Gollán, José A. “Mr. Ward en Buenos Aires”. En: “Ciencia Hoy” V. 5 N° 28 Bs. As. 1995
(3) Viñas, David “Literatura argentina y realidad política” Jorge Álvarez. Bs. As. 1964
(4) Onega, Gladys “La inmigración en la literatura argentina: 1880-1890” Ed. Galerna Bs. As. 1969.
(5) Bosetti, Oscar “Las variables del pensamiento dependiente”. En “Crear en la Cultura Nacional” Nº 15 Bs. As. 1983
(6) Alberdi, J.B. “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” En: Alberdi, J.B. “Organización política y económica de la Confederación Argentina”. Bezanzon, 1856, p.54
(7) De Lucía, Daniel Omar “Buenos Aires 1900. Imaginario cientificista y utopía de progreso”. En: “Desmemoria” Año 7 Nº26 Bs. As. 2.000
(8) D´Atri, Norberto “Del 80 al 90 en la Argentina”. A. Peña Lillo Editor. Bs. As. 1973.
(*) Prosecretario y Académico de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”
(**) Comunicación para el Segundo Encuentro de Historia Revisionista “José Gervasio de Artigas” realizado en la Universidad Nacional de Lanús el 12 de noviembre de 2011.
No hay comentarios:
Publicar un comentario