Twitter

martes, 13 de diciembre de 2016

Tinkunaco 3.106/16 - Re: [catorce_bis] Doctrina: Actualidad permanente

ENSAYO POLITICAMENTE INCORRECTO - CUANDO EL DERECHO ES MARGINAL

        (Los grandes contradictores posmodernos del Derecho, con especial referencia al país de los argentinos). Agosto 2008. Inédito.

                                                                                          Claudio Eduardo Andino         

                                                                                      Incapaz de hacer fuerte lo que es justo,
                                                                                         el hombre hizo justo lo que es fuerte.
                                                                                                              Blaise Pascal    


      Este gran terremoto de ideas llamado postmodernismo, en sus diversas manifestaciones, reconoce su identificación a través de una serie de notas distintivas: la crisis de la idea de la racionalidad y el progreso indefinido, la llamada muerte de Dios y el ocaso de los dogmas metafísicos, la puesta entre paréntesis de la posibilidad de alcanzar verdades absolutas o universales, o simplemente de concebir algunas certezas basales; la aceptación de alguna medida de relativismo (cultural principalmente) como  herramienta de convivencia y tolerancia y, en lo que respecta al Derecho, su limitada eficacia como paradigma modelador de sociedades (puesta en duda del llamado “Estado de Derecho”) o de simples conductas individuales (el individuo inmerso en habituales conflictos y situaciones anómicas).

       Las vías de análisis del pensamiento postmoderno (con sus más y sus menos), han evidenciado –desde nuestra perspectiva- a varios grandes grupos o colectivos sociales que suelen operar contra la vigencia o eficacia de los órdenes jurídicos de las sociedades nacionales, excepción hecha de las categorías clásicas de delincuente, anarquista, revolucionario y equivalentes. Entre los más notorios podemos mencionar:

   * Las dirigencias, elites o grupos con poder, en sus tres variables: 1) los que actúan desde la posesión de alguna autoridad legítima; 2) quienes operan paralela, disimulada o clandestinamente respecto a las primeras y 3) quienes están en condiciones prácticas y evidentes de desafiar a las estructuras formales del poder público (contestatarios organizados, opositores políticos);

   * Los marginales o excluidos por cualquier causa del sistema socioeconómico (también ciertos grupos de refugiados o emigrantes);

   * El llamado “terrorismo” en su variable de expresión de identidad de raza, religión o pueblos privados de estructuras estatales propias;

   * Quienes hacen de la corrupción político social un medio importante de obtención de ingresos y favores (empresarios, financistas, especuladores, traficantes de influencias, dinero, drogas, armas y cualquier mercadería prohibida), y

   * aquellos integrantes de los sistemas de administración de justicia, seguridad y organismos de contralor administrativos (y sus corporaciones, cooptados y clientes) que son funcionales a los factores de poder y por tanto incumplen en mayor o menor forma sus responsabilidades propias como garantes del orden jurídico, en la medida que son parte insoslayable de la impunidad y lo irresponsable del ejercicio del poder-función legítimo, para el que brindan la necesaria pátina de legitimidad y juridicidad al sistema, generalmente por omisión de represión legal oportuna.

    Complementario a la actuación de todos estos grupos se presentan dos elementos conductuales o sociales insustituibles, ya en forma evidente o subrepticia, como lo son la mentira (discurso que propone como cierto lo que se presupone falso) y la simulación (actitud que presenta como auténtico lo que se tiene por representado).

    Desarrollaremos las características esenciales de alguno de ellos y los modos en que operan para hacer ineficaces los órdenes normativos que formalmente debieran aplicar o serles aplicables.


I. Detentadores del poder.

   Basándonos en algunas ideas del pensamiento alternativo, puede decirse que el Derecho cumple de hecho las funciones de ser uno de los tantos discursos legitimantes del poder en un Estado moderno, como suelen serlo los demás procesos de socialización, en especial la educación, las tradiciones y (en muchos casos) creencias o religiones familiares y, finalmente, el grupo de pertenencia (en la medida de las mayores o menores limitaciones de su interacción con otros grupos sociales). En este sentido, el llamado “Estado de Derecho” ocupa el lugar de un mito posmoderno, de un símbolo de racionalidad (por lo menos entre los occidentales del norte del Río Bravo y europeos; entre nosotros es más bien una meta utópica en contraste con las propias realidades).

   Además, el Derecho dota al poder de dignidad, de límites, de funcionalidad sistémica, de presupuesta igualdad para todos los sometidos a él; presenta el control social y las relaciones de dominación con un ropaje de necesidad para lograr el bien común o el bienestar general (recordar el Preámbulo de nuestra Constitución política). Los Estados dicen detentar el monopolio de la violencia física, aunque en realidad, la ejercen conjunta  y promiscuamente con todos los contradictores de la normatividad que identificamos en este capítulo, en la medida que estos grupos compiten con diferentes grados de impunidad contra la violencia estatal por medio de sus conductas desviadas del “orden natural de las cosas” o la “conciencia colectiva” (Durkheim) (*).

   El poder, al decir de Labourdette (1984), es el “protagonista principal de la vida social, el vertebrador privilegiado de la sociedad global y de los procesos sociales, tanto estabilizadores como transformadores”.

   Todos los contradictores normativos emplean –en tanto integrantes de grupos participantes del poder o contrapoder (entendido este último como impunidad respecto de un poder referencial o legítimo)- diferentes grados de violencia o influencia para imponer las conductas deseadas dentro del mismo colectivo o respecto de terceros. Se sirven para ello de cinco elementos reconocibles: la fuerza, la intimidación, la simple capacidad de manipulación, la influencia y la dominación. 

   Los dos primeros integran el concepto habitual de violencia, cuyo significado más extendido es el de aquel fenómeno externo que cambia el orden natural, habitual o mayoritariamente esperado de las cosas o los sucesos. La fuerza tiene que ver con la violencia física mientras que la intimidación se vincula con la violencia espiritual, el temor y la amenaza. En ambos casos se busca torcer la voluntad y la conducta consiguiente de los sujetos pasivos para adecuarla a los fines queridos por el sujeto activo. Entre ellos hay relaciones de asimetría y de reciprocidad.

   La influencia excluye todo viso de violencia o intimidación. Tiene que ver con los valores comunes, con el ejemplo, modelo o paradigma que la figura, conducta y actividad del sujeto activo proyecta sobre el pasivo y la persuasión que tal fenómeno implica sobre la subjetividad y acción consiguiente de este último. Puede basarse en el respeto a-crítico que el dominado sienta por el dominador (“el patroncito siempre quiere lo mejor para mí, no se equivoca porque sabe más que yo”..., “Fulano de tal es un santo”... “una eminencia”...). La influencia es mucho más notoria en el terreno de las relaciones sociales.

   La manipulación se diferencia de la figura anterior, en que es un mecanismo social de imposición sobre el sujeto pasivo, de necesidades, compulsiones, condicionamientos, símbolos; ejercido de manera sutil, no evidente, oculto, hasta insidioso, para lograr determinados fines. Por ejemplo, para favorecer la existencia de una sociedad de consumidores, hay que generar centenares de miles de gastadores compulsivos en objetos inútiles o de utilidad discutible, que fueren obsesivamente cambiados con las modas frenéticas que se difunden por todo medio de comunicación posible. Se trata de un mecanismo totalmente ajeno a la razón y a la conciencia del manipulado. La publicidad es una de las más eficaces maneras de manipulación por medio de símbolos.

   El concepto de dominación, siguiendo a Max Weber, tiene un vínculo natural con la legitimidad en el ejercicio del poder. Toda dominación procura consolidarse mediante la legitimidad, lo que supone un grado importante de aceptación de parte del sujeto pasivo de las consecuencias de dicha situación de preeminencia del otro u otros (por ejemplo la situación de dependencia jurídica del trabajador respecto del empleador consagrada en la Ley de Contrato de Trabajo). Habitualmente la dominación tradicional o legítima va acompañada de un aparato burocrático que la sustenta desde lo funcional o lo operativo.    

   Aquí vuelve a intervenir el Derecho, porque el poder debe ser en buena medida regulador de situaciones, para lo cual se vale de las normas para poner límites al conflicto y al disenso respecto de la visión o interpretación dominante. En la vida social todos los fenómenos descritos: fuerza, intimidación, manipulación, dominación, pueden coexistir e interactuar de manera diversa. Sin embargo es en la actividad política donde las pretensiones de coacción y del monopolio y economía de la violencia por parte del Estado, torna más evidente el juego de sus roles recíprocos.

   Para evitar confusiones, hay que mencionar que el poder no se presenta como un concepto unívoco sino que resulta de la conjunción variable de diversos elementos interactuantes, tales como: 1) individuos (sujetos activos y pasivos); 2) espacio o entorno de ejercicio del poder; 3) ideas y creencias dominantes y emergentes; 4) recursos y tecnología disponibles y 5) la eficacia de la organización al servicio del poder.

   En la variable “individuos” es menester considerar todas las características sociales de éstos, sus modalidades individuales y grupales, tamaño de la población, productividad económica, eficacia de su organización política, sus indicadores demográficos, grado de urbanización, población económicamente activa, estratificación o movilidad social, clases, uniformidad o disparidad étnica o religiosa.

   La variable “espacio” incluye los determinantes geográficos, ecológicos, climáticos, del ejercicio del poder.

   Las llamadas “ideas y creencias” (cultura para ciertos antropólogos sociales = modos de ver, de sentir y de actuar de las personas en base a las vivencias y conocimientos) constituyen la base simbólica con que los sujetos activos y pasivos se interrelacionan a través del poder. Están integrados por los aspectos morales, religiosos, ideológicos, filosóficos, científicos, jurídicos, artísticos, costumbrísticos, que estructuran la personalidad y la acción social de los individuos.

   Los “recursos tecnológicos” hacen referencia a la disponibilidad de materias primas, al desarrollo económico, los avances técnicos y científicos que se posean y el grado de independencia con que las elites políticas puedan aplicar tales recursos a satisfacer los intereses de esa específica sociedad nacional. Para buena parte de los estudiosos (ver Labourdette 1984), esta variable constituye la más importante o la base en la construcción del poder.

   Finalmente, las “organizaciones” aparecen como unidades sociales deliberadamente construidas y reconstruidas para alcanzar fines específicos (evidentes u ocultos). Para ello se articulan estableciendo una estructura jerárquica con distribución de roles, estatus, cargos y asignación de responsabilidades y tareas, a los que acompaña necesariamente una subestructura de poder interno (el poder externo será determinado por la eficacia del cumplimiento de los fines organizativos).

   Estamos en condiciones de retomar, desde otro nivel de abordaje, el análisis de las relaciones entre poder y Derecho. Desde un punto de vista ideal, el Derecho en sí se muestra como una imprescindible y beneficiosa herramienta para armonizar la vida de un colectivo determinado y reducir sus naturales conflictos a un nivel compatible con los objetivos o intereses esenciales o dominantes de tal comunidad.  

   La experiencia observable en todas las sociedades es que este rol “ideal” del Derecho se cumple en muy pocos casos o situaciones. Sólo se da en supuestos como los siguientes: 1) Cuando las relaciones, conflictos o necesidad de aplicar el Derecho se plantea entre individuos u organizaciones sin poder o con escaso poder social, como un medio de lograr reconocimientos de ventajas, garantías, límites o posiciones; 2) Cuando la trascendencia del caso en debate no afecta los intereses de detentadores o factores de poder; 3) Cuando la eficacia de las instituciones (valores culturales del respeto a las normas) o la independencia judicial están muy arraigadas y los efectos de la decisión serán habitualmente acatados por sus destinatarios, como un paradigma fuera de toda discusión.

   Por el contrario, la existencia de institucionalidad débil, compromisos o temores a represalias de terceros padecidas por los magistrados, presiones sobre los mismos, corrupción, puesta en peligro de beneficios adquiridos por la domesticación (estabilidad en el cargo, jubilación especial, adecuado nivel de ingresos, “colocación” de familiares directos o de individuos clientelares), grados de impunidad, factores culturales (anomia o desprecio hacia la normatividad formal) y otros de parecido tenor, suelen hacer que las consecuencias en la aplicación de las normas acorde a sus fines declarados queden habitualmente reducidos a los individuos y entidades sin poder, aunque incluidos en el sistema (ellos pueden ser fácilmente ubicados, afectados en su libertad o sus bienes por el imperium judicial, a diferencia de los poderosos y los marginales). Un ejemplo muy claro en este aspecto es el sistema impositivo argentino: pagan mucho más impuestos en relación a sus ingresos los asalariados cuya retención se efectúa por terceros (trabajadores por sus empleadores: ganancias; o consumidores por vendedores: valor agregado) que otros contribuyentes cuya iniciativa de pago depende de su voluntad y “declaraciones juradas” (actividades empresariales, financieras, inmobiliarias, etc.). Los excluidos y participantes de economías marginales (trabajadores no registrados, cuentapropistas, beneficiarios de modos de ingresos ilícitos), tampoco suelen tributar en la medida y habitualidad de los primeros.

   Otro tanto ocurre con la persecución de ilícitos. Son reiteradas y conocidas las estadísticas que demuestran que el porcentaje de condenados en las cárceles, medidos por sus niveles de ingresos, no guarda relación alguna con su distribución en la sociedad. Dicho de otra manera: no hay el mismo porcentaje de excluidos, pobres, clase media y clase alta en las cárceles que su equivalente en la sociedad, de lo que podría inferirse que los primeros son “feos, sucios y malos” como en aquel recordado western, o que los individuos con poder tienen muchos más medios para impunizarse frente a los delitos que cometen (asistencia jurídica eficaz, dilatoria o asociada a cierto tipo venal de magistrados; relaciones, falta de publicidad de sus ilícitos).

   En síntesis: el grado de cumplimiento del orden normativo está en relación inversa a dos situaciones extremas:

   I) En el vértice de la pirámide social, respecto del poder que el individuo u organización posea en el grupo o sociedad de pertenencia;

   II) En la base de los mismos, al nivel de exclusión que el individuo padezca respecto al colectivo sujeto a normas. Con respecto a estos últimos, ver desarrollo más amplio en el apartado siguiente.

II. La cuarta clase social (los excluidos).

   En la pasada década de los 90’s el autor recuerda haber oído a un chusco proponer que al entonces Presidente Menem había que conferirle el primer Premio Nobel de Sociología, por ser el inventor de una nueva clase social: la clase “ténia” (imitando el decir riojano y cambiando el acento de lugar, en vez de tenía), la que ténia empleo, ténia casa, ténia auto, ténia salud...                                 

   Más allá de la chanza, la anécdota hace referencia a los marginados de cualquier sociedad, a quienes sus niveles socio-económicos los alejan de cualquier posibilidad razonable de consumo, utilización de servicios y desarrollo individual o familiar. Provienen de distintos estamentos: los que por su estado de educación práctica no logran calificar para ningún empleo de ingresos aceptables, los inmigrantes de países o etnias que no son fácilmente asimilados por la sociedad de destino, ciertas minorías nacionales (aborígenes, las llamadas “tribus urbanas”), los habitantes de zonas determinadas (“villeros”, “okupas”, los residentes en lugares rurales de difícil acceso), que desempeñan los oficios o tareas despreciados por el resto (recolección y clasificación de residuos, domésticas, prostitutas, abrecoches en la vía pública, trabajadores rurales golondrinas, pegatinas de carteles en las campañas políticas; matones, guardaespaldas y barrabravas al mejor postor, vendedores de ocasión, changuistas todo servicio), forman parte de los “sintecho” (homeless) de las zonas urbanas y suburbanas, mendigos, trashumantes o vagabundos (“crotos”, “linyeras”, “vagos”), los indocumentados, los desocupados crónicos, la niñez en situación de abandono o depositada en los paradojalmente llamados “Institutos de Guarda de Menores”, buena parte de los lisiados y minusválidos y –categoría lamentable de los tres últimos lustros en nuestro país- los ancianos con prestaciones previsionales mínimas o que no tengan familiares que provean a sus necesidades básicas.

   Es imposible determinar el número total de los marginados locales ajenos a la protección eficaz (no declamativa o potencial) de las garantías del orden jurídico. La dispersión de la población afectada es muy dispar según sea la variable referencial que se tome: educación, ingresos, género, provincia de residencia, condición etaria, etc. La exteriorización de la verdadera magnitud de estos datos es siempre “políticamente incorrecta” para las mayorías gobernantes de turno pues contrastan directamente con la declamada eficacia de su gestión y por ello se ha incorporado a la cultura política de las últimas décadas la costumbre de falsear los datos estadísticos acerca de su magnitud, reduciéndola. 

   El nivel de educación general de los argentinos es un tema vergonzante que pocos se atreven a tocar, y los pocos que lo hacen corren el riesgo de ser acusados de discriminatorios y aristocratizantes. Además, demuestra el abandono del tema que la clase política vernácula viene adoptando desde hace décadas, cualesquiera fuese su pertenencia partidaria. Siguiendo las pautas mundiales de la UNESCO (clasificación de la población de los países por niveles alcanzados de educación), en el primer grupo estandarizado, sumando a los argentinos analfabetos más los de instrucción primaria o elemental incompleta más los de instrucción primaria completa, se llega a un universo del 54% de los habitantes. En el grupo superior, sólo el 4% tiene instrucción terciaria o universitaria completa, datos todos proporcionados por el Ministerio de Educación de la Nación en Agosto de 2000 (1). Debe precisarse que se toman niveles formales de escolaridad alcanzados y no calidad o tiempo de instrucción efectivamente impartida; de tal modo la estadística internacional iguala a un escolar con primaria completa de Suecia, Argentina y Tuvalu.

   Una de las principales consecuencias de la marginación está vinculada a la ausencia o menguada posibilidad de ejercicio de sus derechos y a la protección del orden jurídico, al que sí acceden, aunque con alcances diferentes, las otras tres tradicionales clases sociales (alta, media y baja y sus subdivisiones). Se trata de un perverso círculo vicioso: porque no tienen educación ni medios materiales no conocen mayoritariamente sus derechos o no pueden ejercerlos, por una razón de costos (servicios de un abogado o de la administración de justicia). Por no estar jurídicamente protegidos son objeto de, o están en peligro de, todo tipo de abusos e ilícitos por el resto de las personas incluidas socialmente o los de su propia clase.

   Integran la inmensa mayoría de los procesados o los condenados que moran las cárceles, los burlados, sometidos y estafados por empresas de consumo masivo, propaganda engañosa, vivillos y aprovechadores, los que padecen enfermedades que por falta de oportuno cuidado los llevan a una muerte prematura (6% de los argentinos, alrededor de 2.220.000 seres, no sobrepasará los 40 años de vida; Naciones Unidas, Informe para el Desarrollo Humano, 1998), la gran parte del 29% de la población argentina que carece de agua potable y servicios de salud (NN.UU. ídem Informe anterior), los subalimentados con residuos de casas de comida o comedores populares, los que los índices estadísticos oficiales categorizan como indigentes, que alcanzan al 8,7% de la población del país, unos 3,5 millones de personas (2); en fin, esa corte de los milagros que los políticos de derecha ignoran o condenan atribuyéndoles la pretensión de vivir a costa del Estado y de los que trabajan y pagan impuestos y los de izquierda o señores feudales de provincia, salvo en el discurso, no incluyen en realizaciones prácticas pues son votos cautivos clientelares o simplemente no votan en gran parte (por indocumentados, por desidia o por conciencia de la inutilidad del sufragio) y no son especialmente perceptibles debido a su baja conflictividad y protagonismo (militancia) social, salvo estallidos esporádicos y puntuales de piqueteros, artesanos o inquilinos desalojados .

   Siguen las diversas estadísticas del espanto: el 10% más pobre de la sociedad tiene 30 veces menos ingreso que el 10% más rico (3); en la opulenta Buenos Aires con u$s 13.330 de PBI per cápita, el más alto del país (4) duermen 800 personas en la calle (5); en 2006 el anuario estadístico del INDEC indicaba que en el llamado Gran Buenos Aires, 300.000 jóvenes entre 15 y 21 años no trabajaban ni estudiaban, cifra que se había duplicado en el año 2008 según informes de la televisión pública, mientras que tasa de delincuencia en la Capital federal pasaba de 204,6 casos judiciales registrados por cada 10.000 habitantes en 1990 a 703,2 en 2005 (344% de incremento entre los inicios de la Presidencia Menem a mediados de la Presidencia Kirchner) (6), datos que deben corregirse con las encuestas que demuestran que, en promedio, las víctimas denuncian por diversos factores alrededor del 50% de los delitos que sufren, a lo que hay que sumar un porcentaje desconocido de “desaparición de delitos a nivel de comisaría” por diversas situaciones estructurales de incompetencia o corrupción, con lo cual llegan a los registros de los juzgados bastante menos del 50% de los ilícitos cometidos.

   La mayoría de nuestros marginales no suelen existir con individualidad expresa para los ordenamientos jurídicos positivos, los que sí incluyen a las categorías de ciudadanos, contribuyentes, habitantes, propietarios, trabajadores, inquilinos, usuarios, etc., variables todas ellas que suponen un mínimo patrimonio, educación, capacidad de obtener ingresos, elegir entre opciones y protagonizar actos jurídicos y procesales, posibilidades que, por lo común, no tienen los desclasados.

   El Derecho no cuenta a estos últimos entre sus destinatarios operativos específicos y ellos no actúan como sujetos de derechos. Soportan los abandonos, los N. N., los “ninguneos” habituales del entorno. Tampoco suelen calificar para los planes de asistencia, que en nuestras prácticas nacionales se obtienen por intermediación y en sociedad con algún militante, “puntero” o dirigente político. No son buscados por las policías cuando desaparecen porque nunca aparecieron del todo (indocumentados, domicilio no registrado en los padrones electorales), como sí ocurre cuando la víctima es hijo de un empresario, vive en la zona norte del conurbano, o tiene repercusión mediática, por ejemplo.

   La mayoría de los integrantes de los grupos excluidos soportan los índices más graves de necesidades básicas insatisfechas: ingresos mínimos para subvenir la canasta de alimentos, medicamentos y vestiduras, vivienda adecuada para su grupo familiar, educación mínima para calificar para empleos que proporcionen ingresos que satisfagan sus necesidades vitales y a las de sus personas dependientes. Carecen las más de las veces de ingresos y ocupaciones estables y sus modos de vida, valores y normas difieren de manera evidente de los del resto de los habitantes.

   Es más, si estando en edad laboral pudieren ser candidatos a empleos de baja calificación, suelen ser automáticamente discriminados por circunstancias objetivas tales como lugar de residencia (villas o asentamientos de emergencia), relación edad / constancias de trabajos / experiencia anteriores, existencia de antecedentes penales, salud desatendida (minusvalías, chagas y otras enfermedades endémicas, falta de piezas dentales), modalidades de expresión y calidad de discurso (vocabulario limitado, lunfardo o “canero”) e incluso desaliño personal (suciedad, ropas inadecuadas o rotas) al momento de la entrevista de selección. 

   Por condicionamientos vitales, se desenvuelven respecto a los ingresos y al trabajo entre cuatro posibilidades muy nítidas:

   a) El empleo fijo, de muy difícil obtención y mantenimiento por las circunstancias apuntadas;
   b) Tareas temporales (changas, “cirujeos”, cuentapropismo, “buscas”, “cartoneros”, repartidores de volantes en la vía pública);
   c) Tareas al margen de la ley que no impliquen asesinatos u otros delitos mayores (“pibes chorros”, “mulas”, “pasadores”, reducidores, descuidistas, pequeños estafadores, “levantadores de autos”, hurtos de elementos de la vía pública en situación de descuidismo o impunidad);
   d) Ocupaciones alternadas de las tres anteriores según necesidades.

   El marginal social es consecuentemente un marginal normativo. Muchas de las encuestas o entrevistas de los medios de difusión pública a este estamento establecen que los interrogados aceptan como habitual tener por profesión o medio de vida “el choreo” y que esto lo hacen como una manera “natural” de obtener ingresos. Entrevistas de tenor similar –pero a personas socialmente incluidas- demuestran su rechazo genérico e irreflexivo a los congéneres excluidos: “que vayan a trabajar”, “que no pidan que el Estado les dé todo”, “que se ganen lo que comen, como nosotros”, “que paguen impuestos”, suelen sostener, como si el acceso a los medios mínimos de educación estándar para la convivencia y la supervivencia, fuere una oportunidad al alcance de todos.

   El sistema normativo muestra en tales situaciones su ineficacia tanto para garantizar derechos básicos para todos los individuos de la sociedad nacional, cuanto para evitar comportamientos desviados en magnitudes directamente proporcionales al crecimiento de la marginación.

      Sintetizando, para los marginales el Derecho es sólo un medio de control social y de represión de los desviados, cuando logra hacerse efectivo. Cuando no les alcanza, es meramente inexistente, en la figura de la anomia clásica.


III. De profesión: corruptos.

       La corrupción es un fenómeno recurrente de las sociedades humanas que varía según las épocas y las culturas, pero que se distingue por cuatro elementos principales:

   a) Un componente normativo, que distingue de dos maneras posibles: 1) al sujeto pasivo agredido por el ilícito proveniente de la aplicación de la regla estatal; 2) al sujeto fautor o promotor de normatividad sancionada ex profeso para generar corrupción (promociones, subsidios, exenciones particulares, oscuridad, latitud, excesivo reglamentarismo de las reglas aplicables); 

   b) Un sujeto activo, el corruptor en situación de poder (Funcionario o empleado público, legislador, dirigente de corporaciones o empresas privadas o sujetos particulares con preeminencia social) que, llevado por motivaciones económicas o culturales, comete ilícitos induciendo a terceros a violar un orden jurídico local o trasnacional;

   c) Un sujeto pasivo, el tercero corrompido (También funcionarios y particulares, etc.) que, generalmente por razones materiales o sensuales, se deja corromper, cometiendo ilícitos contra el orden jurídico local o alguno trasnacional;

    d) Un componente cultural: el grado de aceptación o rechazo que estas situaciones de corrupción generan en los individuos del común (mass-media) de la sociedad afectada, y su valor correlativo: el grado efectivo en que los componentes de una sociedad participan o toleran actos de corrupción, más allá de los rechazos exteriorizados a nivel de discurso público o privado. Están vinculados a otra variable que les es correlativa: el mayor o menor grado de impunidad que en cada sociedad acompaña efectivamente a la corrupción, que puede obrar como un freno o como potenciador de esta figura.

       Corrupción y poder están íntimamente conectados. Para lograr aquéllos de sus fines que estén en contradicción con el orden jurídico (enriquecimiento personal, aprovechamiento de las estructuras públicas en beneficio propio o de terceros, mero incremento ilegítimo del poder), ambos fenómenos interactúan con una nueva variable: la neutralización del poder coactivo del Estado para perseguir ilícitos, vía impunidad, con la necesaria participación de estructuras e individuos integrantes del poder represivo legítimo (funcionarios, jueces, fiscales, miembros de los servicios de inteligencia y seguridad).  

       El corrupto no sólo espera cometer un ilícito, sino que simultáneamente se eviten en su perjuicio las dos sanciones más graves posibles: la estatal y la social (difusión del acto). Por ello, una variable más se halla siempre presente en el binomio poder-corrupción: es el secreto, que puede definirse como una categoría especial de la impunidad: la impunidad de la intrascendencia al entorno del corrupto.

      Los efectos de la corrupción, los estructurales abusos de poder y conductas desviadas, el secreto y la impunidad en la sociedad argentina han marcado de manera profunda la calidad de vida de sus integrantes en el último medio siglo, cuanto menos. Algunos ejemplos conocidos los recordarán.

   * El inexplicable crecimiento del endeudamiento interno y externo del Estado, para tomar sólo cifras de los últimos tiempos: pasó de u$s 7.500 millones en 1976 (derrocamiento militar de María Isabel Martínez) a u$s 200.000 millones en 2001 (Huída de Fernando de la Rúa), sin responsables visibles o destinos justificables (desarrollo de la economía y la infraestructura, planes de salud, etc.) por la introducción de tamaña masa de dinero formalmente prestada. Hay que recordar que al tomador del préstamo, según las tasas, las prácticas financieras internacionales reconocen una “comisión” de entre el 1 y el 5% del valor del préstamo (entre 2.000 y 10.000 millones de dólares se fagocitó la clase política vernácula en 25 años por el mero servicio de endeudar al país; he aquí una de las múltiples razones del súbito enriquecimiento de buena parte de nuestros dirigentes).

   * Los innumerables y continuados casos de negociados, escándalos, malversaciones, sobreprecios, incrementos injustificados de fortunas personales de políticos y funcionarios y empresas a ellos vinculadas, en perjuicio del erario público, que trascendieron durante décadas, que se diluyeron al cabo sin una condigna identificación y condena de sus autores, por absolución de las personas o prescripción de los delitos o en las causas por deficiente investigación, por obra del sistema judicial, normas procesales complicadas y abogados al servicio de la impunidad de ilícitos a cambio de jugosos honorarios.

   * El aumento de la presión impositiva y consiguiente descenso de la calidad de vida de la población, afectada históricamente y hacia el futuro para solventar el endeudamiento creciente de las cuentas públicas, sin perspectiva alguna de cambio (los sucesivos planes de refinanciamiento o “default” sólo disfrazaron manejos en los balances del Banco Central: cuando disminuía el endeudamiento en dólares –Plan Brady- aumentaba al poco tiempo en moneda local – “pesificación” y alteración de los índices oficiales por politización del Instituto Nacional de Estadística y Censos-)

  * Grupos dirigentes que en el manejo del Estado nacional, desde los inicios como Nación, se han caracterizado –salvo muy contadas excepciones- por una constante de improvisación, incompetencia, rapacidad, aprovechamiento de las estructuras públicas en su beneficio particular, energías dedicadas a la construcción de poder en desmedro de los requerimientos de servicio propios del cargo circunstancial y falta de responsabilidad (impunidad) frente a una sociedad inerme a este tipo de cultura política. En síntesis, el modelo institucional que emplea las estructuras estatales como botín de guerra de sus ocasionales ocupantes. 


IV – Intermedio aparentemente injustificado: ¿“Terrorismo internacional” o mártires de causas de los pueblos débiles?

      Con el fin de expresar cabalmente el sentido de las ideas que seguidamente expondremos, habrá de recurrirse a determinados relatos cuyo significado quedará en claro cuando precisemos sus modos alternativos de abordaje. Sólo tienen un rasgo en común: que expresarán al cabo tanto la visión del dominador cuanto del dominado, más débil, vencido o integrante de comunidades marginales o “exóticas”.

   Primer relato: Comienzos del siglo XIX d.C., en un bárbaro paraje del mundo, colonizado por una potencia retrógrada, practicante de una religión intolerante que dice ser la única verdadera, impuesta por su fuerza militar superior a la candidez de sus primitivos pobladores. La región está sometida a la metrópolis por unos administradores corruptos que protegen el contrabando local para burlar el monopolio comercial impuesto por la misma y distante autoridad central. Los descendientes de los aborígenes y de los colonizadores originales viven privados de la mayoría de los avances materiales y morales a que tienen acceso las sociedades más avanzadas del mundo

       Una de las naciones más progresistas para la época, patria de las libertades civiles y de mercado, condolida por el estado de degradación de los nativos, envía una fuerza expedicionaria con mercaderías, mercaderes y militares, para derrocar la estructura colonial y llevar a los nativos los beneficios de su cultura, libertad de mercado y creencias más tolerantes. Los habitantes locales, en su ignorancia e invencible imbecilidad, obrando salvajemente hombres y mujeres sin distinción, literalmente hierven vivos a los civilizadores perdiendo una oportunidad histórica de progreso. Tal actitud es reiterada  meses después.  

   Segundo relato: Siglo VII a.C., un pequeño pueblo, elegido de un dios vengativo e intolerante, logra grandeza a través de un conductor muy sabio. La debilitación de sus creencias, idolatrías posteriores y la debilidad militar frente a vecinos poderosos, llevan a la dispersión de ese pequeño pueblo por el mundo y a la pérdida de su territorio original, que es ocupado durante veintitantos siglos por adoradores de otro dios tan intolerante como excluyente. Ya en el siglo XIX dC y en otro lugar del mundo, algunos de los seguidores del pueblo disperso y perseguido conciben la idea mesiánica de retornar al lugar nativo de más de veinte siglos atrás para restablecer la patria perdida en los arcanos de la historia. Con la ayuda y pasividad de la misma potencia progresista y civilizada del relato anterior –que casualmente ocupaba con generosidad dicha comarca para llevar los beneficios de su cultura, instituciones y religión a los atrasados habitantes- durante siete décadas los mesiánicos van radicándose en la patria nunca olvidada, comprando territorios y formando colonias. Los nuevos inmigrantes, tras volverse contra la potencia permisiva y los pobladores preexistentes utilizando atentados y guerrillas, se declaran independientes, forman un estado y transforman su organización guerrillera y terrorista en su ejército nacional. Los nativos fanáticos que fueron desplazados, reaccionan con los mismos métodos, atacando cualquier expresión de ese nuevo Estado y de quienes les protegen en todo el mundo y negándoles derecho a existir.

   Tercer relato: Dos grandes islas cercanas la una de la otra. Desde el Siglo V dC., la más verde, bonita y culta de ellas, se convirtió en foco de irradiación de la Verdadera Fe por el continente cercano por obra de predicadores iluminados. Los pobladores sud orientales de la isla cercana, más bárbaros y mejor armados, aprovechando las disensiones internas, inician una política expansionista que, continuada a través de los siglos, les permite ocupar no sólo el resto de su extensa isla, sino a la deliciosa vecina y extenderse además por diversas partes del planeta, invadiendo territorios y colonizándolos en nombre de la fe, la racionalidad, las libertades y los beneficios del comercio. En la verde isla cercana, sin embargo, privados de lo que consideraban la necesidad de adorar a su dios verdadero y gobernarse por sí mismos, durante muchas décadas, los vencidos isleños se levantaron contra sus dominadores, con métodos crueles, siendo reprimidos con más crueldad aún. Al fin, durante el Siglo XX dC. lograron el autogobierno en las nueve décimas partes de la verde isla. El resto siguió en manos de los amos anteriores (la misma potencia benévola de los dos relatos previos). Hasta muy poco tiempo atrás, cada tanto moría o volaba por los aires algún integrante de los bandos en pugna.  

   Cuarto y último relato: Diciéndose convencidos los líderes de las grandes naciones del mundo hacia mediados del Siglo XX dC. que las guerras entre países constituían verdaderas hecatombes y a nada llevaban, constituyeron una entidad supranacional, fundada en magnificentes principios (preservar la paz y la convivencia planetaria), aunque reservándose las más grandes y poderosas el manejo efectivo de tan prestigiosa entidad. A comienzos del siglo XXI dC. el mega organismo había avalado no obstante varias intervenciones armadas de sus fuerzas multinacionales (casualmente integradas por las grandes naciones y algunos estados débiles subordinados a las políticas de aquéllas), bajo la invocación de existencia de peligros para la democracia en las sociedades intervenidas, la paz mundial o de gobiernos locales tiránicos lesivos de los derechos humanos. En muchos casos los principales países ocupantes se encargaron, porque el caos reinante lo impedía, de explotar los recursos naturales de los territorios en anarquía, para asegurar que los beneficios del comercio de tales materias primas y productos llegaran a los mercados que los consumían. Los desagradecidos nativos, muchos de ellos seguidores del dios intolerante y vengativo del relato segundo, reaccionaron salvajemente atacando de manera indiscriminada objetivos y personas inocentes de los países civilizadores.

      Como habrá comprendido el avispado lector, cada relato enmascara una realidad histórica, concebido desde un enfoque discursivamente neutro pero ideológicamente funcional a quien detenta el mayor poder y con una perspectiva actual. Así mencionamos a: 1) Las llamadas “Invasiones Inglesas” al Río de la Plata, 2) El nacimiento del Estado de Israel y la eterna guerra árabe-judía, 3) La liberación de Irlanda y el conflicto por el irredento Ulster y 4) El patrón de las intervenciones “pacificadoras” de las Naciones Unidas en África y Asia.

      Según el bando beneficiario o agredido, la ideología político-religiosa en que se apoye o la nacionalidad e intereses de pertenencia, resulta evidente que no podemos ubicar una base normativa común, un orden jurídico con universales (por lo menos jurídicos) eficaces para satisfacer a todos los bandos en pugna. Es muy posible que cualquier dirigente, los medios de difusión, la mayoría de los intelectuales norteamericanos, ingleses, alemanes, franceses, israelíes y muchos de los restantes europeos occidentales coincidan en líneas generales con el discurso contenido en los relatos. Lo harán seguramente apoyados en sus valores, sus instituciones, sus tradiciones culturales y sus sistemas legales. Calificarán de “terroristas”, fanáticos, “fundamentalistas”, anticristianos, antisemitas, primitivos, salvajes y otros epítetos similares a los resistentes a las intrusiones hegemónicas.

      Según el discurso del débil, oprimido o invadido de cada territorio, cultura o religión local, luchando para su propio bando tendremos patriotas, mártires, guerreros de Dios contra la opresión occidental, próceres, padres de la patria, militantes de la causa nacional... que verán a los invasores como imperialistas, colonizadores, falsos profetas de causas materialistas, explotadores del género humano, agentes del capitalismo...

      Para alguna de las posturas en pugna estará justificado de manera no sólo fáctica sino normativa torturar detenidos para arrancar información, impedirles la participación de sus abogados defensores, trasladarlos a cárceles clandestinas, buscar, apresar y matar de manera pública sus dirigentes y militantes, todo ello sin mengua del orden jurídico y los derechos fundamentales asegurados a las demás personas bajo control  (o represión) social o con conductas y antecedentes “normales” (políticamente correctos, democráticos, liberales, patriotas, republicanos).

    Para el enfoque opuesto, en tanto su auto-evaluación de víctima, de más débil, de segregado por la comunidad internacional, se verá legítimo acorde los mandatos religiosos o las concepciones laicas (políticas, patrióticas, etnológicas, culturales) que los guíen, el hecho de agredir los intereses del enemigo invasor por cualquier medio o táctica, pues carece de posibilidades de vencerlo o neutralizarlo en un enfrentamiento abierto, masivo y directo. La astucia, la emboscada, el atentado, la conspiración, el coche o el individuo-bomba, el misil sobre poblaciones civiles, la victimización de inocentes, el secuestro y estrellado de aviones, no son desde su ópticas violaciones de ningún derecho humano pues es –casualmente- en la invocación de todos o partes de esos derechos (vistos como argumentos satánicos o pretextos, mero discurso colonialista) en que funda su oponente las acciones contra él, su patria, sus propios inocentes, sus derechos humanos a existir dentro de la propia patria o sus recursos.  

      Dependiendo de las épocas, culturas o trincheras de análisis, nuestro Martín Güemes pudo haber sido un traidor a su clase y sus orígenes, que se valió de unos bárbaros desarrapados para combatir con métodos guerrilleros a la patria de sus ancestros quien le había dado sus raíces, su religión, la legitimidad de sus bienes y sus autoridades. Para los salteños es su héroe epónimo (Güemes es Salta) y para la mayoría de los argentinos el arquetipo del coraje y la entrega total a la causa de la independencia de un proyecto de nación. Según el orden jurídico que se eligiera aplicable, hubiere sido justo apresarle, torturarle o descuartizarle como a su execrable precedente José Gabriel Condorcanqui (“Tupac Amaru”) o, por vía antagónica, hacerle merecedor de leyes, monumentos y recordatorios de perpetuo homenaje.

     Un narcotraficante o “cocalero” podría verse presentado como un sádico materialista que por su afán inmoderado de dinero acarrea el vicio y el deterioro psicosomático de muchos adictos o, en cambio, el defensor de una industria con raíces culturales, basada en un cultivo tradicional de muchas etnias originarias, a la falta de otros medios de subsistencia y capitales genuinos para desarrollarlos (Bolivia y el movimiento que llevó a Evo Morales a su presidencia podría ser un ejemplo de esta segunda visión). Es posible multiplicar ad infinitum los ejemplos antitéticos.

      Vemos aquí esbozados con trazos gruesos varios grupos históricos contradictores de cualquier orden jurídico, tanto local como supranacional, cuyas existencias nos ratifican afirmaciones ya efectuadas: a) El multiculturalismo como factor esencial de re-conocimiento del otro y tolerancia hacia sus conductas, culturas e instituciones, a fin de encontrar caminos de convivencia, solución de conflictos, superación de desigualdades o antinomias; b) consecuencia de lo anterior, imposibilidad fáctica de concebir un orden jurídico universal, con eficacia y consenso para todas las sociedades, que resultare a la vez ajeno a la contaminación con el poder e intereses, a las estructuras socio culturales, a tiempos y locaciones determinadas; c) El contraste extremo de valores entre sociedades en pugna, que deviene en visiones maniqueas, glorificadas o victimizadas de las mismas, según cual fuere el punto de mira del observador, los intereses afectados y las relaciones de poder implicadas en ello.


V. El discurso y la actitud acerca de lo falso.

      Se identificaban al comienzo cuanto menos cinco grupos (“esquemas de conductas”, subculturas), que pugnaban contra la eficacia de cualquier orden normativo con pretensión de generalidad en una determinada sociedad y, por carácter traslaticio, contra la de esa entelequia llamada sociedad global. Es ahora el momento de mencionar dos de los mecanismos habituales que todos ellos emplean para contradecir, burlar o soslayar cualquier estructura normativa, como lo son la mentira y la simulación.      

     También se ha dicho, como al pasar, que cualquier intento de poner de resalto el uso habitual de la mentira, el secreto y la simulación como recursos habituales para la imposición del poder y de los intereses personales, es descalificado como perteneciente a una supuesta teoría de la conspiración, de suyo inexistente, de fuente ideológica e incomprobable.    

      Sin embargo, tenemos a mano uno de los miles de ejemplos que el contraste de datos irrefutables, al alcance de cualquier persona del común, nos brindan los medios masivos de difusión; en el caso, el uso de la mentira por las coyunturales dirigencias políticas de los países más poderosos del momento.

      En el curso del pasado siglo XX y en lo que va del presente, los países occidentales concluyeron numerosos tratados internacionales y acuerdos de libre comercio (libertad de mercados, aboliciones arancelarias), además de constituir grandes bloques regionales y asociaciones de países para implantarlo en todo el orbe (MCE., Mercosur, ALCA, OCDE, etc.). El “proteccionismo”, o sea la tentativa de intervención de un estado determinado de limitar o cerrar su mercado interno al libre ingreso de bienes de terceros países se considera una medida tan grave que puede acarrear sanciones de tribunales supranacionales o represalias de la comunidad internacional (en rigor, Estados Unidos y el M. C. E.).    

      Por principios teóricos, estructurales y hasta normativos de tal sistema, está prohibida la intervención de estos Estados de Derecho en la gestión comercial privada para limitarla o condicionarla más allá de los meros controles fiscales y de licitud operativa. La iniciativa privada, la asunción del riesgo empresario y sus consecuencias, la libre disposición de los beneficios de la gestión capitalista (y su correlativo opuesto, la asunción de pérdidas en caso de malos negocios) contribuyen al fundamento fáctico y ético del modelo capitalista de mercado, tal como se enseña en todas las universidades de negocios occidentales.

      También, por principios normativos, todos los Estados prohíben disponer de fondos del erario público para fines particulares; lo contrario suele calificarse como delito (malversación de fondos públicos, incumplimiento de los deberes de funcionario público, corrupción y otras figuras penales conexas). La mentira o la simulación, las más de las veces sin explicación alguna sin embargo, permiten disponer libremente de los fondos públicos para acudir en auxilio de malos negocios particulares.

       En Setiembre de 1998 uno de los grandes fondos de inversión estadounidense – Long Term Capital Management (LTCM)- encontró que no tenía fondos para pagar los dividendos a sus inversores. Al trascender su estado y debido a la magnitud de la empresa, la economía estadounidense (y por reflejo la del resto de los países vinculados a ella), corrió el riesgo de una corrida de imprevisibles consecuencias. El entonces titular de la Reserva Federal (equivalente al Banco Central argentino) actuó de inmediato en contradicción de su filosofía de vida expuesta en publicaciones y conferencias (el capitalismo como estructura basada en el riesgo, la iniciativa y la responsabilidad privada), poniéndose a la cabeza de un rescate efectuado con miles de millones de dólares, muchos de ellos provenientes de fondos fiscales. Si bien se evitó la crisis, Greenspan, que de él se trataba, recibió críticas de muchos de sus pares porque trasladó a los contribuyentes inocentes las consecuencias de las malas decisiones (o eventuales ilícitos) de los directivos de LTCM. Greenspan no fue imputado de delito alguno, pues es parte de la cultura política estadounidense consiste en trasladar a sus ciudadanos del común (sin poder) los malos negocios de sus grandes corporaciones (7).

      Tal circunstancia se repitió en 2007, esta vez en Estados Unidos y Francia. En el mundillo económico estadounidense se multiplicaron las últimas décadas una modalidad de préstamo inmobiliario llamado “subprime” (tomados por individuos o grupos a un interés superior a la tasa de mercado, aunque no acreditaren capacidad financiera para saldarlos). Son operaciones de alto riesgo pero de altas ganancias, realizadas por estructuras llamadas “fondos buitres”, que generalmente operan bajo el paraguas de un banco respetable. A mediados de 2007 trascendió la quiebra virtual de dos fondos buitres dedicados a estas operaciones, de propiedad de Bear Sterns, una importante banca de inversión. Pocas semanas después, el BNP Paribas, uno de los grandes bancos franceses, suspendió los negocios inmobiliarios de tres de sus fondos buitres por u$s 2000 millones.   

      Esta vez la respuesta se generalizó y en las primeras semanas de Agosto de 2007 los bancos centrales europeo, de Australia, Canadá, Japón y la Reserva Federal norteamericana, en una acción conjunta, inyectaron 287.000 millones de dólares para frenar la crisis de desconfianza de los mercados globales de crédito (8).

       El argumento empleado: evitar una crisis financiera global de imprevisibles alcances, no logró evitar la mentira o simulación esencial del sistema capitalista contemporáneo, pese a su declamada autonomía de la actividad privada: cuando los riesgos de los negocios afectan a operadores de magnitud, las consecuencias negativas terminan asumiéndolas los fondos públicos y los contribuyentes privados y ajenos de las maniobras. La estructura del Estado de Derecho no sólo evita estas maniobras sino que es funcional con sus organismos económicos para mantener este mecanismo de manera permanente y sin sobresaltos, además de proveer a su justificación y legitimidad.

      Las dirigencias en la Argentina ejecutan prácticas parecidas, usando la mentira a gran nivel como política de Estado. Tomando sólo como referencia la Administración Menem, recordamos los efectos de las privatizaciones de las empresas estatales. El declarado propósito para concretarlas fue alinear la sociedad argentina con las “reaganomics” y otras medidas básicas de la ideología neoliberal de los ’80 y ’90: achicar el Estado es agrandar a la Nación, según la más perfecta síntesis oratoria de esa política, como sostenían sus epígonos. Nuestros servicios públicos, nuestras reservas energéticas, nuestras comunicaciones, incluso nuestros fondos previsionales, estarían mucho mejor en manos privadas, pues siendo el leit motiv del capitalismo optimizar el lucro, su gestión por empresas particulares proveerían las inversiones y el progreso necesario, terminando con los déficits, el clientelismo, la ineficiencia y burocracia propias del administrador estatal, que por entonces soportaban los usuarios y contribuyentes.

      Desde 2003 otro discurso se implantó en el país: tener “memoria del saqueo”, derechos humanos, etc. etc. Continuaron los subsidios multimillonarios a los dueños de las empresas privatizadas: combustible, transportes o eximición de inversiones: autopistas, comunicaciones, energía, a fin de socializar el riesgo empresario y vivir de la ilusión que los servicios no incrementan su precio. La falsedad de la redistribución de ingresos hacia algunos de los poderosos vía confiscación impositiva, hizo de las clases medias -cautivas de las recaudadoras federal y provinciales- el pato de la boda.       

   El Derecho sirvió como una herramienta más al servicio del poder, aunque con discursos antitéticos...

                                         Morón, conurbano bonaerense, Agosto 2008.


Notas.

(1) “Clarín”, C.A. de Buenos Aires, edición del 22/08/2000, pág. 8.
(2) (3) (4) (6) “Clarín”, idem, 24/06/2007, pág. 10.
(5) “Clarín”, idem, 24/06/2007, pág. 41.
(7) Cardozo, O.R. “Temblores y burbujas en los ciclos de la economía global”, “Clarín”, 11/08/2007, pág. 39.
(8) “Clarín”, 11/08/2007, “Inyectaron u$s 287.000 millones para frenar la crisis de los mercados”, pág. 30.

Bibliografía

(*) Durkheim, Émile. De su extensa y clásica obra, publicada regularmente en las distintas editoriales de pensamiento sociológico, podemos destacar: “Las formas elementales de la vida religiosa”, “Sociología y Filosofía”, “La división del trabajo social” y “Las reglas del método sociológico”.
Labourdette, Sergio. “El poder. Hacia una teoría sistemática”, Editorial de Belgrano, Buenos Aires, 1984.
Ruiz, Alicia. “Aspectos ideológicos del discurso jurídico”, en “Materiales”, págs. 99/140.



No hay comentarios:

Publicar un comentario