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Cómo
los conglomerados
mediáticos siguen dominantes en la era digital
Dênis
de Moraes
ALAI AMLATINA,
10/07/2017.- Los
conglomerados de
medios se convierten en actores económicos de primera línea en
la era digital. Acumulan
diferenciales inaccesibles a
organizaciones de menor porte: lastre financiero asegurado por
bancos y fondos
de inversión, altas tecnologías, knowhow gerencial,
investigación y desarrollo
de productos de punta, capacidad industrial, innovaciones
técnicas, esquemas
globales de distribución y campañas publicitarias mundializadas.
Es la interpenetración de
aparatos
tecnológicos, de modelos de planeamiento y de negocios que
introduce
circunstancias y factores sinérgicos entre los players, beneficiando la concentración y la
oligopolización.
Ocupan
posiciones
destacadas sociedades, acuerdos estratégicos y joint ventures, que permiten a las empresas
actuaciones conjugadas
en partes distintas y complementarias de los procesos
productivos y logísticos.
Al optar por estrategias
de colaboración
y descentralización parcial con división de responsabilidades,
las
corporaciones buscan aumentar sus lucros, sea cortando gastos y
repartiendo
pérdidas, sea minimizando riesgos, en especial los derivados de
la inestabilidad
económica y del encogimiento de la vida útil de las mercaderías.
Los proyectos exigen
aportes financieros y
buena logística para facilitar la circulación y las ganancias de
escala en las
plazas extranjeras, teniendo en cuenta adaptaciones a los costos
y factores
locales de producción, como también la necesidad imperiosa de
equilibrar las
relaciones entre trabajo, distribución de renta, poder
adquisitivo, modelo
tecnoprodutivo y sistemáticas de comercialización, de acuerdo
con la estructura
de cada mercado.
En ese
marco, se reduce
la participación de empresas de menor porte en los negocios de punta. Quedan para las pequeñas y
medianas empresas
nichos mercadológicos o la provisión de insumos y servicios
especializados,
siempre que sea más ventajoso para las grandes compañías
tercerizar la
producción o adquirir bienes cuya fabricación sea costosa. En ambos casos, gravitan en
torno a la
economía de escala de las corporaciones y precisan demostrar
productividad,
agilidad y creatividad para sobrevivir.
Para preservar el sistema monopólico y su
lucro en
permanente expansión, las corporaciones recurren a dos maniobras
principales,
según David Harvey. La
primera de ellas
es la amplia centralización del capital, ejerciendo el poder
financiero en
busca de economía de escala y liderazgo en el mercado. La segunda consiste en
proteger, a cualquier
precio, las ventajas tecnológicas por medio de patentes, leyes
de
licenciamiento y derechos de propiedad intelectual (1).
La concentración de los procesos
productivos y de los
esquemas globales de distribución y comercialización en torno a
un puñado de
grupos empresariales tiene por finalidad garantizar el mayor
dominio posible
sobre la cadena de fabricación, procesamiento, comercialización
y distribución
de los productos y servicios, ampliando considerablemente la
rentabilidad y las
condiciones monopólicas. La
contracción
de la competencia alcanza su máximo nivel cuando los
protagonistas de un mismo
sector optan por fusiones, para recuperar la rentabilidad
perdida en coyunturas
de crisis económica. Las
sinergias
empresariales trascienden los sectores originarios de cada grupo
y se extienden
a actividades potencialmente rentables, involucrando
conocimiento innovador en
tecnologías y técnicas avanzadas, planeamiento estratégico,
poderío financiero
y capacidad logística y distributiva.
Otras ventajas empresariales evidentes:
aumenta el poder
de negociación comercial con proveedores, disminuye gastos,
reparte deudas y
suma activos. Las
ganancias son
reinvertidas en actividades diversas con el objetivo de minar
antiguas
supremacías y, si fuera posible, en establecer nuevos
monopolios.
El éxito
del sistema
corporativo de medios también se vincula a la expansión de
tecnologías que
favorezcan el comando a distancia y la velocidad circulatoria
del capital. La
productividad y la competitividad dependen
de la capacidad de los agentes económicos de aplicar, con
rapidez inaudita, los
datos y conocimientos obtenidos, de forma sincronizada y en
amplitud global. La
información estratégica en los circuitos
digitales se vuelve una mercadería como otra cualquiera, sujeta
a la ley de la
oferta y de la demanda, al mismo tiempo convertida en precioso
insumo básico
para la generación de dividendos competitivos.
Con el uso de herramientas tecnológicas,
grandes empresas
acumulan volumen de informaciones esenciales para decisiones
estratégicas, como
investigaciones, tablas, informes e históricos de compras que
delinean perfiles
de clientes, deseos de consumo e, incluso, los posibles riesgos
de pérdida de
consumidores. No es nada
casual la
lucratividad alcanzada por agencias de noticias transnacionales.
Recolectan, seleccionan y
proveen, a peso de
oro, una cantidad ininterrumpida de informaciones
especializadas, que sirven
para la instrucción en intervenciones inmediatas de traders, corredores y analistas. Cuando más turbulencias hay
en la economía
globalizada, más recurren los especialistas a las terminales de
cotizaciones y
a los análisis de las agencias. La
disminución de los plazos de respuesta de inversores y
especuladores se vuelve
norma de sobrevivencia frente a la volatilidad de los mercados
financieros.
El desarrollo tecnológico facilitó el
acompañamiento
diario del mercado, ya que la divulgación instantánea de las
cotizaciones
favorece una rápida percepción de las tendencias. Además, los sistemas
computarizados monitorean
flujos financieros y tratan de evitar la distorsión de precios.
De acuerdo con el
consultor financiero Marcelo
d’Agosto, la carrera tecnológica “terminó desencadenando la
automatización de
las negociaciones, con la necesidad de adoptar estrategias de
ejecución de los
negocios cada vez más complejas. El objetivo”, dice, es “tratar
de identificar,
en el menor tiempo posible, las tendencias del mercado y evitar
que las
estrategias de negociación sean detectadas por los demás
participantes” (2).
Con la sofisticación de las
infraestructuras de gestión,
acompañamiento e intervención en tiempo real, ya no se exige
proximidad entre
los lugares de planeamiento, producción y consumo. Por el contrario, hay una
íntima relación
entre la desterritorialización de la producción y las instancias
de control de
todo el flujo empresarial, por medio digital.
Para ajustarse a mercados geográficamente
dispersos, las
organizaciones pasaron a comandar sus emprendimientos a partir
de un centro de
inteligencia –el holding–
encargado
de establecer prioridades, directrices, planes de innovación y
parámetros de
rentabilidad para subsidiarias y filiales. El holding se destaca como polo de planeación y de
decisión al cual se
remiten las estrategias locales, nacionales y regionales. Organiza y supervisa la
institución de arriba
a abajo, en fragmentos y nódulos de una red constituida por ejes
estratégicos
comunes y jerarquías intermediarias flexibles. Las tecnologías son
insustituibles para el
ejercicio del comando a distancia, pues posibilitan la
coordinación y la
descentralización de los procesos decisorios, así como la
articulación entre
los procedimientos operativos de filiales, subsidiarias,
departamentos y áreas
de planeamiento, ejecución, control e integración.
El sistema corporativo explota, con
flexibilidad
operacional y destreza tecno-productiva, una gama de
emprendimientos y
servicios tornados convergentes y sinérgicos por la
digitalización. La
ejecución de tal objetivo implica la
reorganización de las relaciones entre los grupos globales y
públicos
regionales, nacionales y locales, por intermedio de acciones de
marketing que
favorecen una oferta más heterogénea de productos, en
consonancia con dinámicas
estratificadas y desterritorializadas de consumo. La exacerbada competitividad
obliga a los
gigantes empresariales a promover hibridaciones con trazos
característicos de
países y regiones, con el propósito de ajustarse a demandas de
clientelas específicas.
Pero es preciso insistir
en que esas
eventuales mezclas con peculiaridades locales, regionales y
nacionales, cuando se
incorporan a productos y programaciones, se hacen a partir de
criterios
exclusivos de los grupos mediáticos, generalmente basados en
investigaciones
cualitativas de mercado.
Tenemos, entonces, una concentración de
poder sin
centralización operativa. Sin
embargo,
no nos olvidemos de que esa flexibilidad es relativa, ya que
filiales y
subsidiarias permanecen en el radio de eventuales
reorientaciones de la matriz.
El holding
avala una red corporativa formada por elementos complementarios,
pero mantiene,
gracias a la informatización, la ascendencia sobre el todo,
recurriendo a
mecanismos de acompañamiento de metas de producción, costos,
comercialización e
ingresos.
El
escenario descripto
subraya el dominio de los mercados por los conglomerados
mediáticos y
profundiza asimetrías entre los centros hegemónicos (en los
cuales las
megaempresas son exponentes) y las periferias, lo que realza
desajustes típicos
del desarrollo excluyente y desigual que caracterizan el modo de
producción
capitalista en el escenario tecnológico.
A medida que esa configuración se
cristaliza, se reduce
el campo de maniobra para un desarrollo equilibrado y estable de
los sistemas
de comunicación y se agravan desajustes estructurales en un área
estratégica de
la vida social. Por eso
la urgencia de
que reclamemos diversidad donde hoy está en vigor la extremada
concentración mediática.
Son fundamentales
legislaciones
antimonopólicas y políticas públicas que reconozcan la
comunicación como
derecho humano, lo que implica discutir y adoptar mecanismos
democráticos de
regulación, de fomento a la producción audiovisual
independiente, de impulso a
los medios sociales y comunitarios, de incremento de los usos
sociales y
comunitarios de las redes digitales y de universalización de
accesos y
usufructos de las tecnologías.
*
- Dênis
de Moraes es
doctor en Comunicación y Cultura por la Universidad Federal de
Río de Janeiro e
investigador del Consejo Nacional de Desarrolo Cientifico e
Tecnológico (CNPq),
de Brasil.
Este artículo se basa en
cuestiones
abordadas en el libro Medios,
poder y
contrapoder, cuyos autores son Denis de Moraes, Ignacio
Ramonet y Pascual
Serrano (Buenos Aires, Editorial Biblos).
Notas:
(1) David
Harvey, O novo
imperialismo, São Paulo, Loyola,
2004.
(2) Marcelo
d’Agosto,
“Conhecer o mercado para lucrar males”, Valor
Econômico, São Paulo, 24 de outubro de 2012.
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de este artículo: www.alainet.org/es/articulo/186688
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