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El nuevo imperialismo de las élites
económicas
Jesús González Pazos
ALAI AMLATINA, 12/07/2017.- Hace unos años, y de forma paralela a la crisis que
sufrieron los
planteamientos más tradicionales de la izquierda clásica tras la
desaparición
del llamado bloque soviético, el término imperialismo cayó en
desuso hasta su
casi desaparición del lenguaje político y quedó relegado a los
libros de
historia. No era moderno hablar de imperialismo, como casi
tampoco lo era
declararse de izquierdas y si, a lo sumo, progresista. Sin
embargo, el mundo
sigue dando vueltas y el afianzamiento del neoliberalismo y de
sus
consecuencias más duras, traducidas en el dominio de los
mercados y de las
élites económicas sobre la vida de los estados y pueblos, vuelve
a poner sobre
la mesa este término.
Así,
ajustándose a
las nuevas realidades político-ideológicas que hoy vivimos, se
hace necesaria
una revisión y actualización del término y de su significado.
Interesa en este
sentido un enfoque que hable del nuevo imperialismo basado
principalmente en el
desplazamiento de la acumulación del poder desde las manos de
las clases
políticas tradicionales y de los estados-nación hacia las élites
económicas. Pero,
hasta llegar a ello, y para entenderlo mejor, exploremos algunos
elementos
fundamentales del imperialismo clásico.
Hanna Arendt
observó hace ya un tiempo que la acumulación sin fin de
propiedad requería a su
vez una acumulación sin fin de poder. Es decir, cuanta más
riqueza se tiene,
más poder se necesita para su protección y ampliación. La
historia ha demostrado
que los diferentes imperialismos habidos cumplían en gran medida
esta regla,
entendiendo además que la acumulación de poder tenía la
necesidad a su vez del
aumento de la expansión y control territorial. Tendremos así los
tres elementos
esenciales en el desarrollo imperialista, a saber: capital,
poder y
territorios. De esta forma, el término imperialismo será
aplicado a la teoría y
práctica política que promueve el dominio de pueblos y países a
través del
empleo de la fuerza, ya sea ésta económica, militar, política o,
en la mayoría
de las ocasiones, del uso de las tres.
Y esa
expansión y
dominio territorial para mantener la acumulación de capital y
poder pese a que
la misma se constituía como su talón de Aquiles, su punto más
débil. Un repaso
rápido por imperios pasados nos permitirá ver con mayor claridad
esta situación
reiterada continuamente a lo largo de la historia, cuando menos,
en occidente.
Incluso el dominio estadounidense, con sus nuevos elementos,
como son el control
de territorios a distancia y sin necesaria y permanente
presencia directa, e
iniciando posiblemente hoy ya su declive como potencia imperial,
empieza hace
una década larga ya a sentir el dolor en ese punto débil. Cuando
a finales del
siglo pasado centró sus objetivos en el control preferente de
oriente medio y
sus recursos naturales, convencido de que América Latina estaba
bajo su
absoluto control, fue precisamente este continente el que mostró
las primeras
grietas con el desarrollo de los llamados gobiernos
progresistas.
Pero lo que
aquí
tratamos de plantear es un cambio profundo en el concepto y
características del
imperio hoy en día. Porque, lo que señalan muchos indicadores es
que la
hegemonía y control del poder ya no necesariamente se basa en el
dominio
territorial directo según el modelo tradicional. Al contrario,
el eje central
hoy sería la acumulación y concentración de poder en manos de
quienes ya
disponen de una insultante acumulación de capital, es decir, en
las élites
económicas y esto indistintamente de su adscripción estatal,
nacional o
identitaria.
Se entiende
así
mejor que lo característico ya no serán los viejos imperios
español, británico,
ruso, francés o estadounidense ejercidos desde sus respectivas
metrópolis, sino
uno nuevo que extiende su dominio desde diferentes puntos
focales dispersos en
el planeta, que se han constituido en nuevos centros de poder.
Dicho de otra
forma, el nuevo imperialismo se puede ejercer desde puntos tan
diversos como la
city londinense, Wall Street, Frankfurt, Shanghai o Silicon
Valley. Lo
importante será ahora la concentración del poder en manos de
transnacionales
varias (bancarias, financieras, extractivas, construcción,
farmacéuticas,
químicas…) que, desde sus respectivos consejos de administración
(élites),
definirán las políticas, los lineamientos económicos, los
intereses de desarrollo
y la vida de millones y millones de personas, además de la del
mismo planeta
que habitamos. Este es el nuevo imperialismo que pretende la
reafirmación
neoliberal tras la crisis del capitalismo de los últimos años,
caracterizado
por una concentración máxima del poder en las élites económicas,
una vez
subalternizadas las clases políticas tradicionales, y por la
descentralización
de ese mismo poder, que ya no reside en la metrópoli imperial
sino en diversos
focos de poder distribuidos por el mundo. Se entiende así mejor
como un
sencillo repaso nos permitiría contabilizar un número muy
reducido de empresas
transnacionales que hoy controlan la economía mundial, dictan
sus prioridades y
están presentes en los principales centros de poder y decisión,
en unos casos
de forma muy visible y en otros en aparente segundo plano (Banco
Mundial, Banco
Central Europeo, Fondo Monetario Internacional, BID, las bolsas,
foros de Davos
o Bilderberg…).
Se controla
absolutamente la acumulación de capital en pocas manos, y se
ejerce el mismo
tipo de control sobre el poder político, ya no desconcentrado y
disperso en
multitud de fuerzas políticas o gobiernos, sino con un papel
delegado (subalterno)
asignado a éstos desde las élites económicas, auténticas
detentadoras de lo que
en algún momento fue el independiente poder político. Por ello
es innegable el
paralelismo que se ha dado en los últimos años entre la pérdida
de soberanía de
los estados y el aumento del poder de las transnacionales, que
si bien en unos
primeros momentos se centraron en decisiones económicas, ha ido
avanzando hacia
el control de otras esferas sociales y políticas hasta alcanzar
la vida misma
del planeta.
Así hoy las
grandes
decisiones que se necesitan, y urge, tomar, como acuerdos contra
el cambio
climático o garantías sobre la sostenibilidad de la vida,
pasando por el
devenir de las guerras o los procesos de empobrecimiento de
millones de
personas, deben atravesar primero por el tamiz oculto de los
consejos de
administración de las grandes empresas que deciden hasta dónde
se puede llegar
en las principales leyes nacionales o en los acuerdos y tratados
internacionales sin poner en grave riesgo sus objetivos,
principios y
beneficios. No se puede olvidar que la base ideológica de este
imperialismo
economicista está hoy radicada, más allá del mantenimiento y
desarrollo del
sector privado, en la privatización de lo público y de los
recursos comunes a
escala planetaria para su explotación y obtención ciega de
ganancias. Siempre
en concordancia con la permanente acumulación de capital y poder
para su
crecimiento sin fin.
Respecto al
control
territorial. Para mantenerlo ya no es estrictamente necesario el
uso directo y
presencial de fuerzas militares y administrativas; al contrario
se ejerce
mediante el control de las finanzas, las balanzas de pagos y las
deudas de los
estados. De esta forma es muy sencillo para los poderes
económicos estrangular
la viabilidad de los estados si éstos no definen
“convenientemente” sus
lineamientos políticos y económicos, tal y como Grecia nos
demostró
recientemente. Pero esto no quiere decir que el nuevo
imperialismo descarta
totalmente el ejercicio de la fuerza para reconducir
experiencias que puedan
plantear alternativas posibles al control neoliberal. Así se ha
puesto de
manifiesto a través de los llamados golpes de estados blandos o
institucionales
(Honduras, Paraguay, Brasil…) u otros duros como siempre
(Egipto).
En este
sentido, si
bien en la fase clásica del imperialismo este sistema supuso un
reparto del
mundo entre varias potencias, hoy ese control territorial ya no
es
estrictamente necesario. Como tampoco es preciso que ese poder
resida en el
control que ejerza una determinada clase política de una
metrópoli concreta. Al
contrario, se puede hablar de una clase transnacional (élites
económicas)
constituida por los consejos de administración de las distintas
grandes
transnacionales coordinadas en diferentes espacios y redes de
poder que deciden
sobre el presente y futuro de la mayor parte de la humanidad.
Pero, todo esto
se puede cambiar, porque ningún imperio es infinito e inmutable.
- Jesús González Pazos es miembro de
Mugarik Gabe
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