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La
esperanza es lo último que se perdió
Nuevo
informe de la Organización Meteorológica Mundial
Gerardo
Honty
ALAI
AMLATINA, 08/11/2017.- El
pasado 6 de
noviembre la Organización Meteorológica Mundial (OMM) publicó un
avance de su
informe “Estado del clima
mundial 2017”.
Allí se anuncia que este año va a ser uno de los tres años más
cálidos jamás
registrados (los otros dos fueron 2015 y 2016) con cada vez más
frecuentes
episodios de efectos devastadores, como huracanes, inundaciones,
olas de calor
y sequías. De enero a
septiembre de 2017
se registró una temperatura media global de aproximadamente 1,1
°C por encima
de los niveles preindustriales y el período de 2013 a 2017 será
el quinquenio
más cálido jamás registrado.
Los
indicadores del cambio climático a largo plazo, como el
incremento de las
concentraciones de dióxido de carbono, el aumento del nivel del
mar y la
acidificación del océano, siguen aumentando mientras los hielos
del Ártico, la
extensión del hielo marino de la Antártida y los glaciares
continúan
reduciéndose. El manto de hielo de Groenlandia –elemento clave
para la
circulación oceánica- ha perdido cerca de 3 600 000 millones de
toneladas de
masa de hielo desde 2002.
“Hemos sido
testigos de fenómenos meteorológicos extraordinarios,
temperaturas que han
llegado a +50 °C en Asia, huracanes sin precedentes en el Caribe
y en el
Atlántico que han llegado hasta Irlanda, devastadoras
inundaciones monzónicas
que han afectado a muchos millones de personas y una sequía
implacable en
África oriental” afirmó el Secretario General de la OMM, Petteri
Taalas durante
la presentación del informe en el marco de la Convención de
Cambio Climático de
Bonn (COP 23).
Hace dos
años -en la COP 21 de París- esta misma Convención había firmado
el “Acuerdo de
París” con gran algarabía y los muy extendidos aplausos de las
delegaciones
nacionales de todo el planeta. Seguramente no haya sido
igualmente aplaudida la
principal noticia del informe de la OMM con los resultados
efectivos de aquel
Acuerdo: La tasa de aumento del CO2 de 2015 a 2016
fue la más alta
jamás registrada, a saber, de 3,3 partes por millón/año, lo que
supuso que la
concentración de CO2 alcanzara las 403,3 partes por
millón. Y los
datos en tiempo real de diversos lugares específicos indican que
los niveles de
dióxido de carbono, metano y óxido nitroso siguieron aumentando
en 2017.
Aumentan los
desastres
Según el
reporte los fenómenos extremos afectan a la seguridad
alimentaria de millones
de personas, especialmente a las más vulnerables. En los países
en desarrollo,
el 26 por ciento de los daños y las pérdidas causados por
tormentas,
inundaciones y sequías de mediana y gran escala recayó sobre la
agricultura
(cultivos, ganadería, pesca, acuicultura y silvicultura).
El riesgo
general de enfermedades o muertes relacionadas con el calor ha
aumentado de
forma constante desde 1980, y actualmente cerca del 30% de la
población mundial
vive en condiciones climáticas que provocan olas de calor
extremas prolongadas.
Entre 2000 y 2016, el número de personas vulnerables expuestas a
episodios de
olas de calor se ha incrementado en aproximadamente 125
millones.
En 2016 se
desplazaron 23,5 millones de personas como consecuencia de
desastres de origen
meteorológico. Al final de 2017 varios millones de personas
habrán resultado
desplazadas por las inundaciones en Asia y por las sequías en
África y se
contarán por millares los muertos y enfermos por estas causas.
Pero no
solo los países menos desarrollados han sido afectados. El
índice de energía
ciclónica acumulada, que mide la intensidad total y la duración
de los
ciclones, alcanzó este septiembre su valor mensual más elevado
jamás
registrado. En el Atlántico Norte hubo tres huracanes de primer
orden y de gran
impacto, que se sucedieron en un corto intervalo de tiempo:
Harvey en agosto e
Irma y María en septiembre. Un pluviómetro ubicado cerca de
Nederland (Texas)
midió un total provisional de 1.539 mm de precipitación en siete
días, que fue
el mayor volumen jamás registrado para un solo fenómeno en el
territorio
continental de los Estados Unidos.
A mediados
de octubre, Ophelia se convirtió en el huracán de primer orden
(categoría 3)
ubicado a más de 1 000 kilómetros al noreste que ningún otro
huracán
anterior del Atlántico Norte. Causó daños importantes en
Irlanda, mientras que
los vientos asociados a este sistema contribuyeron a provocar
incendios de gran
magnitud en Portugal y el noroeste de España.
En muchas
zonas del Mediterráneo predominaron unas condiciones secas. La
sequía más grave
se dio en Italia, afectando a la producción agrícola y
provocando una caída del
62% de la producción de aceite de oliva con respecto a la
producción de 2016.
Además, se dieron las temperaturas más altas registradas en
Italia para el
período de enero a agosto, con una anomalía de 1,31 °C superior
a la media del
período 1981-2010.
En varios
países las altas temperaturas alcanzaron niveles nunca antes
registrados como
en Australia, Pakistán, Irán, Barhein, Omán, China, España,
Italia, Francia y
Estados Unidos. En particular en América del Sur, Santiago de
Chile registró la
mayor temperatura conocida (37,4 °C) lo que contribuyó a la
propagación de
los mayores incendios forestales en la historia chilena que
arrasaron 614 mil
hectáreas de bosque. En
Puerto Madryn
(Argentina) se alcanzó una temperatura de 43,5 °C, la más alta
registrada
tan al sur (43° S) en ningún lugar del mundo. En el otro extremo
térmico,
el frío intenso y grandes nevadas afectaron partes de la
Argentina en julio. En
Bariloche, la temperatura descendió hasta -25,4 °C, más de
cuatro grados por
debajo de la temperatura más baja registrada anteriormente en
esa ciudad.
La esperanza es
lo último que se perdió
Este
informe es demoledor. Mucho más que los similares anteriores de
la OMM. Los
indicadores de la crisis ambiental planetaria empeoran y no hay
acuerdo
internacional que sea capaz de revertirlo por más aplausos,
felicitaciones
mutuas y grandilocuentes alocuciones con que sean anunciadas.
Y este no
es el único reporte. Hace pocos días la revista médica Lancet
publicó otro
informe donde se revela que la contaminación ambiental, desde el
aire sucio
hasta el agua contaminada, está matando a más personas cada año
que todas las
guerras y la violencia en el mundo. Más que fumar, el hambre o
los desastres
naturales. Más que el SIDA, la tuberculosis y la malaria
combinados. Una de
cada seis muertes prematuras en el mundo en 2015 - alrededor de
9 millones -
podría atribuirse a la enfermedad por exposición tóxica, según
el estudio
publicado el jueves 19 de octubre. El costo financiero de la
muerte, la
enfermedad y el bienestar relacionados con la contaminación es
igualmente
masivo -dice el informe- y cuesta unos U$D 4,6 billones en
pérdidas anuales, o
alrededor del 6,2 por ciento de la economía mundial.
Desde la
publicación del histórico informe del Club de Roma de 1972 –Los
límites del
crecimiento-, que anunciaba el colapso de la civilización para
el año 2030 si
se seguía insistiendo con las políticas de crecimiento
económico, muchos
autores (llamados más o menos despectivamente “colapsistas”) han
estado
alertando sobre la certeza de aquellos escenarios y la
corroboración de la
trayectoria de los indicadores proyectados.
Muchas
veces estos analistas han estado utilizando la imagen del
“Titanic” para
ejemplificar como nuestra civilización, ante el choque evidente
contra el
iceberg, continúa la fiesta a bordo sin intentar tomar las
previsiones
necesarias para evitar el choque. En estos momentos estoy
tentado a pensar que
ese momento ya pasó, que nuestro barco ya chocó contra el
iceberg y que estamos
viendo a los primeros náufragos caer al mar y a los demás
aferrarse a cualquier
cosa que los ayude a sostenerse en la cubierta del barco
inclinado.
Lo que nos
muestra la evidencia de los datos de estos informes científicos,
es la
irreversibilidad del proceso
y que no
hay ya posibilidad de recuperar la salud del ecosistema
planetario. El
calentamiento global, la acidificación de los océanos, la
pérdida de biodiversidad,
la desertificación, la muerte de las zonas marinas costeras y la
contaminación
del agua, no son procesos reversibles. No al menos en la escala
de tiempo de
vida de los que aún estamos sobre el barco.
El Titanic
se hunde. Habrá sobrevivientes sin duda. Pero su vida estará
condenada a flotar
sobre los restos de madera de algo que alguna vez supo ser un
barco
esplendoroso.
- Gerardo Honty
es analista de CLAES (Centro
Latino Americano de Ecología Social)
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