Este acontecimiento y la urgencia de su tratamiento legislativo demuestran, quizás por el error de mi juicio ignorante, varias cosas. En primer lugar, el yerro del fundamento aludido en la renuncia de la Procuradora General de la Nación, sobre el cual me pronuncié hace días. En segundo lugar, que el propósito de los genios emprendedores del proyecto no es otro que el designar un Procurador General manejado por el PEN, por adicción o temor, que, en conjunto con la supresión de las llamadas procuradorías especializadas y de cargos de funcionarios y empleados de competencia específica obstaculicen primero y luego supriman la aplicación del Derecho penal a los delitos de lesa humanidad, a los delitos llamados económicos –sintéticamente: de personas pudientes– y a la corrupción estructural del gobierno y de sus funcionarios. En tercer lugar que, pese a las quejas y al vocabulario utilizado, el presidente de la Nación y sus funcionarios no mienten o, al menos, no pueden mentir: según sus medidas, gobiernan sólo para el establishment, suerte de burguesía de origen extranjero siglo XX, que ni siquiera habla bien el castellano, consideran un “curro” a la persecución judicial de los delitos de lesa humanidad y a los derechos humanos internacionalmente reconocidos, que están comprometidos, por pertenencia al menos de clase o ideológica, a eliminar y, casi diría, son apátridas cualquiera que fuere el lugar de su nacimiento y formación.
Con esta breve opinión pretendo adherir y colaborar, si ello es posible y pese a mi ignorancia, con el grupo de personalidades que, según leo, se oponen a proyectos urgentes de reformas del PEN que –coincido– nos conducen atrás históricamente, hacia la primera mitad del siglo XIX. Me pregunto: ¿habrá que revisar la ley de libertad de vientres (1813)?; ¿la ley de residencia?
Q Profesor emérito UBA.
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