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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Tinkunaco 2.594/17 - Re: Boletín diario del Portal Libertario OACA

Boletín diario del Portal Libertario OACA

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  • En plena deriva libertaria
  • Una aproximación al significado histórico de la Revolución Rusa
  • [17 noviembre] Concierto benéfico para el Local Anarquista Magdalena: Alicia Ramos, Lilitz, Wake up Candela y Lamarí en Quimera
  • [Madrid] vie10nov. Joan Puig Elías. Anarquismo, pedagogía y coherencia
  • Carteles contra la represión
  • Confederalismo ibérico, una propuesta actual hacia la autogestión
  • Dedicado a todas ustedes, las que saben empatizar
Posted: 07 Nov 2017 01:10 PM PST
No soy buen conocedor de la historia del movimiento libertario en Catalunya pero imagino que debió haber alguna buena razón para que en 1934 la CNT, que estaba entonces en la plenitud de su fuerza, rehusara colaborar en el intento de proclamar el “Estado Catalán en forma de República Catalana”. Tan solo lo imagino. Sin embargo, lo que no me limito a imaginar, sino que estoy plenamente convencido de ello, es que no hay ninguna buena razón para que parte del actual movimiento libertario de Catalunya colabore de una forma o de otra con el proceso “nacional-independentista” protagonizado por el Gobierno catalán, por los partidos políticos que lo sostienen, y por las grandes organizaciones populares nacionalistas que lo acompañan.
Lo menos que se puede decir es que esa parte del movimiento libertario está “en plena deriva” ya que después de haber contribuido a “proteger las urnas” durante el Referéndum que el Gobierno había convocado con la expresa finalidad de legitimar la creación de un nuevo Estado en forma de República catalana, se lanzó, además, a convocar una huelga general en la inmediata estela del Referéndum, con el previsible efecto de potenciar sus efectos.
Esa deriva se reafirma ahora al sumarse a otra huelga general para mañana 8 de noviembre en exigencia de la liberación de los “presos políticos” originados por la represión que el Estado español en su componente Judicial ha ejercido contra determinadas actividades encaminadas a promover la independencia de la nación catalana y la creación del nuevo Estado.
Ciertamente, esta vez no es el conjunto de los sindicatos anarcosindicalistas los que se suman a esa huelga, pero sí una parte significativa de los sindicatos de la CGT, y de los libertarios integrados en los CDR “Comités de Defensa de la República”. Si ya había manifestado mi “perplejidad” ante la convocatoria de la huelga general del 3 de octubre, esa perplejidad se incrementa aun más al comprobar que esos sindicatos de la CGT y esos militantes libertarios de los CDR van a respaldar la iniciativa de un minúsculo sindicato radicalmente independentista, la “Intersindical- Confederación Sindical Catalana”, que lanzó la convocatoria y que solo ha recibido el respaldo de las dos grandes organizaciones independentistas catalanas que agrupan de forma transversal sectores populares y sectores burgueses de la población catalana (Ómnium Cultural, y la ANC).
Nadie duda de que hay que rechazar la represión pero quizás quepa sorprenderse de que ese rechazo solo se traduzca en una huelga general cuando los reprimidos son los miembros de un gobierno junto con los dos principales dirigentes del movimiento civil independentista, limitándose a manifestaciones de repulsa y de solidaridad cuando se trata de otras personas.
Por suerte, en el ámbito libertario siempre se ha sabido evaluar las luchas en función de su sentido político y, en el caso de que esas luchas fuesen reprimidas, se ha sabido activar la solidaridad desde esa valoración política. ¿O es que, todo y condenando cualquier tipo de represión, también debemos movilizar nuestras energías cuando se reprime a los “luchadores” de extrema derecha? Desde un punto de vista libertario cualquier represión motiva, sin la menor duda, nuestra repulsa, pero no implica automáticamente nuestra solidaridad. Además, lo que resulta inaceptable es que se evoquen recientes víctimas anarquistas de la  represión para declarar que “esa lista” se ha ampliado ahora con nuevos represaliados que no son otros que los gobernantes detenidos. Imagino que algunas de esas compañeras encarceladas se indignarían al verse amalgamadas con esos nuevos “ presos políticos” para justificar de esa forma que ellos también requieren nuestra solidaridad.
La deriva de una parte del movimiento libertario se hace aun más patente cuando se observamos que bastantes de sus elementos se involucran ahora en los “Comités de Defensa de la República”, originariamente promovidos por la CUP. He sido sensible hasta ahora al argumento de que esa participación era una forma de hacer oír nuestra voz, y de plantear nuestras propuestas en el seno de las movilizaciones populares, con la esperanza de “desbordar” el estrecho sentido independentista de sus reivindicaciones, aunque también debo añadir que esa “perspectiva de desbordamiento” siempre me ha parecido totalmente ilusoria.
Sin embargo, cuando, como me ha ocurrido esta misma tarde, se puede leer en las calles de Barcelona carteles firmados por la organización oficial de los CDR que apelan a “parar el país” el 8 de noviembre como respuesta “al encarcelamiento del gobierno legitimo de nuestro país”, la perplejidad ante la incorporación de una parte del movimiento libertario en esos comités no deja de acrecentarse y abre el interrogante acerca de hasta donde llegará “la deriva” de esa parte del movimiento libertario.
El único consuelo que puede quedarnos es que a través de esos comités la politización y la experiencia de lucha adquiridas por sectores de la población, sobre todo juvenil,  propicie futuras movilizaciones en otros contextos menos alejados de la autonomía y de la autodeterminación de las luchas que propugnamos desde las prácticas de lucha libertarias.
Tomás Ibáñez
Barcelona 7 de noviembre 2017

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Posted: 07 Nov 2017 12:49 PM PST
Transcurridos 100 años desde la revolución rusa contamos con la suficiente perspectiva histórica como para abordar la tarea de dilucidar cuál es el significado histórico de este proceso. En lo que a esto respecta cabe decir que la revolución misma comenzó siendo una ruptura con el orden establecido, y más concretamente con el régimen autocrático, y que llevaba consigo un importante potencial emancipador que, sin embargo, no llegó a materializarse. Desde el principio la revolución rusa abrió grandes esperanzas, tanto dentro de Rusia como fuera de ella, pero estas se vieron frustradas a partir del momento en el que los bolcheviques tomaron el control de este proceso para, acto seguido, reorientarlo en un sentido muy distinto de esa potencialidad transformadora y emancipadora que albergaba.
Suele decirse que el hecho de que la revolución rusa no hubiera conducido a un escenario inédito que hubiera alumbrado un mundo nuevo es debido a que los bolcheviques, inspirados por la ideología marxista, se hicieron con los principales resortes de poder que quedaban en 1917 para imponer su particular proyecto político con el que abortaron la propia revolución. Este relato viene a cargar las responsabilidades en los bolcheviques y especialmente en su ideología política, lo que explicaría que los integrantes de este partido se convirtieran en una nueva elite dirigente, en una burguesía de Estado que reforzó y reorganizó los aparatos de dominación estatal para desplegar sobre la sociedad todo su poder a una escala nunca antes conocida. Esta explicación tiene bastante de cierto ya que pone de manifiesto la implicación de las ideas políticas que inspiraron a los bolcheviques a la hora de determinar el posterior desarrollo de los acontecimientos en la Rusia de aquel momento. Pero con todo no deja de ser una explicación que se queda en lo meramente superficial, en lo que, si tomamos la apropiada perspectiva histórica, no deja de ser algo puramente anecdótico.
El bolchevismo, junto a la ideología marxista, así como la propia revolución rusa, sólo son aspectos parciales de un fenómeno de cambio social y político mucho más amplio, y que se corresponde con lo que comúnmente llamamos modernización. Así pues, la modernización viene a ser un tipo de cambio específico que se desarrolla en el ámbito social y político, y que tiende hacia un nuevo escenario representado por la modernidad. Aunque la modernización es una noción que entraña ciertas complejidades basta con establecer una definición provisional que sirva de guía para las ulteriores reflexiones en torno a la revolución rusa. En este sentido cabe señalar que la modernización se caracteriza sobre todo por tratarse de un fenómeno de ruptura con el pasado que, por medio de la innovación en una multitud de ámbitos diferentes, establece una nueva experiencia de la temporalidad histórica. La modernización como tal tiene su origen en la etapa final de la Edad Media, momento histórico en el que se pusieron en marcha una serie de cambios que constituyeron una progresiva ruptura con un período medieval caracterizado por un orden basado en los usos y costumbres heredados del pasado. Esto es lo que hace que la modernización traiga consigo un tiempo histórico marcado por su carácter inédito al tratarse de una nueva experiencia que no guarda relación con el pasado, al mismo tiempo que abre un horizonte de expectativas virtualmente ilimitadas.
Dada la anterior definición de la modernización cabe preguntarse cómo se manifiesta en la práctica. En lo que a esto respecta hay que apuntar que la modernización como tal constituye un proceso de cambio social y político impulsado por el Estado en el que este persigue un progresivo aumento de sus capacidades internas mediante la concentración, centralización y acumulación de una cantidad creciente de diferentes medios de dominación, lo que le convierte en una gran fuerza centrípeta que trata de reunir y controlar todos los recursos disponibles en su territorio. La principal consecuencia de este proceso es el aumento del tamaño del Estado y su fortalecimiento. Así, el contexto internacional marcado por la competición entre Estados en su búsqueda de la hegemonía mundial es un factor explicativo de los procesos de cambio interno que se dan en estos, y ayudan a explicar la modernización. De esta forma la modernización es un cambio en la experiencia del tiempo histórico que es impulsado por el Estado a través de la introducción de diferentes innovaciones en el terreno tecnológico a una escala masiva, como así lo demuestra el aumento del tamaño de los ejércitos y su capacidad destructiva, pero también la introducción de nuevos métodos de gobierno que incrementan la eficacia del Estado a la hora de administrar su dominación y movilizar los recursos disponibles. En términos generales la modernización ha servido al Estado para incrementar su poder de una forma que nunca antes se había producido en la historia.
El aumento del tamaño del Estado y el crecimiento de su poder como consecuencia de la modernización en curso hizo que, a su vez, aumentase el contacto del Estado con su población al inmiscuirse en una cantidad creciente de asuntos. La modernización constituye, entonces, un proceso en el que el Estado impulsa una serie de cambios en los que la sociedad es reorganizada para satisfacer sus necesidades de supervivencia y de dominación. En este contexto el Estado, y más concretamente su elite dirigente, se ve en la necesidad de explicar y justificar estos cambios para conseguir crear los necesarios consensos sociales que legitimen el proceso modernizador. Sin embargo, en el transcurso de estos cambios hacen su aparición movimientos políticos e ideologías que, en vez de desafiar el proceso modernizador, cuestionan la vía modernizadora oficial al ofrecer vías alternativas. Esto es lo que explica el surgimiento de proyectos modernizadores distintos que, en definitiva, plantean un camino distinto del establecido para llegar a la modernidad. La modernidad, por tanto, como gran fenómeno histórico-mundial, contiene proyectos modernizadores diferentes que luchan entre sí para hacerse hegemónicos. Los cambios implementados por el Estado en su proceso de modernización crean un escenario favorable para la politización de la sociedad, lo que permite que los distintos proyectos modernizadores se doten de una base social y emprendan su lucha para hacerse hegemónicos. Debido a esto nos encontramos con una gran variedad de modernidades: la modernidad del absolutismo, la modernidad liberal, la modernidad fascista, la modernidad bolchevique, etc.
En el caso ruso comprobamos que desde la independencia del principado de Moscú de la Horda de Oro se produjo un proceso de centralización del poder del naciente Estado ruso, y que esto corrió a cargo de la autocracia que estableció su propio programa modernizador. Los autócratas rusos resultaron ser los principales modernizadores de Rusia hasta al menos el s. XX. La propia construcción y expansión del Estado ruso estuvo estrechamente unida a este programa modernizador de carácter absolutista, y que se gestó en el marco de las luchas de poder tanto regionales como internacionales que el nuevo Estado mantuvo con diferentes rivales: los tártaros, Suecia, Prusia, los turcos, etc. La pugna por la hegemonía regional y más tarde mundial fue un factor decisivo en la movilización de recursos y en el desencadenamiento de todos aquellos cambios, políticos y sociales, dirigidos a modernizar Rusia para convertirla en una gran potencia al tiempo que su Estado era fortalecido paso a paso. Pedro el Grande o Catalina la Grande son claros exponentes de la modernización absolutista, proceso que se prolongó en los siglos siguientes con mayor o menor éxito pero que tenía como principal finalidad aumentar las capacidades internas de Rusia para conquistar la hegemonía internacional.
El proceso modernizador en Rusia se intensificó durante el s. XIX, lo que implicó una serie de cambios en el terreno institucional, económico y social de gran envergadura que trastocaron la realidad política y social de este país. Como consecuencia de las guerras napoleónicas y del nuevo escenario internacional que se produjo tras Waterloo, en 1815, Rusia logró ubicarse entre las restantes potencias europeas del momento al mismo tiempo que, ya para entonces, contaba con un vasto imperio que avalaba sus aspiraciones en la esfera internacional. Pero la competición entre potencias y el proceso de industrialización que ya estaba en marcha en diferentes países hizo que Rusia se quedase rezagada, sobre todo a la vista del estado lamentable de su ejército como así pudo ver el mundo entero en la guerra de Crimea. Si Rusia no quería perder su condición de gran potencia y poder así intervenir en los asuntos internacionales debía reorganizar sus capacidades internas para aumentarlas y disponer de los medios precisos para relanzar su política exterior. Esto es lo que explican las medidas que el régimen autocrático adoptó en el s. XIX para dotar al Estado de una base productiva industrial, lo que supuso reorganizar la sociedad tradicional rusa para satisfacer las necesidades imperiales de Rusia. Como consecuencia de estos cambios en los que el Estado intervino cada vez más en la vida de la población, al tiempo que aumentaba sus recursos y tamaño, aumentó simultáneamente la contestación social que facilitó la aparición de movimientos políticos de diferente naturaleza como el populismo, el liberalismo, el socialismo, etc.
A finales del s. XIX y principios del XX Rusia ya había hecho importantes esfuerzos dirigidos a industrializar el país y disponer de una base productiva lo suficientemente amplia como para costear un ejército numeroso, y sobre todo disponer de una capacidad destructiva a la altura de las restantes fuerzas armadas europeas para jugar un papel importante en la arena internacional. Sin embargo, todos estos cambios implicaron una creciente intromisión del Estado en la vida de la sociedad, lo que elevó la conflictividad social al mismo ritmo en que eran introducidos los cambios modernizadores por el régimen autocrático. Los levantamientos populares a finales del XIX y principios del XX fueron una constante, lo que estuvo acompañado de la formación de diferentes movimientos políticos de masas, tanto en las zonas rurales como en las urbanas. Ya en 1905 se produjo un aviso serio para la autocracia rusa como consecuencia de la revolución que tuvo lugar en aquel año en la Rusia europea durante la guerra ruso-japonesa. Las insurrecciones populares pusieron a la elite dirigente rusa a la defensiva y forzó al propio Zar, Nicolás II, a hacer una serie de concesiones en el terreno político. A pesar de que posteriormente, una vez firmada la paz con Japón, las reformas introducidas fueron revertidas una por una por el propio Zar y sus colaboradores, la revolución de 1905 puso de manifiesto los límites del absolutismo ruso y la elevada inestabilidad por la que el país se deslizaba cada vez más rápido. Asimismo, estos acontecimientos mostraron la escasa base social, política e institucional de la autocracia en tanto en cuanto no era capaz de ofrecer una respuesta exitosa a los cada vez mayores desafíos que se le presentaban en la esfera internacional, lo que irremisiblemente repercutía en un aumento de la inestabilidad que ponía en peligro la supervivencia del régimen.
La situación de Europa en 1914 era la de una lucha entre las diferentes potencias europeas por la supremacía internacional, lo que en gran parte obedecía al orden internacional implantado en el congreso de Viena, tras las guerras napoleónicas, y reformado en el congreso de Berlín bajo los auspicios del canciller Otto von Bismarck. Los equilibrios de poder establecidos en Europa central se rompieron como consecuencia de una serie de carreras armamentísticas y luchas imperialistas entre las diferentes potencias europeas, lo que condujo a la Primera Guerra Mundial. En este conflicto Rusia no se jugaba intereses estratégicos esenciales, de modo que su participación en esta contienda no se debió tanto a la política de enmarañadas alianzas que entretejieron las potencias europeas como a una razón de prestigio. El Zar junto a sus colaboradores aspiraba a mantener a Rusia entre las grandes potencias del momento, y de alguna manera garantizarse un estatus privilegiado en el sistema internacional. Pero pronto esta política temeraria e inconsecuente con las capacidades reales de Rusia condujeron al país a una situación insostenible a nivel interno, así como también en el frente de batalla. El resultado del esfuerzo de guerra fue tensionar más si cabe a la sociedad rusa hasta el punto de crear unas condiciones favorables para la ruptura revolucionaria, tal y como ocurrió en febrero de 1917.
El contexto revolucionario de 1917, que obedecía en gran parte a una oleada de levantamientos y protestas populares que venían de muy atrás, favoreció el creciente protagonismo adoptado por distintos movimientos políticos y sociales. La modernización de Rusia, que hasta entonces la había encabezado y dirigido la autocracia, no había sido llevada a cabo con éxito en tanto en cuanto Rusia seguía siendo una potencia de segunda categoría, sin una fuerza militar equiparable a la de las restantes potencias europeas del momento (Reino Unido, Alemania, etc.). En esas condiciones Rusia no podía aspirar a jugar un papel decisivo en la arena internacional, y mucho menos a conquistar la hegemonía internacional. Si bien la modernización absolutista permitió la expansión del ente estatal y una incipiente industrialización, todo ello fue insuficiente debido a que los cambios introducidos fueron rechazados frontalmente por la sociedad rusa. En este sentido la autocracia rusa no fue capaz de crear los debidos consensos sociales que hicieran legítimos los cambios que introdujo a diferentes niveles, con lo que la base social que le sirvió de apoyo fue bastante limitada. Este cúmulo de circunstancias fueron las que permitieron que nuevas fuerzas políticas dieran un salto cualitativo en 1917 como consecuencia de la caída de la autocracia. Estaban los liberales, los social-revolucionarios, los mencheviques, los socialistas, etc. Cada una de estas facciones llevaba consigo su propio programa de modernización que consistía en modernizar Rusia a través de unos procedimientos diferentes a los de la autocracia, y lejos de revertir los cambios que esta había introducido perseguían afianzarlos e intensificarlos para devolver a Rusia el poderío y prestigio que había perdido como consecuencia de la deriva de su situación interior y exterior.
Inicialmente la revolución rusa originó estructuras de autoorganización popular a través de los consejos de soldados, obreros y campesinos, lo que constituyó un contrapoder en relación a las instituciones oficiales del Estado ruso que todavía subsistían bajo el gobierno de Kerenski. La ocupación de tierras, fábricas y las deserciones masivas en el frente de guerra fueron hechos que hacían presagiar el advenimiento de un escenario de carácter emancipador. Sin embargo, en el marco de oposición entre el poder que representaban los soviets por un lado y las instituciones estatales por otro se desenvolvieron innumerables luchas políticas. Estas luchas fueron las que enfrentaron a los distintos movimientos políticos que ofrecían vías modernizadoras diferentes a la que había desarrollado la autocracia, pero que al mismo tiempo eran contradictorias entre sí. De estas luchas finalmente resultó el golpe de Estado dado por los bolcheviques en octubre de 1917, según el calendario juliano, y que según el calendario gregoriano se produjo el 7 de noviembre. Así, el partido bolchevique logró hacerse con el rumbo del país e imponer su particular proyecto modernizador inspirado por la ideología marxista. El resultado inicial fue abortar, casi de manera definitiva, la revolución rusa y todas sus posibilidades emancipadoras, lo que inmediatamente se tradujo en una fortísima guerra civil en la que los bolcheviques, de un modo implacable y constante, reconstruyeron el Estado ruso bajo una forma nueva que lo perfeccionó y robusteció en grado superlativo.
La revolución sirvió a la necesidad estratégica de seguridad interior y exterior del Estado ruso en un momento de descomposición tanto en la esfera doméstica, fruto de las tensiones sociales y de la creciente inestabilidad interna, como en la esfera internacional a causa de su desmoronamiento en el frente de batalla de una guerra para la que no tenía los medios humanos y materiales adecuados. Los bolcheviques, por medio de la revolución, lograron dotar al Estado ruso de una base institucional y de unos medios de dominación que le permitieron intervenir en la práctica totalidad de los ámbitos de la vida humana, gracias a lo que fue puesto en marcha todo un proceso de reorganización de la sociedad con el propósito de aumentar las capacidades internas del Estado para competir con éxito en la esfera internacional. En este sentido es preciso destacar cómo la principal preocupación de los bolcheviques fue, una vez terminada la guerra civil, la industrialización a gran escala de la sociedad rusa y el incremento de la producción para dotar al Estado de la correspondiente base productiva con el que movilizar los recursos (humanos, materiales, económicos, financieros, etc.) disponibles, y de esta manera incrementar su poder tanto a nivel interno como externo. El contexto internacional marcado por la competición entre potencias en su lucha por la hegemonía internacional, y la situación de clara desventaja en la que Rusia se encontraba como consecuencia de una guerra civil que había devastado al país, ejerció la presión suficiente en la política interior soviética como para forzar una entera transformación de la sociedad para adaptarla a los intereses y necesidades del Estado soviético. Para entonces el nuevo Estado ruso ya estaba lo suficientemente modernizado y disponía de los medios precisos para modernizar a la sociedad rusa.
El crecimiento del Estado con su concentración, centralización y acumulación de poderes fue el resultado más claro y directo de la revolución, lo que fue justificado por medio de la ideología marxista que constituyó la principal fuente de inspiración de los bolcheviques en la implantación y desarrollo de su particular vía modernizadora. Así fue como logró imponerse un sistema totalitario dominado por un partido-Estado hiperpoderoso. El Estado logró ubicarse en el centro de la vida social en directo y permanente contacto con las masas populares a través de una extensa estructura organizativa en la que diferentes organismos operaban como correa de transmisión de las directrices estatales, las cuales eran aplicadas de manera directa sobre la población. Los bolcheviques lograron establecer un gobierno directo entre el centro político estatal y la sociedad, lo que el zarismo no había logrado materializar completamente, gracias a lo que el ente estatal aumentó su poder y sus capacidades internas para hacer frente a los desafíos que se le presentaban en la esfera internacional.
La consolidación del proyecto soviético permitió que el Estado ruso, en unas condiciones muy difíciles, lograra industrializarse, urbanizarse y dotarse de unas fuerzas armadas eficaces con una capacidad destructiva mucho mayor que sus predecesoras. Gracias a todo esto Rusia pudo competir con éxito en la esfera internacional en su lucha por la supremacía mundial, y fue por un tiempo una alternativa modernizadora distinta de la que representaba el Occidente burgués y liberal. Todo esto fue a costa de establecer un sistema totalitario que sojuzgó a la población durante décadas, y que sustituyó a la vieja elite dirigente zarista por una opulenta y viciosa burguesía de Estado. La modernización de Rusia fue realizada y completada por los bolcheviques pero a un coste humano muy grande.
De todo lo anterior se deduce rápidamente que el significado histórico de la revolución rusa se ubica en el marco general más amplio de la historia de Rusia, y concretamente en el contexto de su proceso de modernización. La revolución rusa fue, en definitiva, el proceso de cambio con el que finalmente Rusia pudo completar su modernización, tarea para la que el régimen autocrático se mostró incapaz. Si bien es cierto que inicialmente la revolución rusa ofreció unas perspectivas diferentes a las que luego resultaron ser sus consecuencias finales, no hay que perder de vista que esto no fue algo inevitable sino que obedeció a una serie de dinámicas y decisiones que condujeron a un escenario en el que los bolcheviques lograron hacerse con el control de país para, finalmente, imponer un régimen político totalitario que originó una de las mayores distopías modernas.
Por tanto, puede decirse que en términos históricos los bolcheviques introdujeron importantes innovaciones que crearon un escenario del todo inédito, como así lo demuestra la aplicación de diferentes avances tecnológicos a una escala masiva a través de la industrialización, la utilización de nuevos métodos de gobierno, o mismamente la transformación del ejército en una fuerza armada altamente centralizada provista de una capacidad destructiva mucho mayor gracias a los nuevos armamentos con los que fue dotada. No cabe duda de que la tendencia inaugurada por la modernidad constituyó una fuerza histórica que hacía difícil sustraerse de la dinámica por ella implantada, y que la situación de crisis en la que se sumergió Rusia en el s. XX respondía en gran parte a esa misma dinámica. De todo esto se deriva que el significado histórico de la revolución rusa, a la luz de los acontecimientos que le sucedieron, responde a la necesidad modernizadora del Estado ruso en su lucha por reorganizarse internamente para aumentar sus capacidades nacionales con las que luchar con éxito por la hegemonía internacional. Sin la revolución y los consecuentes cambios que hizo posible difícilmente podría haberse imaginado que Rusia llegase a ser en el s. XX la superpotencia mundial que fue. Naturalmente no hubo nada de inevitable en todo ello, lo que debe ser motivo de reflexión para no incurrir en el futuro en los mismos errores que impidieron que el potencial emancipador de aquella revolución lograra materializarse.
Esteban Vidal

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Posted: 07 Nov 2017 12:34 PM PST
Concierto benéfico para el Local Anarquista Magdalena.
Apertura de puertas a las 19:00.
19.30: Presentación del “Documental Antigordofobia” producido por Cuerpos Empoderados
21:00: Concierto
  • - Alicia Ramos
  • - Lilitz
  • - Lamarí
  • - WAKE UP candela
Habrá comida vegana
CS(r)OA LA QUIMERA
Plaza de Cabestreros / Plaza Nelson Mandela (M: La Latina y Lavapiés)


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Posted: 07 Nov 2017 11:42 AM PST
Viernes 10 octubre, 19:30h. Joan Puig Elías. Anarquismo, pedagogía y coherencia
Charla-presentación del libro con Valeria Giacomoni, su autora.
Joan Puig Elias (Sallent 1898 - Porto Alegre 1972) fue ante todo un maestro. Afiliado a la CNT desde muy joven, se propuso llevar adelante el proyecto de Ferrer i Guardia: en los años 20-30 guió la Escuela Natura en Barcelona que se convirtió en escuela piloto entre las racionalistas. Consideraba que no hay que educar solo la razón sino también los sentimientos. Al estallar la revolución en 1936 le fue asignada la presidencia del CENU (Consell de l'Escola Nova Unificada) y extendió la pedagogía libertaria a todas las escuelas de Cataluña. Ocupó varios otros cargos durante la guerra y en 1939 se exilió a Francia y luego a Brasil donde continuó, hasta que le fue posible, su labor pedagógica y política.
Editorial Descontrol, Barcelona 2016
270 págs. Rústica 21x15 cm
ISBN 9788416553815
http://www.lamalatesta.net/product_info.php/products_id/59594
en LaMalatesta, c/Jesús y María, 24 de Madrid

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Posted: 07 Nov 2017 09:55 AM PST
Hace tiempo, os dimos a conocer el caso de represión que sufría nuestro compañero Javier por documentar una redada racista. En el siguiente enlace tenéis más información sobre el proceso:
http://ensemad.cnt.es/articulo/piden-dos-os-de-c-rcel-y-7500-euros-por-d...
Para sufragar los gastos económicos fruto de la citada represión, desde el sindicato se nos ocurrió la idea de editar carteles para conseguir formas de financiación solidaria. Hace ya un año que sacamos el primer cartel http://ensemad.cnt.es/articulo/carteles-majnovistas-contra-la-represi-n y ahora volvemos a la carga con otro. Las características son similares a las del anterior y, tal y como veis en la imagen adjunta, muestra una instantánea de la estación de Delicias (Zaragoza) en los años 30 durante una huelga.
Podéis conseguir (por 4 euros cada uno) estos carteles en nuestros locales de la CNT madrileña en Tirso de Molina 5 – 2º Izq. y también en la Librería libertaria LaMalatesta (calle Jesús y María, 24).
¡El arma de lxs obrerxs, la solidaridad!


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Posted: 07 Nov 2017 03:44 AM PST
Tras los sucesos ocurridos recientemente en Catalunya, el problema territorial en el Estado Español ha pasado a convertirse en una de las más candentes cuestiones de la actualidad. El procés catalán, masivamente apoyado en las calles por un parte muy importante de la ciudadanía, junto a los históricos reclamos de autonomía e independencia en las nacionalidades históricas, conforman los hitos principales de una situación explosiva  que puede conducir a una quiebra desordenada del Régimen del 78, tanto como a su restauración autoritaria sobre la excusa de la unidad nacional.
Para quienes venimos del mundo de los movimientos sociales, el municipalismo y el movimiento obrero, los procesos soberanistas, así como las ansias unitarias, de distintos sectores de la clase política, están repletos de contradicciones y ambivalencias.
El independentismo se alimenta de un interclasismo dirigido por sectores importantes de las burguesías locales con intereses muy ligados a la búsqueda de la continuidad de los regímenes de acumulación del capital en sus espacios territoriales, que se considera estarían mejor salvaguardados por una relación directa con la Unión Europea que eliminase la “parasitaria” intervención de las élites madrileñas que, con la excusa, más o menos venal, de la redistribución, vehiculan parte del excedente a la supervivencia de sus redes de corrupción.
Este independentismo burgués se ve acompañado, también, por amplios sectores de los movimientos populares periféricos, que ven en el proceso de ruptura unilateral una ocasión a la medida para la apertura de procesos constituyentes de profundización democrática, tanto a nivel local, como en el conjunto del Estado (o lo que quede del Estado tras la fractura). Una estrategia que muestra sus límites en la ausencia de articulaciones mutuas y en la imposibilidad, en ese contexto, de construir una izquierda antagonista, a nivel peninsular, que vaya más allá de lo mediático, así como un discurso compartido que supere el nivel de la máxima abstracción, expresada en conceptos como “la plurinacionalidad de España”, que siendo fundamentalmente acertados, nunca arriesgan a descender a lo concreto para diseñar una propuesta articulada y coherente. La ruptura creciente de las izquierdas, tanto estatales como locales, es una muestra palmaria de que no es la voluntad de transformación social la que está determinando la agenda o las discusiones públicas en los últimos tiempos, sino un nacionalismo estrecho, y muchas veces abiertamente neoliberal, compartido por los centralistas, pseudo federalistas e independentistas mayoritarios.
El unitarismo, por su parte, se repliega sobre la mítica narración de la salvaguarda de España como unidad de destino por medio del Estado centralizado, sólo sostenible desde un repliegue autoritario y autocrático, o sobre un brindis al constitucionalismo ligado a la supervivencia del Régimen del 78 como único horizonte, sin haber desarrollado nunca (en los últimos 40 años) un pensamiento federalista a la altura de las circunstancias. Y ello tanto si el unitarismo se declara de izquierdas o de derechas.
El análisis de la situación parece bascular entre los extremos. Por un lado tenemos el jacobinismo centralista, herencia del franquismo y su imaginería patriotera, del PP y Ciudadanos, que sólo podría sostenerse desde el autismo democrático y la negación obtusa de la realidad, construyendo un proceso de recentralización autoritario y, en última instancia, profundamente desestabilizador del propio Régimen.
Por el otro lado, tenemos las tensiones centrífugas del independentismo, ambivalente y contradictorio a nivel social, que, si siguen siendo encauzadas por las burguesías locales, podrían iniciar un proceso de fragmentación y voladura controlada (por las instancias del capital) del Régimen del 78, dejando inermes a los pueblos ibéricos frente a las oligarquías globales y a los flujos financieros transnacionales , convirtiéndolos en una suerte de protectorados “de facto” de las instituciones europeas, hegemonizadas por fuerzas neoliberales.
Entremedias, PSOE y Podemos, pese a hablar tímidamente de federalismo o plurinacionalidad, no pasan de propuestas genéricas y poco claras, respetuosas en esencia con el statu quo que ha conducido a esta situación. Colaboración con el régimen que, en el caso del PSOE, se ha vuelto palmaria al participar en la voladura de la autonomía de Catalunya por el gobierno central.  Esa indefinición histórica, marcada por la apuesta decidida por el Régimen y la Constitución del 78, realizada en la Transición por los partidos socialista y comunista, es la que ha llevado a que el federalismo se vea, por los movimientos populares de las naciones periféricas, como una opción vacía de significado y sobrepasada por la realidad.
¿Caben alternativas a la recentralización autoritaria o a la fragmentación en manos de las burguesías locales? Los movimientos populares de la Península Ibérica, podrían perfectamente, bucear en su historia en su búsqueda.
Para el republicanismo federal, uno de las principales vertientes del republicanismo histórico anterior a la Guerra Civil, de tendencias fuertemente  municipalistas y socializantes, la pluralidad de España, que había dado lugar a tensiones crecientes, sólo se podía solucionar desde la perspectiva federal.
El federalismo  era, en todo caso, lo que se llamaba un “federalismo sinalagmático”, basado en el libre pacto, con una fundamentación mucho más profunda que el federalismo limitado del que suelen hablar los aficionados a las constituciones neoliberales.
Se basaba en las autonomías municipales, y en su asociación, más que en la conformación de fuertes Estados federados centralizados. La cadena federal iba desde el individuo a la Confederación, pero tenía su centro en el municipio como lugar de expresión de la más profunda democracia local, donde las oligarquías podían ser sometidas a un control más estricto por las masas populares. La idea era que los distintos niveles de actuación del principio federativo (municipio, Estado federado, Federación o Confederación) se construían sobre la base del derecho a decidir, en base a competencias que se mantenían, en su mayor parte, en los escalones inferiores, donde el ejercicio del poder estaba más apegado a la voluntad y participación del ciudadano. Esto justificaba el recurso a las autonomías municipales durante la Primera República española, como sustrato democrático esencial.
Esta perspectiva contrasta fuertemente con la situación actual, en la cual la autonomía de los municipios ha sido limitada hasta el extremo con una legislación punitiva que los mantiene inermes al dictado del gobierno, convirtiéndolos en instrumentos pasivos de una política económica destinada al pago de una deuda ilegítima, por contraída únicamente para salvaguardar los intereses de las élites. Nos estamos refiriendo a la llamada Ley Montoro y las últimas modificaciones de la Ley de Bases de Régimen Local.
El federalismo fue incluso más creativo desde el punto de vista del análisis territorial: muchas de sus corrientes lanzaron o siguieron también las ideas del “latinismo” y del “iberismo”, como alternativas a un Estado Español débil, sometido, ya entonces, a las intereses geopolíticos de las potencias del Norte, y convertido en el paria conservador y reaccionario de Europa.
La Unión Ibérica, propuesta ya por Abate Marchena, imbuido de los aires liberalizadores de la Revolución Francesa, fue un ideal compartido por muchos intelectuales del siglo XIX español y portugués. Pero, pese al fracaso de la Primera República española,  el iberismo no fue nunca abandonado por los federales. Podemos reencontrarlo en las tentativas organizativas llevadas a cabo por el republicanismo más radical y filo-libertario de la Segunda República: el Partido Social Ibérico, de Salvador Cánovas Cervantes, en Madrid, o el Partido Republicano Federal Ibérico, que organizará Eduardo Barriobero en Cataluña, al hilo de la Guerra Civil, o el Partido Sindicalista de Ángel Pestaña. También lo encontramos en las perspectivas de auténticos fundadores del nacionalismo de izquierdas de algunos de los pueblos del Estado Español, como el andalucista Blas Infante.
Es más, desde el republicanismo federal el iberismo se filtrará en los medios obreros libertarios como una especie de música recurrente, íntimamente relacionada con la idea del internacionalismo proletario, pero partiendo de lo cercano. No en vano encontramos referencias claras en los nombres de las organizaciones libertarias como la Federación Anarquista Ibérica (FAI) o la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL), o en obras importantes de militantes anarcosindicalistas decididamente iberistas, como el libro “Hacia una federación de autonomías ibéricas” de Felipe Alaiz, director del principal periódico de la CNT, “Solidaridad Obrera” y, previamente miembro del grupo aragonés de intelectuales “Talión”, junto a Angel Samblancat, Gil Bel, Ramon Acín, Joaquín Maurín o Ramón J. Sender.
Después, el iberismo sería continuado por autores de la talla de José Saramago que en su libro “La balsa de piedra” reivindicaba la esencial afición a la protesta de los pueblos peninsulares.
¿Es el federalismo municipalista y socializante una propuesta a la altura de las necesidades populares del día de hoy? En el contexto de la recuperación, en el seno de los movimientos sociales no institucionales, del pensamiento municipalista y ecologista de autores como Murray Bookchin y Janet Biehl, parece que sí. Incluso, los experimentos sociales de Chiapas (los municipios autónomos zapatistas) o Rojava (el confederalismo democrático kurdo, que se ha extendido como proyecto a otros lugares como Sri Lanka) parecen presentar el federalismo y el municipalismo, sobre la base del protagonismo popular y el recurso a la democracia económica y la autogestión, como las alternativas esenciales al concepto dominante del Estado neoliberal, ante la casi segura imposibilidad de recuperar el Estado keynesiano como horizonte real en esta fase del capitalismo senil. Alternativas más o menos cercanas a esta perspectiva se han ensayado también en base al concepto de plurinacionalidad en Ecuador y Bolivia, y otros lugares de América Latina.
¿Tiene algún sentido el iberismo en este escenario? Despojados de todo esencialismo nacionalista, que ve en abstracciones y linajes reales el origen de los pueblos, para mejor entregarlos rendidos ante las oligarquías locales, la perspectiva de una Federación o Confederación, basada en el derecho a decidir, de los pueblos de Iberia, es la única que puede ahuyentar al tiempo los fantasmas del autoritarismo centralista y de la fragmentación autista, conformando un espacio practicable para la plurinacionalidad de base democrática.
Municipalismo, federalismo y autogestión, se plantean así como la única alternativa viable a la fragmentación acelerada sin ruptura con el orden socioeconómico neoliberal, que ha pasado a basarse en la gestión descentralizada de las decisiones que se toman a nivel supranacional, o incluso en los despachos ignotos de los fondos de inversión globales y empresas transnacionales.
No negamos la existencia de España. No negamos la existencia de Catalunya. No negamos la existencia de Portugal. Sólo decimos que, en un mundo de tiburones globales y oligarquías transnacionales que pueden derribar a los gobiernos moviendo sus capitales en fracciones de segundo, o imponerles rescates y recortes antisociales, sólo la solidaridad y el apoyo mutuo entre los pueblos de Iberia, y entre sus movimientos populares, puede construir una alternativa creíble.
La plurinacionalidad es una realidad. Los vínculos en común, también. El principio federativo y la escala ibérica, necesidades de los tiempos para construir un espacio realmente democrático en nuestra sociedad.
Confederalismo ibérico, pues, y municipalismo democrático, también en lo económico, como primeros puntos de apoyo para conformar una Europa radicalmente diferente y un Mediterráneo distinto. Un camino de apertura para la transición a una sociedad de lo cercano, la sostenibilidad y la participación popular.
Firmantes:
José Luis Carretero Miramar, Víctor López Núñez, Marta Hernangómez Vázquez, Jorge Moas Arribi y Antonio Lozano Grande (militantes de los movimientos sociales y del movimiento libertario).

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Posted: 07 Nov 2017 03:01 AM PST
Este fin de semana tuve el enorme privilegio de asistir al concierto de Liberando El Corazón. Un cantautor increíble, pero no solo por su manera de tocar la guitarra o su voz, sino además por sus ideas, por lo que trasmite, y por su capacidad de llegar ahí mismo, al corazón. Esta es su Bandcamp.
Es muy difícil quedarte solo con una de sus canciones, todas llegan, todas dan en el clavo. Pero me gustaría rescatar una que especialmente me llego, hizo que se me rallaran los ojos en el momento de escucharla. Quisiera poder dedicársela especialmente a todas aquellas compañeras, de allí, de Madrid (ustedes saben quienes son), pero también de aquí, de Canarias, y de Catalunya, Valencia, Andalucia, Sudamerica, Europa,…De todo el mundo en definitiva, que compartimos una misma lucha, un mismo activismo cada una a su manera, un mismo corazón, y un mismo sueño, que no es otro que el fin de una vez por todas de toda opresión, de toda discriminación, de todo supremacismo, por la dignidad y libertad de todas, sin que nadie quede atrás.
Por ustedes compañerxs. Gracias por continuar en la lucha sin desfallecer.
Liberando El Corazón – Naturaleza
Ciudades grises
cielos oscuros
y el mar cabreado arremetiendo contra los muros
que ha puesto el hombre para cubrirse
por si algun dia la natura decide vengarse. (estribillo x2)
Si sabes empatizar ahora ponte en el lugar de aquel animal que se llevan al matadero
si sabes empatizar ahora ponte en el lugar de todos esos rios que usan de vertederos
si sabes empatizar ahora ponte en el lugar de todos esos montes que estan llenando de estiercol
si sabes empatizar ahora ponte en el lugar del aire.
Odio el ruido la fabricas, y el humo de las maquinas,
cuida un poco la tierra, ¡coño!, que es donde pisas
el humo fabricas y el ruido de las maquinas,
cuida un poco la tierra, ¡coño!, que es donde pisas.
Ciudades grises
cielos oscuros
y el mar cabreado arremetiendo contra los muros
que ha puesto el hombre para cubrirse
por si algun dia la natura decide vengarse (estribillo x2)
Imagínate colgado de las piernas boca abajo,
que te rajen en el cuello y te dejen desangrar,
imaginate viviendo solo en dos metros cuadrados, cagues, comas, duermas, sueñes, todo en el mismo lugar,
imaginate que te atan una cadinita al cuello, que te pegan a una puerta y alli te moriras.
Imaginate que la naturaleza te ha dado alas y quien se cree superior, no te las va a dejar usar.
Veo pasar el tiempo que no espera,
y las manecillas del reloj hasta aceleran,
veo llegar el invierno sin contar las primaveras,
también vio salir el sol y que no despiertan las conciencias,
industrias contaminan llenando todo de mierda,
y desde los despachos del gobierno esto lo aprueban,
unete al progreso y mata la naturaleza,
mas valdria ir mas despacio que si corres te la pegas,
Ciudades grises
cielos oscuros
y el mar cabreado arremetiendo contra los muros
que ha puesto el hombre para cubrirse
por si algun dia la natura decide vengarse. (estribillo x2)
 http://www.youtube.com/watch?v=giTqQIPNFSg

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