Los
genocidas argentinos han sufrido ayer la peor derrota de su cruzada
criminal. Y han perdido para siempre. Se trata de aquella que ni
siquiera la influencia de los vínculos primarios pudo evitar. Un grupo
importante de sus hijos dio un ejemplo único en la historia. No hay
antecedente alguno en el mundo, en el que los hijos de genocidas
renieguen de sus padres y se manifiesten en forma de colectivo público y
militante. Quienes se llaman a sí mismos “desobedientes” hicieron un
aporte gigantesco en el camino de la memoria. Mediante un proyecto de
ley, proponen –y van a lograr–, terminar con dos normas que, desde el
Código Procesal Penal Argentino, los reducían al silencio, prohibiendo
que hijos y familiares directos denuncien a sus padres por delitos,
salvo que fueren cometidos contra sus propios descendientes. Tampoco les
permitían testimoniar en su contra con la misma excepción. Hoy, un
grupo muy particular de esos ciudadanos, interpelan, como nunca se hizo,
al Congreso de la Nación Argentina. Recuerdan a cada diputado y a cada
senador su derecho visceral a formar parte de una sociedad de paz, de
verdad y de justicia, que repudia a los mercenarios del mercado y la
violencia y a quienes aun siendo sus progenitores -y tal vez con más
razón, por eso mismo-, tienen derecho inalienable a denunciar. Y los
legisladores deben escuchar. Porque, el Congreso de la Nación no puede
mirar para otro lado. No pueden nuestros representantes desoír el
desgarrador reclamo de quienes, superando enormes obstáculos, eligieron
la vida por sobre la muerte, la mentira y la infamia. En esta
encrucijada no importa el apellido que tengan o hayan tenido, importa su
sensibilidad y empatía, su enorme valentía y ejemplo de cómo, desde
espacios tan brutales, han tomado la decisión de reclamar. Como dijo
alguna vez Eli Wiessel, premio Nobel de La Paz, “ante la atrocidad hay
que tomar partido”. Y en este increíble país que vivió atrocidades como
muchos pueblos, pero que se mantuvo de pie y que siempre miró de frente a
los genocidas, tomaron partido las víctimas, lo tomaron sus madres y
sus abuelas, lo tomaron quienes se unieron al reclamo de justicia por
décadas, y hoy se suman quienes padecieron un dolor inimaginable.
Imposible saber lo que siente quien se entera de adulto que su padre
secuestró, torturó, violó, asesinó y desapareció ciudadanos. ¿Qué puede
pasar por la mente de quienes en una franja de edad variada –algunos
tienen sus propios hijos–, relacionan con esta nueva realidad, aquellas
ausencias de esos años de infancia dura, plagada de silencios, mezclados
con gritos, con órdenes, con mentiras?. ¿Cómo reaccionar frente a la
noticia? ¿Qué hacer ante un padre preso que se reinventa a sí mismo como
víctima de una conspiración de demonios, repitiendo frases hechas,
desmentidas por la brutal realidad de miles de testimonios y pruebas que
derramaron verdad sobre la sangre seca de las víctimas, y por el dolor
interminable de una sociedad que las extraña, abriendo con justicia en
acto, e iluminando para siempre el camino de la reparación y la memoria?
Estos jóvenes ya han atravesado largos años de mandato de silencio y de
negación, pero luego han comprendido que callar o negar la atrocidad es
una forma más de convalidarla. Es sólo para quienes no tienen la
empatía elemental con aquel pequeño grupo de mujeres que, desde el
primer día, con un pañuelo en la cabeza, enrostraron a los genocidas y
al mundo los crímenes que se estaban cometiendo. Con aquellos hijos,
padres, abuelas, organismos incondicionales defensores de los derechos
humanos, y millones de personas que, en esta maravillosa tierra, durante
décadas, honraron la vida. Los “desobedientes” son hijos de genocidas,
pero también son hijos de esa lucha, de la que nunca termina, de la que
denuncia la injusticia, y la combate sin cansancio. Y por eso
desobedecen, por toda esa energía infinita que la militancia por los
derechos humanos transmite y contagia. Porque los incluye, los saluda y
los abraza. Porque son la prueba tal vez más paradojal de que los
verdugos perdieron la peor batalla, la que entablaron para reproducir
violencia y terror y cuyo resultado no sólo fue una sociedad solidaria y
valiente, sino una en que sus propios hijos tomaron partido por la
vida, la verdad, la justicia y la memoria.
* Ex juez federal.
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